indefension aprendida

La historia del elefante encadenado por indefensión aprendida

¿Percibes que estás a la merced de eventos aleatorios y espontáneos?

¿Piensas que no hay nada que hacer para remediar tu coyuntura actual?

¿Sientes que alguien te está castigando por una mala acción en el pasado?

No es casualidad.

Concebirse como un títere controlado por factores extrínsecos es más común de lo que piensas. A fin de cuentas, has pasado por ciertas vivencias que te han llevado a elaborar conjeturas tan perjudiciales como las que acabas de escuchar. Parece que el hecho de que tus problemas no tengan solución se ha convertido en una verdad universal, irrefutable y atemporal. Ya nada ni nadie te puede devolver a tu estado natural.

En definitiva: estás desesperado. Contrariamente al pensamiento popular, la desesperación no está esencialmente asociada a la tristeza. Se trata de una parálisis cognitiva de pies a cabeza, acompañada de una pavorosa sensación de que uno se halla atrapado en un rompecabezas irrealizable. ¿Te suena? No serías ni el primero ni el último. Quizás hayas desarrollado lo que se denomina indefensión aprendida.

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Indefensión Aprendida. ¿Qué es?

La indefensión aprendida es un fenómeno observado tanto en animales como en seres humanos cuando han sido condicionados para esperar dolor, sufrimiento o malestar sin escapatoria alguna. En otras palabras, se ha sometido a un sujeto a unas órdenes – o condiciones – específicas y, si éste desea evitar dicho patrón imperativo por sus propios medios, será castigado para inducir un refuerzo negativo al hecho de resistirse.

Tras haberse producido el acondicionamiento durante un período determinado, la víctima se rehusará a intentar evitar el dolor, incluso si hay una oportunidad real de impedirlo. El opresor – externo o interno – ha forjado una ruta neuronal en la víctima.

Llega un punto en el que el sujeto ni siquiera siente la necesidad de esquivar la reprimenda porque tiene la convicción de que las consecuencias serán peores.



La teoría fue elaborada en el año 1960 por el psicólogo Martin Seligman en la universidad de Pennsylvania mediante un experimento realizado en perros. Sin embargo, yo prefiero explicar el concepto con un pequeño relato más sencillo de entender.

La historia del elefante. 

Probablemente, habréis escuchado o leído historias acerca de cómo los entrenadores de circo controlan animales de grandes dimensiones y los mantienen en cautiverio. Veréis, un elefante africano, macho y adulto puede llegar a pesar más de seis toneladas. Sin embargo, un bebé elefante es bastante manejable en tamaño y fuerza.

Así pues, los encargados del establecimiento comercial no encuentran la menor dificultad en contener a las crías en pequeñas áreas mediante una cadena que se coloca en una de sus piernas. El elefante efectuará por instinto numerosos intentos para romper la cadena que le mantiene atrapado y sin poder apenas moverse. No obstante, mientras éste sea lo suficientemente diminuto, no logrará partirla en dos.



Pasado un tiempo, el mamífero va desarrollando su musculatura y extensión, de tal manera que llega un punto en el que está perfectamente capacitado para hacer la cadena añicos y, si realmente quisiera, cargarse todo lo que pille por delante. Sin embargo, sus intentos de escape ya han cesado hace mucho tiempo, por lo que sigue atado con exactamente la misma sujeción que le retuvo desde que era un bebé.

¿Por qué no se libera de una condenada vez? Simple: el elefante ha aprendido a una edad temprana que su liberación es imposible. En suma, el animal se somete a la autoridad general de su maestro porque la sumisión a la restricción se generaliza a otras áreas. No es que no pudiera ser libre, sino que creía ciegamente que no podía.

Con los seres humanos sucede exactamente lo mismo: el individuo desarrolla una creencia sumergida basada en que sus acciones son completamente inservibles para cambiar sus resultados. Esto es, su marco subconsciente está programado para pensar que no tiene control alguno sobre lo que le pasa y, por lo tanto, comienzan a actuar como seres desamparados e impotentes.

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Precisamente, se le denomina “indefensión aprendida” porque no es un rasgo innato: nadie nace creyendo que no tiene influencia alguna sobre lo que le sucede y que intentar tomar el control es totalmente infructuoso. Es un comportamiento que se adquiere mediante un condicionamiento de experiencias – forzadas o naturales – en las que el sujeto no tiene el control o percibe que no tiene el control.

El sistema educativo.

Diversos psicoterapeutas muestran interés en cómo el fracaso prematuro de la figura del estudiante en el sistema educativo está correlacionado con su futuro. El mecanismo de la indefensión aprendida puede crear en el alumno un círculo vicioso donde éste pierde la capacidad de reacción ante cualquier estímulo externo.

La afirmación más común entre adolescentes de este tipo es: “total, para qué voy a estudiar si voy a suspender de todas formas”. El afectado ha separado de su marco causal sus acciones – es decir, atender, preguntar y estudiar – a sus resultados, que son aprobar y aprender. Así pues, cabe preguntarse si este suceso se debe a la falta de inteligencia, a una mala gestión del tiempo o simplemente a factores aleatorios.



Pues nada de eso. En múltiples experimentos llevados a cabo por psicólogos de la universidad de Yale se procedió a la evaluación de distintos grupos de estudiantes mediante los clásicos tests de inteligencia. Antes de iniciar la prueba, se le dijo a cada participante que ésta no guardaba relación con lo que habían visto en sus respectivos colegios. ¿Y cuál fue el resultado del experimento? Estadísticamente hablando, no hubo ninguna diferencia significativa entre las puntuaciones obtenidas por los alumnos que se sometieron al estudio y la media nacional.

Entonces, si su IQ no difiere a grandes rasgos, ¿por qué sacan malas notas?

El test de coeficiente intelectual mide algunas habilidades cognitivas como la memoria a corto plazo, el pensamiento analítico, la lógica matemática y el reconocimiento espacial. Sin embargo, lo que no mide dicha prueba es la inteligencia emocional, es decir, la capacidad para identificar, canalizar y gestionar las emociones. El pilar fundamental para su desarrollo es, en última instancia, su sistema de creencias.

Si un crío atribuye su estrepitoso fracaso a un profesor que le ha cogido manía o a su irrevertible estupidez, está aludiendo a factores que se encuentran fuera de su área de influencia, lo que le conduce a la desesperación más absoluta. En cambio, si lo relaciona con la falta de estudio, que depende en última instancia de sí mismo, es mucho más probable que le dé la vuelta, porque cree que el cambio sí depende de sí mismo.

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Este factor es crucial para entender el porqué del fracaso escolar: las condiciones a las cuales los estudiantes están sometidos al realizar los exámenes en su escuela – aula, formato, profesorado, etc. – no son lo suficientemente cambiantes para indicarles que no tendrían por qué hacerlo mal. Es por este motivo que un cambio de colegio supone con frecuencia notables consecuencias – positivas o negativas – para el alumno.

Depresión.

Esta incapacidad para ser emocionalmente predilecto, ¿se debe a factores biológicos o a un sistema de creencias inapropiado? Seligman y sus colegas distinguían entre dos tipos de indefensión.

Por un lado, la impotencia universal consiste en que el sujeto cree que ni él ni absolutamente nadie pueden hacer nada para cambiar su situación y paliar su dolor. Es evidente que sus creencias son destructivas y punitivas. No obstante, el único problema no es ese, sino que sufren de un tremendo desajuste hormonal provocado por trastornos de ansiedad y/o depresión, que deben ser afrontados mediante optimización biológica. Estos individuos han de acudir a un especialista de inmediato.



Por otro lado, la impotencia personal consiste en que el sujeto cree que otras personas podrían aportar un planteamiento efectivo para revertir la aflicción, pero por sí solos no tienen la capacidad de hacerlo. Aquí es donde romper con el patrón de creencias resulta altamente efectivo, pues al menos reconocen que existe una solución.

Estrategia.

Digamos que eres un aspirante a vocalista, pero tus creencias limitantes sugieren que no eres lo suficientemente talentoso. Por ello, decides ponerte a prueba inscribiéndote a un concurso de canto. Al escuchar las actuaciones del resto de participantes, comienzas a compararte con ellos y, para colmo, los jueces ni siquiera te han nominado.

La experiencia fallida te ha propiciado a reforzar la credibilidad en hipótesis nula que estabas poniendo a prueba: “no valgo para ser cantante, soy un inútil”. Cuanto más repites la proyección del evento en tu cabeza, más evidencia empírica le proporcionas para reforzar la idea anterior y, en consecuencia, más real se hace.

Las siguientes participaciones también son un tanto caóticas, pero los subsecuentes fracasos ya no son explicados por el hecho de que no puedas controlar tu mejoría, sino porque crees que, por muy bien que lo hagas, no vas a poder mejorar y ser reconocido por el jurado. Dicho esquema mental añade más peso a la idea previa, cayendo preso de un círculo vicioso de autosabotaje del que no es capaz de liberarse.

¿Cómo puede el cantante revertirlo para obtener mejores resultados?

La historia del elefante encadenado por indefensión aprendida 1

Lo primero que tendría que hacer es identificar tanto el origen como el error que condujeron a la indefensión aprendida. Es decir, de dónde procede el comportamiento sumiso y cuál ha sido la respuesta desadaptativa que se ha ofrecido ante el estímulo externo en cuestión. Y recuerda: no es lo mismo.

El origen es su paso por las audiciones, pero el error por parte del cantante ha sido su análisis introspectivo después de que los jueces ofrecieran su veredicto. En otras palabras, el origen es la experiencia del concurso, mientras que su error es la evaluación personal de la experiencia del concurso. Así pues, ¿no se podrían reinterpretar los hechos de una forma alternativa sin tener que recurrir a la mentira ni alterar la realidad? Puedes apostar que sí.

Una vez averiguó que la indefensión es un rasgo adquirido, Seligman descubrió que, en efecto, el optimismo también se puede aprender. Se denomina optimismo aprendido. A través de un entrenamiento de resiliencia, se puede cambiar la interpretación de los hechos y, de esta manera, rotar la perspectiva utilizada.

Dicho de otro modo, vamos a transformar el enunciado de “no valgo para ser cantante porque soy un inútil” por “todavía no estoy lo suficientemente preparado porque soy un novato”. Lo más sorprendente es que ambos enunciados son verdad. Sin embargo, las diferencias entre los dos son abismales:

– En primer lugar, el primero lapida toda responsabilidad por mejorar y el segundo subcomunica que la disciplina es la receta perfecta para el éxito. Se ha pasado de un locus de control externo a un locus de control interno.

– En segundo lugar, el primero otorga un refuerzo negativo al fracaso – estoy más machacado emocionalmente cada vez que me rechazan porque no soy tan bueno como los demás – y el segundo proporciona un refuerzo positivo – soy más propenso a que me seleccionen cada vez que me rechazan porque he aprendido de mis errores -.



– Y en tercer lugar, el primero no utiliza la técnica del vocabulario transformacional para suavizar la intensidad emocional del juicio de valor. Un buen diálogo interno se basa en medir con mucha cautela las palabras que nos decimos, ya que éstas son semillas que acaban germinando en forma de creencias sumergidas que suscitan una respuesta emocional concreta.

En definitiva, el optimismo aprendido se desarrolla mediante la emisión de afirmaciones que (a) te coloquen como agente causal de tu cambio (locus de control interno), (b) reconduzcan tus emociones mediante el uso correcto del lenguaje (vocabulario transformacional) y (c) sean producto de una mentalidad empírica (refuerzo positivo). Todo ello te convierte en un artista en la ejecución y un científico en la revisión.

Para finalizar, volvamos al ejemplo inicial: imaginad que, por cada forcejeo en contra de las cadenas, el elefante estuviera pensando en términos probabilísticos, tal y como lo hizo el cantante. La pregunta no es si se habría liberado o no, sino cuándo… ¡Tan sólo tenía que seguir intentándolo hasta que creciera lo suficiente! Sin embargo, esto no es algo para lo que el elefante – ni ningún otro animal – esté capacitado.

Pero tú no eres un elefante. Tan sólo decides si actuar como un elefante o no hacerlo. Yo no te voy a dorar la píldora diciéndote que eres una bestia que ya está preparada para romper tus barreras mentales de golpe, más que nada porque te estaría engañando. Lo único importante es adoptar una mentalidad que te permita ser consciente de que cada día estás más preparado que el día anterior. La desesperación se combate con progreso, constancia y optimismo. Así que rompe la cadena.

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