inteligencias multiples

La teoría de las inteligencias múltiples.

Había una vez un selecto grupo de animales que decidió fundar una escuela en mitad del bosque. Su primera misión consistía en elegir las disciplinas que serían impartidas durante el curso. Sin embargo, sus propuestas eran demasiado heterogéneas: el águila insistió en que se incluyera un curso de vuelo; el pez deseaba que la natación fuera también incluida en el currículo; la ardilla creía que la enseñanza de subir en perpendicular por los árboles era fundamental; y el conejo no estaba dispuesto a dejar la carrera fuera del programa de materias. Al no lograr ponerse de acuerdo entre ellos, la decisión tuvo que ser tomada por el animal dominante entre todos ellos: el sapiens. ¿Su criterio? Simple: las calificaciones dependerían de su capacidad para ponerse a dos patas. Y así suspendió el pez, creyéndose un inútil el resto de su vida, sellando así una herida de su falsa estupidez.

El coeficiente intelectual.

Retrocedamos hasta el París del año 1900, en plena Belle Époque. Por aquel entonces, los prohombres de la urbe se dirigieron a un psicólogo llamado Alfred Binet con una inusual petición: ¿podría usted diseñar alguna métrica que prediga qué alumnos de las escuelas primarias de París tendrán éxito en sus estudios y cuáles fracasarán? El resto es historia. En poco tiempo, su descubrimiento fue bautizado como test de inteligencia, y su medida, como el coeficiente intelectual (CI). Como otras tantas modas parisinas, el CI pronto llegó a Estados Unidos, donde su éxito fue bastante modesto hasta la Primera Guerra Mundial. Tras examinar a más de un millón de reclutas estadounidenses, su utilidad comenzó a ser mucho más evidente y, en consecuencia, se extendió de forma eficaz por Norteamérica.

Así pues, ¿Cómo se valora dicho parámetro exactamente? Pues a través de una batería de test psicológicos estandarizados que se dividen en distintas pruebas: sucesión de dibujos, balanzas, puzles visuales, etc. Dichos ejercicios son utilizados en diversos ámbitos de la psicología (clínica, educación, social…) y, además, son francamente útiles para mantener nuestro cerebro activo. Al principio, las preguntas solían ser muy básicas, ya que trataban únicamente funciones como la memorización, la asociación, la lógica y el cálculo, aunque sus deficiencias se fueron solventando paulatinamente con problemas de visión espacial, dominio verbal o combinaciones creativas entre las áreas anteriores conforme pasaron los años. En fin, que el objetivo principal era estimar la inteligencia general de un individuo abarcando sus diferentes manifestaciones.

Ahora, la pregunta del millón: ¿a qué se debe el tremendo éxito del coeficiente intelectual? Al menos en el mundo occidental, la gente de la época confiaba en meros juicios intuitivos a la hora de evaluar el grado de inteligencia de los demás (“este tío es bastante avispado”). Pero eso llegó a su fin… Parecía que la inteligencia se convertiría, por primera vez y para sorpresa de tantos, en un atributo cuantificable. ¿Os imagináis poder medir el potencial real de una persona en una profesión específica diez años antes de graduarse en materia? ¿es que acaso puede saberse cuán apto es uno para ser ingeniero, abogado, policía, pintor o sacerdote con tanta antelación? En años posteriores, la búsqueda de la medida perfecta de la inteligencia progresó rápidamente, dando lugar a nuevas y sofisticadas versiones del test de CI como el Scholastic Aptitude Test (por su traducción, test de aptitud académica). De forma similar, el SAT pretende clasificar a los individuos en una escala intelectual y, a partir de la misma, estimar una proyección intelectual de los mismos.

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Esta visión unidimensional de cómo hay que evaluar las plurales mentes de las personas se corresponde con una visión de la escuela de carácter uniforme. Dicho sistema permite que los mejores estudiantes (i.e., aquellos con un CI más alto) sigan cursos que requieren lectura crítica y cálculo avanzado. De este modo, las evaluaciones periódicas con papel y lápiz o del tipo CI/SAT proporcionan clasificaciones fiables de la gente: los más brillantes se marchan a las mejores universidades, quizás alcanzando una buena situación en su vida posteriormente; los peores lo tendrán más difícil para cursar estudios superiores. Debido a que este sistema de medida y selección es claramente meritocrático, presenta argumentos para ser recomendable desde ciertos puntos de vista. No obstante, el enfoque CI/SAT ha recibido numerosas críticas por parte de los psicólogos a lo largo de las últimas décadas dado un contratiempo de gran magnitud: está demasiado acotado.

En efecto, existe en la sociedad actual cierto descontento generalizado con el concepto de coeficiente intelectual, así como de una visión demasiado unitaria de la inteligencia. Atrás se ha quedado la concepción de la inteligencia como una variable que agrupa todas y cada una de las características sobresalientes en una persona. ¿No habéis escuchado alguna vez afirmaciones del estilo “Juan saca muy buenas notas, pero no te dejes engañar: lo único que sabe hacer es memorizar sin entender los conceptos y escupirlos el día del examen” o “María se distrae mucho en clase y por eso obtiene unas calificaciones tan mediocres. Sin embargo, su creatividad es infinitamente superior a la del resto de sus compañeros. Es la chica más inteligente con la que te vas a cruzar”. Pues aquí reside precisamente el quid de la cuestión: ¿A qué nos referimos exactamente cuando decimos que una persona es inteligente? ¿a que tiene la capacidad de estudiar horas y horas sin parar? ¿a que lleva sacando buenas notas durante toda su trayectoria estudiantil? ¿a que realiza observaciones súper astutas que no se le habría ocurrido a nadie? ¿a que sabe ingeniárselas bien a la hora de tomar decisiones en su vida personal? Como puedes apreciar, el puzle no es tan sencillo como parece. No obstante, me gustaría plantearte una hipótesis que te hará reflexionar: ¿Y si todas y cada una de estas respuestas tuvieran cierto componente de razón?  ¿Y si Juan y María fueran listos, pero cada uno a su propia manera?



Para entenderlo mejor, pensemos en el siguiente ejemplo: dos niños de once años realizan un test de inteligencia cuyas hojas de respuestas se puntúan de forma objetiva. El número de respuestas correctas del examen se convierte en una puntuación estándar que compara a dicho niño con una población de individuos de edad similar. Acto seguido, el profesor observa que uno de los niños ha obtenido resultados magníficos, puesto que la proporción de aciertos es bastante superior con respecto a la de sus compañeros de clase. De hecho, su puntuación es muy similar a la de niños tres o cuatro años mayores. Mientras tanto, los resultados del otro niño son normales y corrientes, similares a los niños de su edad. A raíz de dicho evento, los maestros y profesores empiezan a suponer que el primer niño irá bien durante toda su escolaridad, mientras que el segundo tendrá un éxito mucho más discreto. Pasados unos años, estas predicciones se cumplen. En otras palabras, el test realizado por los niños de once años supone un pronóstico fiable acerca de su posterior rendimiento en la escuela. ¿Y por qué ocurre esto? El niño con “mayor inteligencia” tiene la habilidad de resolver problemas concretos y aprender material nuevo de forma rápida y eficaz, lo cual se traduce en un mejor desempeño en el ámbito académico. Desde esta perspectiva, la “inteligencia” es una facultad singular que se utiliza en cualquier situación en la que haya que resolver un problema. Como la escolaridad depende en gran medida de la resolución de problemas de diversas índoles, el simple hecho de poder predecir esta capacidad en los niños equivale a pronosticar un futuro prometedor en la escuela.

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Ahora bien, ¿Qué ocurre una vez que la escolaridad llega a su fin? Pues recordemos a los dos protagonistas: echando un vistazo rápido al transcurso de sus vidas, descubrimos que el estudiante normal se ha convertido en un ingeniero mecánico de gran envergadura que se ha ganado una posición privilegiada tanto en la asociación profesional de ingenieros como en los grupos cívicos de su comunidad. Además, su éxito no ha dependido de una racha de suerte: sus familiares, amigos y conocidos lo consideran un hombre competente. Por otro lado, el estudiante superior ha tenido poco éxito en la carrera de escritor que él mismo eligió. Después de sucesivos rechazos por parte de los editores, logró alcanzar un puesto intermedio en una agencia de publicidad. Si bien sus compañeros no lo consideran un completo fracaso, sí creen que su capacidad para realizar tareas y resolver problemas no sobresale por encima de la media. ¿Qué ha ocurrido aquí? Este ejemplo ficticio se basa en una realidad imperante en lo que a las pruebas de inteligencia se refiere: los test de CI predicen el éxito escolar con una precisión considerable, pero no dicen nada acerca del posible éxito en una determinada profesión una vez concluida la educación formal.

Investigadores de la Universidad Western de Canadá y el Museo de Ciencia de Londres llevaron a cabo uno de los mayores estudios para medir la inteligencia realizados hasta el momento. El objetivo del equipo era averiguar si una única cifra sería realmente capaz de aproximar las capacidades cognitivas del homo sapiens desde un plano global y holístico. Según los investigadores, es posible constatar mediante pruebas de escáner cerebral tres componentes cognitivos fundamentales: memoria a corto plazo, razonamiento y habilidad verbal, cada uno de los cuales corresponde a un patrón distinto de actividad neural. Dicho esto, ¿Cuál es el resultado de la investigación? Sorprendentemente, los test de coeficiente intelectual presentan fallos fundamentales porque no toman en consideración la compleja naturaleza del intelecto humano. La inteligencia está compuesta de circuitos diferentes, lo cual implica que unas personas pueden destacar en un área de inteligencia y no en otra. Guiándose por estas conclusiones, cabe la posibilidad de que nuestro querido Juan sea un sujeto con habilidades lingüísticas fantásticas y una memoria brillante, pero con un talón de Aquiles en su capacidad de razonamiento; quizás el caso de María sea justo el opuesto. Las declaraciones de los científicos implicados en el estudio fueron: “nuestros resultados desmienten de una vez por todas la idea de que una sola métrica de la inteligencia (como es el cociente intelectual) es suficiente para concentrar las cuantiosas divergencias en la capacidad cognitiva que observamos entre las personas. El cerebro humano es el objeto más complejo que se conoce hasta la fecha. Por ende, es de vital importancia recalcar que no es correcto utilizar el cociente intelectual como sinónimo de inteligencia en el amplio sentido de la palabra, pues el CI es solamente un estimador de la misma. Sin embargo, en la mayoría de lecturas no científicas se comete el error de entremezclar ambos conceptos.



Teoría de las inteligencias múltiples.

Nos acercamos al punto caliente del artículo. Si te has dado cuenta, nos hemos limitado por ahora a hablar de la inteligencia desde una panorámica generalista, así como a desmitificar ciertos rumores sin evidencia empírica. No obstante, he preferido esperar a este momento para dar una definición más constitutiva (si es que se puede) del concepto inteligencia. Tradicionalmente, los expertos la entendieron como la mera capacidad para resolver problemas pertenecientes a la esfera científica, matemática, lógica y lingüística. El protagonista del libro de hoy, Howard Gardner, se encargó de proponer una alternativa que pulveriza la concepción clásica conocida: la teoría de las inteligencias múltiples. Bajo este esquema, la inteligencia consiste en la capacidad de percibir e inferir la información presente en los estímulos externos o internos y de retenerla como conocimiento para luego aplicarlo a comportamientos adaptativos dentro de un entorno específico.

En otras palabras, ya no nos estamos refiriendo únicamente a despejar la incógnita de una ecuación de segundo grado, aprenderse las capitales de los países, realizar un comentario de texto, analizar sintácticamente una oración o aprender un nuevo idioma, sino también a controlar la frustración, convencer a las personas, construir una cartera de clientes fieles, estar a gusto en soledad, aprender a cantar, hacer gimnasia rítmica, orientarse bien por la calle o comprender las necesidades de los animales. Por tanto, la inteligencia no debe ser comprendida simple y llanamente como la capacidad de resolver problemas convergentes (esto es, con una única solución, límites definidos y propiedades fijas), sino cuestiones de carácter divergente (esto es, con varias soluciones, sin límites y propiedades cambiantes), ya que son éstos últimos los que dan rienda suelta a la creatividad y la autoconciencia.

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La consecuencia directa de esta transición en el canon preestablecido hasta finales de los años ochenta implica, como bien recoge el propio nombre de la teoría, que la inteligencia no es singular, sino plural. Según Gardner, no existe un único factor cognitivo (ni mucho menos un simple indicador como el CI o el SAT) mediante el cual uno pueda afirmar con toda convicción cómo de brillante (o estúpida) es una persona concreta. Más bien, el autor propone en su libro 7 tipos distintos – pero igualmente relevantes – de inteligencia: lógico-matemática, lingüística, espacial, musical, kinestésica, interpersonal e intrapersonal. Sin más preámbulos, me dispondré a revisar brevemente cada uno de ellos.

1) Inteligencia lógico-matemática.

La inteligencia lógico-matemática es aquella que agrupa habilidades como la percepción geométrica, el cálculo, el reconocimiento de patrones numéricos o lógicos y el manejo de mecanismos de raciocinio formal como las matemáticas, la lógica, la física o la química, entre otras ciencias exactas y aplicadas. Probablemente, esta es la variante de inteligencia más valorada a lo largo de la historia, ya que es especialmente útil a la hora de diseñar y fabricar instrumentos o deducir leyes naturales del universo. En suma, al estar asociada a la capacidad de razonamiento inductivo y deductivo del ser humano, su empleo va mucho más allá de las materias puramente científicas desde el punto de vista formal; la economía, el derecho, la biología o la filosofía también convocan un importante componente lógico-matemático. Eso sí, es muy habitual que este tipo de inteligencia destaque en científicos, ingenieros, inventores, matemáticos, físicos, etc. En rivalidad con la postura de Howard, yo pienso que la inteligencia lógico-matemática es la más trascendental de las siete, pues posee una propiedad única: en mayor o menor grado, se puede extrapolar a las demás.

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2) Inteligencia lingüística.

La función del lenguaje en el homo sapiens es universal, puesto que consta como nuestra principal herramienta de entendimiento e interacción. No obstante, existen individuos que poseen un mayor dominio sobre ella, bien sea en el habla, la escritura o ambas a la vez. Habida cuenta, se entiende por inteligencia lingüística la facilidad para aprender nuevos idiomas con fluidez, expresarse de manera eficaz por vía oral y/o escrita y contar con una comprensión del lenguaje verbal más allá de lo común. Paralelamente, esta variante goza de una gran acreditación por parte del núcleo social, pues su aplicabilidad escala a la casi-totalidad de esferas del conocimiento. Estas personas están dotadas de ciertas facultades que les permiten elaborar discursos con adecuación, coherencia y cohesión, respetando siempre las reglas ortográficas y gramaticales y sabiendo llamar la atención del receptor. Es muy frecuente apreciar un alto desarrollo lingüístico en escritores, oradores, abogados, poetas, líderes políticos o religiosos, etc.

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3) Inteligencia espacial.

La inteligencia espacial se define como la capacidad para procesar y coordinar de manera eficiente órdenes espaciales abstractas, empleando para ello el sentido de la ubicación, la imaginación, la visión periférica o la lógica. Consta como la herramienta que se aplica a la hora de interpretar y utilizar satisfactoriamente mapas, coordenadas y orientaciones. Además, los individuos repletos de esta clase de inteligencia son capaces de proyectar los objetos desde diferentes ángulos de percepción en aras de adquirir una nueva perspectiva de los mismos, pudiendo así elaborar presentaciones visuales, maquetas a pequeña escala u obras de arte como dibujos, pinturas, etc. Las destrezas espaciales son bastante comunes en arquitectos, pintores, cirujanos, diseñadores, fotógrafos, geólogos, futbolistas, etc.

 

 

4) Inteligencia musical.

La musicalidad consta como un aspecto cultural de carácter universal cuyas expresiones son sumamente diversas: desde realizaciones artísticas hasta la lectura de pentagramas o rituales de danza. Todo ello demanda del sujeto una percepción adecuada del ritmo, así como una interrelación estrecha entre oído y mente que le permita comprender, distinguir y seguir patrones rítmicos, o incluso crearlos de cero. Y ojo: la inteligencia musical no se reduce únicamente a la música per se, sino que queda reflejada en otros ámbitos. Un buen ejemplo lo encontramos en el libro “Neurología y Música” de Josep Lluís Martí I Villata, en el que dicho autor expone el estrecho vínculo existente entre el habla y la musicalidad por medio de la interpretación física de la música. Si te das cuenta, las personas cuya voz nos cautiva más tienen un rasgo en común: saben modular bien el tempo de su discurso, el timbre, la tonalidad, la melodía… Por ejemplo: no-es-lo-mis-mo-que-ha-ble-mar-can-do-las-sí-la-bas que enfatizando muuuuucho una palabra, aumentando el volumen de mi voz o la amplitud de mi entonación. Pero es que aún hay más: las personas con altas dotes musicales son más propensas a detectar ciertos estados emocionales en los demás tan sólo prestando atención a todos estos atributos. Increíble, ¿verdad? Por lo tanto, no cometas el error de calificar a esta tipología como inservible u opcional, puesto que va mucho más allá de tocar el piano o reproducir partituras en nuestra cabeza. Obviamente, este tipo de inteligencia se halla más cultivada en músicos, cantantes, bailarines, cineastas y oradores.

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5) Inteligencia kinestésica.

La inteligencia kinestésica es aquella que se aplica a la coordinación de los movimientos corporales, el autoconocimiento del potencial físico, el ajuste entre la mente y el cuerpo, el sentido de exploración mediante el tacto y la soltura para mejorar la velocidad, la fuerza y el equilibrio. Nuevamente, es crucial no subestimar, tergiversar o malinterpretar lo que la inteligencia cinestésica implica; esto es, no estamos hablando necesariamente de ser el capitán América o Kim Possible, ya que hay otros aspectos como el pulso, el equilibrio o el uso interpretativo de la postura corporal que se ven materializados en otras profesiones. En este sentido, los cirujanos, dramaturgos, escultores o astronautas también disponen de una elevada inteligencia kinestésica y, por supuesto, es usual encontrarla en preparadores físicos, modelos, deportistas, bailarines, coreógrafos, etc.

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6) Inteligencia emocional.

La inteligencia se puede entender desde la acepción latina intelligere, esto es, “seleccionar entre”. Ser inteligente implica que, entre todas las opciones posibles, uno escogerá la más adecuada a una situación concreta. Ergo, la inteligencia emocional compromete al sujeto a que, entre todas las respuestas emocionales que se encuentran a su disposición, elija la más apropiada para con los estímulos externos en un contexto particular, es decir, la más funcional y adaptativa.

No obstante, Howard Gardner desglosa en su libro la inteligencia emocional en dos tipos diferentes (pero complementarios) que constituyen el sexto y el séptimo componente. En este sentido, se podría definir la inteligencia emocional como la suma de la inteligencia interpersonal – que consiste en discernir y responder convenientemente al estado anímico, temperamento, deseos y sentimientos del prójimo – y la intrapersonal – que consiste en ser dueño de nuestras propias emociones -. En definitiva, intra (cómo nos relacionamos con nosotros mismos) e inter (cómo nos relacionamos con los demás). Todo con un único objetivo: tomar las decisiones que maximicen nuestra calidad de vida y la de las personas que nos rodean. Y esta tarea no corresponde solamente a la lógica, puesto que, por sí sola, no puede elegir aspectos tan determinantes como qué actividad laboral desempeñar, cómo ayudar a tu hermano pequeño o con quién iniciar una relación afectiva. Para que entiendas cómo distinguir entre inter e intra, es menester profundizar ligeramente en cada una.

– Por un lado, la inteligencia intrapersonal nos permite ver de forma real quiénes somos, qué deseamos y cómo priorizamos nuestras obligaciones. Así pues, al tratarse de un acto introspectivo, un buen intra tiende a la examinación de su mundo interno. Evidentemente, esto pasa por identificar las emociones y los sentimientos, las lógicas que rigen la propia conducta y, de esta manera, ser capaz de organizarlas, elegirlas y canalizarlas acorde a la coyuntura. Esta variante es desarrollada con más hincapié por psicoterapeutas, inversores, deportistas, sacerdotes, compositores o actores.

– Por otro lado, la inteligencia interpersonal se define como la capacidad de comprender a los demás seres humanos, pudiendo lograr una mejor interacción y un mayor grado de empatía. Al contrario que la anterior, ésta se refiere a los aspectos del trato con los demás, o sea, a la capacidad de establecer vínculos efectivos con otros seres humanos y reconocer tanto sus emociones como sus pensamientos (incluso cuando se ocultan activamente) en pos de brindarles una respuesta idónea. La inteligencia interpersonal implica altos niveles de empatía, carisma y manipulación, por lo que está muy presente en los líderes políticos, trabajadores sociales, psicólogos, abogados, padres, vendedores o terapeutas.



Conclusión final.

Es de vital relevancia aclarar que prácticamente cualquier papel cultural con cierto grado de sofisticación requiere una combinación de inteligencias. Así, una labor aparentemente unitaria como la de tocar el violín excede la mera dependencia de la inteligencia musical, pues llegar a ser un violinista de éxito requiere destrezas cinético-corporales para pulir la técnica, y también aptitudes interpersonales a la hora de llegar al público o, para más inri, escoger un buen mánager. Por este motivo, es francamente importante considerar a los individuos no como poseedores de una única capacidad de resolución de problemas que puede medirse mediante test de lápiz y papel, sino como agentes complejísimos con una colección de capacidades y talentos. Aun contando con un número relativamente pequeño de inteligencias, la diversidad de la habilidad humana se genera a través de las diferencias entre estos perfiles. De hecho, es muy posible que el “total sea mayor que la suma de las partes”. ¿A qué me refiero con esto último? Pues a que una persona podría no estar dotada en exceso en ninguna inteligencia y, a causa de una combinación particular de técnicas y dones, ser capaz de cumplir una función social de forma única e irremplazable. Ojalá el ser humano que puntuó a los animales en función a su grado de bipedismo se diera cuenta de lo nítido que ve el águila, lo alto que salta el conejo, lo rápido que aprende la ardilla o o (como tendría que haber considerado) lo bien que se orienta el pez en el océano.

Desde mi punto de vista, ese debería ser objetivo de la escuela: que cada uno de nosotros pudiera desarrollar la inteligencia en la que más destaca y ayudar a la gente a alcanzar los fines vocacionales y aficiones que más se adecúen a su espectro individual. Por desgracia, la figura del superdotado infeliz o la del genio frustrado son cada vez más comunes. ¿Por qué? Pues porque proyectar expectativas altas e implementar forzosamente planes de vida sobre otra persona acaba oprimiendo u obstaculizando el correcto desarrollo de algunas inteligencias. En contrapartida, los alumnos que reciben apoyo en este aspecto se sienten más implicados y competentes, siendo así más proclives a servir a la sociedad de manera constructiva, sostenible y eficaz. Quizás la mejor solución sería dejar de cuestionarnos si una persona es o no inteligente y ayudarle a descubrir en qué lo es. ¿Y tú? ¿lo sabes ya?

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