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Cómo afrontar la incertidumbre y la duda.

Thomas Moore afirmaba: “cuando los hombres reciben un mal, suelen escribirlo sobre mármol; en cambio, cuando reciben un bien, lo dejan plasmado en el polvo”. Cierto es que vivimos en medio de tiempos turbulentos y cambiantes, ¿pero cómo puede uno lidiar con los inesperados contratiempos? Decía Albert Einstein que lo único seguro es que ya nada es cien por ciento seguro. Sean, pues, bienvenidos al juego de lo desconocido.

En estos momentos, el ser humano se encuentra sumido en una de las peores crisis de los últimos tiempos. Con todo, es interesante saber que la palabra ´crisis´ procede del verbo griego kríno: ´yo decido, separo, juzgo´. Su propia etimología no revela demasiado: ¿qué narices puede elegir uno exactamente en un periodo de caos, descontrol e incertidumbre? Hay veces en las que el caprichoso destino ni siquiera nos ofrece la ocasión de acatar las consecuencias del desastre ni mitigar su magnitud. ¿Por qué decidir, entonces?

Se suele decir que cada crisis es una ocasión para un cambio de dirección. Citando al gran Winston Churchill: “toda crisis es mitad un fracaso y mitad una oportunidad”. Se trata de un fracaso porque el mundo se nos viene abajo: perdemos la creencia o confianza en un marco de seguridades al que hasta ahora nos habíamos atenido; el antiguo castillo que parecía estar cimentado con yeso era tan sólo una torre de naipes que nada albergaba en su interior y, cuando ésta se derrumba, tan sólo queda el resquicio de una insoportable voz que, con gran insistencia y sonoridad, susurra: “¿qué va a ser de mí a partir de ahora?”

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Eso es una crisis: pánico, peligro, transformación; en definitiva, incertidumbre. Todo esto nos obliga a repensar nuestras creencias, principios y valores, a juzgar la nueva coyuntura que se nos presenta sin llamar a la puerta y, sobre todo, a perder el rumbo para encontrar nuestro centro. La pérdida de la seguridad en el viejo funcionamiento de las cosas provoca una gran decepción en quienes la portaban. Ante la candente cuestión “¿qué va a ser de mí?”, existen múltiples alternativas, pero no me corresponde anticiparlas ahora.

Cada cosa, en su debido momento. Primero, quiero ayudarte, guiarte por las zarzas de la duda, el miedo y la desesperación, cuyo origen es, simplemente, no saber qué va a pasar contigo. A continuación, relataré una pequeña fábula china que ilustra a perfectamente el mensaje que quiero transmitir en este vídeo. Te invito a que te quedes conmigo durante este corto – pero intenso – viaje. ¿Estás preparado?

El caballo perdido.

Érase una vez un buen hombre que vivía en una aldea lejana de China. Su gran prudencia jamás pasó desapercibida en la comarca, motivo por el cual se ganó el respeto de todos sus convecinos. Dicho hombre era granjero, y había sido educado en una familia llena de amor y con excelentes costumbres. Era tanta la admiración que suscitaba su sabiduría que la gente le consultaba frecuentemente sobre diversos asuntos de la vida, y es que siempre tenía una frase de consuelo o una palabra amigable bajo la manga para los demás.

Un buen día, sin saber exactamente cómo, llegó hasta su granja un hermosísimo caballo. El animal tenía un pelaje brillante de color blanco y una musculatura fantástica. Además, caminaba con una elegancia única: se notaba que era un purasangre auténtico. El caballo comenzó a pastar de inmediato; parecía que su intención era quedarse a vivir en la granja.

Según las leyes del lugar, el espléndido animal era ahora propiedad del granjero, puesto que había llegado a la granja por sus propios medios. Ante el devenir del acontecimiento, no fueron pocos los que le dijeron: “¡Qué buena suerte has tenido!”.

Sin embargo, el buen hombre no reaccionó con júbilo ante la gran masa de felicitaciones y halagos que le llovieron durante esos días. Cualquiera se habría alegrado de que la diosa de la fortuna se presentara en la puerta de casa sin previo aviso. ¿Por qué el granjero se mantuvo inmóvil después de que la suerte le sonriera de tal manera? Por aquel entonces, la gente no entendía la respuesta que el sabio daba a todo el mundo: “tal vez haya sido buena suerte, y tal vez no; a veces, lo que parece una bendición es una maldición”.

Cómo afrontar la incertidumbre y la duda. 1

Tal fue su tranquilidad que se empezaron a correr rumores por pueblo. Mientras algunos llegaron a pensar que el granjero estaba sumamente infeliz, otros simplemente creían que era extremadamente desagradecido. ¿Quién sería capaz de tomar como una maldición el hecho de que un caballo extraordinario llegara por sus propios medios a su establo? Qué gran desfachatez no pararse a considerar tal regalo de la vida, un tesoro que costaba una auténtica fortuna en el mercado. ¡Si no le gustaba, tan sólo tenía que venderlo!

Pasaron los meses, y los vecinos fueron olvidando el suceso progresivamente. La llegada del invierno trajo consigo fuertes vendavales a la región; tan fuertes eran los vientos, que la puerta del establo se abrió de par en par durante la noche. A la mañana siguiente, el granjero se aproximó a dar de comer al caballo, pero ya no estaba: o bien alguien lo había robado, o bien se había escapado. Acto seguido, la noticia corrió rápidamente por la aldea. Los detractores del sabio encontraron una ocasión ideal para mofarse de su mala suerte: “¡Eso te pasa por no valorar lo que tienes!”.

A pesar de las contadas burlas, la mayoría de los vecinos se presentaron en la granja para dar ánimos al humilde hombre por su pesar: “Lamentamos mucho que esto haya pasado”. No obstante, el protagonista de la historia permaneció totalmente sereno ante la situación, añadiendo una vez más: “No tenéis nada de lo que preocuparos: a veces, lo que parece una maldición es una bendición”. Los demás ya no daban crédito ante sus palabras: ¿será que el hombre había perdido la cabeza por completo?

 

El invierno pasó lentamente ese año, pero, como siempre, acabó llegando el día en el que los árboles comenzaron a llenarse de hojas y las aves volvieron a cantar. Dicha atmósfera primaveral provocó que el granjero pasara mucho tiempo fuera de su casa. Una tarde cualquiera, mientras volvía de comprar el material necesario para el cultivo de sus tierras, sintió de repente un estruendo. El humilde individuo, un tanto asustado, echó la vista a lo lejos y pudo distinguir la figura del caballo perdido, con su pelaje blanco y brillante.

Cuán grande fue su sorpresa cuando el maravilloso animal no venía solo: tras él había, al menos, otros veinte caballos que lo seguían con gran obediencia. De la misma manera, el granjero decidió acogerlos de nuevo en su propiedad. Los vecinos no podían creer que la fortuna acompañara de forma tan espectacular al granjero. Tanto las muestras de cariño como las de odio por parte del pueblo se intensificaron enormemente, pero hubo algo que no cambió en absoluto: la respuesta del granjero (“a veces, lo que parece una bendición es una maldición”).

De hecho, sus pronósticos acabaron siendo muy acertados. Ahora, la carga de trabajo se multiplicó exponencialmente, hasta el punto en el que al buen hombre le costaba dormir. Los caballos que habían llegado con su hermoso ejemplar eran salvajes, lo cual implicaba que tenían que ser domados uno por uno. Dado que tan sólo su hijo mayor y él estaban en condiciones de hacerlo, dicha tarea les llevaría mucho tiempo. Cuán arduo trabajo el que les quedaba por hacer…



A la llegada del otoño, el hijo del granjero se propuso domar al más arisco de todos los caballos. Aunque el joven era diestro en esas lides, el caballo se mostraba más inquieto de lo habitual y, de forma violenta, le acabó tirando al suelo en una de sus frecuentes voliciones, provocando que el muchacho se fracturara una de sus piernas. Al oír sus gritos de dolor, los vecinos corrieron presurosos a llevar medicinas y a preguntar en qué podían ayudar a la desdichada familia. Ante las abundantes muestras de consuelo y lástima, el sabio volvió a responder: “a veces, lo que parece una maldición es una bendición”.

Los que tanto criticaban al buen hombre comenzaron a entender por qué reaccionaba de forma tan sobria, pausada y neutral cuando el azar le sonreía o le castigaba: por esperanza matemática, cada pizca de fortuna será contrarrestada por un golpe de desgracia. Cierto es que hay veces en las que la suerte se ceba con las personas, tanto para bien como para mal; pero no se dejen engañar: la aleatoriedad no entiende de piedad, mérito, necesidad, consuelo, conveniencia, justicia ni felicidad. En caso contrario, el azar ya no sería azar.

Tan sólo una semana después, explotó la guerra en China. En consecuencia, el emperador mandó reclutar a todos los jóvenes de cada aldea. Y sí, el único que se salvó fue el hijo del granjero, quien estaba convaleciente debido a su pierna fracturada. El buen hombre no era vidente ni gurú, ni tampoco más inteligente que los demás. Simplemente, entendió su inherente vulnerabilidad ante la incertidumbre.

Reflexión.

Las circunstancias de una persona galardonada de forma reiterada en nada difieren de una moneda que da cara o cruz cinco veces seguidas: cuantas más veces se tire la moneda al aire, más van a converger las respectivas proporciones de caras y cruces. Aunque este fenómeno no erradica la injusticia por sí mismo, es casi indudable que nadie pasa por este demente y satírico planeta sin darse de bruces con la realidad al menos una vez.

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Como ya expuso Jorge Luis Borges en sus escritos, la vida es una ironía tremendamente peligrosa, pues es corta y larga al mismo tiempo; corta, puesto que nuestra vil conciencia percibe el trascurso del tiempo cada vez más rápido; y larga, porque la densidad de los eventos favorables y desfavorables, la cantidad de cosas que suceden, es muy grande. He aquí el significado de la historia del caballo perdido: uno ha de comportarse como aquel granjero que mantuvo la sobriedad con total independencia de lo que le ocurriera.

El paisano entendió que pocas cosas en esta vida son buenas o malas por sí mismas. Más bien, es la experiencia, emoción y comportamiento del ser humano las que les atribuye la carga moral. Cuando un acontecimiento inesperado, incómodo e incierto llama al timbre, nuestra reacción más inmediata es el rechazo, la negación, la duda y el miedo. Sólo unos pocos son capaces de mirar al obstáculo de frente y apreciar la oportunidad que se esconde tras de sí. Quizás con horror, tristeza y decepción; nadie niega la cruel naturaleza de la existencia humana. Pero, pase lo que pase, al toro hay que cogerlo por los cuernos.

Simon Hague sugiere que una manera para lidiar con la incertidumbre es verla como un huevo frito:

– Por un lado, la deliciosa yema representa los aspectos de nuestra vida que se encuentran bajo control. Es más reducida en tamaño, pero muy intensa en sabor. Nos encanta sentir que un determinado objeto está dentro de nuestra área de influencia, y esto se debe a que las expectativas que construimos en torno al mismo pueden ser alcanzadas mediante la acción. Podría decirse que los aspectos más esenciales de la vida dependen de nosotros.

– Por otro lado, la clara simboliza aquello que no podemos controlar. Es más extensa en tamaño, pero menos intensa en sabor. El simple hecho de que algo esté situado fuera de nuestro marco de actuación nos petrifica, nos repele, nos disgusta tanto que muchas veces preferimos hacer como que no existe, o peor aún, intentamos controlar dichos objetos desesperadamente. Mas no se me ocurre nada más ridículo y perjudicial que tratar de cambiar algo que no depende de uno mismo. La clara del huevo es de todo menos clara.



La “parte blanca” del granjero era caótica, impredecible y difusa. Un día venía un caballo nuevo, al día siguiente se escapaba, de repente se presentaban veinte, uno de ellos le da una coz a su hijo que, eventualmente, acaba librándole de la guerra… No obstante, el bienestar del buen hombre no dependía de los milagros ni de los infortunios que la ruleta rusa de la existencia le proporcionaba. En contrapartida, su foco de atención estaba en la yema, es decir, en cómo se prepararía, interpretaría y reaccionaría ante los hechos.

No obsesionarse con la parte blanca del huevo no implica que haya que hacer caso omiso de la misma. En otras palabras, aunque no dediquemos ni un solo ápice de nuestra energía a intentar cambiar lo incontrolable, tampoco debemos actuar como si lo incontrolable no fuera a suceder nunca. Para exponer mejor este concepto, el psicoterapeuta Barry Mason ofrece cuatro posiciones distintas ante una situación de riesgo e incertidumbre:

a) La incertidumbre insegura representa la zona de peligro, que está repleta de sucesos perniciosos, difusos, caóticos y aleatorios sobre los cuales el sujeto no tiene conocimiento de causa. Así pues, es prácticamente imposible anticipar, pronosticar y determinar cómo y cuándo uno puede sufrir una enfermedad rara, un accidente de tráfico o una pérdida de un ser querido. Lo único que uno puede – y debe – hacer es reunir los recursos materiales, económicos y emocionales necesarios para combatir los adversos efectos del azar y, de este modo, minimizar el riesgo todo lo posible. En efecto, no podemos evitar lo inevitable, pero sí prepararnos para que lo inevitable no nos destruya. La mejor actitud al respecto es ser conscientes de que ignoramos una gran parte del hilo conductor del cosmos.

b) La certidumbre insegura representa la zona de toxicidad, la cual está compuesta por todo tipo de comportamientos controladores, obsesivos, tóxicos y negativos. Un sinfín de personas incurren repetidas veces en la gula, la pereza, la avaricia, la soberbia, la lujuria, la envidia y la ira para saciar su hambre. Lo que en realidad les ocurre es que todavía no han aceptado que, como bien manifestó Calderón de la Barca, la vida es sueño: no pueden mover montañas ni detener oleajes, y peor aún, no están dispuestos a admitir la fragilidad de su inherente condición humana. Irónicamente, si en algo sí puede incidir el hombre, si algo recae bajo su voluntad, es en alejarse todo lo posible de la zona de toxicidad.

c) La certidumbre segura representa la zona de confort, caracterizada por las conductas repetitivas, complacientes y predecibles. Contrariamente al pensamiento popular, no hay ningún problema en tener un espacio donde uno se sienta a gusto y pueda descansar con tranquilidad. La cuestión se complica de sobremanera cuando las personas se empiezan a refugiar, esconder y acomodar en esa área donde nada nuevo les depara. Si uno abusa de la comodidad y la familiaridad, su crecimiento interno se deteriorará por completo. Es entonces cuando la zona de confort, perfectamente saludable y lícita en su justa medida, se acaba transformando en la zona de toxicidad. Todavía estás a tiempo; para evitar dicho escenario, mantén las proporciones adecuadas de paz, reposo y serenidad en el hogar.

Y ahora, procedamos con mi favorita… ¿Qué nos depara en el cuadrante restante?

d) Por último, la incertidumbre segura representa la zona de riesgo, formada por rasgos tan esenciales como la flexibilidad, la creatividad, la planificación y la vivacidad. Es aquí, en el corazón de la aventura, donde reside la llama de la pasión, pues “aventura” implica necesariamente la toma de riesgos. Sin embargo, la zona de riesgo no es sinónimo de un imprudente salto al vacío; más bien, se trata de una voluntaria aceptación de que las cosas pueden salir mal a la hora de llevar a cabo un plan, el cual está articulado y perfeccionado para maximizar las probabilidades de éxito. La mejor arma del estratega del riesgo es su pensamiento crítico y analítico. De este modo, a pesar de que la nueva empresa, proyecto o actividad ostente cierta probabilidad de fracaso, el emprendedor está preparado no sólo para soportarlo, sino para convertirlo en fuente de aprendizaje, conocimiento y progreso.

Bien gana, bien aprende; por este motivo, el mayor riesgo es no cometer riesgo alguno.

En definitiva, ¿cómo ha de afrontar uno la incertidumbre?

– La zona de peligro requiere tu preparación, previsión y providencia.

– La zona de toxicidad requiere tu abstinencia, alejamiento y rechazo.

– La zona de confort requiere tu limitación, precaución y moderación.

– La zona de riesgo requiere tu resiliencia, adaptabilidad y optimismo.

Ahora, pregúntate: ¿cómo puedes llevar cada cuadrante a la práctica?

La buena anticipación es de hechos, no de emociones. Quien inspecciona minuciosamente el conjunto de escenarios que pueden devenir en el corto, medio y largo plazo y se prepara con cautela, serenidad e inteligencia para responder ante los mismos es un previsor. No obstante, quien amplifica obstinadamente pasiones como el temor, la dubitación, la ira o la cobardía pensando que así se protegerá del peligro no es más que un ansioso. Hay una gran diferencia entre planificación y reacción, previsión y preocupación, preparación e improvisación. Por lo tanto, deja de preocuparte y empieza a ocuparte.

¿Qué me deparará de ahora en adelante? Ya venga la enfermedad, la pobreza, la soledad, la demencia o la muerte, no me cabe la menor duda: seguiré caminando por el sendero de la incógnita acompañado de valor, compromiso, fortaleza e ilusión. La incertidumbre es capaz de paralizarnos por completo o, por el contrario, sacar lo mejor de nosotros mismos.



Si la vida me da limones, haré limonada. Tomaré las perturbaciones aleatorias que la vida me ofrezca, las analizaré desde un punto de vista científico y adoptaré la mejor estrategia disponible para lidiar con ellas. Seré artista en la ejecución y matemático en la revisión.

No hay ninguna duda de que las experiencias moldean al hombre y construyen su propia realidad, quien recopila información, la procesa y la pone en tela de juicio. Sabiendo esto, permanece atento al acontecer de los eventos y, sobre todo, que las contingencias no te embauquen. El hecho de que tu historia sea extraordinaria en un instante t no implica que en t+1 lo siga siendo. De la misma manera, el hecho de que tu historia sea miserable en un instante t no implica que en t+1 lo siga siendo.

Pensar que las cosas podrían haber ido mejor es tan cierto como pensar que las cosas podrían haber ido peor. Es más, se trata de una afirmación demasiado obvia como para ser pronunciada, ya que la probabilidad de lo contrario es 1 / ∞ = 0. La excelencia no consiste en tomar las mejores elecciones desde el punto de vista resultadista, sino inferir cual es la mejor respuesta posible desde la información que se encuentra a tu disposición y utilizar el resultado para aprender en caso de que hayas errado.

Por ende, lo que parece una victoria hoy podría ser una derrota camuflada, ya que el que gana siempre y demasiado pronto no tiene la oportunidad de extraer una valiosa lección del fracaso y, por lo tanto, se expone a un futuro fallo cuyas consecuencias podrían ser devastadoras. Lo mejor que podría haberte pasado a día de hoy es tener el viento en contra cuando no tenías nada que perder y, aun así, seguir remando a contracorriente. Son estas personas las que sabrán cómo evitar la pérdida cuando lo hayan ganado todo.

Ahora, volvamos a la cuestión inicial: ¿qué va a ser de mí? Si te digo la verdad, no lo sé. Creo que nunca podré saberlo. En mi más sincera opinión, creo que esta pregunta no tiene sentido práctico. Lo que sí puedo responder con plena seguridad es: “¿qué voy a hacer de mí?”. Por lo pronto, romperé el conjuro de Thomas Moore: escribiré en mármol lo que en polvo dejé; decidiré, separaré, juzgaré; cuidaré del caballo perdido.

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