¿Quién se ha llevado mi queso?

Resumen Online Gratuito escrito por RamTalks

Durante mi corta edad me he topado con cientos de libros de diferentes temáticas: psicología, economía, finanzas, filosofía, desarrollo personal, historia, etc. Sin embargo, os puedo asegurar que han sido muy pocos los que me han impactado tanto como el que voy a narrar a continuación. “Quién se ha llevado mi queso” es una obra escrita en forma de parábola por Spencer Johnson que trata de afrontar el cambio en cualquier ámbito del trabajo y la vida privada.

Como muchos de vosotros, yo también soy una persona que se expone al cambio. Es inevitable que el miedo se apodere de nosotros en algún momento de nuestras vidas. Contrariamente a lo que el sistema educativo nos ha inculcado, el valiente no es el que carece de miedo, sino el que actúa a pesar de su presencia.

Si te sientes atrapado en una relación de pareja tóxica, un empleo que te infrautiliza, una ciudad que repudias, un cuerpo que te lastra o una experiencia que no has superado todavía, quizás sea el momento de cambiar. Esta historia es para ti. Espero que la disfrutes tanto como yo lo hice.

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Resumen del Libro: ¿Quien se ha llevado mi Queso?

Erase una vez un país muy lejano en el que vivían cuatro personajes que corrían por un laberinto en busca del queso con que se alimentaban su cuerpo y alma. Dos de ellos eran ratones, llamados Oliendo y Corriendo (Oli y Corri para sus amigos); los otros dos eran personitas, es decir, seres del diminuto tamaño de los ratones que gozaban de un aspecto y una manera de actuar muy parecidos a los de los humanos actuales. Sus nombres eran Kif y Kof. Tanto los ratones como las personitas se pasaban el día en el laberinto a la caza de su queso favorito.

Oli y Corri, aunque sólo poseían cerebro de roedores, disponían de un buen instinto. Ellos buscaban el queso seco y curado, puesto que era ese el que más les atraía. Kif y Kof, las personitas, uti1izaban un cerebro repleto de creencias para buscar un tipo muy distinto de Queso que, supuestamente, los haría ser felices y triunfar. Por distintos que fueran los ratones y las personitas, tenían algo en común: todas las mañanas se ponían su chándal y sus zapatillas deportivas, salían de su casita y se precipitaban corriendo hacia el laberinto en busca del queso.

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Oli olfateaba el aire con su gran hocico a fin de averiguar en qué dirección había que ir para encontrar queso, y Corri se abalanzaba hacia allí. Como imaginaréis, se perdían, daban muchas vueltas inútiles y a menudo chocaban contra las paredes. Sin embargo, Kif y Kof, las dos personitas, utilizaban un método distinto que se basaba en su capacidad de pensar y aprender de las experiencias pasadas, con la desventaja de que, a veces, sus propias creencias y emociones los confundían.

Con el tiempo, siguiendo cada uno su propio método, todos encontraron lo que habían estado buscando: un día, al final de uno de los pasillos, en la Central Quesera «Q», dieron con el tipo de queso que querían. Al poco, aquello se había convertido en una costumbre para todos. Oli y Corri se despertaban temprano todas las mañanas y, como siempre,  corrían por el laberinto siguiendo la misma ruta.

Al principio, Kif y Kof también iban corriendo todos los días hasta la Central Quesera «Q» para paladear los nuevos y sabrosos bocados que los aguardaban. No obstante, al cabo de un tiempo, las personitas fueron cambiando de costumbres: se despertaban cada día más tarde, se vestían más despacio e iban caminando hacia la central.

Al fin y al cabo, sabían dónde estaba el queso y cómo llegar hasta él. No tenían ni idea de la procedencia del queso ni sabían quién lo ponía allí. Simplemente, daban por sentado que seguiría en su lugar. Kif y Kof se ponían cómodos nada más llegar allí, como si estuvieran en casa. Colgaban sus chándales, guardaban las zapatillas y se ponían las pantuflas. Como ya habían encontrado el queso, cada vez se sentían más a gusto.

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Las personitas se sentían felices y contentas, pensando que estaban a salvo para siempre. No tardaron mucho en considerar suyo el queso que habían encontrado en la Central Quesera «Q», y había tal cantidad almacenada allí que, poco después, trasladaron su casa cerca de la central y construyeron una vida social alrededor de ella.

Todas las noches, las personitas volvían a sus hogares cargadas de queso, y todas las mañanas regresaban confiadas a su templo de abundancia. Todo siguió igual durante algún tiempo. Pero al cabo de unos meses, la confianza de Kif y Kof se convirtió en arrogancia. Se sentían tan a gusto que ni siquiera advertían lo que estaba ocurriendo.

El tiempo pasaba, y Oli y Corri seguían haciendo lo mismo todos los días. Por la mañana, llegaban temprano a la Central Quesera «Q». A continuación, husmeaban, escarbaban e inspeccionaban la zona para ver si había habido cambios con respecto al día anterior. Luego, se sentaban y se ponían a mordisquear queso.


Una mañana como cualquier otra llegaron a la central y descubrieron que no había Queso. No les sorprendió. Como habían notado que las reservas de queso habían ido disminuyendo poco a poco, Olí y Corri estaban preparados para lo inevitable e, instintivamente, enseguida supieron cómo reaccionar: oler y correr a por otro queso.

Más tarde, Kif y Kof hicieron su aparición en la Central Quesera «Q». No habían prestado atención a los pequeños cambios que habían ido produciéndose y, por lo tanto, daban por hecho que su queso seguiría allí. Sin embargo, la nueva situación los pilló totalmente desprevenidos.

– ¿Qué? ¿No hay Queso? -gritó Kif – ¿No hay queso? – repitió muy enojado, como si gritando fuese a conseguir que alguien se lo devolviera – ¿Quién se ha llevado mi queso? – bramó, indignado. Finalmente, con los brazos en jarras y el rostro enrojecido de ira, vociferó: ¡Esto no es justo! ¿tanto significaba para las personitas tener su queso asegurado? Lo cierto es que depende de para qué lo quieran…

Para algunas, encontrar queso era alcanzar la paz interior y disfrutad de una buena salud. Por ejemplo, Kof atribuía su presencia a sentirse a salvo, tener algún día una estupenda familia y una confortable casa en la calle Cheddar. Para otras, encontrar queso era poseer cosas materiales. Por ejemeplo, Kif lo anhelaba con todo su ser con objeto de convertirse en un Gran Queso con otros a su cargo y tener una hermosa mansión en lo alto de las colinas Camembert. En fin, ambos despotricaron y se quejaron de lo injusto que era todo lo ocurrido, y Kof empezó a deprimirse. ¿Qué sucedería si al día siguiente tampoco encontraban el queso? Había hecho muchos planes para el futuro basados en aquel queso.

Aquella noche, Kif y Kof volvieron a casa hambrientos y desanimados; pero, antes de marcharse de la Central Quesera «Q», Kof escribió en la pared: «cuanto más importante es el queso para uno, más se desea conservarlo».

Al día siguiente, Kif y Kof salieron de sus respectivas casas y volvieron al establecimiento esperando hallar, de una manera o de otra, su queso. Lejos de producirse un milagro, la situación no había cambiado: el queso seguía sin estar allí. Kif y Kof se quedaron paralizados, inmóviles como estatuas ante dicha coyuntura.

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Kof cerró los ojos lo más fuerte que pudo y se tapó los oídos con las manos. Quería desconectar de todo. Se negaba a reconocer que las reservas de queso habían ido reduciéndose de manera gradual y estaba convencido de que habían desaparecido de repente sin razón aparente. Kif analizó la situación una y otra vez, y, al final, su complicado cerebro dotado de un enorme sistema de creencias empezó a funcionar.

– ¿Por qué me han hecho esto? -se preguntó- ¿Qué está pasando aquí?

Kof abrió los ojos, miró a su alrededor e inquirió: – Por cierto, ¿dónde están Oli y Corri? ¿crees que saben algo que nosotros no sabemos?

– ¿Qué quieres que sepan? – espetó Kif en tono de desprecio- No son más que ratones, reaccionan ante lo que ocurre. Nosotros somos personitas, y por lo tanto somos especiales. Tendríamos que ser capaces de dar con la solución. Además, merecemos mejor suerte que ellos. Esto no debería ocurrirnos, y si nos ocurre, al menos tendríamos que recibir una compensación.

– ¿Por qué tendríamos que recibir una compensación? – quiso saber Kof.

– ¡Porque tenemos derecho!

– ¿Derecho a qué? -preguntó Kof

– Tenemos derecho a nuestro queso.

– ¿Por qué? -insistió Kof.

– Porque este problema no lo hemos causado nosotros -respondió Kif-. Alguien ha provocado esta situación y nosotros tenemos que sacar algún provecho de ella.

– Tal vez sería mejor no analizar tanto la situación. Lo que deberíamos hacer es ponernos en marcha de inmediato y buscar queso nuevo -Sugirió Kof.

– Oh, no. ¿Estás loco? -repuso Kif-. Voy a llegar al fondo de todo esto.

Mientras Kif y Kof seguían discutiendo acerca de lo que debían hacer, Oli y Corri ya se habían puesto en marcha y habían recorrido muchos pasillos, olfateando y apurándose hacia el queso en todas las centrales queseras que encontraban en su camino. Pasó mucho tiempo sin encontrar nada hasta que, al final, llegaron a una zona del laberinto en la que nunca habían estado: la Central Quesera «N». Al entrar, profirieron un grito de alegría. Habían encontrado lo que estaban buscando: una gran reserva de queso.


Mientras, Kif y Kof seguían en la Central Quesera «Q» evaluando la situación. Empezaban a sufrir los efectos de la falta de queso: cada vez estaban más frustrados y enfadados, y se culpaban el uno al otro de la situación en la que se hallaban. Cuanto más clara era la imagen que Kof tenía de sí mismo encontrando y probando el nuevo queso, más ganas le entraban de marcharse de ahí.

¡Vámonos ya! -exclamó de repente.

– No – replicó Kif rápidamente -. Estoy bien aquí, es un lugar cómodo y conocido. Además, salir ahí fuera es peligroso.

– No, no lo es – repuso Kof-. Hemos recorrido ya muchas zonas del laberinto, y podemos hacerlo otra vez.

– Soy demasiado viejo para eso – dijo Kif -. Y no tengo ningún interés en perderme ni en engañarme a mí mismo… ¿Tú sí?

Estas palabras hicieron que Kof volviera a sentir miedo al fracaso y, en consecuencia, sus esperanzas de encontrar queso nuevo se desvanecieron. Kif y Kof seguían volviendo todos los días a la Central Quesera «Q» y, una vez allí, se limitaban a esperar.

Si nos esforzáramos un poco – dijo Kif -, tal vez descubriríamos que en realidad las cosas no han cambiado tanto. Es probable que el queso esté cerca. Quizás está escondido detrás de la pared. Kif sujetó el cincel y Kof golpeó con el martillo hasta que hicieron un agujero en la pared del edificio, pero no encontraron queso. Kof empezó a comprender la diferencia entre actividad y productividad.

– Mírate, Kof, mírate – se decía a sí mismo -. Cada día hago las mismas cosas, una y otra vez, y me pregunto por qué la situación no mejora. Si esto no fuera tan ridículo, sería incluso divertido. Kif, ¿dónde has puesto nuestros chándales y las zapatillas deportivas?

Cuando Kif vio a su amigo poniéndose el chándal, le preguntó: “no irás a salir al laberinto otra vez, ¿verdad? ¿Por qué no te quedas aquí conmigo, esperando que devuelvan el queso?”

– Mira, Kif, no entiendes lo que pasa. Yo tampoco quería verlo, pero ahora me doy cuenta de que ya no nos devolverán aquel queso. Ese queso pertenece al pasado y ha llegado la hora de encontrar uno nuevo.

– Pero ¿y si no hay más? -repuso Kif-. Y aun en caso de que haya, ¿y si no lo encuentras?

– No lo sé -respondió Kof. A veces, las cosas cambian y nunca vuelven a ser como antes. Creo que estamos en una situación de este tipo, Kif. ¡Así es la vida! Se mueve y nosotros también hemos de hacerlo. Ha llegado el momento de volver al laberinto.

Kof cogió una pequeña piedra afilada y escribió un pensamiento serio en la pared para que su amigo reflexionase sobre él: «si no cambias, te extingues». A continuación, Kof asomó la cabeza, observó el laberinto con ansiedad y sonrió. A pesar de su vigor inicial, era una zona del laberinto en la que nunca había estado y sintió miedo.

Sabía que Kif se estaba preguntando quién se había adueñado de su queso, pero lo que él se preguntaba era: «¿Por qué no me puse en marcha antes, por qué no me moví cuando lo hizo el queso?».

Kof se sentía cada vez más angustiado, y se cuestionó si realmente quería volver al laberinto. Escribió una frase en la pared que tenía delante y se quedó un rato mirándola: «¿Qué harías si no tuvieses miedo?». Cuando tienes miedo de que las cosas empeoren si no haces algo, el miedo puede incitarte a la acción. Sin embargo, cuando te impide llevar a cabo tus tareas, el miedo no es bueno.

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Entonces, respiró hondo y se adentró en el laberinto avanzando con paso veloz hacia lo desconocido. Hacía tanto tiempo que no comía queso que se encontraba débil. Recorrer el laberinto le exigió más tiempo y esfuerzo de lo acostumbrado. Decidió que, si alguna vez volvía a pasarle algo parecido, se adaptaría al cambio más deprisa. Eso facilitaría las cosas. «Más vale tarde que nunca», se dijo con una exangüe sonrisa.

Durante los días sucesivos, Kof encontró un poco de queso aquí y allá, pero no eran cantidades que durasen mucho tiempo. Tuvo que admitir que se desorientaba en el laberinto, pues las cosas parecían haber cambiado desde la última vez que había estado allí. Justo cuando pensaba que había encontrado la dirección correcta, se perdía en los pasillos… ¡Era como si diera dos pasos adelante y uno atrás! Por este motivo, supuso todo un reto físico y mental para él, aunque tuvo que admitir que volver a recorrer el laberinto en busca de queso no era tan terrible como había temido.

Con el paso del tiempo, empezó a preguntarse si la esperanza de encontrar queso nuevo era realista. ¿No sería acaso un sueño? De inmediato se echó a reír, al darse cuenta de que llevaba tanto tiempo sin dormir que era imposible que soñase.

Más tarde, Kof reconstruyó los hechos y llegó a la conclusión de que el queso de la Central Quesera «Q» no había desaparecido de la noche a la mañana, como había creído al principio. En los últimos tiempos, había cada vez menos queso y, además, el que quedaba ya no sabía tan bien. Se detuvo a descansar y escribió en la pared del laberinto: “Huele el queso a menudo para saber cuándo empieza a enmohecerse”.


A Kof empezaban a flaquearle las fuerzas. Sabía que estaba perdido y temía no sobrevivir. Pensó en dar marcha atrás y regresar a la Central Quesera «Q». Al menos, si lo conseguía y Kif estaba aún allí, no se sentiría tan solo. Kof no se percataba, pero se estaba quedando atrás por culpa de sus miedos.

Entonces, Kof recordó las ocasiones en que se había sentido más a gusto en el laberinto: siempre habían sido felices estando en movimiento. Escribió una frase en la pared, sabiendo que era tanto un recordatorio para sí mismo como una señal por si su compañero Kif se decidía a seguirlo: “Avanzar en una dirección nueva a encontrar un nuevo queso”.

Cuando empezó a correr por el oscuro pasillo, una sonrisa se dibujó en sus labios. Kof todavía no lo comprendía, pero estaba descubriendo lo que alimentaba su alma. Se sentía libre y tenía confianza en lo que le aguardaba, aunque no supiera exactamente de qué se trataba. Para su sorpresa, vio que cada vez se lo pasaba mejor. – ¿Por qué me siento tan bien? – se preguntó -. No tengo ni una pizca de queso ni sé hacia dónde voy. No tardó en comprender por qué se sentía de aquel modo: cuando dejas atrás el miedo, te sientes libre.

Para que todo fuera aún mejor, Kof empezó a hacer un dibujo en su mente. Se proyectó con todo detalle y gran realismo, sentado en medio de un montón de sus quesos preferidos, desde el cheddar hasta el brie. Se vio comiendo de todos los quesos que le gustaban y disfrutó con lo que vio. Cuanto más clara veía la imagen del nuevo queso, más real se volvía y más presentía que iba a encontrarlo. Kof escribió de nuevo en la pared: “Imaginarse disfrutando el queso nuevo antes incluso de encontrarlo conduce hacia él”.

Entonces, echó a correr por el laberinto con más energía y agilidad. Al poco, localizó otra Central Quesera en cuya puerta vio, con gran excitación, unos pedacitos de un nuevo queso.

Vio tipos de queso que no conocía pero que tenían un aspecto fantástico. Seguidamente, los probó y le parecieron deliciosos. Comió de casi todos y se guardó unos trozos en el bolsillo para más tarde y quizás para compartirlos con su amigo Kif. Se recordó a sí mismo: “cuanto antes se olvida el queso viejo, antes se encuentra el nuevo queso”.

Al cabo de un rato, Kof llegó a la Central Quesera «Q» y encontró allí a Kif. Le ofreció unos pedazos de queso, pero su amigo los rechazó. Kif le agradeció el gesto, pero dijo: “No creo que me guste ese nuevo queso. No estoy acostumbrado a él. Yo quiero que me devuelvan mi queso, y no voy a cambiar de actitud hasta que eso ocurra.”

Kof sacudió la cabeza, decepcionado, y volvió a salir solo. Sonrió y escribió en la pared: “Es más seguro buscar en el laberinto que quedarse de brazos cruzados sin queso”. Cuando advirtió que su sistema de creencias había cambiado, hizo una pausa para escribir en la pared: “Las viejas creencias no conducen al nuevo queso”.

Al tiempo que pensaba en el camino que llevaba recorrido desde que había salido de la Central Quesera «Q», se alegró de haber escrito frases en diversos puntos. Esperaba que esas frases le indicaran el camino a Kif si este decidía salir en busca de queso. Se detuvo y escribió en la pared lo que llevaba tiempo pensando: “Notar en seguida los pequeños cambios ayuda a adaptarse a los cambios más grandes que están por llegar.”

¿Quién se ha llevado mi queso? 2

En esos momentos, Kof ya se había liberado del pasado y se estaba adaptando al futuro. Avanzó por el laberinto con más energía y a mayor velocidad. Y, en nada, lo que estaba esperando ocurrió. Cuando ya le parecía que llevaba toda la vida en el laberinto, su viaje terminó rápida y felizmente… ¡Encontró un nuevo queso en la Central Quesera «N»!

Al entrar, se quedó pasmado por lo que vio. Había las montañas más grandes de queso que hubiera visto jamás. No los reconoció todos, ya que algunos eran totalmente nuevos para él. Por unos momentos se preguntó si aquello era real o sólo producto de su imaginación, pero entonces vio a Oli y Corri. Oli le dio la bienvenida con un movimiento de la cabeza, y Corri lo saludó con la pata.

Se quitó las zapatillas y el chándal y lo dobló cuidadosamente, dejándolo a su lado por si lo necesitaba de nuevo. Cuando hubo comido hasta la saciedad, cogió un pedazo del nuevo queso y lo alzó hacia el cielo en señal de brindis.

¿Qué lo había hecho cambiar? ¿había sido el miedo a morir de hambre? – «Bueno, eso también ha contribuido»-, se dijo Kof. Entonces, se echó a reír y se dio cuenta de que había empezado a cambiar cuando había aprendido a reírse de sí mismo y de lo mal que estaba actuando. Advirtió que la manera más rápida de cambiar es reírse de la propia estupidez. Después de hacerlo, uno ya es libre y puede seguir avanzando.

Supo que había aprendido algo muy útil de Oli y Corri, sus amigos los ratones, sobre el hecho de avanzar. Los ratones llevaban una vida simple: no analizaban en exceso ni complicaban demasiado las cosas. Cuando la situación cambió y el queso se movió de sitio, ellos hicieron lo mismo. Kof prometió no olvidar eso.

Utilizó su maravilloso cerebro para hacer algo que las personitas pueden hacer mejor que los ratones: reflexionar sobre los errores cometidos en el pasado y utilizarlos para trazar un plan de futuro. Supo que uno podía aprender a convivir con el cambio.

Cuando se produjo el cambio, no fue precisamente de su agrado. Pero ahora comprendía que había sido una bendición, ya que lo había llevado a encontrar un queso mejor. Mientras Kof pasaba revista a lo que había aprendido, se acordó de su amigo Kif.

¿Habría decidido liberarse del miedo y salir de la quesera? ¿habría entrado en el laberinto y descubierto que su vida podía ser mejor? Kof pensó en la posibilidad de volver a la Central Quesera «Q» y tratar de encontrar a Kif, suponiendo que diera con el camino de vuelta hacia allí. Si encontraba a su amigo, tal vez podría enseñarle la manera de salir del apuro.

Pero después se dio cuenta de que ya había intentado que su amigo cambiara. Kif tenía que encontrar su propio camino, prescindiendo de las comodidades y dejando los miedos atrás. Nadie podía hacerlo por él, ni convencerlo de que lo hiciera. De una manera u otra, tenía que ver por sí mismo las ventajas de cambiar. Se dirigió hacia la pared más grande de la Central Quesera «N» y escribió un resumen de todo lo que había aprendido:

– El queso se mueve constantemente.

– Prevé el cambio y permanece alerta.

– Controla el cambio y adáptate.

– Huele el queso a menudo para saber si está enmoheciendo.

– Cuanto antes se olvida el queso viejo, antes se disfruta del nuevo.

De pronto, le pareció oír ruido de movimiento en el laberinto. El ruido era cada vez más fuerte, y advirtió que se acercaba alguien. ¿Sería Kif? ¿Estaría a punto de doblar la esquina? Kof rezó una oración y esperó, como tantas veces había hecho, que su amigo finalmente hubiese sido capaz de moverse con el queso y disfrutarlo.

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Puedes ver este Resumen del Libro ¿Quien se ha llevado mi queso? de Spencer Johnson en forma de vídeo:



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