Nietzsche: Salir del rebaño.

En el prefacio de su clásica obra Genealogía de la Moral, Nietzsche escribió: “¿Cuántos hombres buenos han sido acechados por un rasgo regresivo que ha puesto su presente a servicio de su futuro? Un veneno, un capricho, un narcótico, una tentación… Cualquier cosa que les haga refugiarse en la trampa del confort. Lo que muchos de ellos desconocen es que no exponerse a la incertidumbre acaba empequeñeciendo el carácter. En tal caso, ¿sería dicha moralidad la que ha impedido que ese individuo logre alcanzar su máximo potencial? ¿podría decirse, pues, que esa moralidad es el peligro de los peligros?

Queda a juicio del espectador permanecer hasta el final de este corto-documental. Lo que puedo afirmar desde este preciso instante es que el tema que hoy nos concierna es el más polémico que he traído hasta la fecha. Y es que Friedrich Nietzsche siempre ha sido así:

muy controversial. ¿Existe un tipo de ser humano verdaderamente superior al resto? ¿y

una moralidad verdaderamente superior a las demás? A fin de cuentas, ¿quién narices se atrevería a afirmar algo así? Concédeme la oportunidad de actuar como mensajero y darte mi opinión personal al final. Bienvenido a la psicología del rebaño.

La mayoría de las personas que yo conozco jamás se ha cuestionado por qué ciertas cosas son consideradas moralmente deseables o, por el contrario, repulsivas. Por lo general, su actitud para con la moral es prácticamente inconsciente, automática y acrítica. Se limitan a calcar las opiniones, rumores y juicios de valor ajenos imperantes en la sociedad como si de verdades absolutas se trataran. Según Nietzsche, la moralidad reinante en occidente va en contra de los instintos vitales del ser humano, motivo por el cual es tremendamente perjudicial; el “peligro de los peligros”, como indica en sus escritos. ¿Y a qué se debe?

 

Todos los individuos, incluso aquellos con el potencial de elevarse por encima de la masa mediocre, están sometidos a una fuerte presión para convertirse en un “animal de rebaño diminuto, ridículo y mediocre cuya única aspiración es complacer las necesidades de sus semejantes siendo sólo una triste sombra de lo que podría llegar a ser”. Entonces, ¿cómo es que este veneno mortífero se ha expandido por la civilización moderna con tanto éxito? Para poder comprenderlo, el filósofo alemán categoriza a los individuos en dos tipologías radicalmente opuestas en Más allá del bien y del mal: los superiores y los del rebaño. 

Por un lado, el hombre superior se caracteriza por una gran capacidad para controlar sus impulsos viscerales, así como por una sana ambición por profundizar en conocimiento de valor desde una perspectiva histórica lo suficientemente amplia como para que los efectos de su trabajo perduren incluso después de su muerte. Su proyecto de vida es enriquecedor, sólido y unificador, acompañado de unos objetivos elevados que le estimulan a continuar con su labor. Así pues, como bien describe el autor en Humano, demasiado humano, los superiores saben que el valor intrínseco que proporciona la gratificación a largo plazo es infinitamente superior al de la gratificación instantánea: “el individuo moderno se enfoca en arrancar el fruto del árbol lo antes posible en lugar de seguir plantando más árboles que los produzcan. Este es el rasgo más distintivo de la putrefacción del ser humano”. 

Mientras el hombre del rebaño piensa a sus adentros: “la vida es corta y tengo que vivirla desenfrenadamente”, el hombre superior adopta una visión más holística del cosmos: “la vida es corta y tengo que dejar huella antes de mi partida”. Por esta razón, los superiores veneran su propia presencia más que ninguna otra cosa, ya que no sólo les permite alejarse de la manada irracional, sino que da pie al desarrollo de la concentración, la planificación y la creatividad. Cito textualmente: “la excelencia implica pasar tiempo en soledad para cultivar las dotes intelectuales y espirituales que el rebaño desechó de antemano”.

Además, la soledad aporta un componente tan indispensable como virtuoso: la autonomía.



Curtiéndose de sus propios medios de forma independiente, el individuo superior desliga su valía personal a las críticas ajenas que carezcan de utilidad. Da exactamente igual si se trata de un juicio de valor positivo o negativo: si las palabras salen de la boca de un necio o no aportan nada al crecimiento personal, lo más conveniente es hacer caso omiso de las mismas. Por tanto, tanto los elogios como los reproches son, en última instancia, la misma sustancia polarizada inversamente en apariencia. Como bien expresa el autor en Voluntad de Poder: “el sentido de justicia del hombre superior está más allá de toda apelación. Por ende, las alabanzas y las culpas son totalmente impenetrables a las grandes mentes”.

Como recoge este mismo libro, no hace falta ser un genio irrepetible que cautive al mundo con bellísimas obras, asombrosos descubrimientos o disruptivas invenciones para formar parte del selecto grupo de individuos superiores. A fin de cuentas, estos grandes portentos son producto de una rara combinación genética, ambiental, cultural, educativa y azarosa.

Junto con los genios creativos, existe un conjunto más amplio de personas que, si bien su presencia a la vista del público es más reducida, gozan de unos atributos y cualidades que en nada se diferencian a los del genio y, por supuesto, que los distinguen del rebaño.

No tienes que ser Marie Curie para contribuir al campo de la química.

No tienes que ser Albert Einstein para contribuir al campo de la física.

No tienes que ser Bill Gates o Steve Jobs para contribuir al campo de la informática.

No tienes que ser Gabriel García Márquez para contribuir al campo de la literatura.

Sólo debes actuar con propósito, firmeza y seguridad en el futuro, sobre todo al afrontar los contratiempos que la vida brinda sin previo aviso. De esta manera, forjarás la identidad de un individuo superior que se mira al espejo con orgullo y satisfacción.

Nietzsche: Salir del rebaño. 1

Por otro lado, los individuos del rebaño se dividen a su vez en dos clases distintas:

– El último hombre representa la típica figura del mediocre. Dicha palabra procede de la unión entre los vocablos medius (medio o central) y ocris (montaña o peñasco escarpado). Por lo tanto, la etimología de la palabra hace bastante justicia a lo que el último hombre simboliza: un ser que se ha quedado a mitad de la montaña, que está a media altura. Este individuo lucha únicamente por la comodidad y el placer hedónico, fines que lo delatan como perezoso y conformista. Dado que su marco mental está limitado a actividades que le permitan subsistir holgadamente, se encuentran desprovistos de cualquier impulso creativo e ignoran los valores que posibilitan la consecución de sus objetivos. Este grupo constituye la amplia mayoría de la masa social. ¿Existe algo todavía peor? Desde luego.

– El esclavo es un ser humano débil y enfermizo que sufre de sí mismo. Aparte de cumplir todas las condiciones del mediocre, está cargado de un veneno letal: el resentimiento. Se trata de un odio enconado hacia la vida misma que surge por un sentimiento de impotencia frente a la realidad. Perciben el mundo como un lugar tan hostil, punitivo, amenazante y abrumador que buscan consuelo en distintos vicios de forma mucho más pronunciada que los mediocres. Como dice Nietzsche en Más allá del bien y del mal: “hay entre todos los hombres, como en el resto de especies del reino animal, un exceso de sujetos enfermizos, degenerados y fracasados que cuyo único destino posible es el sufrimiento. Los casos de éxito son la excepción, no la norma”. Como puedes observar, no se corta ni un pelo.

La presencia de resentimiento evoca un fuerte sentimiento de envidia dentro del esclavo hacia todos aquellos que no sufren como ellos, es decir, los seres humanos superiores. El latente rencor que invade al negligente le conduce a apalancarse en su envidia para tomar venganza hacia el excelente. Bajo el pretexto de la igualdad, los esclavos se agrupan en comunas de poder para arrastrar a los superiores hacia la mediocridad. De este modo, su presencia ya no les incomodará tanto como para sentir rabia ante su enorme impotencia, insignificancia e ineptitud ante la vida. ¿Y cómo lo logran exactamente? Construyendo una moralidad decadente, limitante y debilitante que imponen forzosamente a los demás.



Todos los que no adopten dicha moralidad son considerados seres perversos, malignos y apáticos que dejan el mundo peor de lo que se lo han encontrado. Pero esto no es más que pura hipocresía. Como el alemán indica en su obra Ecce Homo: “no existe moral más perniciosa que aquella que despoja al hombre de sí mismo obligándole a convertirse en un ser decadente”. En definitiva: están jodidos y, como no saben cómo dejar de estarlo, necesitan joder a los demás para no sentirse abandonados, incomprendidos o desdichados.

El último hombre, aunque está ligado al vicio, no necesita hacer daño a los demás. Pero el esclavo sí pretende rebajar el valor ajeno para sentirse mejor consigo mismo.

Los esclavos se disfrazan de justicieros, benevolentes e igualitarios, pero su moral es tan frágil que revierte contra sí misma. Si bien el mediocre reivindica ciertos derechos desde la cordura, el esclavo utiliza dicha reivindicación como excusa para implantar el desorden social. El esclavo proclama que los individuos superiores se creen superiores a ellos, pero nada más lejos de la realidad: como ya he indicado antes, al superior no le importa lo más mínimo la presencia ni las opiniones de los esclavos. Más bien, son estos últimos los que se conciben como seres inferiores, inseguros de sí mismos e incapaces de adaptarse a un mundo que ni siquiera pudieron comprender. 

nietzsche

Sus verdaderas intenciones se resumen en unas pocas líneas:

Si yo no puedo tener algo, entonces nadie debe tenerlo.

Si yo no puedo hacer algo, entonces nadie debe hacerlo.

Si yo no puedo lograr algo, entonces nadie debe lograrlo.

Estas ideas pueden sonar un tanto elitistas, arrogantes y pretenciosas, pero Nietzsche ya advirtió desde un principio que su pensamiento no estaba diseñado para las que masas lo aprobaran, sino para liberar al mundo de su crisis moral.

La psicología del rebaño es el peligro de los peligros por su alta capacidad de persuasión, ya que seduce a muchos individuos de buena fe que todavía no han encontrado su lugar en el mundo a tomar el camino fácil; a gente que, potencialmente, podría llegar a explotar sus talentos, habilidades y cualidades de forma espectacular si optaran por dejar a un lado la gratificación instantánea. La moralidad de la manada buscará aprovecharse de futuros genios que, como cualquier otro ser humano, se encuentran en un momento de inquietud, confusión e incertidumbre. En definitiva, les incitan al sosiego, la queja y el confort.

En Voluntad de Poder, el autor compara la moral del rebaño con la voz de una sirena que trata de instigar al individuo superior en plena fase de desarrollo a sucumbir ante las tentaciones, escapar de su pesado destino y refugiarse en el cálido manto la mediocridad.

¿Para qué te vas a esforzar, pudiendo disfrutar de las cosas buenas de la vida aquí y ahora?

Si este modo de pensamiento se propagara lo suficiente, la humanidad caería en las garras del nihilismo más agresivo: un escenario en el que los valores de la excelencia brillan por su ausencia, quebrantando toda creatividad, determinación y pensamiento crítico.



En su versión más extrema, el conformismo y la mediocridad se habrán convertido en los nuevos valores supremos, privando a todo ser humano de alcanzar su mejor versión. Así, el único destino posible para el hombre es convertirse en un peón, un clon de un clon, un miembro del rebaño… En definitiva, uno más de tantos. Leo un fragmento de Genealogía de la Moral: “sospecho que la situación va de mal en peor. La sociedad está decayendo hacia un prototipo de persona más cómoda, conformista, indiferente, ignorante, endeble, miedosa y mediocre. Esta es la mayor de las fatalidades. Junto con el miedo al hombre, hemos perdido también nuestro amor, reverencia y esperanza hacia él. Todo lo que nos queda es la lúgubre visión de un hombre que flaquea… ¿No es acaso lo que el nihilismo moderno representa? Flaqueza, lasitud, tedio… Estamos cansados del hombre”.

Reflexión.

No son pocas las discrepancias que la psicología moderna ha ofrecido a la particular moral del filósofo alemán. Está clarísimo que el término “hombre superior” no encaja bien en el discurso contemporáneo, al ser demasiado agresivo, ambiguo y narcisista, por no hablar de la enferma hipersensibilización que acecha a la sociedad actual. De pensar que existen hombre superiores e inferiores, os lo diría sin ningún problema, porque no tengo ningún miedo a poner la verdad por encima de lo políticamente correcto. No obstante, a pesar de que sí concuerdo con muchas de las cosas que dice Nietzsche, creo que “hombre superior” no es la expresión más acertada desde el punto de vista psicológico y semántico.

Nietzsche: Salir del rebaño. 2

En primera instancia, ¿superior con respecto a qué? Cuando hablamos de superior o de inferior, lo suyo sería seleccionar una unidad de medida cualitativa o cuantitativa con la que podamos comparar a dos o más objetos o sujetos (v.gr., la mesa negra es más ancha que la blanca). En efecto, hay individuos con más altura, empatía, dinero o inteligencia lógico-matemática que otros. Ahora bien, ¿qué criterio ha de seguir uno para considerar superior a una persona en su sentido más amplio? ¿son acaso las más poderosas? ¿las más felices? ¿las más inteligentes? ¿las más fuertes? ¿o quizás las más benevolentes?

¿Veis dónde está el problema? Cada cual se regirá según distintos parámetros en función de sus preferencias individuales acerca de lo que considera mejor y peor en una persona.

Doy por hecho que el filósofo se refiere a una superioridad moral, pero… ¿que una moral sea la mejor para mí implica que lo sea también para los demás? No necesariamente. No me malinterpretéis: no justifico ni el relativismo ni el nihilismo moral; tampoco defiendo la existencia de un único código moral por encima del resto, como Nietzsche proclama al exponer la figura del “hombre superior”. Lo que sí considero es que hay un gran abanico de esquemas morales mucho más funcionales, adaptativos y adecuados que, en suma, son compatibles entre sí. Sin ir más lejos, pongamos a prueba el código de principios, valores y comportamientos que el alemán nos presenta…

¿Es realmente la moral del “hombre superior” tan superior como la pinta?

Comparto al cien por ciento aspectos como la creatividad, la constancia, la disciplina, el autocontrol o la autonomía… Desde luego, el alemán da en el clavo a la hora de describir las condiciones básicas de un sujeto con pensamiento crítico, analítico y autónomo, capaz de ingeniar maravillosas obras de arte y de contribuir enormemente al progreso humano.

Nietzsche: Salir del rebaño. 3

Asimismo, atendiendo a ciertos parámetros psicológicos y sociales, pienso que la moral del hombre superior es bastante más apropiada y elocuente que la del esclavo: un ser que ni vive ni deja vivir; que está en guerra consigo mismo y con los demás. Una vez dicho esto, ¿podría afirmarse a ciencia cierta que los superiores están libres de otros vicios tan dañinos como los de los mediocres?

Mi respuesta es que no, porque las definiciones que Nietzsche otorga al individuo superior y al último hombre no eximen a los primeros de la presencia de patologías mentales, a la par que no condenan a los segundos a la inestabilidad emocional. Acorde a la descripción de “hombre superior”, trastornos de la personalidad como el antisocial, el narcisista o el obsesivo-compulsivo son perfectamente compatibles con la excelencia, lo cual supone un absurdo desde el punto de vista psicológico. Asimismo, el “último hombre”, aun siendo altamente conformista, podría haber optado por un modo de vida más tranquilo, relajado y precario porque concuerda con sus preferencias. A fin de cuentas, el hecho de ser una persona normal o mediocre no es un rasgo inequívoco de desgracia y letargo.  

¿De verdad un individuo endiosado, retorcido y manipulador que ignora los sentimientos de las personas de su alrededor se puede considerar como un modelo a seguir? Por muy trabajador, inteligente y versátil que sea, carece de las habilidades sociales y emocionales necesarias para equilibrar su psique en otras áreas de su vida. Podríamos estar hablando de un empresario con éxito en los negocios, pero cuya soledad en el plano sentimental es tan perjudicial para su salud mental como estar rodeado de esclavos negligentes. Para mí, la moral de un “psicópata superior” poco o nada tiene de superior con respecto a la de un “altruista mediocre”. Evidentemente, no todos los “superiores” son así. Pero, acorde a la descripción que el alemán realiza, podría darse el caso de que les falte una pieza esencial: la inteligencia emocional. ¿Y qué hay de la mediocridad? Pues el planteamiento es igual.

 

Hay sujetos cuya personalidad les conduce a depositar ciertas responsabilidades en otros individuos, siendo al mismo tiempo conscientes de que evadir la responsabilidad conlleva renunciar a un fragmento de su poder y autonomía. Del mismo modo, una persona menos creativa, independiente o resiliente puede tener otras características beneficiosas como la empatía, la generosidad o la amabilidad. Yo no veo ningún problema con la mediocridad siempre y cuando su adopción sea voluntaria, consciente y deliberada. El problema surge cuando uno es mediocre en contra de su propia voluntad, sufre por serlo y se refugia en la queja, el lamento y el vicio para intentar parchear su tormento vital. Es este el tipo de gente que critica Nietzsche: seres amansados, adiestrados y endebles que un día fueron genios en potencia; en palabras textuales, “una sombra de lo que podrían llegar a ser”.

En efecto, gran parte de la descripción que proporciona el filósofo concuerda muy bien con un amplio bloque de individuos. La mediocridad no se salva de numerosos trastornos de la personalidad como la evitativa, la dependiente o la histriónica, así como de múltiples enfermedades mentales como la depresión mayor, el trastorno de ansiedad generalizado o el estrés crónico. La filosofía del mediocre atrapa a incontables personas en un estilo de vida que está muy por debajo de sus posibilidades y minimiza su satisfacción vital. De hecho, caer en el prototipo del “último hombre” es quizás mi mayor temor; no porque esté en contra de la mediocridad per se, (de lo medio, de lo común), sino porque sé que conformarme con menos de lo que puedo llegar a ser me haría tremendamente infeliz.

Sin duda alguna, el broche de oro de Friedrich Nietzsche es su descripción de la moralidad del rebaño. Así es, el rebaño existe y crece a un ritmo escandaloso. Cada vez son más los sujetos que calcan ciegamente el discurso de sus padres, amigos y referentes mediáticos sin pensar previamente lo que sale por su boca. Y es que actúan como borregos en masa que carecen de criterio propio a la hora de evaluar escenarios y tomar decisiones. Y peor aún es la mentalidad del esclavo, quien no se contenta con pertenecer a la manada, sino que trata de extinguir toda forma de excelencia, talento y disconformidad.

 

¿Cuántas veces te han desalentado a perseguir un proyecto de vida ambicioso?

¿Cuántas veces te han envidiado al alcanzar un objetivo a base de esfuerzo?

¿Cuántas veces te han rechazado al adoptar una conducta poco común?

¿Cuántas veces te han criticado al expresar una opinión diferente?

La figura del esclavo negligente es increíblemente acertada: las personas desequilibradas y entrópicas tienden a generar caos para igualar su psique interna a la realidad externa.

Probablemente, pienses que el objetivo de Nietzsche es obligar a todo el mundo a que se sometan a su moral, pero no. De forzar a un tercero a que cambie, los hombres superiores estarían cometiendo el mismo error que los esclavos, tratando de imponer coactivamente su particular visión del bien y del mal. La evolución moral es posible, y sus principales

claves las he ido exponiendo a lo largo de este discurso. Sin embargo, el autor nos revela en sus obras una clave de la que uno no puede prescindir: la introspección.

Quiero terminar con una frase de Lucio Anneo Séneca: “todos tenemos el mismo destino: la tumba. Obligar a otra persona a vivir conforme a unos estándares predeterminados es perder el recurso más valioso que tenemos: el tiempo. Sugiere, enseña, plantea, propón, pero jamás obligues. Vive como tú creas y deja vivir a los demás”. Si me preguntan a mí, yo pienso que no todo el mundo puede alcanzar la excelencia, amigos. Y eso no es malo. En resumidas cuentas, la mediocridad es una condición indispensable para la excelencia. Si todo el mundo fuera excelente, la palabra excelencia perdería su significado. Con que tú, espectador, te acerques a ella, ya me conformo.

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