Taoísmo: Filosofía del flow.

El taoismo.

“Quienes se ponen de puntillas no se mantienen firmes; quienes intentan eclipsar a otros atenúan su propia luz; quienes se apresuran no llegan lejos”.

¿Alguna vez te has sentido forzado a hacer algo que no te llama la atención en absoluto?

¿Alguna vez te has sentido limitado a aceptar algo que no has podido siquiera comprobar?

¿Alguna vez te has sentido obligado a ser alguien que no te representa lo más mínimo?

Hoy quiero presentar una filosofía completamente diferente de todas las que te he traído hasta la fecha. Así pues, escucharás un punto de vista acerca de la vida que poco o nada tiene que ver con las enseñanzas a las que estás habituado. El objetivo es simple: poner a prueba nuestro código de creencias, valores, principios, reglas y comportamientos. Llegó la hora de abrir la caja de pandora de la filosofía oriental… Te presento al Tao.  

No son pocas las personas que desperdician sus esfuerzos tratando de mejorar su vida con prácticas más que cuestionables. Su base radica en obtener conocimiento que les permita adquirir cosas externas: bienes materiales, experiencias efímeras, prestigiosos cargos, etc.

Sin embargo, el precio que pagan es sumamente elevado: agotan su vitalidad corporal y sobrecargan sus mentes sólo para terminar en un descontento generalizado. Y, por si fuera poco, cada vez anhelan más y más, retroalimentando la codicia, la avidez, la soberbia de un individuo que nunca se preguntó: ¿por qué estoy haciendo lo que hago?

taoismo

 

Los taoístas observaron que los humanos tienden a actuar de forma contraproducente, ya que intentan alterar el curso de la naturaleza desde su mera insignificancia. Sus esfuerzos, normas y costumbres pretenden mejorar el beneficio común, pero éstos carecen de sentido según los sabios orientales. ¿Por qué? Simple: este entramado de ideas yuxtapuestas bajo un reinante caos no puede predecir una realidad en constante movimiento. La naturaleza sigue una dinámica dialéctica, es decir, se encuentra en un cambio continuo totalmente impredecible. Esto es lo que se conoce como el flujo natural de la vida.

Detrás del cambiante universo reside una fuerza misteriosa e indefinible que los taoístas denominan Tao. No te confundas: no es un concepto, no es una verdad, no es algo que yo (ni nadie) pueda abarcar con una vaga combinación de fonemas. Para no dejarte con mal sabor de boca, lo más parecido que he encontrado para explicar el Tao es la idea de Dios, pero ni siquiera estaríamos hablando de lo mismo. En efecto, el Tao lo engloba todo: está más allá de lo que uno puede percibir mediante los sentidos y pensar con la razón, lo cual lo hace incomprensible para nosotros. Simplemente, no estamos diseñados para eso.

¿Alcanzas ahora a entender por qué los nombres, categorías y elecciones que elaboramos en base a creencias, principios y valores que han sido adquiridas mediante la experiencia y la reflexión acerca de la experiencia no es más que un intento trágico y pretencioso por parte del ser humano por conceptualizar algo que, de partida, se encuentra más allá de su entendimiento? Los esfuerzos por establecer normas, leyes y costumbres que recogen la mecánica del universo son una ilusión, un engaño, un espejismo que nos hace pensar que la vida es comprensible para los humanos. Pero ya sabes: comprender es perder el Tao.



No obstante, que uno sea incapaz de comprenderlo no implica que no pueda conocerlo y sentirlo. Una vez que somos conocedores de los puntos básicos del taoísmo, es tiempo de ejemplificar algunas de sus principales enseñanzas en forma de analogías.

Una de las metáforas que utilizan los maestros taoístas para explicar este fenómeno es la del río: intentar alterar el curso natural del cosmos es equivalente a nadar contracorriente: es agotador y no nos lleva a ninguna parte. Nos guste o no, el río ya tiene su curso fijado de antemano, con sus respectivos meandros, vertientes y desembocadura. Nuestra mente cree firmemente que puede y debe controlar el entorno sin darse cuenta de que éste es, en realidad, incontrolable. En efecto, se trata de un clamor desde la ignorancia y el desespero cuyo único objeto es maximizar su probabilidad de supervivencia dentro del Tao.

Lo irónico es que, pretendiendo mejorar su situación desesperadamente, acaba ocurriendo justo lo contrario: se dan de bruces contra la realidad. Es por esto por lo que no merece la pena rebelarse contra la dirección y sentido de la corriente: no está dentro de nuestra área de influencia. Así pues, el taoísta admite su falta de control sobre los elementos naturales, comenzando por procesos corporales como la digestión, el latir del corazón o la sanación de heridas y prosiguiendo por la gente o el futuro. Es más, ni siquiera podemos elegir qué personas nos resultan físicamente atractivas y cuáles no.

Cuando uno acepta el flujo de la vida y decide seguirlo, se dice que está en el camino de menor resistencia. De este modo, el individuo le da a la propia naturaleza la oportunidad de desarrollarse en armonía con él, esto es, abre las puertas para conocer y sentir el Tao. Esto sucede, precisamente, porque ha reconocido que no puede comprenderlo y, por tanto, no puede controlarlo. Esta particular visión del cosmos presenta bastantes similitudes con la de los estoicos, quienes creen en la sympatheia: todo está mutuamente entrelazado y, por lo tanto, las cosas presentan afinidad y relación inherente. Todo es uno. Pensar que somos distintos del prójimo es una ilusión perceptiva de nuestra especie.

Otro aspecto fundamental en relación con lo anterior es el agua en sí misma. Y es que las propiedades del agua – la suavidad y la humildad – representan a la perfección la virtud taoísta. El Tao Te Ching tiene una famosa cita al respecto: “el bien supremo es como el agua, pues beneficia a toda la creación sin tratar de competir con ella. Es el nutrimento de todo ser viviente y, aun así, no tiene ningún propósito, sentido ni deseo en particular”.

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Por ende, la mejor manera de conocer el Tao es mediante la bella contradicción que este elemento encierra: aunque es suave y jamás desea competir, es capaz de erosionar la más dura de las rocas y, en ocasiones, de arrasar todo lo que se entromete en su camino. 

De esta moraleja deriva una de las inevitables consecuencias del Tao: el Wu Wei, que se traduce como principio de “no acción”, “acción sin esfuerzo” o “la acción de la inacción”, como prefieras llamarlo. Este conglomerado de palabras te sonará a chino (literalmente), pero si eres suscriptor recurrente ya sabes lo que es. Desde un sentido práctico, podemos describir el Wu Wei como la famosa zona de flujo de Mihály Csíkszentmihályi. Pero ten mucho cuidado: el principio de no acción – lo que conocemos por zona de flujo – no tiene nada que ver con el flujo de la vida que hemos descrito antes.

¿En qué consiste el Wu Wei o principio de no acción, entonces?

Piensa en un deportista de alto rendimiento. Cuando los atletas están en zona de flujo, se involucran en la actividad presente sin deliberar detenidamente y se mueven a través del tiempo y espacio sin realizar prácticamente ningún esfuerzo consciente. No hay extremos, preocupaciones ni reflexiones: todo parece fluir en su curso natural. El Wu Wei, es decir, lo que comúnmente llamamos estado de flujo, es un estado de concentración y absorción completa en el momento presente. La motivación intrínseca del atleta – es decir, aquella que proviene de dentro, y no de fuera – es extremadamente alta.  

El principio de no acción es una situación de gozo, libertad, compromiso y habilidad tan sumamente intensa y profunda que el sujeto se olvida por completo de sensaciones como la alimentación, el transcurso del tiempo e incluso el yo. Este estado mental no implica necesariamente que uno esté meditando sin pensar en nada. De hecho, yo considero que el término “no acción” no rinde justicia a lo que el Wu Wei representa, pues se trata más bien de una “acción sin esfuerzo deliberado”. Se me ocurren multitud de ejemplos:



Un filósofo piensa acerca de la existencia y se olvida de que existe. 

Un amante hace el amor con su pareja y siente que se fusiona con ella.  

Un músico toca el saxofón en un concierto y siente que su cuerpo es música.

Un niño que aprende a montar en bicicleta tras haberse caído al suelo cientos de veces.

Un científico que pasa todo el día en el laboratorio sin darse cuenta de que es de noche. 

Un alpinista que mantiene el control del ascenso en las arriesgadas cumbres del Everest.

Esto es el Wu Wei: concentración, abstracción, flujo espontáneo y acción automática. 

Zhuangzi, un filósofo de la antigua China que vivió alrededor del siglo IV a.C., relata la historia de un cocinero llamado Ting, quien cortaba al buey con una elegancia magistral. Una parte esencial de esta historia hace referencia a la condición del cuchillo que usaba: mientras los cocineros mediocres cambiaban de cuchillo cada mes por no saber utilizarlo correctamente, los mejores cocineros lo cambiaban cada año. Sin embargo, Ting todavía conservaba el cuchillo que empezó a usar hace diecinueve años, ya que su técnica era tan brillante, sutil y diestra que se encontraba en perfecto estado. He aquí otra de las máximas fundamentales del taoísmo: una gentileza similar a la del jinete montando a caballo.

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De no ser lo suficientemente sutiles, es posible que, incluso si completamos una tarea con éxito tras haber forzado en exceso, acabemos gastando más energía de la necesaria para realizar otras más importantes. Esto es, los costes acaban superando a los beneficios. El estado de flujo nos protege tanto del aburrimiento como de la ansiedad, ya que permite equilibrar el reto de la actividad con la habilidad de quien la realiza. Si la tarea es demasiado fácil, nos cansaremos rápidamente de ella porque no nos estimula, mientras que, si es demasiado difícil, nos frustraremos con ella por no poder desempeñarla.

Ting entró en zona de flujo porque el reto en cuestión – cortar el buey – estaba equilibrado con su habilidad – su técnica de corte -. El Wu Wei o principio de no acción es el camino hacia la gentileza. Zhuangzi añade en sus escritos: “el cocinero hábil sabe cuándo actuar y cuándo no. Si se encuentra demasiado cansado, triste o nervioso, no se expondrá a un mal trabajo que puede ser realizado en mejores condiciones”. El estado de flujo requiere un equilibrio entre la acción y la inacción, esto es, de reconocer con sabiduría aristotélica dónde está el punto de equilibrio entre actuar y no actuar.

Con todo, ¿qué nos encontramos en el mundo contemporáneo? Pues justo lo contrario. El principio de no acción choca radicalmente con el ideal occidental del trabajo duro para la obtención de resultados. El enfoque empresarial alienta a ser ambiciosos, controladores y perseverantes en la persecución de unos objetivos que, acorde al Tao Te Ching, no son más que un embuste. Aunque a lo lejos se ven como minas de oro que nos proporcionarán toneladas de felicidad y bienestar, son en realidad mensajes esclavizadores que mantienen presos a quienes los porten. Según la filosofía taoísta, el hecho de perseguir, intentar algo con todas nuestras fuerzas es sólo un inútil desgaste de nuestra energía vital. Es bastante común toparnos a día de hoy con sujetos que sufren depresión clínica, ataques de pánico, ansiedad generalizada, trastornos de sueño, etc. Viendo este panorama, cabe cuestionarse: ¿nos estamos quemando? ¿Dónde se encuentra el límite a tanto esfuerzo?

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Lo voy a dejar muy claro: hay algunos aspectos del taoísmo con los que estoy de acuerdo y otros con los que discrepo profundamente. Comencemos por el punto medio…

En cuanto a la visión del universo taoísta, regida por una fuerza incomprensible y mística que todo lo abarca, manifiesto mi neutralidad. No obstante, es muy curioso cómo el Tao Te Ching explica el funcionamiento del cosmos de manera muy similar a los principales maestros estoicos. Ambas escuelas de pensamiento coinciden en que existe el destino: el camino de cada persona está determinado de antemano por impulsos incognoscibles que la naturaleza presenta en su inmensidad. Y, al mismo tiempo, estoicos y taoístas admiten que el hombre tiene siempre la libertad para rebelarse contra dicha fuerza si así lo desea.

Sin embargo, y aquí se vuelven a poner de acuerdo el estoicismo y el taoísmo, hacer esto no es deseable. El universo es perfecto en sí mismo, la entidad máxima que rige y controla el devenir del cosmos al ser plenamente consciente de sus cambios. Nosotros tenemos una parte de esa perfección consciente: el Alma. Y gracias a ello, se nos da el permiso de «elegir» nuestras acciones (prohairesis). Pero aquí está la gracia del asunto: hagamos lo que hagamos, va a pasar de todas formas lo que tenga que pasar. Somos libres en cuanto a las decisiones que tomamos y, al mismo tiempo, estamos abocados a un único destino.


Y eso no es todo: las elecciones que tomemos van a determinar el estado de nuestra alma, es decir, su bienestar. En otras palabras, si realizamos una acción tal y como requiere el Universo que la hagamos, nuestra Alma va a seguir intacta; pero, si tomamos la decisión de hacerlo de otra manera distinta, entonces nuestra alma va a ser perturbada. ¿Te suena esto de algo? Es exactamente lo mismo que el concepto del flujo de la vida y la metáfora del río: puedes nadar a contracorriente si quieres, pero vas a sufrir, ya que la corriente no va a alterar su curso habitual. El río ya tiene un principio y un final.

¿Y qué pasa si decides dejarte llevar aplicando el principio de menor resistencia?

Pues que te alineas con el flujo de la vida y, en consecuencia, tu conciencia se encuentra en armonía con el Tao. La filosofía estoica – y la cultura helenística, en general -, explica el mismo fenómeno con un vocabulario distinto: el estado del Alma intacta, aquélla que se alinea con el universo, es la llamada «Paz Mental» o Eudaimonia. Este es el camino natural que uno ha de seguir desde su nacimiento. Ahora bien, ¿el simple hecho de que el estoicismo y el taoísmo concuerden en esta idea quiere decir que están en lo cierto? No.

¿Existe el Tao o, si lo prefieres, la sympatheia? No lo niego, pero tampoco lo afirmo. Es un escenario que no me resultaría extraño. Sin embargo, caben también otras alternativas, como un determinismo absoluto al estilo newtoniano en el que ni siquiera nosotros somos libres en la toma de decisiones, o una teoría multiversal en la que la hay infinitas versiones de nosotros mismos en base a las decisiones que tomamos desde el libre albedrío. No me corresponde continuar con este enigmático asunto, ni tampoco revelaré mi credo.

Independientemente del caso, hay un principio taoísta con el que discrepo fuertemente, y es que el hecho de perseguir objetivos e intentar dar lo mejor de uno mismo nos conduce irremediablemente al sufrimiento. La literatura clínica ha demostrado con creces que fijar metas concretas, medibles realistas y sostenibles contribuye significativamente a la salud mental y al bienestar emocional. Establecer objetivos nos ayuda a alinear la atención con la conciencia y, de este modo, centrar nuestros esfuerzos en aquellas actividades que sean más importantes para maximizar nuestra riqueza emocional, espiritual y social.

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El problema no surge a raíz de la fijación de objetivos per se, sino cuando uno adopta un enfoque resultadista para con los mismos. Puesto en palabras más sencillas, las metas en sí no son malas, siempre y cuando se utilicen los resultados para extraer lecciones desde un punto de vista empírico, y no para sacar emociones. En suma, uno ha de asegurarse de que dichos objetivos le acerquen a su sentido vital y que es capaz de disfrutar del proceso. 

Es evidente que seguir un plan ajeno que no atiende a nuestros intereses o, en su defecto, seguir un plan propio que retroalimenta nuestros instintos codiciosos es muy pernicioso.

Así pues, parte de razón tiene el Tao Te Ching al manifestar que perseguir unos objetivos que no nos satisfacen en absoluto con el fin de obtener recompensas ligadas a lo mundano y efímero es la manera más rápida de aguarse la vida. Pero la cuestión no es eliminar por completo los objetivos, sino discernir cuáles se alinean con nuestro propósito de vida y, a continuación, asegurarse de que éstos se plantean correctamente para que contribuyan a la realización personal. Schopenhauer lo deja bien claro en el “Arte del buen vivir” con la siguiente frase: “no es más feliz quien se centra en lo que tiene ni en lo que representa, sino quien se centra en lo que es, lo que piensa y lo que hace”.

Tampoco comparto el hecho de que uno tenga que dejarse llevar por la corriente en todas las circunstancias. En efecto, en bastantes ocasiones es totalmente inútil intentar controlar aspectos que se encuentran fuera de nuestra área de influencia, como aquel hombre casado con una mujer que se niega a aceptar su homosexualidad. No obstante, ¿Cuándo sabe uno si una sensación que le incita subliminalmente a hacer algo forma parte del flujo vital o, por el contrario, es un deseo impuro que le conducirá a la desgracia tarde o temprano? Si me preguntan a mí, dejarse llevar es, según qué cosas, la filosofía del drogadicto.

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¿Crees que a mí me ha apetecido siempre sentarme a redactar un discurso como el que estás escuchando? No son pocas las veces en las que parecía que el universo me gritaba a pleno pulmón: “esto no es lo tuyo”. En cierto modo, utilizar analogías es muy peligroso, ya que éstas son altamente creíbles gracias a fenómenos cognitivos como el heurístico de disponibilidad, el sesgo de naturalidad o la falacia por asociación. Mi lado más escéptico me lleva a concluir que el camino de la menor resistencia podría tener sentido en ciertas áreas donde la intuición juega un papel fundamental, pero no como norma general. Claro está, suponiendo que no interpretes el Tao desde un punto de vista religioso.

Alcanzar el Wu Wei – es decir, la zona de flujo – de manera consistente y reiterada no es una experiencia fácil de encontrar. Un pintor, escultor o productor que entra en estado de flujo ha tenido que trabajar duro durante mucho tiempo para lograrlo. El principio de no acción no aparece de un día para otro en algunas actividades, especialmente cuando éstas demandan un esfuerzo cognitivo extra al interiorizar conceptos por primera vez. Hay que seguir adelante siempre, tanto en los días donde las piezas del puzle parecen encajar solas como en los días donde el viento sopla en contra y la mecánica se hace más tediosa.

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Un escritor, pianista o escultor han tenido que hacer frente a multitud de adversidades en pos de mecanizar ciertos procesos artísticos, lidiar con las frustraciones internas para no perturbar su aprendizaje y trabajar en los días en los que la bioquímica le incita a quedarse tumbado en su cama. Defiendo la existencia del estado de flujo, apruebo el concepto del Wu Wei como ideal de creación, pero condeno depender de él para trabajar, por lo menos en gran parte de los oficios. Dicho esto, busca el flujo siempre que puedas, pero recuerda: hay veces en las que, simplemente, no aparecerá. Que eso no te impida avanzar.

A pesar de lo mencionado, la filosofía del Tao aporta enseñanzas magistrales que pueden aplicarse en la vida cotidiana y que concuerdan bastante bien con la psicología moderna.

Y no sólo me refiero a la zona de flujo, la dicotomía de control o la aceptación del cambio.

El taoísmo nos ayuda a entender que pasividad no es necesariamente pereza. Detenerse a admirar el flujo cósmico nos ayuda a ver que existen ciertos asuntos en los que es mejor no entrometerse, y que hay problemas que no requieren de nuestra intervención para ser resueltos. Aquí se encuentra, en mi opinión, la belleza del taoísmo.

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