¿Qué es la voluntad de poder?

La filosofía de Nietzsche ha tenido siempre como prioridad conducir al hombre hacia una mejor versión. Ahora sólo queda formularse la pregunta del millón: ¿hay acaso una faceta de nosotros mismos que nos coloque como entes inequívocamente superiores? De existir, ¿qué características habría de aunar? Para poder entenderlo mejor, me dispongo a repasar brevemente lo que ya expuse con anterioridad acerca de este fantástico y polémico autor.

Todos los individuos, incluso aquellos con el potencial de elevarse por encima de la masa mediocre, están sometidos a una fuerte presión para convertirse en un “animal de rebaño diminuto, ridículo y mediocre cuya única aspiración es complacer las necesidades de sus semejantes siendo sólo una triste sombra de lo que podría llegar a ser”. Entonces, ¿Cómo es que este veneno mortífero se ha expandido por la civilización moderna con tanto éxito?

El autor categoriza a los individuos en dos tipologías radicalmente opuestas en Más allá del bien y del mal: los superiores y los del rebaño. Mientras que el hombre superior posee una capacidad magistral para controlar sus impulsos, ejercer su autonomía, desarrollar su propio criterio, actuar con propósito y llevar a cabo un proyecto enriquecedor con el que deje su huella en el mundo, el hombre del rebaño se contenta con vivir muy por debajo de sus posibilidades. Dentro de este grupo, distinguimos a su vez dos tipos de sujetos: el último hombre (esto es, un ser mediocre, conformista y débil) y el esclavo (esto es, un ser que, además de poseer los rasgos del último hombre, es envidioso, negligente, decadente, vicioso y malvado). Con todo, somos ya conocedores de los rasgos que, según Nietzsche, un hombre superior debería tener, así como los que debería eludir si desea serlo. Sin embargo, ¿por qué es tan importante para él que la humanidad no sucumba ante el yugo de la sociedad? ¿qué puede uno hacer para cambiar a mejor? Te doy la bienvenida a la autosuperación del hombre.  

La teoría de la evolución.

Al igual que los estoicos y taoístas pensaban que el mundo se regía por una fuerza superior que era responsable de todo movimiento cósmico – a la cual se referían, respectivamente, como la Naturaleza o el Tao – Nietzsche afirmaba que el universo era una manifestación de otra fuerza subyacente a la que denominó voluntad de poder. Dicha esencia básica del cosmos se traduce, como bien indica el propio término, como un deseo insaciable en aras de manifestar poder. Así pues, comprender en qué consiste dicha voluntad de poder es la clave para saber cómo el filósofo alemán considera que el hombre debería vivir su vida, esto es, nos sumergiremos de lleno en el plano ético y moral del ser humano. No obstante, para alcanzar dicho objetivo, es totalmente necesario comenzar este discurso echando una buena vista a la particular visión de Friedrich acerca de la evolución; concretamente, a un referente en materia que no requiere carta de presentación: Charles Darwin.

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En el año 1859, el científico inglés publicó su famoso trabajo: El origen de las especies, donde elaboró su afamada teoría de la evolución. El fundamento es relativamente simple: en primer lugar, Darwin postuló que todos los individuos dentro de cada especie difieren entre sí en mayor o menor grado. La mayoría de esas diferencias son insignificantes, pero otras son lo suficientemente importantes como para proporcionar al organismo individual ventajas e inconvenientes en su lucha por la existencia. Un ejemplo clásico para entender este concepto es el de las jirafas, cuyo rasgo característico es la longitud de su cuello. Al alimentarse a base de las hojas de los árboles, es conveniente (así como necesario para su supervivencia) que el animal posea un cuello lo más alargado posible. La pregunta que te quiero plantear es la siguiente, ¿Cómo crees que tú que ha alcanzado tales dimensiones?

Mientras los lamarckistas justificaban que el conjunto de los miembros de dicha especie evolucionó poco a poco hasta tener un cuello prolongado con el paso de las generaciones, los darwinistas dieron un giro radical a esta explicación: según ellos, ya no es verdad que el total las jirafas tuviera el cuello cada vez más largo, sino que, entre todas las jirafas que dejaban descendencia, la amplia mayoría eran de cuello largo, ya que estaban mucho más capacitadas para llegar a lo alto de los árboles, obtener nutrientes mediante la ingesta de hojas y, en consecuencia, disponer de la energía necesaria para sobrevivir. ¿Y qué sucedió con las jirafas de cuello corto? Pues que, al no poder adaptarse al entorno, no se replicaron tanto como las jirafas más altas. Por tanto, la conclusión es que aquellos individuos con los rasgos más ventajosos para su supervivencia son los que tienen más probabilidades de reproducirse y transmitir dichos rasgos a su descendencia; en contrapartida, aquellos individuos con los rasgos desventajosos no vivirán por lo general lo suficiente como para transmitirlos. Así funciona el juego. Esto es lo que se conoce como selección natural.



Fue precisamente la interpretación – o, mejor dicho, malentendido – que Nietzsche realizó acerca de la teoría de la evolución de Darwin lo que le otorgó la motivación suficiente en pos de formular su doctrina. El biólogo anglosajón consideraba la selección natural como un proceso no planificado ni diseñado, motivo por el cual eran bastantes las ocasiones en las que el destino de un organismo estaba en manos del más puro azar: “un grano en una balanza puede determinar qué individuos han de vivir y cuáles han de morir, qué especie o variedad ha de aumentar en número y cuál ha de disminuir o acabar por extinguirse”. Con todo, hay una idea sobre la que Charles jamás llegó a profundizar: ¿existe acaso algún propósito general u objetivo último de la evolución de las especies? En tal caso, ¿en qué consistiría exactamente? Lamentablemente, la respuesta no la encontraremos en ninguno de sus escritos, ya que nunca se declaró a favor o en contra de tal cuestión.

Sin embargo, hubo numerosos partidarios de las teorías darwinianas que sí lo hicieron. El más relevante de sus seguidores fue Herbert Spencer: destacado defensor de la evolución que acuñó la expresión la supervivencia del más apto y popularizó el término evolución. Entrando de lleno en la especie sapiens del género homo, su creencia era que la evolución albergaba implícitamente una meta que, de ser alcanzada por el ser humano, lo convertiría en una criatura perfecta a la que nombró como “el hombre moralmente ideal”. Puesto en palabras más sencillas, un prototipo de individuo cuyo sistema de creencias, principios, valores y comportamientos le permite adaptarse a su entorno físico y social prácticamente a la perfección. ¿Un tanto pseudocientífico? Quizás. Y aquí reside el problema principal de la voluntad de poder de Nietzsche: a pesar de que estaba de acuerdo con los postulados básicos de la evolución, no se familiarizó lo suficiente con el trabajo de Darwin, sino que sacó sus conclusiones tomando como base los escritos de Spencer.

voluntad de poder

En cualquier caso, merece la pena proseguir con los puntos que el filósofo alemán refuta a Herbert Spencer, ya que constituyen los pilares de su pensamiento ético:

– En primer lugar, Friedrich discrepa en el hecho de que la propia evolución desemboque en un progreso vital inevitable. En su libro el Anticristo, reveló su descontento hacia dicha postura: “la humanidad no representa una mejora hacia un nivel superior tal y como uno entiende el progreso. El propio concepto de “progreso” es una idea meramente moderna, es decir, una falsedad. El europeo medio de hoy en día está muy por debajo del europeo renacentista: más cansado, más ignorante, más quejoso, más deprimido y más iracundo; en definitiva, el fenómeno evolutivo en el hombre no implica necesariamente elevación, fortalecimiento ni mejora de ningún tipo, sino más bien una decadencia en picado”.

– En segundo lugar, Nietzsche desmintió que los organismos tenían por objeto luchar por su preservación a nivel individual y colectivo, es decir, para prolongar tanto su vida como la de su especie todo lo posible. En este sentido, Friedrich creía erróneamente que era el propio Darwin quien abogaba por esto, pero no es así: era Herbert Spencer. En su lugar, la evolución darwiniana incide únicamente en el fenómeno de la selección natural (sólo aquellos rasgos que supongan una clara ventaja en el entorno se acabarán conservando), pero nada menciona al respecto de que toda especie posea la necesidad de supervivencia. Esta falsa asunción le condujo a tergiversar parte de su marco teórico a su favor.

Aun así, la idea de que el comportamiento de un organismo tenía por fin último preservar su existencia se popularizó a finales del Siglo XIX, a raíz del concepto de representación de Arthur Schopenhauer. No obstante, Nietzsche repudiaba esta idea y se opuso a ella con vehemencia… ¿Me estás diciendo que el impulso primordial del ser humano es simple y llanamente la voluntad de vivir? ¿que uno se debe conformar con la supervivencia y poco más? De eso nada. Si la estimulación principal de un hombre fuera exclusivamente seguir con vida, se trataría de una meta muy cobarde por su parte, pues no todo ser viviente tiene por bandera el progreso evolutivo. Más bien, el nutrimento esencial del homo sapiens es, como he indicado nada más dar comienzo esta reflexión, la voluntad de poder.

¿Qué es la voluntad de poder? 2

En su libro El ocaso de los ídolos, el pensador alemán se declaró anti-darwinista debido a su repudio ante la idea de que los organismos buscan la perpetuación y la prolongación de su vida por encima de todas las cosas. Asimismo, en su obra Por encima del bien y del mal, manifestó lo siguiente: “los fisiólogos deberían pensárselo dos veces antes de decir que la necesidad de autopreservación es el impulso cardinal de los entes orgánicos. Por encima de todo, un ser vivo quiere descargar su fuerza. La vida en sí es voluntad de poder y, la autoconservación, una de sus múltiples consecuencias indirectas”. Pero ten cuidado: lo que nosotros entendemos por poder no es a lo que el filósofo se refiere. A continuación, veremos lo que dichas declaraciones significan exactamente…

El poder nietzscheano no debe ser comprendido como el dominio, control o sometimiento de una persona sobre otra, esto es, el juego no va de sujeción y subordinación, ni de la facultad de dar órdenes a terceros; tampoco se refiere a la potestad en su sentido amplio, es decir, a la capacidad o habilidad para desempeñar una tarea. Para el pensador alemán, el poder va mucho más allá de ser un opulento empresario, un célebre general de guerra o adulado emperador. Atento: voluntad de poder es sinónimo de voluntad de crecimiento. Esta idea es expresada por primera vez en Voluntad de Poder: “los seres vivos hacen todo lo que pueden no con el fin de preservar su existencia, sino de cambiar a mejor (o lo que es lo mismo: crecer). Desde el momento en el que uno crece, se vuelve más poderoso”.

Con esta idea en mente, ya podemos proceder a explicar las condiciones que el filósofo expone para la búsqueda del crecimiento y, de esta manera, sincronizarnos con la esencia universal. Aquí es donde uno debería tomar libreta y boli para no perderse los detalles… Para comenzar, un requisito fundamental de la superación personal es el deseo de poder. El autor destaca: “uno necesita querer ser fuerte. Si no, jamás logrará serlo”. Nótese que todavía no hemos incidido en aprender a ganar poder y fortaleza per se; tampoco estamos hablando del deseo hacia un objetivo específico (i.e. escribir un libro, encontrar pareja…) o un bien material (i.e. comprar una casa, beber una cerveza…), sino en el simple hecho de querer crecer, desear un cambiar a mejor, anhelar el crecimiento vital. A diferencia de la riqueza, la fama o la belleza, que se pueden manifestar sin realmente desearlo, el poder jamás aparece sin que uno esté comprometido con su propio crecimiento.



Para continuar, Friedrich denota el siguiente paso como la fijación de una meta ambiciosa que se desee alcanzar por encima de todas las cosas: un proyecto vital, una misión especial o un descubrimiento concreto. Anhelar la consecución de este objetivo es algo muchísimo mayor que sentir satisfacción al perseguirlo u obtenerlo: tiene que estar alineado con tus creencias, principios y valores; tanto, que acabe formando parte de tu identidad. Como el filósofo declara en Voluntad de poder: “uno sabe que se halla en la búsqueda adecuada cuando su meta es cien veces más importante que sus sentimientos temporales. La pasión es aquella que nos empuja a proseguir en los momentos de inmensa dificultad sin dudarlo dos veces siquiera, que nos incita a arriesgarnos siempre que sea necesario aun sabiendo que corremos peligro y que nos hace tomar responsabilidad sobre nuestras acciones”.  Hasta ahora, las dos condiciones que hemos planteado son (1) el deseo de poder y (2) la fijación de un objetivo prioritario que se persiga con garra e ímpetu. Pero ambos requisitos no son de por sí suficientes para experimentar el crecimiento en primera persona (aunque sí necesarios). A lo largo del camino, hay un componente que es prácticamente imposible de evadir y consta como la carta magna del poder: la resistencia. Pon el caso de que esa meta tan supuestamente insaciable, estremecedora e intrigante que has decidido fijarte no presenta obstáculo ni dificultad alguna. ¿No sería acaso un motivo de peso para sospechar que quizás no es tan imponente como parecía en un principio? Bien sea al estudiar unas oposiciones, montar un negocio o esculpir tu cuerpo, los obstáculos van a estar presentes en todo momento, a cada cual más molesto, duradero, desesperante e impredecible.

Aquí viene algo muy curioso: aunque el pensador odiaba a muerte al estoicismo, llegó a un punto común con el emperador Marco Aurelio. Nietzsche nos dice que las resistencias no son una razón para deprimirse, angustiarse o quejarse, sino más bien todo lo contrario: un motivo de celebración. Lejos de ser tomados como tortuosos contratiempos, el hombre superior sabe perfectamente que constituyen el motor del crecimiento del carácter. Ya lo venía advirtiendo el estoico: “el obstáculo no es una piedra en el camino, sino el camino en sí mismo”. ¿Y por qué? Pues porque aprender de nuestros errores tras intentar sin éxito nuestros designios aumenta la probabilidad de lograrlos en los próximos intentos. El dolor y la frustración son una losa de hierro para el negligente y el mediocre, mas un propulsor para el excelente. Ergo, la tercera condición del crecimiento es superar una resistencia.

voluntad poder

Tan relevante era para él dicho evento que se posicionó en contra del axioma principal de Epicuro: “el ser humano no busca el placer ni rehúye del dolor. Lo que verdaderamente quieren tanto el hombre más vigoroso como el organismo más diminuto es acumular más poder. Guiados por dicha voluntad, saben que la única forma de obtenerlo es encontrar algo que se oponga a su conquista, es decir, una resistencia. Por muy desagradable que sea un obstáculo, por muy doloroso que resulte un problema, terminarán por encararlo como seres vivos que son. Por lo tanto, el ser humano no siempre evade todo dolor, sino que lo necesita continuamente para crecer y, en consecuencia, hacerse más poderoso”. Nuevamente, estamos ante una ligera malinterpretación por parte del pensador alemán. Todo el que haya revisado la Carta a Meneceo, se dará cuenta de que la frase “el hombre busca el placer y rehúye el dolor” debe ser estudiada cautelosamente. Ésta no quiere decir que el hombre persiga todo placer y esquive todo dolor sin excepción. El proceso que nos permite distinguir si un determinado placer o dolor es favorable para nuestra satisfacción agregada se denomina cálculo hedónico. Soy consciente de que Nietzsche se refería más bien a que el hombre, en vez de poseer voluntad de placer neto o voluntad de satisfacción vital, tiene simple y llanamente voluntad de poder. Y son dos concepciones completamente distintas: hay a quienes crecer indefinidamente les produce satisfacción y también quienes consideran que no hace falta acumular más poder para alcanzar el máximo bienestar.

Él podía haber justificado bien su punto. El problema es que, dentro de su argumentación, el alemán pone en boca de Epicuro cosas que no ha dicho o, directamente, ya rechazaba. En realidad, renunciar al placer a corto plazo y abrazar el dolor propio de las resistencias que un objetivo particular presenta es, en algunos casos, compatible con el epicureísmo. Eso sí, una discrepancia digna de tener en cuenta a favor de Nietzsche es que los desafíos a los que un seguidor de la escuela epicúrea se enfrentaría no llegan a ser tan ambiciosos e imponentes, ya que su prioridad fundamental es alcanzar la liberación del dolor mental y físico. Te invito a profundizar en la filosofía del epicureísmo en este corto-documental para que conozcas de primera mano sus principios básicos.

En cualquier caso, el mensaje está claro: el crecimiento es poder y, como el poder consta como la fuerza superior y elemental de todo ente viviente, crecer nos permite superarnos a nosotros mismos. Al proceso de vencer a las resistencias inherentes al cometido que nos hemos propuesto se le denomina autosuperación. A fin de cuentas, lo más esencial en la vida de un hombre es cuánto ha crecido y cuántas limitaciones ha logrado superar, porque este factor es el que determina su nivel de poder y, en última instancia, su valía como ser humano. El autor reflejó esta idea en sus escritos: “no todas las personas son iguales. Es el individuo poderoso, el que se dedica a la superación constante de sí mismo, el que más vale. Lo que determina tu rango no es de dónde vienes ni lo que posees, sino la cantidad de poder que has acumulado a lo largo de tu existencia; el resto es sólo pura cobardía”.



Es menester señalar que Nietzsche no defendía que el individuo idealmente poderoso fuera el más corpulento, bondadoso o influyente. Para él, es la fuerza psicológica y/o espiritual lo que representa el poder supremo; es mucho más importante que uno tenga poder sobre sí mismo que sobre los demás. Y, para lograr el poder sobre uno mismo, Nietzsche decretó que es imprescindible establecer un objetivo elevado y pugnar incesantemente hasta que se acabe logrando. Al hacerlo, el homo sapiens vivirá con la autosuperación por delante, cumpliendo así su propósito esencial: la voluntad de poder.

A pesar de haberse equivocado al interpretar a algunos autores, la conclusión del autor es sumamente trascendental en el plano ético contemporáneo e íntegramente aplicable en el campo de la psicología: “cuando una persona crece, se supera a sí misma”. Mi particular visión de la voluntad de poder es que, tomando como hipótesis que los obstáculos que el individuo haya superado no pertenezcan a un objetivo poco noble, ético o justo que coarte las libertades de terceros, se trata de una enseñanza primordial en el crecimiento personal. Con razón decía Nietzsche que superar las resistencias implica automáticamente un auge de nuestra fortaleza interna: mayor autoestima, autocontrol, motivación, metacognición y esperanza. Imagínate sólo por un instante la trascendencia que tendría para ti lograr algo que en el pasado considerabas imposible de materializar, tedioso de estructurar y lento de ejecutar. ¿Cómo te verías a partir de entonces? Al fin y al cabo, el mensaje que se le queda a uno grabado es: aunque en ciertos momentos tenga la firme convicción de que no puedo (ni podré) hacer algo, mi potencial humano es mucho más grande del que pienso.

Y eso es increíble.

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