rasgos de la personalidad

Psicología de los 5 grandes rasgos de la personalidad.

Decía Tales de Mileto: “lo fácil es pensar que conocemos al prójimo; lo difícil, conocerse a uno mismo”. Si me preguntan a mí, al matemático griego no le falta ni un ápice de razón en dichas declaraciones. Parece que somos expertos en juzgar, etiquetar y desprestigiar a los demás en base al comportamiento que adoptan para con las personas de su alrededor; de puertas para fuera, la personalidad ajena es llana, simple, predecible y descifrable. Sin embargo, ¿qué sucede cuando toca analizarnos a nosotros mismos? De repente, emergen de una selva fragosa y profunda complejísimos pensamientos, sentimientos y alegorías de todo tipo que tienen por objeto representar nuestra identidad. A la postre, tendemos a concebirnos como la excepción a la norma, el intruso en la sala, el punto aislado del plano que corrompe, deprava y ensucia por entero el análisis de regresión. “Yo soy, como diría Ortega y Gasset, yo y mis circunstancias… ¿De verdad la gente cree que puede etiquetar mi forma de ser y pronosticar mi conducta?” – dijo un hombre cualquiera. No me cabe la menor duda de que personalidad es uno de los puzles psicológicos más enrevesados y caóticos que podemos encontrar, pues existen infinitas combinaciones de seres humanos, cada cual singular e irrepetible. Aun así, también impera la tendencia a polarizar nuestras valoraciones hacia un status-quo exageradamente positivo (ignorando los vicios, defectos y manías más notorios en los que solemos incurrir en pos de enaltecer nuestra imagen de cara al público) o dramáticamente negativo (creando una visión distorsionada y pesimista de nuestros atributos, capacidades y facultades y, en suma, magnificando las emociones adversas que retroalimentan dichos pensamientos catastrofistas). Con todo, mi propósito con este artículo es puedas al fin comprender el fundamento de tu esencia como persona. Amigos, os aseguro que os sorprenderéis como nunca antes lo habéis hecho.

rasgos de la personalidad

Antes de hablar de la personalidad, creo conveniente ofrecer una definición del concepto, distinguiéndola de posibles malinterpretaciones, creencias populares o mitos sin sentido. En el lenguaje cotidiano, es frecuente ver cómo los términos personalidad, temperamento y carácter se emplean de forma intercambiable. Sin embargo, uno ha de advertir que estas palabras pretenden matizar ciertas diferencias que rara vez se observan a simple vista:

– Por un lado, el temperamento es la disposición innata que nos impulsa a reaccionar de forma particular a los estímulos ambientales. Así pues, éste hace referencia a la dimensión biológica e instintiva de la personalidad humana: el temperamento está determinado por la herencia genética, la cual influye de manera notable en el funcionamiento del sistema nervioso y endocrino, es decir, en la incidencia relativa de plurales neurotransmisores y hormonas. Estas diferencias a nivel individual dan lugar a variaciones en distintos rasgos y predisposiciones. Por ejemplo, la hiperreactividad del sistema nervioso simpático (o, en palabras más simples, la facilidad con la que el cerebro entra en “modo alerta”) favorece la aparición de sensaciones de ansiedad y estrés. Asimismo, otro ejemplo que proporciona Hans Eysenck es que las personas extrovertidas se caracterizan por niveles crónicamente bajos de activación cortical.

– Por otro lado, el carácter es el conjunto de reacciones y hábitos de comportamiento que se han adquirido durante la vida. Dicho de otro modo, se trata del componente aprendido de la personalidad, ya que aparece como consecuencia de las experiencias que vivimos y la cultura en la que crecemos. Contrariamente al pensamiento común, no se manifiesta de forma absoluta e inexorable en la infancia, sino que pasa por diversas fases hasta alcanzar su completa expresión al final de la adolescencia. En efecto, las vivencias específicas, la localización geográfica, el entorno social y familiar o la educación formal son capaces de moldear considerablemente las predisposiciones genéticas y tendencias biológicas antes descritas, esto es, al temperamento. Si bien no existe un grado de acuerdo tan contundente en torno a la definición del carácter en comparación con la de temperamento, la mayoría de propuestas destacan el hecho de que el primero deriva de la interacción social.

Una vez aclarado este punto, ¿Cómo entendemos hoy en día la personalidad?

Pues mediante la siguiente fórmula: Personalidad (P) = Temperamento (t) + Carácter (c)

En psicología, el término personalidad se define como la organización de las emociones, cogniciones y conductas que determinan los patrones de comportamiento de un individuo.

Se trata de la integración dinámica de las diversas pautas de comportamiento que emanan de la herencia genética en colaboración con los factores sociales y culturales, es decir, un conjunto de rasgos tanto aprendidos como innatos que se dan en un individuo y persisten a lo largo del tiempo. Es de vital relevancia recalcar este último punto: la personalidad ha de ser coherente en contextos distintos, de tal manera que el marco de actuación del sujeto en cuestión y su estado de ánimo se manifiesten repetidamente en escenarios cambiantes. Estarás de acuerdo conmigo en que sería injusto calificar a un profesor de iracundo sólo por haberle visto enfadado en una clase, tachar a una nueva alumna de tímida porque los primeros días no es capaz de romper el hielo o enjuiciar a tu vecino de irresponsable tras irse de copas un viernes. Dicho esto, ¿es posible discernir qué aspectos de la personalidad pertenecen al carácter y cuáles son temperamentales? O sea, mis ángeles y mis demonios, ¿son innatos o adquiridos? Sin duda, esta es la pregunta del millón. Siento desilusionarte, pero es francamente difícil distinguir de forma estricta en actualidad si un rasgo peculiar (v.gr., la obsesión, la dejadez o la adaptabilidad) es un pilar de nuestra naturaleza o, por el contrario, ha sido designado por el ambiente. Lo más habitual es que, en mayor o menor medida, ambas hayan ejercido cierta influencia en la constitución de dichos atributos.

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Es ahora cuando penetramos en el grueso del artículo para conocer en detalle aquellos aspectos de nosotros mismos que merecen ser estudiados. Evidentemente, uno se volvería loco si comenzara a inspeccionar los más de 4.504 adjetivos que Gordon Allport propuso para denotar rasgos relativamente permanentes y observables. Además, sería ineficiente proceder de esta manera, puesto que la mayoría de estas palabras contienen información que otros vocablos más generales ya recogen. A efectos prácticos, la diferencia entre los términos amable, majo o simpático es demasiado sutil como para incidir en ella a la hora de evaluar nuestra personalidad; en términos estadísticos, se espera que la correlación (r) y la covarianza (cov) de estas tres variables sea mucho más elevada con respecto a la de simpático y curioso o la de amable y dominante. Esto es de sentido común: si agradable y majo son epítetos similares, lo más normal sería que la gente responda afirmativamente tanto en el caso de que se les preguntara si se ven majos como en el de si se consideran amables. El profesor Jordan Peterson realizó un apunte brillante, ¿qué tan correlacionados tendrían que estar dos parámetros diferentes para que sea posible omitir uno de ellos al estimar la presencia de ambos? Y más importante aún: ¿qué adjetivos son más completos semánticamente hablando? O sea, ¿cuáles nos revelan más datos acerca del sustantivo?

En su lugar, nos guiaremos por un sistema mucho más sencillo cuyo fin es agrupar rasgos independientes entre sí, es decir, que abarquen propiedades que pertenezcan a espectros dispares de la naturaleza humana. El psicólogo estadounidense Lewis Goldberg diseñó el prestigioso modelo de los cinco grandes (o, simplemente, Big Five): una clasificación o taxonomía de rasgos de personalidad que analiza en profundidad la composición de cinco de sus dimensiones en su sentido más amplio, cumpliendo de este modo con la condición previa. Los cinco elementos principales forman el acrónimo OCEAN:

Factor O: Openness o apertura.

Factor C: Conscientiousness o responsabilidad.

Factor E: Extraversion o extraversión.

Factor A: Agreeableness o amabilidad.

Factor N: Neuroticism o inestabilidad emocional.

Sin más dilación, vamos con cada uno de ellos.

Factor O: Apertura.

Todos conocemos a esa persona inquieta, ingeniosa y bohemia que busca constantemente vivir nuevas experiencias y concibe su futuro de una forma bastante atípica con respecto al resto de la sociedad. El individuo con un alto grado de apertura se caracteriza por tener una relación fluida con su imaginación, apreciar el arte y la estética, romper con la rutina, desarrollar su creatividad y ser consecuente con las emociones propias y ajenas. Además, el prototipo del Factor O suele poseer conocimientos sobre multitud de temas debido a su extrema curiosidad intelectual, lo cual les hace más propensos a adoptar creencias menos convencionales. Otra característica del estilo cognitivo abierto es una instalación para con el pensamiento en símbolos y abstracciones alejadas de la experiencia concreta. Así pues, es frecuente observar la apertura en músicos, filósofos, escritores, arquitectos, publicistas y diseñadores. Su opuesto es la cerrazón a la experiencia o el rechazo al cambio. Personas con puntuaciones bajas en apertura tienden a tener intereses más usuales y tradicionales. Ellas prefieren la llaneza, familiaridad y sencillez sobre lo complejo, cambiante, ambiguo y sutil, llegando incluso a considerar las artes y las ciencias con cierta suspicacia y mirar dichos emprendimientos con desprecio o falta de interés. En resumen, un sujeto que esté abierto a la experiencia diría algo parecido a: “tengo ideas excelentes, empleo expresiones poco comunes, me lanzo hacia nuevas aventuras y soy de mente ágil a la hora de entender nuevos conceptos”, mientras que uno muy cerrado declararía: “la abstracción mental no me interesa en absoluto, carezco de imaginación y no se me da nada bien aprender cosas nuevas”.

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Factor C: Responsabilidad.

Estoy prácticamente seguro de que una proporción significativa de mi audiencia comparte conmigo este rasgo de la personalidad. También denominado diligencia o escrupulosidad, la responsabilidad es una tendencia a mostrar autodisciplina, establecer un orden concreto de procesos y prioridades y actuar de manera premeditada. Esta dimensión tiene sus bases en el autocontrol o fuerza de voluntad: una habilidad elemental en pos de la planificación, organización y ejecución de tareas. Por este motivo, el Factor C se traduce en cualidades como el detallismo, la meticulosidad, la industrialidad, la puntualidad y la confiabilidad. Eso sí, un apunte interesante es que algunos psicólogos prefieren separar la capacidad de programación y realización de actividades de la honestidad con los demás. ¿Por qué una persona responsable con sus quehaceres habría de ser sincera automáticamente? ¿es que acaso no son dos terrenos aparte? Sí y no. Ambas respuestas serían válidas dependiendo del enfoque que utilicemos: la disciplina y el orden son, efectivamente, atributos cuya forma externa no coincide con la lealtad, pero su covarianza es lo suficientemente elevada como para que, a priori, los evaluemos en tándem. En cualquier caso, ya sabríamos cómo definir a un sujeto que destaque en esta área: concienzudo, voluntarioso, determinado, de propósitos claros, de acciones previstas, capaz de controlar sus impulsos viscerales y con una capacidad de concentración sobresaliente. En fin, no exagero cuando afirmo que más de la mitad de mi contenido tiene por objeto reforzar o erigir esta particular característica.



La responsabilidad suele hacer acto de presencia en emprendedores, ingenieros, médicos, abogados, músicos o militares. En contrapartida, el polo opuesto es más laxo, informal y descuidado en sus principios morales, confundiendo la flexibilidad, el disfrute personal y la libertad con la negligencia, el desgobierno y la ociosidad. En definitiva, el testimonio de una persona con niveles estratosféricos de toma de conciencia sería bastante similar a: “siempre estoy preparado, presto atención a los detalles, hago mis deberes de inmediato, soy partidario del orden, soy muy exigente con mi trabajo, jamás olvido mis pertenencias, sigo un horario específico y me considero socialmente útil”. De los cinco grandes rasgos de la personalidad, el Factor C es, con una diferencia atronadora, el que mejor predice el éxito tanto en el ámbito de la salud como en el profesional y económico.

Factor E: Extraversión.

¿Por qué hay quienes se sienten a gusto al estar constantemente estimulados por los demás y, en cambio, otros individuos que tratan de limitar un poco más la presencia de terceros, o directamente optan por su propia compañía? La respuesta variará en función del grado de extraversión: un rasgo que se caracteriza por la alta sociabilidad, la tendencia al acompañamiento de otros, el atrevimiento en situaciones sociales o la predisposición a evitar la soledad. Este perfil suele mostrar un pronunciado compromiso o unión para con el mundo externo. A los extrovertidos les gusta estar rodeados de gente, siendo a menudo percibidos como personas entusiastas, energéticas, alegres y carismáticas; ya sabes: ese amigo o amiga al que le propones una quedada a última hora y, con casi toda seguridad, su respuesta será un “¡me apunto!” o un ¡sí, vamos!”. En suma, su rica experiencia social les dota de recursos para llamar la atención de forma positiva, hablar para que el receptor se entretenga con su discurso y, en muchas ocasiones, comunicar sus opiniones y deseos con asertividad. A la inversa, los tipos introvertidos guardan un menor compromiso social y no reflejan tanta vivacidad como los extrovertidos. Más bien, su inclinación se fructifica por medio de la tranquilidad, la deliberación y la discreción, razón por la cual están menos involucrados con el mundo exterior. Eso sí, su falta de participación comunitaria no debe interpretarse necesariamente como timidez, desapego o depresión; su actitud con respecto al entorno podría deberse al simple hecho de que no requieren tanta estimulación externa o saben sacar provecho de su propia soledad. Y es que, en dosis adecuadas, pasar tiempo con nosotros mismos constituye un importante estímulo para la creatividad, el enfoque y la cultivación del intelecto. Eso sí, es menester aclarar que el aislamiento social severo y prolongado es a su vez causa y consecuencia de múltiples trastornos como la depresión o la ansiedad; no todo introvertido disfruta de sí mismo. Recapitulando, las declaraciones de un sujeto con una alta puntuación en el Factor E serían muy próximas a: “me encanta la gente, me siento cómodo en su presencia, suelo charlar con muchas personas distintas en eventos, fiestas y situaciones, no me importa ser el centro de atención, no tengo ningún problema en iniciar una conversación y mis amistades son variadas y satisfactorias”. En cambio, una persona muy reservada manifestaría: “no hablo demasiado, odio que todo el mundo se fije en mí, pienso mucho las cosas antes de hablar o actuar, estoy más callado de lo habitual con extraños y me repele la idea de hablar ante grandes multitudes”.

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Factor A: Amabilidad.

¿Conoces la máxima “trata a los demás como te gustaría que te tratasen a ti”? Pues esta es precisamente la base de la amabilidad. También denominada afabilidad o simpatía, se define como la demostración continua y genuina de respeto, tolerancia y cordialidad. Sin perjuicio de que sea más o menos comunicativo o sociable, el afable refleja humildad y sencillez allá por donde pasa, confía en la honestidad de otros individuos, tiene vocación por ayudar a quien lo necesite y empatiza muy bien con los sentimientos ajenos. Además, sus dotes para ponerse en la posición del prójimo le permiten interpretar la realidad desde puntos de vista completamente diferentes, lo cual se traduce en una propensión superior a aceptar otras opiniones, creencias y valores. Sin embargo, como ya deberías pronosticar a estas alturas del discurso, hay una espina para cada rosa. En este caso, el enemigo de la amabilidad es la grosería, esto es, tipos desagradables, rudos y antipáticos que sólo velan por sus propios intereses, se despreocupan de las emociones de sus semejantes y utilizan un vocabulario demasiado directo, explícito y, en el peor de los escenarios, peyorativo y violento. A veces, su escepticismo sobre la buena fe de las intenciones de los demás hace que sean percibidos como sospechosos y poco cooperativos. A grandes rasgos, lo que una persona amable enunciaría se asemejaría a: “estoy francamente interesado en mis amigos, familia e incluso conocidos, simpatizo con lo que sienten, procuro que se sientan a gusto conmigo y me tomo el debido tiempo para escuchar y suplir sus necesidades”.



Al contrario, un ente desapegado confesaría: “no me importa insultar a la gente, faltarles el respeto, responderles de mala gana o ignorar sus necesidades. Suficientes problemas tengo yo como para interesarme por los de los demás”.

Factor N: Neuroticismo.

Nos adentramos en el quinto rasgo de la personalidad y, posiblemente, el más complejo.

El neuroticismo (o, si se prefiere, inestabilidad emocional) es la tendencia a experimentar emociones adversas, tales como ira, culpa, tristeza, inferioridad o desesperación, así como a sufrir ciertos trastornos mentales como el de ansiedad o depresión. Según la teoría de la personalidad de Eyseck, publicada en el año 1967, el Factor N está interconectado con la baja tolerancia a las presiones o estímulos externos de carácter negativo, de suerte que las personas con una volatilidad emocional significante presentan una percepción sesgada al valorar situaciones intrincadas, inesperadas o difíciles (e incluso las actividades normales de la vida cotidiana) como irresolubles, aflictivas o imposibles de resolver. De este modo, el mundo es concebido por ellos como un lugar cruel, hostil, gélido, despiadado y repleto de incontables amenazas y peligros, motivo por el cual se ven envueltos en toda clase de conductas reactivas, vulnerables y poco homogéneas que persisten y empeoran conforme transcurren los años. Por otro lado, la ausencia (y repito, ausencia) de neuroticismo se da en los individuos más estables, sosegados, resilientes y optimistas, es decir, aquellos cuyo comportamiento tiende a la homogenización independientemente de las vicisitudes a las que deban enfrentarse en un momento concreto. Empero, he de clarificar que este último apunte en relación a las personas estables no pretende denotar la inexistencia absoluta de las emociones desfavorables previamente mencionadas, sino que éstas desaparecen en un periodo de tiempo bastante más corto y ni muchísimo menos ocasionan perjuicios de tan nefastas consecuencias para su salud mental. Por consiguiente, el juicio de los sujetos con alta puntuación en neuroticismo se sintetizaría en: “me irrito, frustro, estreso, entristezco, asusto y lamento fácilmente, me preocupa todo en exceso y tengo cambios de humor muy asiduos y pronunciados en comparación con la gente de mi alrededor”.

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Encuentra el equilibrio.

¿Cómo puedes comprobar en qué medida se presentan en ti cada uno de los cinco grandes rasgos de la personalidad? Mi recomendación personal es que realices el test psicológico que adjuntaré en el footer del artículo, el cual te revelará las respectivas valoraciones en relación al modelo Big Five en aproximadamente quince minutos. Aunque lo cierto es que muchos de vosotros ya intuiréis sin percance alguno cómo se canonizará cada atributo expuesto antes de responder a las preguntas del cuestionario. Nada más concluir con él, me encantaría que compartieras tus resultados en la caja de comentarios. Ahora bien, ¿de qué forma deberían interpretarse? ¿implica la abundancia o escasez de un rasgo concreto una mejor adaptación al entorno o, por contraste, menor funcionalidad y bienestar? Pues esto dependerá, como es lógico, del factor OCEAN en cuestión y su manifestación:

– Por un lado, la corriente absolutista demarca el escenario idílico como la maximización (o la minimización) de cada rasgo en función a los efectos que cause sobre la vida de las personas en agregado. En resumidas cuentas, la apertura, responsabilidad, extroversión y amabilidad son valoradas positivamente, mientras que el neuroticismo se considera poco deseable. Según esta visión, la combinación perfecta hacia la cual uno debería tender sería similar a lo que estás observando en pantalla: cuanto más O, C, E y A y menos N, mejor.

Sin embargo, yo considero que esta concepción es extremadamente simplista y está muy polarizada hacia los extremos de la escala, motivo por el cual es rechazada por gran parte de la comunidad de psicólogos a escala internacional. Si bien muchos de ellos concuerdan en que existen organizaciones de los cinco rasgos que arrojan mejores consecuencias que otras en los diversos ámbitos de la vida práctica, eso no quiere decir que sea una (y sólo una) la estructura que ha de tomarse como modelo a seguir o canon de la personalidad.

A saber, si nos dieran a elegir entre casarnos con alguien inestable, cerrado, irresponsable, apático y asocial o con una persona más estable, curiosa, diligente, simpática, sociable e idéntica físicamente a la primera, creo que la respuesta sería muy evidente. 

– Por otro lado, la corriente personalista (o, como la denominaría yo, aristotélica) decreta que aproximarse hacia un lado específico de la línea no siempre es favorable. En palabras más sencillas, más Factor O, C, E, A o N no siempre equivale a mejor. Bien es cierto que hay un consenso prácticamente generalizado en cuanto al neuroticismo, cuya afluencia se asocia a un performance inoperativo, decadente y lastrante tanto en las tareas intelectuales como en las emocionales. Sin embargo, el análisis no es tan clarividente en cuanto al resto de rasgos se refiere. ¿Recordáis el principio de aurea mediocritas de Aristóteles? Los que hayáis visto el artículo de la media dorada, sabréis que, según él, la virtud moral se encuentra en el término medio entre dos extremos viciosos. Y ojo, medio no es igual a mediano, es decir, no tiene por qué ubicarse en la mitad exacta de la línea. Me explico…



En algunos rasgos, el problema reside en la interpretación que llevamos a cabo. Tomemos como ejemplo el de la extroversión: buscar activamente la compañía de los demás y actuar de forma entusiasta en las relaciones sociales suele ser beneficioso en muchos casos, pero también podríamos estar ante un sujeto con trastorno de la personalidad histriónica – que pretende llamar la atención a toda costa – o de la personalidad dependiente – que requiere un acompañamiento continuo de los demás para evadirse de sus problemas personales -. Asimismo, la amabilidad, la empatía y el miramiento hacia individuos con trastorno de la personalidad narcisista, borderline o antisocial, ya sea en la vertiente psicópata o en la sociópata, nos colocaría con una altísima probabilidad en situaciones muy vulnerables en las que la otra persona aprovecharía para descalificar, manipular, maltratar o humillar. La introversión mal encauzada se traduce habitualmente en el trastorno de la personalidad evitativa – gente que elude eventos sociales o interacciones que impliquen un riesgo de rechazo, crítica o humillación –, así como la antipatía puede deberse al de la personalidad paranoide – un patrón generalizado de desconfianza injustificada hacia todo el mundo al percibir las intenciones ajenas como malignas y sospechosas -. No obstante, como expuse con anterioridad, la soledad presenta numerosos beneficios si se modera con exposiciones razonables de interacción social. Yo mismo me sitúo en el centro exacto de esta escala, y este resultado no me extraña en absoluto: me gusta compartir momentos con grupos más numerosos, conocer gente nueva y dar conferencias en público, al tiempo que detesto con toda mi alma los eventos multitudinarios y requiero cierto aislamiento, incomunicación y silencio para concentrarme en escribir mis artículos de manera más creativa.

En otros rasgos, el problema se sitúa en la mera intensidad en la escala. El caso más típico es el de la responsabilidad, cuyo exceso deriva en el trastorno de la personalidad obsesivo-compulsiva – una preocupación extrema por las reglas, el orden y el control -. Si el sujeto no da cabida a cierta proporción de espontaneidad, flexibilidad e improvisación sobre sus normas híper-exigentes y rígidos estándares, acabará frustrado, nervioso o deprimido por no ser capaz cumplir con todos ellos. Algo parecido sucede en relación a la apertura: estar inmersos en una caza constante de lo novedoso, abstracto e intelectualmente demandante sin dejar lugar a la sencillez de las pequeñas cosas de la vida es la receta perfecta para el distanciamiento, al percibir a gran parte del núcleo de amigos y familiares como personas poco interesantes o a las actividades más ordinarias como una pérdida de tiempo. Es muy importante aprender a desconectar de la erudición y la creatividad y diseñar una zona de confort (sí, has oído bien: zona de confort) en la que uno pueda recargar las pilas. Dicho esto, la conclusión del ensayo es que la personalidad humana es increíblemente aparatosa y extensa. No puede afirmar que una cualidad específica es siempre buena o mala. Ahora, me corresponde aludir a una pequeña cita a modo de despedida: “todo el mundo tiene sus luces y sus sombras, pero sólo unos pocos son capaces de distinguirlas”.

Test: (https://www.truity.com/test/big-five-personality-test#)

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