como lidiar con las criticas

Deja que hablen: Cómo lidiar con las críticas.

¿Cómo lidiar con las críticas?

Un hombre y un niño se encontraban inmersos en una larga travesía cuya misión era llevar un burro de un establo a otro situado a kilómetros de distancia. Dado que la ruta que han de seguir es larga e irregular, proponen que quizás sería buena idea que uno de los dos se subiera a lomos del burro para ahorrar fuerzas y llegar mejor a su destino. Acto seguido, el adulto procedió a jinetear en primer lugar, pues las dolencias en su espalda comenzaban a ser demasiado punzantes. Sin embargo, dos paisanos que se pasaban holgazaneando en un banco “día sí, día también” observaron la escena a lo lejos, y uno de ellos no fue capaz de contener sus pensamientos: “¡Pero vaya hombre tan desconsiderado! Mira que dejar que un pobre niño haga el trabajo duro…”. Al oír esto, ambos se miraron sin saber qué decir e instantáneamente cambiaron posiciones para evitar polémicas. No obstante, dicho trueque no fue suficiente para anular el reproche del otro tipo: “¿Es que el niño no se da cuenta de que este hombre se está resintiendo de la espalda? Que se baje de una vez ya”.  Desde ese momento, los dos viajeros estaban todavía más confusos, motivo por el cual el único remedio que se les pasó por la cabeza fue ponerse ambos encima del burro… Craso error. Esta decisión desencadenó un fuerte berrinche por parte de los lugareños, quienes exclamaron sin piedad: “¡Están ustedes maltratando al indefenso animal! Es imposible que aguante tanto peso”. La desesperación del hombre y el niño llegó a un punto límite. ¿Es que acaso no existía alguna manera de contentar a todo el mundo? Y, de repente, el crío propuso lo que parecía ser la solución definitiva: que nadie se subiera al burro. Para sorpresa de los caminantes, esta medida suscitó varias carcajadas en los críticos. Tras un momento de pausa para procesar la reacción, el buen transeúnte se acercó a ellos en aras de preguntarles de qué se reían exactamente, a lo que les contestaron: “Menudos necios sois, camaradas. ¡Pudiendo utilizar el burro para descansar, lo dejáis libre de carga!”.

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La moraleja está clara: hagas lo que hagas y pienses lo que pienses, siempre habrá alguien listo para abrir la boca y desprestigiar todo tu sistema de creencias, principios, valores y comportamientos. Poco o nada importa el hecho de que la venenosa descalificación parta de un desconocido que emite sandeces allá por donde pasa, ¿pero qué hay de todas esas personas en las cuáles hemos depositado nuestra confianza o se apalancan en lo objetivo para arrasar moralmente sin piedad alguna? Siendo radicalmente honesto contigo, esto ha generado mucho sufrimiento en mi pasado. Hasta cierto punto, todos deseamos sentir que formamos parte de una comunidad y que nuestras acciones, pensamientos y opiniones desemboquen exitosamente en dicho grupo, quizás llegando a influir notablemente en su proceder. Uno ha de tener en cuenta que el cerebro del homo sapiens está todavía diseñado para vivir en un entorno de escasez, donde quedar expulsado de la tribu podía significar el adiós con bastante certeza. En una cultura nómada, la supervivencia juega a la ruleta rusa cada día; ergo, el contexto era, por natura, justificación necesaria y suficiente para estar al tanto de cualquier pensamiento ajeno. El enorme contratiempo de este complejo sistema operativo es que se ha quedado obsoleto en tanto en cuanto carece de utilidad práctica a la hora de abordar ciertos problemas en los tiempos que corren. Dicho de otro modo: en numerosas ocasiones, lo que piensen los demás de nosotros es concebido como una situación bastante más problemática de lo que es en realidad.

Así pues, ¿existe alguna metodología pragmática para lidiar con la situación? Creo que un buen comienzo sería hablar de una facultad imprescindible en pos de desarrollar una autoestima sólida: el pensamiento autónomo. El término proviene del griego, significando ´auto´ uno mismo y ´nomos´ norma o regla, de suerte que la palabra autónomo se utiliza para designar la condición de libertad, autosuficiencia y adaptabilidad que un individuo posee para ejercer su capacidad de agencia, es decir, la toma de acción por cuenta propia. Con el lícito propósito de evitar futuros malentendidos, he de repuntar ligeramente mi concepción particular de autonomía – la cual es, en esencia, la que emplearé durante el resto del discurso –, distinguiéndola de independencia. Aunque ambos conceptos suelen ir de la mano, su sentido sí diverge en lo teórico. El objetivo del autónomo no es adoptar el rol de un ermitaño que se refugia en su espectro conceptual para comprender la realidad que le rodea, pues el marco social no es atómico – esto es, un sistema cuyos elementos (o átomos) no guardan relación entre sí -, sino un complejo entrelazado de ideas.

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El pensador autónomo utiliza su intelecto para desenvolverse con seguridad y adecuación en su marco de actividad, así como para forjar una autoestima sólida que le permita obrar con confianza en sus aptitudes sin atender a opiniones superfluas. Sin embargo, también es capaz de escuchar atentamente aquellas críticas que tengan el potencial de cultivar su autonomía física, social, emocional e intelectual. No ha de confundirse la emancipación de un individuo – su liberación respecto de la autoridad, tutela o cualquier otro tipo de subordinación o dependencia – con una desvinculación total con el entorno. El hecho de que el alguien sea capaz de decidir por sí mismo qué le conviene – y qué no – no implica que dichas elecciones no tomen en consideración la influencia humana. Mientras que el independiente ha decidido no depender de nada ni nadie y el dependiente ha decidido depender de algo o alguien, el autónomo se pregunta cuándo, cómo y por qué depender. Paralelamente a muchas otras cuestiones éticas y emocionales, estamos aplicando una vez más el principio aurea mediocritas de Aristóteles: la virtud está en el término medio.

En palabras de Jorge Bucay: “tanto la dependencia como la independencia son vivamente dañinas. Uno ha de buscar, antes bien, la autodependencia”. Habida cuenta de esto, el psicoterapeuta reprueba de igual manera depender ciegamente de alguien – o algo –, así como no depender de absolutamente nada. El punto óptimo reside en depender de uno mismo sin echar por tierra los puntos de vista de otras personas. Esto implica, en última instancia, que una persona autónoma es autodependiente por definición: tiene en cuenta los juicios externos, pero es él quien toma las decisiones que maximicen su bienestar. Por ende, no todas las críticas son perniciosas: hay oro escondido entre el carbón. Eso sí, ante todo, la máxima fundamental del autónomo se basa en el principio de la proactividad: las acciones valen más que las palabras. El peor escenario es caer en la vacuidad del que solo opina, juzga, califica, regaña, vocifera, aplaude o reproduce lo que otros han dicho antes. Cuando el proceso de perseguir un objetivo, con todo el esfuerzo y sacrificio que conlleva, se puede sustituir por un simple “es que”, ¿para qué querría uno malgastar su tiempo en recorrer el camino? Como expondré a continuación, un juicio de valor ajeno puede llevar más o menos razón en su contenido, pero jamás olviden: los que hablan, pierden; los que hacen, ganan. Tan sólo pregúntate hacia dónde se dirigen ambos en el medio-largo plazo.



En lo que respecta a dicho marco conceptual, la posición estratégica del hacedor se basa en filtrar las críticas cuyo juicio de valor ostente (a) un grado de utilidad escaso o (b) con una intención malévola que mine la moral del receptor. Trata de retener las dos siguientes palabras: utilidad e intención. Atendiendo a estos parámetros, se pueden clasificar todas las opiniones, comentarios y valoraciones en cuatro grupos principales:

– A los juicios destructivos e inútiles los denominaremos aniquiladores.

– A los juicios destructivos y útiles los denominaremos humilladores.

– A los juicios constructivos e inútiles los denominaremos aduladores.

– A los juicios constructivos y útiles los denominaremos propulsores.

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Aniquiladores – Juicios inútiles y destructivos.

Consisten en críticas que no sirven para nada y cuya intención del emisor es de mala fe. Alguien que lanza una declaración de tales características está insultado, desprestigiando y rebajando de forma totalmente vacua, es decir, sin ningún argumento ni base empírica que valide sus propias palabras. He reflexionado acerca de si es verdaderamente necesario desperdiciar valiosísimas líneas en explicar por qué un buen hacedor las considera igual de importantes que el ruido de un camión o una lavadora. No obstante, luego me he dado cuenta de que la dinámica escondida detrás de los aniquiladores guarda un gran potencial dañino, sobre todo a nivel subconsciente. Muchos de nosotros sabemos que, por el efecto de mera exposición, una mentira repetida mil veces terminará calando en nuestro sistema de creencias si no se maneja correctamente. Algunos ejemplos de este tipo de juicios son:

– ¡Eres un falso de narices! Vete de aquí ya.

– ¡Siento profundo asco cada vez que veo tu cara!

– ¡Tus diseños gráficos son una basura! Retírate ya del negocio.

– ¿Qué clase de insulto a la inteligencia es este informe? No sirves para nada.

En el noveno libro de Meditaciones, Marco Aurelio nos propone un modus operandi para saber cómo reaccionar cuando las personas obran de forma corrosiva. El emperador da comienzo al capítulo con una cuestión de lo más inquietante: ¿es realmente posible un mundo sin desvergüenza, mezquindad, crueldad, traición y apatía? La respuesta es no. Su justificación es que el homo sapiens ha sido, ya desde tiempos inmemoriales, una especie profundamente defectuosa. La naturaleza violenta del hombre está tan arraigada a nuestra historia que los primeros capítulos de la Biblia presentan la alegoría de Caín asesinando a su hermano Abel o la caída en el pecado original de Adán y Eva. El romano añade con contundencia: “admitamos que la sociedad está repleta de gente que incurre en los vicios y las pasiones sin responsabilidad ni consideración por el prójimo. Recordar vívidamente que toda clase de hombres habitan en nuestros lares es una condición fundamental para ser tolerantes con ellos”. Por tanto, cuando la gente hace o dice cosas groseras, malvadas o hirientes, ¿de qué nos extrañamos realmente? ¿es un escenario que no podríamos haber contemplado antes? ¿de verdad pensábamos que esta sería la última vez que ocurriría?

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En un texto de Marco Aurelio traducido por Gregory Hays, podemos observar una receta interesante a la hora de lidiar con sujetos problemáticos: “nada más despertarse por la mañana, repítanse en voz alta: las personas con las que tendré que lidiar hoy serán viles, entrometidas, ingratas, arrogantes, deshonestas, celosas y hoscas. Y son así porque no pueden distinguir el bien del mal. No obstante, yo sí he visto de primera mano la belleza del bien y la crueldad del mal, percatándome así de que la naturaleza del malhechor y la mía están relacionadas, no porque sean de la misma sangre o nacimiento, sino debido a que ambos compartimos la misma estructura mental y poseemos una parte divina. Nadie, absolutamente nadie, puede agraviar su espíritu ni implicarles en la crueldad. Tampoco soy quién para enojarme con mi pariente u odiarlo a propulsión de mis viciosas pasiones. Nacimos para trabajar juntos como un par de pies, manos y ojos. Obstaculizarse los unos a los otros no es natural. Sentir rabia hacia alguien y darle la espalda son obstáculos”.

Ante la presencia de descalificaciones y humillaciones, un buen estoico se preguntaría si ha sido dicha experiencia le ha provocado un daño de facto o, por el contrario, su propia interpretación acerca del asunto. Bien es cierto que manifestar cierto dolor cuando un ser querido nos decepciona es una reacción de lo más natural y comprensible. Desde luego, no es nada agradable que alguien en quien confiamos o admiramos profundamente lance en forma de juicios de valor despectivos un arma arrojadiza contra tu persona. Pero ahora detente por un instante a meditar lo siguiente: de existir, ¿Cuáles serían las consecuencias tangibles sobre tu persona? En realidad, ninguna. Como declara Epicteto: “la manera en la que evaluamos un insulto, crítica o desprecio ajeno afecta en gran medida al perjuicio que éste nos acaba ocasionando. En este sentido, un individuo no provocará daño alguno sobre ti a menos que tú lo desees; habrá logrado lastimarte desde el preciso momento en el que te consideras lastimado”. Si te das cuenta, la aproximación estoica es altamente funcional en tanto en cuanto nos hace asumir el componente de responsabilidad que está en nuestra área de influencia para canalizar correctamente ciertas emociones adversas.



Creo que ya sabes por dónde van los tiros. Existen ciertas personas cuyo comportamiento es molesto a más no poder y, en suma, persiguen el conflicto como si de una adicción se tratara. Tan sólo se sienten satisfechos con ellos mismos cuando hieren a los demás, pues rebajar el estado emocional del prójimo les otorga una sensación de placer tremendamente reconfortante. Cabe la posibilidad de que este tipo de individuo sufra algún trastorno de la personalidad, como el narcisismo o el antisocial, ya sea en su vertiente psicópata o en la sociópata. Séneca trató la misma temática basándose en el axioma principal del método de la piedra gris, del cual ya hablé en profundidad en un artículo aparte. Dicho esto, el filósofo cordobés nos deleitó con una obra maestra: “el que te ofende es más débil o más fuerte que tú. Si es más débil; perdónalo; y, si es más fuerte, perdónate. Para que el hombre no se sienta ofendido ni agredido, ha de permanecer imperturbable e imparcial hacia todo ataque que pueda sobrevenirle”. Conviene recordar que los asuntos sobre los que tenemos poder están naturalmente a nuestra disposición, libres de toda restricción o impedimento. Si pretendemos tomar las riendas de aquello que escapa a nuestro control, o adoptar los asuntos de otros como propios, nos convertiremos en personas frustradas y ansiosas al ver que nuestros esfuerzos carecen de efectividad.

Humilladores – Juicios útiles y destructivos.

Consisten en críticas que sí sirven para algo y cuya intención del emisor es de mala fe. A diferencia del caso anterior, se trata de descalificaciones disfrazadas de comentarios un tanto más perspicaces y agudos, mas no debe uno picar en tal detracción, puesto que la intención hiriente del emisor es el motivo insigne de su difusión. Puesto en palabras más simples, la diferencia de las sentencias humilladoras con respecto a las aniquiladoras es que las primeras sí podrían gozar de una base empírica consistente y unos silogismos bien construidos que las respaldan. He de reconocer que, durante un largo periodo de tiempo, hice el esfuerzo consciente y raudo de tragar mi ego y atender a las demandas que tanto enfurecimiento y despojo conllevaban consigo, pues el objetivo sustancial de mi persona era crecer a toda costa. Y lo cierto es que, en algunos contextos muy específicos, no está de más procesar un juicio destructivo y malintencionado que contenga cierta información relevante. Un gerente de un pequeño negocio que escucha a un cliente enfurecido con su producto o un jugador de fútbol que atiende las broncas de su entrenador podría salir más o menos beneficiado de la situación. Sin embargo, mi recomendación personal es que, de ser posible, no prestes demasiada atención a este tipo de críticas. ¿Cuál es el motivo?

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El emisor puede tener – o no – razón en lo que dice, pero sólo busca destruir y humillar. Es importantísimo que entiendas que su objetivo principal es que el mundo sea consciente de que el blanco de sus burlas ha cometido un error imperdonable y, en consecuencia, ya no merece la pleitesía y fidelidad de nadie. En este sentido, es posible que el humillador haya ejercido una técnica de manipulación que he bautizado como “el puente invisible”. Aún recuerdo con desgana la primera vez en la que mis compañeros de clase me llamaron gordo. Por cuenta propia, jamás habría sentido la más mínima curiosidad en categorizar unos kilos de más como algo esencialmente negativo (al menos, desde el punto de vista estético). Lo irónico es que yo sí era consciente del dato científico que marcaba el hecho objetivo que la gente intentó transmitirme: tenía sobrepeso. Sin embargo, el obtuso tono del mensaje y el desconcierto del momento desencadenaron una creencia sumergida que no lograría destapar hasta años posteriores: ser gordo implica inferioridad de valor. Este ejemplo anecdótico refleja la mutación de un juicio desde lo absurdo hasta lo pragmático ayudado por el sólido puente de la objetividad, aunque éste ni siquiera hace falta para que las palabras crucen el río de la aceptación. A grandes rasgos, el relato ficticio (yo valgo menos) logró penetrar en mi subconsciente gracias a la fraudulenta utilización de un dato veraz (yo soy gordo). Otros ejemplos basados en la misma dinámica podrían ser:  

– Cuánta vanidad, atrevimiento y arrogancia hay que tener para alentar a las personas para que busquen la responsabilidad en ellos mismos con el fin cambiar su vida. ¡Cómo se nota que no has vivido todavía!

– Tu discurso está muy bien construido, pero tragarse un artículo tan largo con una voz tan sumamente irritante y desagradable me abruma. Mira, ¿por qué no acudes a un curso de oratoria y dejas de ser tan pesado y engorroso?

– Sinceramente, creo que la forma en la que expones los conocimientos refleja muchísima prepotencia. Das la sensación de que lo sabes todo y no estás dispuesto a mejorar.



Otro motivo latente para rechazar de serie estas críticas es su usual falta de congruencia. Hablar, juzgar y valorar es fácil; hacer, diseñar y construir es difícil; y hacer, diseñar y construir bien, de auténtico genio. Siento comunicar que un verdadero hacedor es, por pura armonización de sus principios, perteneciente al segundo o tercer grupo y, rara vez, al primero. Ten en cuenta que la persona que está detrás de la vorágine de acusaciones y difamaciones podría tener una licenciatura o haber extraído los argumentos haciendo un par de clics y memorizando dos frases propagandísticas inconexas. El trabajo del hacedor no es (ni será) averiguar cuál es la identidad que aguarda detrás de cada dedo índice, ya que la torcida intención del emisor derivaría inexorablemente en una guerra de egos cuyo fin es catastrófico e improductivo. Con respecto a esto último, Séneca declara: “si alguien te falta el respeto o habla mal de ti, recuerda que lo hace teniendo la impresión de que eso es lo correcto. Es poco realista esperar que esa persona te vea como tú te ves. Quienes sacan conclusiones que se fundamentan en falsas impresiones son, irónicamente, los que resultan más heridos. ¿De verdad piensas que su conocimiento holístico acerca de ti es superior al tuyo?”. Piénsalo detenidamente, porque tiene mucho sentido: cuando alguien interpreta una proposición verdadera como si fuera falsa, la proposición en sí – el juicio, la crítica – no resulta herida, sino más bien es la persona que sostiene el punto de vista equivocado la que sale defraudada.

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Aduladores – Juicios inútiles y constructivos.

¿Qué puede haber de pernicioso en apoyarse en elogios, halagos y alabanzas? Lo cierto es que las adulaciones, como la mayoría de las cosas de este mundo, siguen la ley de los rendimientos decrecientes. El exquisito aroma y sabor de un profiterol de chocolate puede embelesar a un comensal que no ha tenido la ocasión de probarlo en varios meses. Sin embargo, el grado de dulzor del paladar se acostumbrará a la sensación placentera más rápido que un niño caprichoso y malcriado. Si se abusa de los picos de glucemia creados por el azúcar contenido en el respectivo dulce, la gula acarreará nefastas consecuencias para la salud. Esto es esencial para cualquier creador de forma de arte, ya que la dinámica es bastante similar. Uno ha de tener en mente que el crítico ha quedado tan satisfecho por el hipnótico trabajo del creador que éste ha decidido concederle gratificación instantánea como recompensa. No obstante, si lo meditas detenidamente, los comentarios aduladores carecen de evidencia empírica; tan sólo hacen saber que dicha obra artística ha suscitado una emoción agradable en una determinada persona y en un momento concreto.

Yo recibo numerosos correos y mensajes privados de agradecimiento; en reciprocidad, yo me considero como el más afortunado de los reyes, al percatarme de que alguien se haya molestado en soportar siquiera un minuto de mi existencia y haya extraído jugo de mi discurso. Negar que una felicitación por mi trabajo es deleitable y cautivadora es incongruente y estúpido… ¿A quién narices no le gusta el chocolate? No obstante, mi valía personal y aprecio por mi figura permanecen inmutables, sin consideración a que se me repita una y mil veces que mi contenido audiovisual haya supuesto una panacea ante todos los males. Por ende, la construcción de mi confianza, resiliencia, fortaleza y dicha es completamente autónoma de lo que los demás piensan. En su lugar, éstas se basan en lo que yo pienso acerca de mí mismo, de mi obra y de mis sistemas de producción.

¿Qué sucede cuando uno otorga demasiada importancia a comentarios de tal calibre? Pues que la desviación típica de la sensibilidad emocional aumenta con creces, lo cual resulta extremadamente peligroso, ya que, en última instancia, nos volvemos más reactivos ante los estímulos externos. Como resultado, los comentarios negativos sentarán como un jarro de agua fría que paralizará cada rincón del cuerpo. Nuestro ego no nos permitirá aceptar que, hagamos lo que hagamos, es imposible caer bien a todo el mundo. En definitiva: guiarse únicamente por aquellos comentarios que reafirman lo que uno ya piensa mermará el crecimiento del individuo a medio y largo plazo, impidiendo así una mejora sustancial en las habilidades profesionales y en la maestría emocional.

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Propulsores – Juicios útiles y constructivos.

Al alegar que las críticas útiles y constructivas valen un potosí, uno se estaría quedando muy corto. Y es que los argumentos elocuentes y sólidos ponen a prueba el pensamiento crítico, convirtiéndose en pepitas de oro para cualquier creador, emprendedor y aprendiz. Colocarse en posición neutral y valorar el trabajo propio en tercera persona es quizás la mejor de las habilidades para generar un proceso creativo y disruptor sin precedentes. La carencia intrínseca de los aduladores que los propulsores suplen con creces es la facultad de cuestionar la percepción de los hechos y alterar la forma de proceder. En este aspecto, los primeros reafirman lo que uno cree que es, ya que sólo adulan, alaban y felicitan; los segundos, en suma, mejoran y acrecientan lo que uno es en realidad. Eso sí, comprendo bien que, en numerosas ocasiones, ser conocedor de nuestros fallos y desaciertos es un proceso que requiere altas cantidades de energía. Hay veces en las que, al estar encerrado en una burbuja de ego y arrogancia, se confunde un propulsor como un humillador y se le califica como tal. No caigas en la trampa. En la medida en que la intención del emisor sea benigna, es imprescindible valorar correctamente este tipo de críticas en pos de asumir responsabilidades sobre nuestro marco de actuación y aceptar que somos perfectamente susceptibles de seguir equivocándonos y cometer infracciones; suponiendo, claro está, que uno desee aprender de verdad, y no vanagloriarse con apariencias falsas. como lidiar con las criticas

En definitiva… Las críticas destructivas (ya sean útiles o inútiles) consumen tu sensación de ser apto para la vida; las críticas constructivas e inútiles alimentan tu satisfacción, pero tienen un coste de oportunidad muy alto: la adaptación al entorno. Y las críticas útiles y constructivas alimentan tu crecimiento. Creo conveniente finalizar este artículo con una reflexión Epicteto de su obra Enquiridión que sintetiza de manera fidedigna sus enseñanzas: “presta atención únicamente a tus verdaderas ocupaciones y enfócate en tus propios asuntos. Da por sentado que lo que emana de los demás, te agrade o repugne, te inspire o te espante, no te incumbe en absoluto. ¿Qué más da si al vecino le va bien o le va mal? En ambos casos, las circunstancias de tu vida serán exactamente las mismas. Si obras así, serás libre, eficaz e impermeable a la coacción; nadie te podrá detener. Atrás quedarán los grises días en los que la necesidad de sacar punta a las obras de los demás imperaba. Cuando el estoico pone el foco en sus quehaceres en lugar de los ajenos, es él quien hará caso omiso a todas las habladurías sin fundamento que un día emitió por su boca. Y qué gran honor ser insultado, desprestigiado y maldecido, pues ello implica que su obra es digna de ser envidiada. Camina, actúa, progresa. Mientras, deja que hablen”.

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