Memento Mori: ¿Cómo dejar de temer a la muerte?

Memento mori

Si un niño de cinco años me preguntara en qué consiste la vida, le respondería lo siguiente: “¿Ves este folio en blanco? Este eres tú nada más nacer. Si te fijas, hay un pequeño párrafo en la esquina superior derecha con información impresa en negro que no se puede borrar. Conforme pasan los años, la hoja comienza a llenarse de todo tipo de cosas: garabatos sin sentido, polígonos de colores, tachones en seco, figuras caricaturescas, series numéricas, letras flotantes… Algunas partes del folio son dignas de ser contempladas, mientras que otras son espantosas a más no poder o, directamente, rayajos muy difíciles de interpretar.  Lo curioso del asunto es que no sabemos quién es el que pinta todo esto realmente. Y, de repente, llega un día en el que la hoja se rompe en pedacitos diminutos, inapreciables e imposibles de unir nuevamente. Esa es tu vida, la mía y la de todos”.

Es curioso que el primer mandamiento estoico por antonomasia es el que más alejado esté del discurso popular y el uso común. Parece que hemos seleccionado de forma arbitraria y caprichosa el resto de sus principios simplemente porque suenan bien y encajan con un código moral contemporáneo en el que la juventud, la fortaleza, la inteligencia, la paz y la tranquilidad del ánimo son tan eternas como la Hydra Vulgaris. Pero ya sabéis – y, si no, deberíais saberlo – que lo políticamente correcto me aburre. ¿Te has parado a pensar hasta qué punto la sociedad actual esconde, condena y rechaza a la muerte? ¿desde cuándo se le ocurrió al hombre que ignorar por completo su inherente condición humana es una buena idea? Basta de eufemismos cutres, mentiras hegemónicas y plegarias al vacío cuyo único propósito es maquillar la realidad: tú, yo y todos nosotros nos vamos a morir.

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Aunque esta concepción del ser humano está progresivamente perdiendo peso conforme el Siglo XXI sigue su trascurso, es menester explicar el axioma metafísico central dentro de la Antigua Grecia. En concreto, Sócrates postulaba que el objetivo último del hombre era liberar su parte divina – el alma – de su parte mundana – el cuerpo y las pasiones -. De este modo, el individuo se asemejaría menos a los animales y más a los dioses. Según la amplia mayoría de los pensadores griegos, el cuerpo es sólo un vehículo en el que el verdadero yo está encerrado. Por tanto, virtuoso será quien, desde la sabiduría y la razón, logre dejar a un lado todos los impulsos carnales y deseos materiales que castran el alma en pos de su florecimiento. ¿El motivo? Muy simple: el cuerpo perece; el alma, no.

Y es precisamente el reconocimiento del componente caduco del ser humano lo que trae consigo uno de los ejercicios meditativos más remarcables del estoicismo: Memento mori. ¿En qué consiste exactamente? Se trata de una frase proveniente del latín cuyo significado es “recuerda que morirás”. En un principio, puede parecer un tanto absurdo e innecesario repetirse incesantemente algo que todo el mundo sabe desde que tiene uso de razón, pero no te confundas: una cosa es procesar el significado de la oración “recuerda que morirás” desde el pensamiento lógico y abstracto; otra muy distinta, entenderla desde la emoción. Quizás sea este el motivo por el que la muerte es un tema tabú a día de hoy: no nos gustan las sensaciones que ésta evoca. Cuanto más pensamos en ella, menos queremos hacerlo. La enfermedad ha sido trasladada a entornos completamente esterilizados donde la agonía y el sufrimiento están monitoreados por complejas máquinas y limitados a cuatro paredes. En medio de una tormenta publicitaria que rinde culto a la belleza cosmética, la opulencia material y la pureza corporal, es inevitable que uno tienda a pensar que su deber moral es sublevarse contra la muerte en pos de alcanzar la juventud eterna. En definitiva: queremos evitarla, apartarla, e incluso someterla a tela de juicio. Pero, acorde a los estoicos, esto no es más que una utopía, una receta perfecta para darse de bruces contra la realidad.

Muchos coincidirán conmigo en que eludir por completo nuestro destino final no es nada deseable, ¿pero por qué razón habría uno de realizar justo lo contrario, esto es, tener la muerte en consideración día sí, día también? ¿acaso no son los extremos perjudiciales? Al principio, dicho ejercicio podría sonar un tanto deprimente, pesimista y amargo, pero te aseguro que la finalidad de Memento mori está muy lejos de deprimir o desmoralizar a quienes lo usen. Más bien, trasladar al plano consciente la fugacidad de la vida tiene por objeto meditar acerca de la misma en aras de tomar las decisiones que maximicen nuestro bienestar, así como agradecer cada minuto que seguimos vivos. Aunque, siendo francos, existen muchas más enseñanzas que derivan de esta práctica tan especial como poderosa.

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Su origen descansa en una peculiar costumbre del Imperio Romano. Después de una gran victoria militar, los generales de guerra solían encabezar el desfile de celebración una vez regresaran a su ciudad. La procesión ceremonial podría durar hasta un día entero, donde el líder recorrería las principales calles entre aplausos, alabanzas y ovaciones montado en un esplendoroso carruaje tirado por cuatro caballos pura sangre. Reconocimiento, honor, gloria y prestigio: ¿qué más se podría pedir? Sin embargo, al tiempo que el pueblo y el ejército idealizaban al general colocándole como un superhombre divino, había un detalle del que casi nadie se percataba. Detrás del triunfante caudillo y subido a su mismo carro, se encontraba escondido un esclavo. Sí, has oído bien: un esclavo. ¿Y por qué?

Su única responsabilidad durante todo el recorrido era susurrarle al oído: “réspice post te. Hominim te esse memento. ¡Memento mori!” [Traducción: mira atrás. Recuerda que eres tan sólo un hombre… ¡Recuerda que morirás!]. Sobra mencionar que tal cosa sería impensable a tiempo presente… ¿Te imaginas que Cristiano Ronaldo hubiera tenido que soportar cómo un aficionado le murmura que no deja de ser sólo un humano y que se va a morir tarde o temprano a lo largo de toda la ceremonia de la Champions? No encaja con el código ético y social vigente. Eso sí, puedo afirmar que no existe antídoto más eficaz contra la vanidad excesiva sobre nuestros méritos o, por el contrario, el autodesprecio por nuestros fracasos. El sentido común y la inteligencia emocional de los romanos eran, sin lugar a dudas, dignos de admiración: guapos, feos, ricos, pobres, sabios, necios, fuertes, débiles, buenos, malos… Todos ellos acabarán en el mismo lugar: la tumba.

Memento Mori: ¿Cómo dejar de temer a la muerte? 1

En este sentido, el emperador Marco Aurelio manifiesta su parecer en uno de los capítulos de “Meditaciones”: “no menosprecies a la muerte. En su lugar, dale la bienvenida, pues no es más que un componente del flujo de la naturaleza humana, como el primer diente permanente, el primer encuentro sexual o el primer vello de color gris. Es por esto por lo que una persona sabia conmemora la muerte; no con impaciencia, ni con indiferencia o desdén, sino viéndola como una parte fundamental de la vida”. Qué iluso es el hombre al apartar a la muerte de sus planes cuidadosamente ordenados, como si se tratara de un intruso. Por su parte, el ensayista y aristócrata renacentista Michel de Montaigne, quien era un fiel devoto del pensamiento estoico, expresó una idea muy similar en sus escritos: “dejemos de mirar a la muerte como a un desconocido. Frecuentémonosla con asiduidad, acostumbrémonos a su presencia, invoquémosla en nuestra imaginación a cada instante. En última instancia, practicar la muerte es practicar la libertad, porque un hombre que ha aprendido a morir ha desaprendido a ser un esclavo”. 



Memento mori no tiene por objeto denigrar la vida, ni tampoco refugiarse en el hecho de la temporalidad de la existencia humana para no accionar hacia nuestros objetivos vitales. Tenlo siempre presente: desde el sentido helenístico, se trata de un ejercicio de liberación, no de excusación; una toma de conciencia para relativizar tanto lo bueno como lo malo.

Ten en cuenta que los estoicos velaban siempre por la sobriedad y la templanza. En caso de que recordarse a uno mismo que su destino final es perecer perjudicara su paz interior, no estaría utilizando adecuadamente su intelecto. No obstante, existen otras culturas que sí consideran que cierto grado de melancolía, temor o pesimismo sí es necesario en cuanto a la muerte se refiere. Por ejemplo, muchas iglesias católicas están decoradas con huesos de los difuntos para recordar a los creyentes que esta vida es sólo de paso y, por lo tanto, es menester sacrificar ciertas cosas en ésta para obtener otras más valiosas en la eternidad. Lo primero que asume un cristiano es que es mortal y, por tanto, debe comportarse como tal.

En los banquetes del Antiguo Egipto, era bastante común colocar en el centro de la mesa un cadáver momificado. Justo cuando diera comienzo el evento, un hombre se levantaría y gritaría: “coman, beban, diviértanse… ¡Mañana ustedes terminarán así!”. A pesar de la aparente crudeza de la situación, los comensales tenían en mente que el motivo de dicha tradición era aprovechar los placeres de la vida mientras fuera posible. Y espérate, porque esta no es la versión más macabra. En los primeros textos del budismo tibetano, podemos encontrar el término maranasati, que se traduce como “contempla la muerte”. El mismo Siddharta Gautama declara en el Satapathana Sutta: “la mejor forma de que un monje se familiarice con la muerte es que éste observe atentamente un cadáver a lo largo de varios días; hinchado, descolorido y descomponiéndose en el cementerio. Es así como logrará aplicar dicha percepción a su persona, dándose finalmente cuenta de que, en realidad, ese cuerpo es también el suyo y, en consecuencia, él pasará por todo lo que ha visto”.

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A fin de cuentas, el mensaje está muy claro: te vas a morir. Más te vale tenerlo presente. Con todo, ¿qué podemos hacer al respecto? ¿nos traumatizamos, deprimimos, negamos, asustamos, ignoramos, celebramos o planeamos? Entiendo tu confusión. A partir de aquí, me gustaría guiarte a través de algunos escritos de la Antigua Grecia con el propósito de que extraigas tres lecciones fundamentales antes de despedirme de ti.

1) Utilización del tiempo.

¿Alguna vez has escuchado la expresión “estar muerto en vida”? Pues su autoría emana del gran Lucio Anneo Séneca. En efecto, para el cordobés, vivir es algo más complejo de lo que su significado literal prescribe. Ser (como sinónimo de existir) se convierte en una condición necesaria para vivir, pero no suficiente. Funciones fisiológicas básicas como la respiración o el latir del corazón son indicador de que alguien está vivo, pero no de que sepa vivir. Y puedo asegurarte que son dos cosas completamente diferentes. Desplazarte por el espacio y tener conciencia de tu existencia no son pruebas inequívocas de que una persona esté viviendo, al menos en el sentido estoico. Probablemente, hayas escuchado más de una vez que la vida es breve. Pues Séneca no estaría de acuerdo contigo.

La naturaleza es generosa con la vida, y si se sabe usar, es larga. Somos nosotros los que la llenamos de tareas vanas, quehaceres superficiales y sentimientos aflictivos tales como la avaricia, la ambición o la cólera. El individuo, corrupto de vicios, indolencias, ajetreo y demás ocupaciones superfluas es quien se sustrae años de su vida, no porque viva menos años, sino porque el tiempo perdido no es considerado como vida por Séneca. Así pues, el hombre consta como el único responsable de la brevedad de la vida, ya que fagocita su alma con contantes deslices materiales que la absorben. El consejero expuso en su obra “Sobre la brevedad de la vida” una analogía náutica que recoge a la perfección esta idea: “decir que una persona ha vivido mucho sólo porque su vida ha sido larga es como decir que un marinero ha viajado mucho tras dar vueltas con su barco sin salir del puerto”.

Y es que, si uno resta todo el tiempo invertido en cosas inútiles, se dará cuenta de que son muy pocos sus años de vida. A fin de cuentas, podría resumir los párrafos anteriores con la siguiente pregunta: ¿por qué la gente pierde su tiempo en tareas banales que no aportan nada y, para colmo, les hacen sentir que su vida está vacía de significado? “El hombre no tiene tiempo, excepto para el vino y el desenfreno. Se quejan de la celeridad de la vida los avaros e iracundos, los que ejercen el odio, promueven la guerra injusta y pasan el tiempo maquinando, adulando o siendo adulados. La realidad es que no saben vivir.”

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El mantra “no tengo tiempo” pasa a ser una simple incongruencia si uno acepta de buena fe la naturaleza de la vida. Lo correcto sería decir: “no es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho”. No somos meros indigentes de la vida, sino sus derrochadores. Séneca afirmaba con gran énfasis: “el tiempo que uno pierde litigando en los tribunales, discutiendo por ínfimos detalles, metiéndose en conversaciones banales con gente que no despierta ningún interés, preocupándose por el dinero, lidiando con clientes molestos o cumpliendo con inútiles obligaciones sociales se traduce en vida mal administrada”.

Y es aquí cuando Séneca tiene un momento espectacular de lucidez y termina su reflexión describiendo a la perfección la hipocresía del hombre: “la ceguera de las mentes humanas es tal que nadie consentiría compartir su dinero o que otros ocupen sus propiedades. Sin embargo, no tienen ningún reparo en introducir a gente superflua en sus vidas. Son de puño cerrado a la hora de mantener su patrimonio y, a la vez, derrochadores del único objeto con el que es honrado ser codicioso: el tiempo. Tenéis miedo a todo como mortales que sois, y deseáis todo como si fuerais inmortales”. ¿Qué es vivir, entonces? Pues el filósofo lo deja bien claro: estar bajo el control de uno mismo, asumir responsabilidades tanto propias como ajenas y perseguir objetivos que tengan un alto valor personal y social.

En definitiva: encontrar un propósito firme y justo que nos proporcione una dirección.

2) Toma de perspectiva.

Independientemente de nuestra percepción acerca de la longitud de la vida, hay un hecho casi seguro: por muy prolongada que ésta sea, es tan sólo cuestión de tiempo que se acabe desvaneciendo en la infinitud de lo eterno. A pesar de que la idea de adoptar una vista panorámica fue creada por Platón para ponerse en lugar de los demás, fue Marco Aurelio quien le otorgó un significado metafísico.: “qué fracción tan diminuta de todo el conjunto material y espiritual es la que ocupa un único individuo. Adoptar una vista de pájaro nos permitiría ver todo a la vez: ejércitos, comercios, banquetes, ceremonias, nacimientos y muertes, ruidosos tribunales y silenciosos arenales… Diferentes personas y elementos entremezclados y organizados en una absurda combinación de opuestos. ¿Quién soy yo para creer que mi influencia en el mundo es comparable a la de la naturaleza?”. 



La finalidad de este ejercicio es dar un paso atrás, disminuir el zoom y contemplar la vida desde un punto de vista infinitamente mayor al nuestro. Es entonces cuando uno es capaz de comprender lo tremendamente insignificante que es el ser humano, con sus problemas cotidianos, expectativas idílicas y amenidades pasajeras. Qué gran desfachatez concebirse como el centro de un universo que es capaz de erradicarnos con un simple soplo azaroso. Cito uno de mis fragmentos favoritos: “tú ya has tenido el privilegio de ser ciudadano de esta gran metrópoli. ¿De verdad te resulta tan relevante serlo durante cincuenta años en vez de cinco? Tu adiós no lo determinará un juez déspota, cruel e injusto, sino la misma naturaleza que te trajo. ¿Qué más quieres, entonces? ¿continuar con tu mera existencia?  ¿disfrutar un día más de tus sentidos, impulsos y pasiones? ¿o quizás emplear la palabra y el intelecto de nuevo? Cincuenta equivale a cinco si se compara con la eternidad”.

En definitiva, la proporción temporal y espacial que ocupa el ser humano a lo largo de su vida es tan limitada que, según el emperador, no merece la pena fustigarse demasiado por nuestros fracasos ni vanagloriarse en exceso por nuestros méritos. En este sentido, el autor declara: “Hipócrates curó muchas enfermedades para luego morirse enfermo. Alejandro, Pompeyo y César destruyeron por completo ciudades enteras para luego perecer en una. Yo estoy manifestando mi pensamiento a sabiendas de que dejaré de pensar algún día”.  Tomar perspectiva cambia la valoración de las cosas por completo: lujuria, poder, honor, fama… Todo lo que conocemos se vuelve irrisorio. Así pues, asumamos nuestra posición en el mundo, armonicémonos con su dinámica y recorramos el sendero con humildad.

3) Eliminación del miedo.

Dejemos un lado al estoicismo para centrarnos en una de sus escuelas rivales dentro de la Antigua Grecia: el epicureísmo. Si bien llegué a mencionar el tema de la muerte al hablar de esta corriente filosófica en el artículo de la semana pasada, no profundicé en su particular visión acerca de la misma. Según Epicuro, tener miedo a la muerte no es una actitud racional ni inteligente. Para que comprendas mejor su punto de vista, me dispongo a leer un fragmento de la “Carta a Meneceo”:

Acostúmbrate a pensar que la muerte es insignificante para el hombre, porque todo bien y todo mal residen en las sensaciones, y precisamente la muerte consiste en estar privado de toda sensación. Por tanto, la recta convicción de que la muerte no es nada para nosotros nos hace agradable la mortalidad de la vida; no porque le añada un tiempo indefinido, sino porque nos priva de un afán desmesurado de inmortalidad. Nada hay que cause temor en la vida para quien está convencido de que el no vivir no guarda tampoco nada temible. Es estúpido quien confiese temer la muerte no por el dolor que pueda causarle en el momento en que se presente, sino porque, pensando en ella, siente dolor: porque aquello cuya presencia no nos perturba, no es sensato que nos angustie durante su espera. El peor de los males, la muerte, no significa nada para nosotros, porque mientras vivimos no existe, y cuando está presente, nosotros no existimos. Así pues, la muerte no es real ni para los vivos ni para los muertos, ya que está lejos de los primeros y, cuando se acerca a los segundos, éstos han desaparecido ya. A pesar de ello, la mayoría de la gente unas veces rehúye la muerte viéndola como el mayor de los males, y otras la invoca para remedio de las desgracias de esta vida. El sabio, por su parte, ni desea la vida ni rehúye el dejarla, porque para él el vivir no es un mal, ni considera que lo sea la muerte. Y así como de entre los alimentos no escoge los más abundantes, sino los más agradables, del mismo modo disfruta no del tiempo más largo, sino del más intenso placer. El que exhorta al joven a una buena vida y al viejo a una buena muerte es un insensato, no sólo por las cosas agradables que la vida comporta, sino porque la meditación y el arte de vivir y de morir bien son una misma cosa. Y aún es peor quien dice que bello es no haber nacido, pero, como ya ha nacido, es menester cruzar cuanto antes las puertas del Hades. Mi pregunta es: si esa persona lo dice de corazón, ¿por qué no abandona la vida entonces? Está en pleno derecho de hacerlo, si lo ha meditado bien. Por el contrario, si se tratara de una broma, se estaría mostrando frívolo en asuntos que no lo requieren.

En resumidas cuentas, la muerte es insignificante por pura definición: una vez que nuestra experiencia sensible haya llegado a su fin, no habrá sensación de placer, ni tampoco de dolor. El miedo a la muerte surge de la falsa sensación de que en la muerte hay conciencia.

Memento Mori: ¿Cómo dejar de temer a la muerte? 3

¿Qué piensas tú de los escritos del samio?

En conclusión, Memento mori es un ejercicio meditativo tanto útil como necesario dentro de la coyuntura actual. A pesar de que ciertas religiones, ideologías e individuos lo usan como instrumento de poder para implantar miedo, melancolía o incertidumbre en la masa popular, su verdadero significado no pretende aterrorizar, desmoralizar o confundir a sus practicantes. Más bien, recordarnos que vamos a morir es una estrategia para dar claridad a nuestro propósito vital, priorizar sobre las tareas más importantes, adoptar perspectiva para relativizar nuestros éxitos y fracasos, agradecer cada minuto de existencia y eliminar el miedo a la propia muerte. Eres humano, sólo humano.

Sin embargo, no quiero despedirme de ti sin quebrantar tus esquemas mentales: todo lo que he dicho en este artículo podría ser inútil en poco menos de cien años. Durante la mayor parte de la historia, los humanos se sometieron mansamente a la muerte. Hasta finales de la era moderna, la mayoría de las religiones e ideologías consideraban la muerte no sólo como un destino inevitable, sino también la principal fuente de significado de la vida. Por aquel entonces, era una creencia común que los eventos más importantes de la existencia humana ocurrían después de que hubieras exhalado el último suspiro. Tan sólo entonces se desvelaría el verdadero misterio de la vida. ¿Qué nos depararía tras la muerte? ¿sería la reencarnación? ¿la salvación o la condenación eterna? ¿o, directamente, la nada?

En cualquier caso, todos los seres humanos compartían un axioma central inviolable: nos vamos a morir. En un mundo sin muerte (y por tanto sin cielo, infierno o reencarnación), religiones como el cristianismo, el islam o el hinduismo no tendrían sentido. Durante la mayor parte de la historia, las mejores mentes se ocuparon de dar sentido a la muerte, ya que ésta era inevitable. La epopeya de Gilgamesh, la Biblia, el Corán, el mito de Orfeo y Eurídice e innumerables libros, documentos y cuentos sagrados se encargaron de explicar pacientemente a millones de humanos angustiados que moríamos porque Dios, el cosmos o la madre naturaleza así lo decretaban. Más nos valía, pues, aceptar ese vil destino con humildad y gratitud. De ese modo, quizás Dios aboliría algún día la muerte mediante un gran gesto metafísico como la segunda venida de Cristo. Pero orquestar semejantes cataclismos estaba claramente por encima de la competencia de simples mortales.

No obstante, un nuevo movimiento sin precedentes estaría a punto de romper el antiguo paradigma, iniciando así el camino hacia la muerte de la muerte: la revolución científica. ¿Y si fuera en realidad posible vencer a la muerte? ¿o es únicamente un relato de ciencia ficción? Para los científicos, la muerte no consiste en un mero decreto divino, sino en un asunto técnico. En otras palabras, el homo sapiens no pasa a una mejor vida simplemente por un capricho divino; el corazón deja de bombear sangre. El cáncer destruye el hígado. Los virus se multiplican en los pulmones. ¿Y qué causa todos estos problemas técnicos? Otros problemas técnicos. El corazón deja de bombear sangre porque no llega suficiente oxígeno al músculo cardíaco. Las células cancerosas se diseminan en el hígado por una mutación genética aleatoria. Los virus se asientan en los pulmones después de que alguien estornudara en el autobús. No hay absolutamente nada de metafísico en todo ello.

Eso sí, el dilema en cuestión es infinitamente más complicado que los tres ejemplos que he proporcionado. Y, por si fuera poco, existen intereses políticos, sociales y económicos que podrían refrenar esta epopeya. Siendo realistas, a no ser que nos llevemos una grata sorpresa en los próximos sesenta años, prefiero partir de Memento mori hasta nuevo aviso.

La vida es una, bella, irrepetible, finita. Tratémosla como tal.

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