nostalgia

El significado psicológico de la nostalgia

Hablemos de Nostalgia:

¿Os acordáis de todos los buenos momentos de vuestra infancia, adolescencia y juventud? Qué sensación tan agridulce recorre mi cuerpo cada vez que me paro a pensar cuántas carcajadas, abrazos y sonrisas pude vivir en aquellos tiempos donde las cosas marchaban favorablemente. Ojalá pudiera reavivar, tan sólo por un día, el cálido ambiente de lo pretérito en pos de valorar las circunstancias como realmente tendría que haberlo hecho.

No supe agradecer lo suficiente la magnitud emocional de maravillosas vivencias que marcaron el porvenir de mi personalidad. Qué catastrófica desdicha… ¿seré capaz de perdonarme algún día por dar por sentado el júbilo como si de la luz del sol se tratara? Las palabras de Jorge Manrique resuenan en la cabeza a cuentagotas, con el eco del “todo tiempo pasado fue mejor” retumbando por cada milímetro de mi consciencia.



Hasta que uno finalmente se pregunta: ¿será verdad que lo mejor ya se ha esfumado y que el calvario más profundo se acentuará conforme los años van pasando? Y el factor más incomprensible de este dilema: ¿por qué deseamos retornar hacia lo que ya ha sucedido con tanto fulgor si sabemos perfectamente que tal misión no es posible?

En el sentido literal, la palabra nostalgia proviene de los términos griegos nostos (regreso, volver a casa) y algos (dolor). Esto es, se trata del sufrimiento causado por un deseo incumplido de retornar al hogar. El médico suizo Johannes Hofer la explica como la añoranza por el hogar que los soldados destinados al extranjero tienen hacia su país. El hecho de encontrarse lejos de su casa les causaba taquicardias, desazón e insomnio. Más tarde, a principios del siglo XIX, pasó a ser descrita como una forma patológica de melancolía, un trastorno psíquico indomable que perturba el pensamiento de aquellos que desean regresar a casa tras un periodo de ausencia; un deseo que, a veces, no se cumple.

Según Mariano Ibérico, la nostalgia mezcla un sentimiento de encanto ante el recuerdo del objeto ausente o desaparecido para siempre en el tiempo con un sentimiento de dolor ante la falta de ese objeto. En definitiva, se trata de un fuerte anhelo de retorno que busca transponer la enigmática distancia que separa el ayer del hoy para reintegrar el alma en la situación que el tiempo ha abolido; algo fue, y nunca más volverá a ser como antes. ¿Por qué viajar al pasado con la mente es tan intenso y contradictorio al mismo tiempo?

nostalgia

Parece que el esperanzador horizonte se aleja más y más conforme uno avanza por el sendero de la vida. Cada ápice de esfuerzo se siente como un puñal desgarrador que consume toneladas ingentes de vitalidad, firmeza y motivación. Y peor aún, todo este sacrificio para volver a experimentar por unos míseros segundos esa sensación de frescor, felicidad, libertad; el bienestar puro y radical de un niño inocente que vivía el presente.

“¡Ojalá las cosas fueran como antes!”, exclamó al aire un hombre insatisfecho de serlo, pues éste no supo hacia qué regresar exactamente. ¿Cómo volver a un estado tan perfecto si no soy más que un ser imperfecto? Cuán bella era la armonía que acaecía: cada objeto, detalle y acontecimiento estaba donde tenía que estar y era como tenía que ser, pero ahora es la propia consciencia la que ha de ordenar los objetos, adornar los detalles e interpretar los acontecimientos en aras de minimizar el sufrimiento del alma; qué ardor al observar que las piezas son defectuosas y ya no encajan en el puzle.

La vida adulta llama a la puerta y no todos están dispuestos a desprenderse de los vicios. La pomposa burbuja de confort no es tan inquebrantable como se pensaba en los inicios. Empiezan a acumularse las obligaciones, los compromisos, los sacrificios; por si fuera poco, rodeados de un manto de competitividad tan feroz y despiadado que conduce a millones de personas al suplicio de la indefensión aprendida.

¿Qué hago yo en un mundo tan sumamente injusto?

¿Qué aporto yo en un mercado tan altamente dinámico?

¿Qué importo yo en un universo tan exageradamente vasto?

¿Quién narices soy? Quiero volver, necesito volver hacia atrás.

La cuestión es que Peter Pan ya se hizo adulto hace mucho tiempo: ahora trabaja en una fábrica londinense para pagar facturas en un barrio tétrico y lúgubre, mientras Wendy se distrae con el pasatiempo de turno para consolar su hastío vital. El mito del muchacho que nunca crece se evaporó junto con el sueño del país de nunca jamás: “la segunda estrella a la derecha y todo recto hasta el amanecer” resultó ser un embuste.



Un ataque de pánico se apodera de nuestra voluntad ante los vertiginosos cambios que se aproximan a nuestra vida, y la única manera que conocemos para lidiar con el miedo a lo desconocido es buscar refugio en el placer de la imaginación. Desesperados, arrancamos de cuajo los recuerdos más reconfortantes y agradables de nuestra mente para prostituirlos sin piedad, extrayendo el jugo del placer para derramarlo en una catarata de lágrimas.

Hice todo lo que me dijiste, Moisés. Fui al monte del amorreo y a todas sus comarcas, en el Arabá, en los valles, en el Neguev y junto a la costa del mar. Acudí personalmente a la tierra del cananeo y al Líbano, llegando hasta el mismísimo río Éufrates. En nombre de Dios hablaste y, ahora, yo te pregunto: ¿dónde está la Tierra Prometida?

Cada vez que necesitaba buscar cobijo en la fugacidad del verso, acudía a un pequeño fragmento de un poema de Góngora:

Vuelan los ligeros años, y con presurosas alas

Nos roban, como harpías, nuestras sabrosas viandas.

La flor de la maravilla, esta verdad nos declara,

Porque le hurta la tarde lo que le dio la mañana.

La vida no acaba aquí.

La Odisea de Homero, que narra la vuelta de Ulises a Ítaca tras la guerra de Troya, relata especialmente bien por qué la nostalgia no es más que una trampa psicológica que engaña a su víctima con un mar de sensaciones confusas y aflictivas. El deseo del joven marinero es regresar a su querida patria para reencontrarse con Penélope.

Sin embargo, en el canto X, el ingenioso héroe comunica a su tripulación que Circe – la diosa hechicera – no les permite cumplir con su propósito: “seguro que pensáis que ya marchamos a casa, pero Circe me ha llevado a las mansiones de Hades y la terrible Perséfone para pedir oráculo al tebano Tiresias.” Cuando pronunció estas líneas a los marineros, su corazón se quebró por completo; se sentaron de nuevo a llorar, mas nada consiguieron con lamentarse.

nostalgia que es

Existen dos mecanismos psicológicos que convierten a la añoranza es una auténtica tortura ocasionada por un cerebro estúpido que pica una y otra vez en el anzuelo:

– Por un lado, cualquier indicio externo tiene el potencial de activar este peligroso resorte psicológico hasta tornar en adicción. Basta con una canción, un olor, un alimento o una persona que no veíamos desde hace mucho tiempo para iniciar el bucle. De pronto, nos invade un fogonazo de la niñez, un lugar que nos hizo felices, un momento de euforia o algo que sea grato de ser conmemorado, provocando una sensación temporal de placer. El problema de este placer es que, como la gran mayoría de ellos, es efímero.

– Por otro lado, la mente pica en el denominado sesgo de retrospección idílica, el cual se refiere al fenómeno psicológico de juzgar el pasado desproporcionadamente mejor de lo que se juzga el presente, motivo por el cual también se llama retrospección de color rosa. Puesto en palabras más sencillas, nos sentimos tentados a visualizar las circunstancias pasadas muchísimo más positivas de lo que eran en realidad. Y esto es una artimaña…

Añoras la niñez, pero en aquel momento odiabas que tus padres te dieran órdenes.

Añoras los días de colegio, pero en aquel momento detestabas cada minuto en el aula.

Añoras las largas vacaciones, pero en aquel momento no soportabas tanto aburrimiento.

Añoras los partidos de fútbol, pero en aquel momento querías escupir al entrenador en la cara por ser tan borde contigo. No, tu Peter Pan jamás quiso ser niño por siempre.



Fíjate que incluso yo, habiendo sido discriminado durante gran parte de mi adolescencia de forma descarada con episodios de violencia y abuso escolar, no soy capaz de memorar mi estancia en el instituto como algo negativo, sino más bien positivo. La razón por la que eres más niño ahora que antes, la razón por la que prefieres refugiarte en un mundo protegido de todo mal antes que navegar hacia Ítaca viento en popa a toda vela es, sencillamente, que deseas lo que no tienes.

Y no es solamente que uno desee algo que puede tener, como si de un bien material o un goce terrenal se tratara, sino que la nostalgia se basa en un deseo primal cuyo objeto es, en ocasiones, totalmente irrecuperable. En efecto, a excepción de los recuerdos negativos cuya intensidad emocional fue especialmente elevada, nuestro cerebro filtra automáticamente gran parte de las experiencias dolorosas para quedarse únicamente con las experiencias placenteras; una estafa que acabas de descubrir ahora.

Con todo, Ulises no decayó en ánimos, pues sabía perfectamente que la vuelta a Ítaca era tan sólo cuestión de tiempo. Como tantas veces había sucedido, su rol de liderazgo atenuó el sentimiento aflictivo de la tripulación: el nuevo propósito era disfrutar del camino.

Una vez somos conscientes de que el placer de la nostalgia es tan sólo un espejismo, una ilusión mortífera que nos toma por imbéciles, estamos preparados para entrar en combate: no se trata de dejar de recordar ni de mirar al pasado. La reminiscencia consta como la más pura representación de que el homo sapiens es un ente cognitivamente superior a otros seres vivos; en su lugar, el truco consiste en mirar hacia atrás para seguir adelante.

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Esto es, después de haber escarbado en la laguna de los recuerdos, cortaremos de raíz la fase menguante del bucle. Utilizaremos nuestras memorias de manera potenciadora en lugar de limitante apalancándonos en ellas como fuente de poder, inspiración, aprendizaje y motivación. Tomaremos las malas experiencias para extraer lecciones de por vida en vez de emociones que nos lastren, mientras rescatamos los buenos momentos para obtener el carburante necesario que nos ayude a perseguir nuestro designio con entereza.

En este sentido, el sociólogo norteamericano Free Davis hizo un descubrimiento a mitades del siglo XX: de ser canalizada correctamente, la nostalgia produce bienestar y ayuda a dar significado a nuestra vida. Si uno fija una dirección específica, hacer acto de retrospección dejará de ser una mera dolencia cerebral para ser categorizada como un instrumento de poder.

El canto de la sirena que te atrapó en el torbellino del recuerdo ya no surtirá efecto.

El llanto de la diosa que te mantuvo en el agujero del lamento dejará de ser sangriento.

Hasta que llegue un momento en el que alzarás la voz con orgullo, diciendo: “sí, el pasado estuvo muy bien y le guardo mucho cariño. Y madre mía, qué futuro tan apasionante me espera… Penélope, aguarda pacientemente, que me toca vivir una travesía inolvidable”.

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