el hombre-niño

El hombre-niño de Carl Jung y el síndrome de Peter Pan.

Un buen día, un cazador solitario observó a una hermosa mujer emergiendo del bosque profundo al otro lado del río. Ella lo saludó con la mano y cantó con una dulce melodía:

“Oh, vamos, solitario cazador en la quietud del crepúsculo.

¡Ven, ven, que te echo de menos! Sólo quiero abrazarte.

¡Ven, ven, que mi nido está cerca! Sólo quiero resguardarte.

Al escuchar tal deleite acústico, el hombre se quitó la ropa y cruzó el río nadando a toda prisa. Sin embargo, una vez que alcanzó la orilla, la mujer se convirtió de repente en un búho y alzó el vuelo a las profundidades del bosque en tono de burla y malicie. En un estado de desesperación absoluta, el cazador intentó por todos los medios regresar al otro lado del río para recuperar sus prendas y, de este modo, protegerse del frío, pero su hastío vital era tan grande que ya no tenía fuerzas para continuar y se ahogó a mitad de camino”.

el hombre-niño

La psicóloga suiza Marie-Louis von Franz se percató de una tendencia inquietante a mediados del siglo XX: cada vez era más frecuente dar con hombres y mujeres que, si bien habían alcanzado la edad adulta, reflejaban cierto retraso ​​en su madurez psicológica. A grandes rasgos, se trataba de personas que ocupaban cuerpos de adultos perfectamente formados cuyo desarrollo mental no pudo seguir el ritmo. A la par que sorprendida, Franz se encontraba francamente concienciada por el asunto: ¿cómo era posible que nadie le diera la importancia que se merecía? En el año 1959, optó por dar una serie de conferencias sobre la psicología del denominado Puer Aeternus, cuya traducción literal proviene del latín y significa “niño eterno”. Aunque este término se usó originariamente en la mitología para referirse a un niño divino que permanecería joven para siempre, hubo un afamado psiquiatra y ensayista suizo que le dio un giro de ciento ochenta grados: Carl Jung. Él adoptó dicho concepto con fines psicológicos en pos de describir el arquetipo de un ser humano que no logra madurar. ¿Te suena la expresión “esta persona se ha quedado en sus quince”? Pues a eso se refiere precisamente Carl Jung: las características comunes en un adolescente de diecisiete o dieciocho años perpetúan en el tiempo de manera insana, coartando así su capacidad para evolucionar internamente y afrontar los desafíos vitales.

¿Y por qué ocurre esto? A pesar de que la explicación que ofreció el escritor es un tanto pseudocientífica a día de hoy, merece la pena escucharla para rescatar algunos puntos de interés y contrastarlos posteriormente con conocimientos más vanguardistas. Según él, el deseo de felicidad continua que caracteriza al niño eterno deriva de su recuerdo bucólico y rosáceo de la infancia: una etapa en la que la madre jugaba un papel fundamental en el bienestar del niño. Esta percepción del pasado como lugar encantador (pero irrecuperable) atormenta enormemente al hombre sensible porque se asemeja poco o nada al mundo real, el cual es concebido como frío, hostil y cruel. El sujeto infantilizado tiene la sensación de que todo el esfuerzo que invierta en aras de mejorar su situación será completamente inútil y, a la par, que el mundo seguirá demandando de él su continuo sacrificio y valentía. De este modo, la realidad es para él una fuente de insatisfacción implacable que se manifiesta en estados de ánimo desagradables como la tristeza, la frustración o el miedo. En última instancia, éstos le llevan a esconderse en la comodidad de lo conocido y consagrarse como hombre-niño. Con todo, pese a que habita en él la convicción de que debe afrontar tarde o temprano los retos que le brinda la vida, se encuentra paralizado ante las circunstancias y se conforma con aferrarse al sueño irreal de una infancia basada en el cariño maternal. El propio ensayista condena firmemente esta conducta: “aquellos que no aprenden nada de los hechos más engorrosos de la vida fuerzan a la conciencia cósmica a que los vuelva a reproducir tantas veces como sea necesario hasta que entiendan lo que enseña el drama de lo sucedido. Lo que niegas te somete; lo que aceptas te transforma”.

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En el cuento del cazador, la mujer-búho simboliza el sueño de regresar al abrazo maternal de felicidad, confort y calidez incesante. Su cautivador canto promete a los hombres una vía de escape ante las luchas y las dificultades del mundo real. No obstante, sus melodías son en realidad una trampa mortífera basada en el sesgo de retrospección idílica: el anhelo por volver a una infancia donde todo es perfecto es una ilusión que paraliza a los hombres en un tormento de apatía hasta que, finalmente, son devorados por el amargo sabor de la realidad. Así pues, el ingenuo cazador que cruza el río representa el Puer Aeternus en su máximo apogeo, no como la deidad en forma de niño que ha superado con creces el paso del tiempo, sino como el humano que decidió ser niño al no aceptar que el tiempo pasa.

Ya expliqué en un artículo aparte que la nostalgia podría manifestarse como un comportamiento adictivo y disfuncional si no se canaliza correctamente debido a que nos conduce a juzgar el pasado desproporcionadamente bien con respecto al presente y al futuro. Como dice Mariano Ibérico: “la nostalgia mezcla un sentimiento de encanto ante el recuerdo del objeto ausente o desvanecido por siempre en el tiempo con un sentimiento de dolor ante la falta de ese objeto”. En definitiva, se trata de un fuerte anhelo de retorno que busca transponer la enigmática distancia que separa el ayer del hoy para reintegrar el alma en la situación que el tiempo ha abolido; algo fue, y nunca más volverá a ser como antes. Este fragmento de un poema de Góngora refleja muy bien la sensación de nostalgia:

Vuelan los ligeros años, y con presurosas alas

Nos roban, como harpías, nuestras sabrosas viandas.

La flor de la maravilla, esta verdad nos declara,

Porque le hurta la tarde lo que le dio la mañana.



Como escribió Carl Jung en Aion: “el hombre-niño busca refugio en el círculo protector, nutritivo y encantador de la madre, es decir, persigue la condición de un niño liberado de toda atadura y responsabilidad para con la misma sociedad a la que teme por exigir su despertar”. Por aquel entonces, Von Franz predijo que el problema del Puer Aeternus iba a acentuarse durante las próximas décadas debido a los nuevos modelos de educación parental, el auge de una cultura basada en la gratificación instantánea y la eliminación de ciertos ritos de iniciación en la edad adulta. Y vaya si acertó… Sin lugar a dudas, sus predicciones han demostrado ser notablemente precisas, especialmente entre la población del mundo occidental. Es bastante habitual ver a incontables hombres y mujeres que están estancados profesional, emocional, física, financiera y socialmente. Viven en casa de sus padres hasta casi los treinta años (e incluso más), rechazando de cuajo las desconocidas aguas de la independencia para permanecer en los reconfortantes confines del cuidado de su familia. En lugar de esforzarse en crear algo valioso por cuenta propia, se decantan por el camino del placer inmediato para aliviar su sufrimiento y, para colmo, desprestigian a quienes envidian al estar cargados de resentimiento, culpa y odio hacia su persona.

Entramos ahora en el corazón de la argumentación de Jung, la cual hace más hincapié en el papel que desempeña el padre y la madre en la gestación de dicho comportamiento. Quiero recalcar que el esquema conceptual que ofreció el suizo es considerado una verdad a medias a día de hoy. Las explicaciones de los arquetipos masculinos y femeninos no se corresponden con los diversos estándares contemporáneos, ya que su definición está perfilada en base a las opresiones culturales imperantes durante los siglos XIX y XX. A lo largo de la historia, el hombre y la mujer han asumido diferentes roles parentales:

– Por un lado, la actuación de las madres se caracteriza por haber sido más reconfortante, cercana y empática con respecto a la de la figura paternal, existiendo así un mayor grado de interacción física y emocional para con sus hijos. Esta relación tan íntima generaba en el niño un vínculo afectivo muy pronunciado al que se denominó “complejo materno”.

– Por otro lado, la función principal de los padres no se basaba en desarrollar una conexión emocional tan estrecha con sus hijos. En su lugar, su cometido consistía en proporcionarle al niño en desarrollo los recursos materiales y mentales necesarios para que éste pudiera orientarse en la praxis y desenvolverse por cuenta propia en un futuro.

El hombre-niño de Carl Jung y el síndrome de Peter Pan. 1

Por encima de todo, el padre debía ser siempre consciente de que el fin verdaderamente primordial en el proceso de maduración de su hijo era ayudarle a liberarse del vínculo de dependencia con su madre, es decir, superar definitivamente el complejo materno en aras de convertirse en un adulto meramente funcional. Lamentablemente, en aquella época ya había por doquier padres que no eran capaces de guiar de forma personalizada y cuidadosa a sus hijos porque, para poder hacerlo, la figura paternal debía ser fuerte e independiente y estar presente para apoyar emocionalmente a sus hijos. De igual manera, debía tener la capacidad de enseñarle de primera mano que hay cosas por las que vale la pena luchar en este mundo. Si el infante no ha aprendido de alguien capaz de hacer frente a la adversidad, fijar objetivos, comportarse en público, adquirir perspectiva y ejercer autocontrol, ¿cómo va a concluir autónomamente que deshacerse sus comodidades le llevará a buen puerto?

Además, cabe señalar que, según Jung, los efectos de un padre ausente (bien sea literal o metafóricamente) se ven seriamente agravados por el impacto que esta situación acarrea sobre la madre. En primer lugar, porque a raíz de los eventos se transforma en una figura más autoritaria en la crianza del niño para compensar la falta de un modelo masculino en su vida; y, en segundo lugar, debido a que intenta saciar y compensar con su hijo toda el hambre emocional que sufre al sentirse abandonada e incomprendida por su marido. Esta situación contribuye a que se reúnan las condiciones para la creación de lo que la escuela junguiana nombra como “madre devoradora”: una mujer que sobreprotege y abruma a su hijo involucrándose en todos los aspectos de su vida. A pesar de tener la mejor de las intenciones, ocurre a menudo que la madre acaba manipulándole inconscientemente para que siga dependiendo de ella; en el mejor de los casos, hasta una edad muy tardía; en el peor, para siempre. Como declara el propio Carl Jung: «He aquí la conspiración secreta entre madre e hijo, y la manera en la que ambos se ayudan mutuamente para denegar la vitalidad del segundo”. Más tarde, veremos cómo su hipótesis no va tan desencaminada.

El sano deseo de adaptarse a la realidad y de individualizarse, que conlleva miedo, dolor, incertidumbre y conflicto, será reemplazado por la apremiante necesidad de permanecer ligado a la figura maternal, ya sea su madre personal o un sustituto simbólico en el mundo. En efecto, es bastante común que, si no sigue dependiendo de su madre biológica, el hijo busque desesperadamente encontrar en otras mujeres una sucesora que nutra sus carencias o perderse en el abrazo reconfortante de una adicción. Puesto en palabras más llanas, en el caso de que un niño llegue a la edad adulta con un fuerte complejo materno, no deseará desarrollar su independencia y reordenar su conciencia como un hombre en condiciones normales, sino que caerá en posesión de lo que Jung llamó el espíritu de regresión, que amenaza al hombre-niño con la esclavitud de su madre y la disolución del subconsciente.



Me corresponde ahora completar la cita anterior: “el niño eterno buscará refugio en el círculo protector, nutritivo y encantador de la madre, es decir, persigue la condición de un niño liberado de toda atadura y responsabilidad para con la misma sociedad a la que teme por exigir su despertar… Un despertar que, de no manifestarse, acabará sumiendo al individuo en las tinieblas de un espíritu regresivo que le condenará a devenir adicto o a la interminable búsqueda de una mujer que, por comprensiva, afectuosa y cercana que sea, jamás conseguirá reemplazar al espectro maternal por completo”.

El síndrome de Peter-Pan.

Hasta ahora, me he limitado a describir el arquetipo del Puer Aeternus desde el punto de vista de la escuela junguiana, dando matices y apuntamientos para describir el porqué de su dinámica. Sin embargo, ¿concuerdan dichas afirmaciones con la psicología moderna? ¿qué tiene que decir la ciencia al respecto? Me gustaría adaptar la narrativa a un término acuñado por Dan Kiley en su obra publicada en el año 1983: el Síndrome de Peter Pan.

Estoy seguro de que la amplia mayoría de vosotros habréis escuchado el cuento de James Barrie o habréis visto la película de Disney al menos una vez… Peter Pan invitó a Wendy y sus dos hermanos a viajar hacia el País de Nunca Jamás: un lugar donde vivían los niños perdidos y no se crecía nunca. Allí se encontrarían con el barco del Capitán Garfio: un malvado pirata a cargo de una tripulación cuya misión era hacerle la vida imposible a la pandilla del muchacho verde. El personaje de Garfio juega un papel esencial a la hora de comprender el comportamiento de Peter. ¿Acaso no recordáis cuál era su mayor miedo? Exacto: un cocodrilo que se comió su mano izquierda y que le persigue a todas horas con el fin de terminar con el buffet. Asimismo, el hambriento animal conserva en su estómago un reloj que se tragó tiempo atrás y que todavía sigue funcionando. Es por esto por lo que el villano se muestra atemorizado cada vez que escucha el sonido del tic-tac: sabe que su depredador está cerca y quiere devorarle. Aunque Garfio se niegue a reconocerlo, es más que conocedor de que su destino final es único e inevitable: el reptil acabará tragándole.  Habida cuenta de esto, el cocodrilo simboliza la fugacidad de la vida: es tan sólo cuestión de tiempo que el correr de las manecillas nos acabe engullendo en los lares de la eternidad. El capitán está tan aterrado por la situación que su aliciente principal es generar caos en el País de Nunca Jamás.

El hombre-niño de Carl Jung y el síndrome de Peter Pan. 2

¿Y qué representa exactamente Peter Pan? Pues un niño que se muestra reacio a crecer. Aunque el joven suplicó a los hermanos Darling que se quedaran a vivir con él y los niños perdidos para siempre, Wendy manifestó su deseo de continuar con el inevitable ciclo de la vida. Así pues, Peter es un estereotipo exagerado de un chico irreflexivo y descuidado que proclama ser majestuoso, incluso cuando tales afirmaciones son cuestionables (como felicitarse a sí mismo después de que Wendy recolocara su sombra). En la obra de teatro y el libro de James Barrie, Peter simboliza el egoísmo de la infancia, y es retratado como olvidadizo, despreocupado e incauto al tener que hacer frente a los peligros. Dicho esto, ya dispones de un marco de referencia general para entender el concepto que nos ataña.

El síndrome de Peter Pan se caracteriza por la inmadurez en ciertos aspectos psicológicos y sociales. El sujeto en cuestión crece, pero la representación internalizada de su yo es el paradigma de su infancia, que se mantiene a lo largo del tiempo. Según Kiley, los rasgos típicos del síndrome son la negación del envejecimiento, la irresponsabilidad, la rebeldía, la cólera, la arrogancia, la dependencia, el egocentrismo y la creencia de que uno está más allá de las leyes de la sociedad y de las normas por ella establecidas. Eso sí, es importante evitar confundir este trastorno con otros de distinta naturaleza como el de la personalidad narcisista, el de la personalidad antisocial o los trastornos del espectro autista, entre los cuales se encuentra el síndrome de Asperger o el autismo. Las características descritas en el libro forman parte de una coraza defensiva que el individuo construye para ocultar su latente inseguridad y su temor a no ser querido y aceptado por los demás. Por si no fuera suficiente, en algunos casos se observan bajos niveles de empatía, amabilidad y apertura, lo cual provoca que sean percibidos como personas apáticas, frías y desconsideradas por los demás. El aislamiento social sumado a los problemas para comunicarse asertivamente fomenta la creación de un efecto bumerán en su caparazón emocional, dificultando así la integración en las estructuras comunitarias y el proceso de individuación.

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Un dato curioso es que, a pesar de que los síntomas se dan con más frecuencia en hombres, el presente fenómeno no se limita única y exclusivamente al género masculino (tal y como proclamaba Carl Jung por aquel entonces), sino que también lo encontramos en mujeres. A este maremágnum de vicisitudes en su adaptación hay que añadirle la actualización que el psicólogo clínico Antoni Bolinches realizó en su libro “Peter Pan puede crecer”. Las cualidades que el autor añade sobre las anteriores son una escasa capacidad de autocrítica, poca resistencia a la frustración, dificultades al aceptar relaciones recíprocas con el sexo contrario y una constante necesidad afectiva. Su egocentrismo y fragilidad les hace creer merecedores de recibir y pedir de los demás sin preocuparse de sus problemas. Además, el autor clasifica a los sujetos con síndrome de Peter Pan en cuatro grupos: el intelectual, el narcisista, el seductor y el servicial. No obstante, el rasgo común entre todos ellos es el enquistamiento filial (y es aquí donde Carl Jung acierta al exponer su arquetipo del niño eterno). A grandes rasgos, consiste en la negación a cortar los lazos emocionales y físicos que unen al hijo con sus padres con objeto de que los segundos continúen supliendo las necesidades del primero. Von Franz también da en el clavo a la hora de describir algunos de los rasgos del Puer Aeternus: son seres incapaces de emanciparse, con unos niveles de sobreprotección demasiado elevados y educados en la dependencia y el apego. Pese a que los junguianos se equivocan al simplificar demasiado la cadena causal del problema y en sintetizar la compleja dinámica intrafamiliar en unos arquetipos demasiado estáticos, uno puede apreciar en ellos su gran elocuencia en la proyección del prototipo base del hombre-niño y, sobre todo, en ofrecer una solución pragmática ante el asunto.

El gélido despertar.

Acorde a Dan Kiley, es bastante frecuente que el niño eterno manifieste numerosas crisis de identidad, angustia y depresión. Pero, por increíble que parezca, todavía queda la peor parte: la ruptura de la coraza psicológica. A medida que transcurren los años, el individuo observa cómo el caparazón emocional que ha construido cada vez tiene menos sentido en la práctica. Las contradicciones lógicas en su particular manera de analizar y adaptarse al mundo son demasiado evidentes como para ignorarlas. Los reproches, los llantos y las excusas ya no sirven de nada. ¿Y qué acaba sucediendo? En el mejor de los casos, tendrá lugar la desintegración de la coraza por cuenta propia, lo cual se traduce en un importante aumento en la probabilidad de que el hombre acabe madurando siempre y cuando se guíe por la ayuda psicológica. Aunque, por desgracia, este escenario no es el más común. Otra alternativa es que la desaparición de su marco mental se produzca de forma automática, progresiva y sibilina, lo cual suele coincidir con la aparición de ataques de ansiedad y un cuadro depresivo; en el peor de los casos, la escisión es inminente: de golpe y porrazo, el paciente se encuentra con las manos vacías y una vida dolorosamente irrealizada, ya sea con una salud resquebrajada, una vida laboral insoportable y una pareja insatisfactoria o, como desafortunadamente es habitual, sin pareja y trabajo. Todo esto afecta notoriamente a su autoestima y autoconcepto, ya que no ha sabido valerse por sí mismo para resolver sus incógnitas externas e internas. El nido infantil es una inconsciente referencia a la que siempre apunta. Según Antoni Bolinches, estas dos últimas versiones pueden cabalgar en enfoques ligeramente delirantes del tipo paranoide o neurosis declaradamente histéricas u obsesivas. En estos casos, el tratamiento deberá seguir una doble vertiente: el trastorno psicopatológico de base sumado al del carácter. Es ahora cuando conviene introducir mi frase favorita de Aion: “normalmente, se suele mirar con cierta envidia y recelo a quienes poseen el aparente privilegio de permanecer bajo la manutención económica del núcleo parental en sus años de juventud, pero no es oro todo lo que reluce”. Qué gran acierto.



En lo que respecta a la solución, ¿hay algo que podamos extraer de la escuela junguiana? El suizo manifiesta que un hombre así necesita abandonar su anhelo por el pasado, aceptar la realidad tal y como es (en contraposición a como él quiere que sea) y pugnar sin cesar hacia un objetivo alcanzable que otorgue significado a su vida y aporte valor a la sociedad. Su autoconcepto debe ser el de un héroe que se aventura audazmente en la oscuridad de lo desconocido, interpretando su miedo como un desafío y símbolo de progreso y no como una señal de abandono. Más relevante aún es que interiorice que nadie – absolutamente nadie, ni siquiera su madre – vendrá a salvarlo, porque es el hecho de aceptar la soledad lo que posibilita que uno aprenda a mantenerse firme ante los peligros y a perseguir una autonomía cada vez mayor con la conciencia de que es dueño de su propio destino. Como escribió Jung en su obra Símbolos de Transformación: en la mañana de la vida, el hijo ha de separarse de la madre y del hogar doméstico para elevarse a través de la batalla. Si quiere vivir, debe luchar y sacrificar su anhelo por el pasado para poder alzarse a su debida altura. El curso natural de la existencia humana exige que el joven sacrifique su infancia y dependencia paternal para liberarse de los lazos del incesto inconsciente”.

Sin embargo, Von Franz ya anticipó que la solución al problema no sería tan simple como un “haz algo con tu vida que merezca la pena”, de la misma manera en la que sería muy estúpido e ignorante decirle a un paciente con depresión “anímate” o a una persona con obesidad “haz más ejercicio y come menos”. Dicho esto, me gustaría finalizar mi análisis con un fragmento de Marie-Louis von Franz que recalca la gran trascendencia de un buen modus operandi al tratar con el tema y rebate parte del razonamiento de Carl Jung: “si un hombre descubre que tiene complejo materno (que es algo que ha llegado sin que él lo haya provocado) ¿Qué puede hacer con ello? En Símbolos de Transformación, el doctor Jung dio una solución: trabajar. No obstante, ¿es realmente tan simple como parece? Mi experiencia me indica que, en efecto, adquirir responsabilidades laborales contribuye a disolver el problema, pero hay algunos malentendidos que deben ser cubiertos. El Puer Aeternus sí es capaz de trabajar, al igual que también puede hacerlo la gente primitiva o con un débil complejo egoico, siempre que la fascinación y el entusiasmo acompañen. Así trabaja cualquiera. Lo que el niño eterno no podrá hacer es laborar en una mañana triste, fría o lluviosa, cuando le esperen tareas aburridas y tenga que ponerse a la fuerza.

El hombre-niño de Carl Jung y el síndrome de Peter Pan. 3

Lo más probable es que ponga cualquier excusa para escaquearse. Sólo cuando su ego se haya fortalecido lo suficiente se dará la posibilidad de que se empeñe en sus deberes. Naturalmente, aunque una conozca el objetivo, cada caso individual es diferente y ha de ser estudiado por separado. Yo he comprobado que no sirve de mucho ir predicando a un hombre-niño que debería trabajar, porque acaba enfadándose y marchándose. Por lo general, el inconsciente intenta crear siempre un compromiso: indicar la dirección en la que puede brotar la motivación o en la que la energía psicológica fluirá con naturalidad, pues es más sencillo empezar a trabajar en lo que a uno le atrae. Por lo tanto, suele ser aconsejable esperar un tiempo específico, ver hacia dónde se dirige el flujo natural de interés y entonces intentar que la persona deposite su esfuerzo ahí. Sin embargo, el hecho de que uno se ampare en una actividad que le llame mucho la atención no le eximirá de tener que afrontar la rutina en momentos de pesadez y cansancio. Incluso el área laboral más creativa contiene cierta cantidad de incertidumbre, aburrimiento y desacomodo, que es de donde el Puer Aeternus huye y grita desesperadamente: “¡esto no es lo mío!”.

La idea que quiero que extraigas de este artículo es que el esfuerzo no se puede evitar: tan sólo es posible decidir si lo empleas en recorrer un camino que merezca la pena y tenga un significado valioso para ti o, por el contrario, en tener que soportar la amargura. Que el canto del búho no te haga pasar por alto sus alas.

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