relatos taoismo

3 relatos taoístas del Tao Te King.

Relatos taoístas

Todos somos conscientes de que la sabiduría oriental encierra diversos descubrimientos, moralejas y lecciones acerca de la psique humana que muy pocas culturas han conseguido igualar. En este sentido, una de las filosofías más destacadas es el taoísmo de Lao Tse: el supuesto autor de una de las obras cumbre del pensamiento chino: el Tao te Ching (o Tao te King). El objetivo principal de este libro es recoger las características del camino hacia la virtud mediante la adopción de una actitud sencilla, serena y sensata para con el flujo de la naturaleza. Dicho esto, ¿qué clase de prácticas, rituales y creencias son las que más relevancia ostentan dentro del taoísmo? Y más importante aún, ¿cómo podemos aplicarlas en nuestro día a día? A lo largo del presente artículo, tendrás la oportunidad de escuchar tres inspiradores relatos cortos cuyas enseñanzas marcarán un antes y un después en tu forma de pensar. ¿Estás preparado para salir de tu marco mental?

1) El cuento del caracol.

Había una vez dos monjes que paseaban por el jardín de un monasterio taoísta. De pronto, uno de ellos vio en el suelo un caracol que se cruzaba en su camino y, justo cuando estaba a punto de ser aplastado por su compañero, consiguió apartarlo. Acto seguido, se agachó para recoger al animal y dijo: “hemos estado a punto de matarlo. Este caracol representa una vida y, a través de ella, un destino que debe proseguir. Por lo tanto, es imprescindible que sobreviva y continúe sus ciclos de reencarnación”. Después de pronunciarse, colocó delicadamente el caracol entre la hierba. En tono de rabia, el otro monje exclamó: “¡Serás inconsciente! Salvando a este estúpido caracol pones en peligro todas las lechugas que nuestro jardinero ha cultivado con tantísimo cuidado. Tus acciones destruirán el trabajo de uno de nuestros hermanos”. Fue entonces cuando los dos comenzaron a discutir bajo la curiosa mirada de otro monje que por allí pasaba y, como eran incapaces de ponerse de acuerdo, el primero de ellos propuso acudir al gran sacerdote, quien era lo bastante sabio como para decidir quién tenía la razón. Una vez delante de él, pronunció lo siguiente: “he salvado a un caracol, preservando así una vida sagrada con miles de existencias pasadas y futuras”. El gran sacerdote lo escuchó, movió la cabeza y luego dijo: “has hecho lo que convenía hacer. Has obrado bien”. Indignado, el segundo monje dio un brinco: “¿cómo? ¿salvar a un caracol devorador de ensaladas y devastador de verduras es bueno? En tal caso, el huerto que nos proporciona alimento acabará por desaparecer”. Tras escuchar con atención dicho testimonio, el maestro movió la cabeza y confesó: “es cierto. Esto es lo que convendría haber hecho. Tienes razón”. El tercer monje, quien había acudido a la tertulia para ver cuál era la respuesta correcta, reprochó confuso: “¡Pero si sus dos puntos de vista son diametralmente opuestos! ¿cómo pueden tener razón los dos a la vez?”. El gran sacerdote miró largamente al tercer interlocutor, reflexionó, movió la cabeza y dijo: “es verdad. Tú también tienes razón”.

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Probablemente, uno de los conceptos taoístas más afamados en el mundo occidental es el del Yin y Yang. A grandes rasgos, dicho símbolo representa a dos fuerzas fundamentales dentro de la naturaleza de carácter opuesto y complementario. Mientras el Yin – la fuerza pasiva – representa la paz y la estabilidad, el Yang – la fuerza activa – representa el caos y el movimiento -. Al principio, puede parecer que éstas están en constante conflicto; de hecho, es así. Sin embargo, si examinamos el fondo por encima de la forma, nos daremos cuenta de que, en realidad, la una no podría existir sin la otra. He ahí el porqué de los dos círculos de pequeño tamaño dentro de ambas gotas: según esta idea cualquier ser, objeto o pensamiento posee un complemento del que depende para preservar su existencia y que, a su vez, existe dentro del mismo. Pues en esto se basa precisamente el cuento del caracol: es muy difícil extraer una respuesta inequívocamente cierta ante semejante problemática.

Aunque se pueden extraer cientos de moralejas de esta historia (como la justificación en pos de la existencia del mal, la importancia del dolor desde el sentido epicúreo e incluso ciertos fundamentos de la mecánica cuántica), me enfocaré en su utilidad epistemológica.

¿No os ha pasado alguna vez que veis a dos personas discutir y os percatáis de que ambos tienen parte de razón? Por comodidad cognitiva y ahorro energético, el ser humano tiende a polarizar sus opiniones, creencias y comportamientos. Pero esto no es más que un sesgo o atajo mental que puede llevarnos a todo tipo de conclusiones equivocadas y extremas.

3 relatos taoístas del Tao Te King. 1

El juego de la verdad no sólo es blanco y negro, sino que hay mucho (muchísimo) gris de por medio. Por supuesto, conviene matizar un pequeño detalle en aras de evitar posibles malinterpretaciones: con esto no quiero decir que todos los juicios sean inexorablemente incompletos de verdad. A menos que nos adentremos en un plano metafísico ultra-radical, afirmaciones como “2+2=4 en son verdaderas, al ser problemas convergentes que se basan en juicios de hechos. Cosa distinta sucede con los problemas de carácter divergente tales como “¿deberíamos clonar seres humanos?”, “¿quién es el mejor cineasta de todos los tiempos?” o “¿qué podríamos hacer con el caracol del monasterio”, ya que se basan en juicios de valor. Es aquí donde la verdad empieza a ser mucho más relativa.

Es francamente curioso ver cómo el mundo está dividido en dos bloques antagónicos cuya ideología política es incompatible en apariencia, pero con un terreno común inexplorado que nadie parece querer conquistar. El eterno debate entre derechas e izquierdas siempre me ha aburrido, y mucho. ¿Por qué? Pues muy simple: porque es un problema divergente que se basa en el sesgo de polarización, esto es, la absurda convicción de que tan sólo una de las dos partes es poseedora de la verdad absoluta. Y lo peor de todo es que son muchas las veces en las que pretenden expresar ideas similares, pero no se toman las molestias de escucharse. Imaginad por un segundo cómo se llevaría a cabo una conversación entre un liberal y un socialdemócrata con el gran sacerdote mediando cada uno de sus argumentos:

– No puedes coaccionar a la ciudadanía en contra de su voluntad con una carga impositiva tan elevada. ¿Por qué debería de concederle al Estado una tercera parte de lo que genero legítimamente? ¿me esfuerzo para financiar a quienes no han hecho nada? Eso es un robo.

– Tienes razón.

– Eres ciego ante la realidad. Para haberlo generado legítimamente, han tenido que darse en ti una serie de variables de carácter determinista y aleatorio: tu genética, nacionalidad, entorno, educación y un largo etcétera. Lo mínimo es contribuir para igualar el terreno de juego a quienes no han tenido las oportunidades y privilegios de los que tú sí has gozado. En caso contrario, serías un mero perpetuador de la injusticia disfrazado de triunfador.



– Tienes razón.

– ¿Pero qué culpa tengo yo de que exista la injusticia en el mundo? ¿soy acaso el causante de que un niño de Zimbabwe no tenga acceso a una escolarización digna? ¿soy el culpable de que una mujer maltratada en la infancia por sus padres no haya sabido desarrollar sus habilidades emocionales y cognitivas? ¿soy el responsable de que un aspirante a jugador de fútbol sea propenso a lesionarse la rodilla desde su nacimiento? No me corresponde a mí arreglar todos estos problemas. Lo realmente injusto es que tú me obligues a hacerlo.

– Tienes razón.

– No eres culpable de forma directa, pero si te aprovechas de los defectos intrínsecos de un sistema monetario en el que la emisión de dinero se produce de forma unilateral y de un sistema corporativo en el que incontables compañías contaminan y subcontratan para ahorrar costes y donde abundan socios parasitarios que poseen dicha condición sin haber sido directivos ni haberlo merecido, entonces sí que eres culpable de forma indirecta. Sólo velarán por tu aparente inocencia quienes carezcan de una visión profunda y holística.  

– Tienes razón.

De hecho, esta es una de las razones por las que yo rechazo categóricamente todos y cada uno de los sistemas económicos actuales. No cometas el error de calificarme como liberal, socialista, socialdemócrata, mercantilista, republicano, utilitarista, feudal o totalitario. Yo no soy nada. Si bien algunos sistemas sí me resultan más funcionales que otros, considero que ninguno de ellos es plenamente capaz de resolver los problemas actuales del mundo por sí solo. Si me preguntaran a mí, y sin profundizar en exceso en el tema, diría que uno haría bien en ser comunista en el hogar, utilitarista en la justicia, liberal en el comercio, socialdemócrata en la educación y republicano en las relaciones personales. Podría tener razón; o quizás no. Habrá un poco de error en mi acierto; o un poco de acierto en mi error. A lo mejor la solución no está en dejar o pisar al caracol, sino en incitarle a marcharse o, como es habitual en las cosechas actuales, proteger los cultivos con productos químicos.

Como bien dijo Aristóteles: “la virtud se encuentra en el término medio”.

2) El picador de piedra.

Cuenta la leyenda que un humilde picador de piedra vivía resignado en su pobreza. Desde pequeño, anhelaba convertirse en un hombre rico y poderoso. Un buen día expresó en voz alta su deseo y comenzó a trabajar de forma disciplinada y estratégica para lograrlo. Cuál fue su sorpresa cuando vio que éste se había hecho realidad: ya era uno de los mercaderes más acaudalados e influyentes de la comarca. Su logro le hizo muy feliz hasta el día que conoció a un hombre aún más rico y poderoso que él. Entonces, pidió de nuevo ser así y su deseo le fue concedido. Sin embargo, se cercioró al poco tiempo de que, debido a su particular condición, se había ganado muchos enemigos y sintió miedo. Cuando vio cómo un feroz samurái resolvía las divergencias con sus enemigos, pensó que el manejo de un arte de combate le garantizaría paz y robustez. Desde entonces, declaró que su intención era convertirse en un respetado samurái; y así fue. No obstante, aun siendo un intimidante guerrero, sus enemigos habían aumentado en número y peligrosidad. En un momento de reflexión, se sorprendió mirando al sol desde la ventana de su casa y pensó: “él sí que es superior, ya que nadie puede hacerle daño y está por encima de todas las cosas”. Ahora quería ser el sol, y estaba dispuesto a hacer lo que fuera para conseguirlo. Como ya nada era imposible para el ambicioso hombre, acabó materializando su propósito. Qué poco le duró su satisfacción al darse cuenta de que, en diversas ocasiones, las nubes se interponían en su camino y entorpecían su visión. Tras convertirse en una nube, notó cómo el viento le arrastraba con fuerza, pero transformarse en viento tampoco fue una buena idea, ya que ni siquiera el vendaval más potente sería capaz de mover a una roca de gran tamaño. Esta vez, la desilusión fue insoportable, por lo que exclamó furioso: “ella sí que es totalmente indestructible. No hay nada que pueda derribarla… ¡Ni el sol, ni la lluvia, ni el viento ni nada!”. Nada más alcanzar el que sería su objetivo definitivo, observó con asombro que su conclusión era igual de errónea que las anteriores. A la mañana siguiente, un picador de piedra comenzó a tallar la roca con entusiasmo, dándole la forma que él quería a pesar de que su propia voluntad se negara en rotundo. Quizás ser el picador de piedra que era desde el principio no era tan mala idea como pensaba.

3 relatos taoístas del Tao Te King. 2

Para los taoístas, no hay nada tan contraproducente, agotador e insensato como el simple hecho de perseguir. A mi parecer, existen dos posibles formas de interpretar esta historia: una más radical y otra más vanguardista. Atendiendo a los escritos de Lao Tse en el Tao te King, el taoísmo coincide con otras ramas de la filosofía oriental en que el concepto de esfuerzo no es más que un pretencioso intento por parte del ser humano por satisfacer sus deseos vitales. No obstante, dicha persecución no es cosa distinta a un bucle interminable de estrés en el que anhelamos cada vez más bienes materiales y reconocimiento externo.

Por lo tanto, el deseo es un veneno incesante, una trampa banal, perniciosa y mundana.

Según el gran maestro, caer en dicha espiral nos condena a una vida de sufrimiento, pues tan pronto como uno se haya contentado con la obtención de un logro concreto, fijará otro objetivo todavía más ambicioso. Por este motivo, buscar activamente nos impide alcanzar el bienestar supremo. La sabiduría consiste en dejar de perseguir y comenzar a alinearse con el flujo de la naturaleza, es decir, con el Tao. En resumidas cuentas, la propuesta del taoísmo es vivir el presente armonizándose con el acontecer de las cosas, jamás luchando contra factores que superan nuestro entendimiento y escapan a nuestro control. El cosmos siempre será más poderoso que el samurái más fuerte, el mercader más pudiente y la roca más robusta. En vez de cambiar el curso del río o nadar a contracorriente, sigue su cauce.  Esto es lo que se denomina camino de la menor resistencia o principio de no acción.

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Otra interpretación más laxa y compatible con recientes descubrimientos de la psicología moderna es la siguiente: no es que el hecho de perseguir un objetivo sea perjudicial en sí mismo, sino que hemos de focalizarnos en el proceso en lugar del resultado; es más, sellar ciertas metas e ir a por ellas con decisión presenta beneficios sustanciales en nuestra salud mental, ya que avanzar en una dirección conscientemente seleccionada por nosotros nos proporciona una sensación de congruencia con nuestros principios, valores y creencias. El problema surge cuando dejamos de disfrutar del camino para percibir recompensas lo antes posible; es decir, cuando nos centramos en obtener en lugar de hacer y ser. El deseo es malo cuando éste se canaliza en la consecución, ganancia o adquisición, al tiempo que beneficioso cuando se conduce hacia el aprendizaje y el crecimiento. ¿Y cómo puede uno asegurarse de saborear el paso intermedio? Mihály Csíkszentmihályi lo deja bien claro en su libro Fluir: ajusta la dificultad del reto a tu habilidad.

Sea cual sea tu interpretación, nunca olvides: busca siempre el flujo allá por donde vayas. Y si no lo encuentras, nunca persigas algo para obtener, sino para ser, crecer y disfrutar.

3) El maestro zen.

Un importante catedrático universitario se encontraba últimamente en extraños estados de ánimo: sentía demasiada ansiedad, tristeza e irritabilidad. Si bien creía ciegamente en la superioridad que su saber le proporcionaba, no estaba en paz consigo mismo ni con los demás. Su infelicidad era tan profunda como su vanidad. No obstante, en un momento de humildad, había sido capaz de escuchar a alguien que le sugería aprender a meditar como remedio ante su angustia. Fue entonces cuando se enteró de que un excelente maestro zen vivía en su región y, sin pensárselo dos veces, decidió visitarle para pedirle que le aceptara como estudiante. Recién llegado a la morada del maestro, el profesor observó la sala de espera con gran condescendencia. Pensó a sus adentros: “¿pero dónde me he metido? La habitación está casi vacía”. En efecto, los pocos ornamentos tenían por objeto transmitir armonía y calma. Por ello, todo lujo y ostentación estaban manifiestamente ausentes. El maestro le recibió con los brazos abiertos y, tras las debidas presentaciones, le comentó: “permítame invitarle a una taza de té verde antes de empezar a conversar”. Aunque el catedrático se mostró plenamente disconforme, aceptó su propuesta. Sosegadamente, el maestro sacó las tazas, las colocó en la mesa y, cuando el té estaba listo, empezó a verter la bebida. Aunque la taza se llenó rápidamente, el maestro siguió echando el té sin perder su amable y cortés actitud, hasta el punto en el que el líquido ya comenzaba a rebosar el recipiente y a derramarse por la mesa. Por aquel entonces, el profesor había sobrepasado el límite de su paciencia y estalló airadamente con las siguientes palabras: “¡Serás necio! ¿acaso no ves que la taza está llena y no cabe nada más en ella?”. Sin perder su ademán, el sabio maestro contestó: “por supuesto que lo veo, de la misma manera en la que veo que no puedo enseñarte el zen. Tu mente también está llena”.



Al igual que el ser humano tiende a polarizar sus comportamientos, creencias y opiniones, esta historia nos ofrece un dato igualmente revelador: por razones evolutivas, nos cuesta mucho modificar dichos comportamientos, creencias y opiniones una vez que se asientan en nuestro cerebro. Hay que tener en cuenta que factores como la edad, la educación o la genética influyen notablemente en la plasticidad neuronal, facilitando (o dificultando) así tanto la conservación como la reestructuración de ciertas habilidades como la velocidad de procesamiento, el tiempo de reacción, la planificación de tareas o la memoria a corto plazo. Así pues, el deterioro cognitivo explica en gran medida por qué a nuestros mayores les resulta de media más complicado cambiar de opinión y aprender cosas nuevas.

Sin embargo, la moraleja de la tercera historia va más allá de dicho fenómeno, puesto que la incapacidad del catedrático no reside tanto en lo biológico como en lo emocional, social y ético. Y esto lo sabemos porque, a día de hoy, abundan adolescentes, jóvenes e incluso expertos en ciertas materias que se rehúsan de lleno a reconocer que están inevitablemente condenados a la equivocación en numerosas ocasiones. Cuando el maestro dice “tu mente también está llena”, no se refiere a que ya no quepa más información en ella, sino que el profesor universitario no estaba dispuesto a reconocer su propia ignorancia, y peor aún, cuestionarse lo que ya tomaba por verdadero. Este es precisamente uno de los pilares del pensamiento crítico. Sócrates tiene una frase al respecto que ya habrás escuchado con casi toda seguridad: “yo sólo sé que no sé nada”. Paradójicamente, esta actitud es la ruta más rápida y fiable hacia el crecimiento intelectual. Empero, ¿Cómo es esto posible?

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La gran mayoría cree que la revolución científica que dio comienzos a principios del siglo XVI ha sido una revolución de conocimiento. Yuval Noah Harari matiza con mucha razón que, más bien, ha sido una revolución de ignorancia. El gran cambio de paradigma fue el hecho de que, por primera vez en mucho tiempo, el ser humano reconoció que desconoce por completo la respuesta a las preguntas más importantes de la vida. Las tradiciones pre-modernas como el islam, el cristianismo o el judaísmo afirmaban que los misterios de la existencia humana ya estaban resueltos. Todo lo que le quedaría al sapiens es apoyarse

ciegamente en sus dogmas. No obstante, la ciencia moderna da un giro de ciento ochenta grados, basándose en el precepto latino ignoramus (por su traducción, no sabemos todo). Además, el hombre de ciencia es perfectamente conocedor de que las cosas que considera ciertas podrían probarse en contrario a medida que se adquieren más conocimientos. No hay concepto, axioma o teoría que se libre de ser refutada en un futuro.

A grandes rasgos, el problema de los necios se puede resumir rápidamente…

No es que no quepa más té en su taza, sino que tienen la creencia de que no cabe más té.

Y es que a nadie le agrada tener que limpiar la mesa con paciencia cuando el té desborda, ni mucho menos probar distintos sabores o volver a verter el líquido en la jarra. Más allá del método científico, la mayor lección que podemos extraer es la siguiente: el camino a la verdad requiere que estemos dispuestos a admitir nuestra ignorancia en todo momento, y más importante aún, aprender a desaprender ciertas cosas para aprender otras. Por muy irónico que parezca, estarás un paso más cerca de la sabiduría.

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