El hombre en busca de sentido

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Resumen del Libro: El Hombre en Busca de Sentido

“El hombre en busca de sentido” es un libro escrito por Viktor Frankl: un neurólogo y psiquiatra austriaco que sobrevivió al holocausto. Originalmente, él quería publicar el libro desde el anonimato, impregnando únicamente su código de prisionero en la portada, puesto que no anticipaba demasiado éxito para el mismo. Se equivocaba. Su pensamiento e historia personal han vendido millones de copias en todo el mundo, siendo traducido a veinticuatro idiomas. ¿Estás preparado para sumergirte de lleno en una de las fuentes de conocimiento más increíbles e inspiradoras que he traído a la página web?

Si te ha gustado este resumen y eres un apasionado de la lectura como yo, puedes comprar el libro pulsando en la imagen o en el botón de abajo.

Los campos de concentración nazis.

Las mayores atrocidades en la historia de la humanidad se produjeron aquí: en los campos de concentración del régimen totalitario nacional-socialista. Durante el mandato de Adolf Hitler, millones de hombres, mujeres y niños fueron expulsados de sus hogares en contra de su voluntad. Muy pocos tuvieron la oportunidad de relatar la miseria vivida en aquellos trenes que les llevarían directos a Neuengamme, Hinzert y otros 52 emplazamientos más que supondrían el final más desgarrador, macabro y cruel para tantos seres humanos.

Viktor Frankl fue uno de los elegidos. Sin embargo, su padre, madre, esposa y hermano no tuvieron tanta suerte como él. Los prisioneros de por aquel entonces poco tienen que ver con los criminales que ocupan las cárceles de hoy en día, pues no eran considerados individuos con identidad, derechos, familia o sentimientos. Todo lo que les quedó fue un uniforme bicromático junto con un número tatuado en sus pieles para el resto de sus vidas. En efecto, ya no eran tratados como personas: para ellos, eran tan sólo una cifra más.

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Así pues, el foco principal en la mente del prisionero era sobrevivir un día más. Con todo, su mayor miedo era ser trasladados a otro campo de concentración, pues esto significaba que ya habían sido asignados a una de las dos muertes negras por excelencia: las cámaras de gas o los hornos crematorios. Sí, morir de hambre o suicidio eran quizás las alternativas más viables si uno era verdaderamente conocedor de que iba a terminar ahí.

El doctor tuvo que soportar hambre extrema, temperaturas gélidas y brutalidad por parte de sus captores, primero en Auschwitz y más tarde en Dachau. Por si no fuera suficiente, Viktor perdió sus pertenencias físicas desde el primer día en los campos, y peor aún, fue forzado a abandonar un manuscrito científico que consideraba el trabajo de toda una vida. Tan sólo era una persona normal haciendo frente a circunstancias atroces… O quizás no.

¿Existía alguna posibilidad, por muy irrisoria que fuera, de salir de tal infierno?

Evidentemente, la incertidumbre era máxima en ese momento. Podían pasar meses, años e incluso décadas hasta que los aliados o la URSS penetraran Alemania y se diera la más mínima ocasión de ser liberado o escapar por cuenta propia. Desde luego, ser reintegrado como miembro de la sociedad germana estaba muy lejos de ser un escenario plausible. En fin, que posibilidades había, pero… ¿cómo anticiparlas? Eso era misión imposible.



Ante esta cuestión, él manifestó que preguntarse si existe probabilidad alguna de salir del campo de concentración no tiene sentido, puesto que dicho evento no depende de él. En su lugar, el planteamiento estratégico que adoptó fue el siguiente: ¿qué es aquello que los nazis jamás podrán arrebatarme? De acuerdo, perder a mi familia, mi profesión, mi casa e incluso mi bienestar queda fuera de mi área de influencia, pero la manera en la que yo reacciono ante dichas pérdidas es una decisión cuyo único elector es mi propia conciencia.

Su razonamiento es que, aun estando inmerso en las peores circunstancias que uno pueda imaginarse, una persona todavía conserva su libertad para elegir cómo interpreta dichas circunstancias. Como apunta Gordon Allport en el prefacio de la tercera edición, este vital concepto acuñado por los estoicos se denomina “última libertad”: yo soy quien controla mediante mi actitud la respuesta ante todo lo que me sucede. Ahora, ¿es esto cierto?

Cualquier persona en su posición habría encontrado múltiples excusas lo suficientemente razonables para justificar que la vida carece de sentido y que el suicido es una alternativa sensata. Incluso habiendo descendido a las mismísimas puertas del inframundo, el doctor emergió del evento con optimismo e ilusión. Según manifiesta Frankl, la verdadera batalla que libró fue interna: hallar una razón para seguir adelante, por muy ridícula que pudiera parecer, día tras día. Una vez terminada la 2ª Guerra Mundial, el calvario del doctor llegó a su fin y su testimonio se expandió como la pólvora por el continente europeo.

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Pequeña aclaración: no estoy defendiendo la postura de la última libertad. Es más, estoy de acuerdo con ella parcialmente, puesto que la neurociencia nos ha venido demostrando a lo largo de estos años que la actitud está muy influenciada por nuestra biología, entorno, aprendizajes y experiencias. Por ende, es francamente difícil que un recluso sin acceso a nutrientes esenciales cuya vida consiste en trabajar para un sistema que ha ejecutado a su familia muestre una actitud optimista. Si encima añadimos que lo único que ve alrededor son rostros de miseria, letargo y desesperación, la cosa se complica bastante.

“Claro, es que hay gente que se podría haber salvado con una mejor actitud”.

Bueno, muy fácil decirlo desde la comodidad del teclado. Somos menos libres de lo que pensamos, así que hemos de tener cuidado con las cosas que decimos. Como adelanté en el resumen de inteligencia emocional, donde expongo un modelo fiable de la arquitectura cerebral, la emoción decide y la razón justifica. Es más, el propio Viktor deja muy claro en su libro que no busca culpabilizar ni desprestigiar a todos aquellos individuos que no lograron superar los campos de concentración, reconociendo que hubo un gran porcentaje de suerte por el simple hecho de no haber sido trasladado junto a su familia a las cámaras de gas. No es un asunto precisamente sencillo el que estamos tratando.



En fin, quien te diga que la actitud es un maná puramente espiritual que se manifiesta por arte de magia está muy, pero que muy equivocado. Una vez dicho esto, ¿es realmente posible aprender algo de la postura de Frankl? Por supuesto que sí. Y es que existen otros componentes fuera de lo visible que son de gran ayuda para desarrollar una actitud con la que podamos hacer frente a nuestras dificultades.

 

Logoterapia.

Lo realmente apasionante acerca de la vida de Frankl es que los campos de concentración supusieron una ocasión para poner a prueba ciertas ideas con las que ya estaba teorizando de antemano, pues fue su experiencia como recluso la que dio lugar al desarrollo de una nueva escuela de psicoterapia: la logoterapia. Mientras el psicoanálisis de Sigmund Freud requiere un profundo acto de introspección en el individuo en aras de revelar la raíz de su neurosis, la logoterapia utiliza un enfoque totalmente distinto que la contradice.

Puesto en palabras llanas, el psicoterapeuta ya no va a indagar en las experiencias pasadas del paciente para hallar la causa de su patología. El objetivo de la logoterapia es otorgar cierta perspectiva al sujeto para que pueda reconstruir su sistema de principios, valores y creencias. Al tiempo que el psicoanálisis asume la búsqueda del placer como axioma central y la psicología del individuo de Adler se enfoca en el deseo hacia el poder, Frankl afirma que la fuerza motora principal del ser humano es el significado. En otras palabras, tener un propósito, una razón de vida, es lo que nos da fuerzas para continuar en ella.

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¿Recordáis su planteamiento estratégico? Si bien no podemos elegir lo que nos sucede, sí queda bajo nuestra elección atribuir un significado concreto a aquello que nos sucede. La interpretación que le damos a los eventos azarosos, el sentido mismo que emana de dentro a fuera, es muchas veces más determinante que el mero objeto de interpretación. Para los que hayáis visto el artículo de la profesora: ¿qué papel jugaba en los adolescentes asumir que un suspenso es culpa suya en lugar de tirar balones fuera a los profesores? Este caso y muchos otros demuestran que, en ciertas ocasiones, adoptar un marco ancho para reinterpretar la realidad puede resultar un planteamiento bastante funcional.

“Todo muy bonito, pero… ¿qué tiene que decir la ciencia al respecto?”

La metodología logoterapéutica de Frankl se basa en tratar las enfermedades psiquiátricas tanto desde un abordaje netamente médico – i.e., recetando un tratamiento hormonal a los pacientes con depresión – como filosófico, ya que la cuestión principal es dialogar con la persona y averiguar qué es lo que dota sentido a su vida. Dicha perspectiva se fundamenta en las filosofías fenomenológico-existenciales de Nietzsche, Kierkegaard, Sartre, etc.

Reflexionar acerca del significado de nuestras vidas es un proceso un tanto incómodo. Y es justamente por esa razón por lo que otorga una recompensa altísima que se traduce en un equilibrio psíquico y espiritual. Hay quienes prefieren evitar dicha molestia por buscar su propósito a corto únicamente para evitar un mal trago. Pero ya sabéis lo que pasa aquí: las consecuencias de no atravesar por esta etapa de reflexión con nosotros mismos son mucho más severas y perniciosas que las de hacer el esfuerzo de encontrar un significado.3



Y no fue Viktor Frankl quien anticipó dicha conclusión. De hecho, el doctor otorga cierto crédito a Friedrich Nietzsche por su famosa frase: “quien tenga un porqué podrá soportar casi cualquier cómo”. Con mucha frecuencia, asociamos la incomodidad a algo que ha de evitarse – como cuando nos ponemos una vacuna, hacemos un sprint o madrugamos -, pero es totalmente necesaria para que nuestra conciencia no caiga en estado de entropía.

Es de vital importancia que te pares a reflexionar el significado de tu existencia:

Puede que sea aprender tanto como sea posible acerca de un área de conocimiento.

Puede que sea ayudar a las personas a sobrellevar su día a día con optimismo e ilusión.

Puede que sea aprovechar cada instante en este mundo tan caótico y desenfrenado.

O, simplemente, ser un mejor padre, creyente, empleado o ciudadano. Tú decides.

Quizás el punto débil de la logoterapia sea el hecho de desestimar las experiencias pasadas del paciente, y este es precisamente el factor que ha suscitado cierta controversia. Eso sí, muchas de sus técnicas – la intención paradójica, la derreflexión, el autodistanciamiento, la modificación de actitudes o el diálogo socrático son frecuentemente utilizadas a día de hoy en consulta, aunque no se aplican en conjunto, sino que se moldean a las necesidades de cada individuo.

 “Vale, o sea que se aplican algunas de sus técnicas, pero no el método en sí mismo”.

Por lo general, es correcto. Y no nos olvidemos de que el eje principal de la logoterapia es encontrar el propósito del paciente, una razón para seguir adelante. Bajo este marco de actuación, Viktor Frankl es un fiel defensor de la libertad personal: “el ser humano es responsable de su propia finitud; está apretado por muchos lazos, pero son precisamente éstos los puntos de apoyo sobre los cuales se yergue su misma libertad”.

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Este punto es muy importante de entender, pues la logoterapia trabaja con una dimensión noética o espiritual. Para identificar su propósito, el paciente debe ser consciente de dicha libertad sobre sus decisiones y hacerse responsable de las mismas. No es ningún secreto que libertad implica responsabilidad. Por ello, quien desee ser verdaderamente libre debe asumir que el cambio depende de él mismo y encargarse de su propio crecimiento.

No hace falta llegar al ejemplo extremo del holocausto para adquirir responsabilidad:

¿Qué pasaría si tomas las riendas de tu bienestar físico mejorando tu alimentación?

¿Qué pasaría si buscas tu parte de culpa en cada acalorada discusión con tu pareja?

¿Qué pasaría si reflexionas acerca del suspenso en el último examen de matemáticas?

¿Qué pasaría si analizas qué podrías haber hecho para que tu negocio no quebrase?

Como he aclarado antes, yo no soy particularmente devoto de que la libre voluntad tenga lugar por igual en todas las personas. Aun así, la creencia de que actuar para con nuestros deseos y aspiraciones depende de nosotros en última instancia, es decir, de que el proceso de tomar decisiones queda bajo nuestro control, es tremendamente adaptativa en términos evolutivos. No siempre, pero en bastantes ocasiones sí hay algo más, por muy oculto que pueda parecer, que podría haberse hecho para evitar una mala vivencia u obtener un mejor resultado.



En palabras del neurólogo: “sea lo que sea lo que le hayan quitado en su llegada al campo de concentración, hasta el último suspiro nadie le podrá arrebatar la libertad de enfrentarse de una u otra forma a su destino. Siempre hay una alternativa”. Ahora bien, ¿cuál es el puente entre lo que uno es y lo que puede ser? Los valores. Dicho esto, ¿cómo podemos definir nuestros valores? Para el doctor, existen tres categorías principales:

 

  1. Los valores creativos son aquellos que tienen que ver con lo que uno hace, crea, diseña, produce o actúa. Por ejemplo, podrían ser la valentía, la paciencia, la constancia, la resiliencia, la disciplina, la innovación, la cooperación, la evolución o la atención.

 

  1. Los valores vivenciales son aquellos que tienen que ver con lo que uno experimenta, percibe o asimila con lo que el mundo le aporta. Por ejemplo, podrían ser la dignidad, el respeto, la tolerancia, la amistad, la honestidad, la justicia, la asertividad o la solidaridad.

 

  1. Los valores actitudinales son aquellos que tienen que ver con la toma de posición ante los condicionantes que no podemos cambiar. Cuando existen ciertas restricciones físicas, psíquicas o normativas que no nos permiten adoptar valores creativos o vivenciales, uno siempre tiene la libertad para realizar los valores actitudinales. Por ejemplo, podrían ser la aceptación, la gratitud, la adaptabilidad, la divinidad o la integridad.


Conclusión.

El sentido es el motor más auténtico y profundo de la actuación del ser humano. Hacerse la pregunta del sentido no implica ninguna patología, porque está asociado a una situación concreta y única. El factor que posibilita que el homo sapiens sea capaz de dar un sentido a su vida es su unicidad: cada individuo es una persona irrepetible e insustituible con la libertad para decidir qué hacer y qué no hacer para vivir acorde a él.

Por ende, el propósito de vida no se puede dar, es intransferible. No existe el “sentido de la vida” como tal, sino el sentido de mi vida en este momento específico. Mediante la dimensión noética, que se materializa en un conjunto de valores y principios, podremos aspirar al desarrollo de una actitud resiliente y optimista que nos permitirá afrontar nuevos contratiempos con mayor efectividad.

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