La media dorada: ¿Qué es la virtud según Aristóteles?

¿Alguna vez te has preguntado qué clase de valores, actitudes y comportamientos son los que hacen a una persona grande? ¿cómo debe uno actuar para alcanzar la paz mental que tanto ansía? Si hay algo que me sorprende de la cultura helenística es su capacidad para identificar, leer y resolver problemas inherentes a la condición humana. Muchos de los asuntos que filósofos como Platón, Sócrates o Epicteto trataron – política, amistad, amor, moral, justicia, teología, etc. – son todavía auténticos quebraderos de cabeza en el mundo contemporáneo, hasta el punto en el que uno piensa: “no hemos avanzado nada”. Hoy tocaré a uno de los padres de la filosofía occidental, cuyos escritos han ejercido una notable influencia a lo largo de los dos últimos milenios. En efecto, no podía ser otro que Aristóteles. Mientras su maestro, Platón, abogaba por buscar las respuestas en un mundo invisible formado por ideas intangibles – o formas esenciales – cuya existencia va más allá del mundo material, Aristóteles nos trae de vuelta a lo mundano, sensible y real, es decir, a los fenómenos perceptibles aquí y ahora. Así pues, pensar como aristotélicos equivale a estudiar a fondo la naturaleza humana para vivir de la mejor manera posible. Y eso es precisamente lo que vamos a hacer hoy: conocernos un poco mejor a nosotros mismos. Aunque la información de la que disponían los griegos era muy limitada respecto a la de la sociedad actual, el trabajo de Aristóteles es tan sumamente magistral, acertado, preciso y elocuente que ha trascendido generaciones enteras y es tenido en cuenta por la psicología moderna. Sin más dilación, recorramos juntos el sendero de la introspección.

La felicidad.

En su libro “Ética a Nicómaco”, el cual utilizaremos como referencia para hablar de ética aristotélica, el filósofo postula que todas las acciones humanas apuntan hacia un único fin u objetivo último de carácter completo, continuo y autosuficiente. Según él, el bien que todo hombre anhela explícita o implícitamente es la felicidad (la expresión en griego es eudaimonia, la cual se traduce como la bendición de vivir bien). Sin embargo, la cultura actual distorsiona el significado de la felicidad, presentándola como un estado de júbilo constante en el que los problemas brillan por su ausencia y el dolor es cosa del pasado.  Nada más lejos de la realidad, el proceso eudaimónico no consiste en vivir alejado de las dificultades o en esquivar toda experiencia aflictiva, sino en estar en paz con uno mismo y con los demás a la par que se persigue un propósito de vida enriquecedor y estimulante. Por ende, Aristóteles desmiente rotundamente que ser feliz sea sinónimo de satisfacción incesante, alegría ininterrumpida o placer eterno; más bien, se trata de adquirir una serie de pensamientos, cualidades y hábitos que conduzcan a una persona a vivir acorde a su propia naturaleza y, de esa manera, armonizar su conciencia con la realidad externa.

la media dorada

En concreto, hay un rasgo imprescindible que actúa como puente a la hora de alcanzar la felicidad: el areté (cuya traducción es excelencia o virtud). Dicho esto, ¿en qué consiste exactamente? ¿qué es excelencia y qué no? Y, sobre todo, ¿cómo puede uno alcanzarla? Aristóteles lo expone muy bien con esta cita: “la excelencia de un objeto o sujeto implica potenciar aquellos atributos que hacen de ese objeto o sujeto bueno para que funcione correctamente. Por ejemplo, la excelencia de un ojo se basa en su capacidad de ver bien; la de un caballo, en su capacidad de galopar, llevar a su jinete y enfrentarse al enemigo. Del mismo modo, un ser humano será excelente cuando desempeñe adecuadamente las funciones que le caracterizan como ser humano. Ahora bien, ¿para qué está diseñado el hombre? ¿qué es lo que nos hace únicos a los seres humanos? 

Pues el griego lo deja claro: una persona es, principalmente, su intelecto. Si bien la parte espiritual y pasional del alma también es importante, es la racional la que se considera el sello de identidad de un individuo. ¿Y qué sucede cuando razón y emoción no se ponen de acuerdo? Pues que dicha persona entra en conflicto consigo misma: si lo que piensa y lo que siente no convergen hacia un único destino, si la razón y la emoción empujan hacia direcciones radicalmente opuestas, no será posible experimentar el estado de eudaimonia:

Me apetece comer dulces (emoción), pero quiero ponerme en forma (razón).

Me apetece gritar a mi cónyuge (emoción), pero quiero controlar mi ira (razón).

Me apetece fumar un cigarrillo (emoción), pero quiero limpiar mis pulmones (razón).

El psicólogo Leon Festinger calificaría tiempo después dicha tensión o desarmonía entre ideas, creencias y emociones como disonancia cognitiva. No obstante, ya sabéis lo que pasa con la Antigua Grecia: ellos siempre se adelantan. Por interpretación analógica a sensu contrario, se puede deducir de todo lo anterior que la felicidad (o eudaimonia) consiste en la actuación del alma humana acorde a la razón, al intelecto. En términos más prácticos, uno ha de ordenar sus pensamientos, creencias y pasiones y, en suma, alinearlos hacia un destino común en aras de alcanzar su areté, su excelencia humana. No obstante, hay un pequeño matiz a recalcar: ¿cómo podemos distinguir la virtud de lo que no lo es, es decir, diferenciar entre virtudes y vicios? Leyendo los escritos del filósofo, he logrado identificar tres características esenciales de toda conducta o valor virtuoso:

1) Tiene un sentido holístico.  

La virtud en su sentido más amplio no consiste únicamente en un hecho puntual, sino en una colección de rituales, cualidades e ideas. En concreto, ha de existir continuidad en el tiempo, consistencia con otras virtudes y, sobre todo, intención de implementación por parte del sujeto, es decir, que el ejercicio de una virtud sea voluntario. Por ejemplo, de poco o nada le sirve a un señor de cincuenta años justificar su disciplina ejercitando el cuerpo por el ejercicio que solía hacer a los veinticinco; tampoco cabe calificar a un padre como bondadoso simplemente por recordar el cumpleaños de su hija cuando el resto de días la ignora por completo y la trata mal, ni a un soldado como valiente tras marcharse a la guerra en contra de su voluntad y sin mostrar ningún interés por defender a su pueblo.



La excelencia humana no es un acto aislado, sino un conjunto de hábitos.

La excelencia humana no es un rasgo particular, sino una serie de atributos.

La excelencia humana no es una creencia específica, sino un buen código ético.

Por lo tanto, la excelencia humana no consiste en un elemento, sino en un sistema.

2) Busca hacer el bien. 

Si bien el areté (efectuar correctamente la función humana por antonomasia: pensar) nos aproxima a la eudaimonia, ¿considerarías virtuoso o excelente a un individuo que alinea su psique interna para obrar con mala fe? Aristóteles manifiesta lo siguiente: “una buena persona no sólo persigue la excelencia en aquel marco de actividad que saque a relucir sus puntos fuertes, sino que se preocupa de que su operativa sea noble, justa y sencilla”.  Aunque no es mi intención profundizar en los conceptos bien y justicia, más adelante te ofreceré unas cuantas pautas con respecto a los mismos. Entre tanto, avancemos hacia la tercera – y más afamada – de las condiciones de la virtud…

3) Busca la moderación.

Sin duda alguna, el principio de aurea mediocritas, mejor conocido como la moderación aristotélica, el término medio o la media dorada, es el broche de oro del pensamiento del genio griego, puesto que es el precepto fundamental para averiguar si un comportamiento o cualidad es virtuoso (acercándonos así a la eudaimonia) o vicioso (alejándonos de ella). Así pues, el principio de la moderación aristotélica consiste en que la virtud se encuentra siempre en el término medio entre dos vicios. En otras palabras, la media dorada consta como un punto de equilibrio entre un par de extremos dañinos: mientras el primero peca de deficiencia, el segundo peca de exceso; o bien falta, o bien sobra. El pensador establece una bella analogía en este fragmento de Ética a Nicómaco: “la perfección ética es comparable a la belleza de un artefacto musical, dramático o poético: uno sabe que está bien diseñado cuando no tiene nada que añadir ni nada que quitar”.  Piensa en una balanza: para que se mantenga en equilibrio, el peso de cada disco ha de ser igual o muy parecido. Pues lo mismo sucede con la virtud: no hay que quedarse corto de algo, pero tampoco pasarse. A lo largo de dicha obra, Aristóteles plantea numerosos ejemplos acerca de lo que sería un buen balance entre dos actitudes viciosas. Sin más preámbulos, me gustaría repasar los más importantes; persigamos juntos la media dorada.

Virtud 1. La valentía (andreia).

La primera balanza trata del miedo y la confianza.  

la media dorada

El término medio entre la cobardía (deficiencia) y la temeridad (exceso) es el coraje.

Es evidente que quedarse paralizado en la retaguardia cada vez que un contratiempo tiene lugar en nuestras vidas es reflejo de una personalidad pusilánime, enclenque y miedosa. Sin embargo, actuar de forma temeraria o insensata ante las amenazas externas, como si realmente no presentaran ningún peligro digno de tener en cuenta, no tiene absolutamente nada que ver con la osadía. Proceder así es señal inequívoca de irreflexión e ignorancia. 

La verdadera valentía no consiste en la ausencia de miedo, ni tampoco, por supuesto, en sucumbir ante el mismo, sino en actuar a pesar de su presencia. Por ende, un hombre valiente es aquel que se enfrenta a lo que debe por las razones adecuadas, de la manera más apropiada, en el momento correcto y, sobre todo, mostrando temor en su justa medida sin menospreciar ni magnificar el reto en cuestión. En su máxima expresión, un individuo con coraje estaría dispuesto a sacrificar su vida por una causa noble. 

Virtud 2. La templanza (sōphrosunē).

La segunda balanza trata del placer y el dolor.

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El término medio entre la insensibilidad (deficiencia) y la profusión (exceso) es la templanza. Según Aristóteles, es bastante raro no sentir placer o dolor en absoluto, por lo que no indaga demasiado en el primer extremo vicioso. No obstante, la exuberancia a la hora de incurrir en ciertos placeres instantáneos era ya un mal endémico dentro de la sociedad helenística. Antes que nada, ha de aclararse que no todos los placeres son necesariamente perniciosos. Los denominados placeres del alma (honor, conocimiento, gratitud, etc.), así como algunos placeres del cuerpo (el deleite por ciertos olores, sonidos o formas) están en armonía con nuestro intelecto. Sin embargo, no es ningún secreto que una proporción considerable de seres humanos se dejan llevar por la gratificación inmediata que ciertos placeres del cuerpo (sexo, comida, bebida, etc.) provocan. En consecuencia, los individuos intemperantes y profusos caen en la trampa de la inmediatez, deseando obtener placer aquí, ahora y en grandes cantidades.



A corto plazo, sentirán que su estrategia funciona, pero no es más que un aciago espejismo que se desvanecerá tan pronto como dejen de incurrir en la gula, la lujuria o la pasión, sintiendo más dolor del que habrían sentido si se hubieran abstenido del placer errático o si se hubieran decantado por otros placeres que sí convergen con su pensamiento racional.  En el fondo, el profuso está atrapado en un torbellino afrodisíaco en el que, poco a poco, cada placer le producirá menos satisfacción y cada dolor le producirá más tortura. Hasta que, finalmente, su desconsuelo vital es tal que ya nada ni nadie es capaz de complacerle. En efecto, intentar esquivar todo dolor y perseguir todo placer es, irónicamente, la receta perfecta para repeler todo placer y atraer todo dolor. En contraposición a la profusión, la templanza consiste en adoptar selectivamente aquellos placeres y dolores que estén en línea con la razón. De esta manera, el individuo maximizará su satisfacción neta a largo plazo.

Virtud 3. La generosidad (eleutheriotēs).

La tercera balanza trata de dar y recibir cantidades concretas de dinero.

la media dorada

El término medio entre la tacañería (deficiencia) y el despilfarro (exceso) es la generosidad. Un individuo generoso es aquel que es capaz de dar una cantidad de dinero que se ajuste a su capacidad económica a la persona correcta, en el momento adecuado y de forma desinteresada. Por tanto, no es más generoso quien más da, sino el que da de forma inteligente. Un ciudadano de clase media-baja que invita a cenar a un desconocido que se está muriendo de hambre sin esperar nada a cambio es, según estos criterios, más generoso que un pudiente senador que dona una proporción irrisoria de su fortuna porque, en el fondo, desea aumentar su prestigio social. Eso sí, Aristóteles declara que, aunque es preferible dar por encima de nuestras posibilidades a no dar nada en absoluto, exceder la generosidad no es un acto reflexivo. En este sentido, la tacañería es más viciosa que el despilfarro, pero lo segundo no deja de ser eso: un vicio. ¿Y por qué? Pues porque pretender ayudar más de lo que uno realmente es capaz coloca al benefactor en una posición de vulnerabilidad financiera que terminará por dilapidar sus recursos tarde o temprano y, junto a éstos, su capacidad para seguir dando. Por lo tanto, es necesario también hacerse eco de nuestras posesiones.

Virtud 4. La ambición (filodoxía).

La cuarta balanza trata de la motivación.

La media dorada: ¿Qué es la virtud según Aristóteles? 1

El término medio entre la pereza (deficiencia) y la codicia (exceso) es la ambición.

Un individuo falto de espíritu que no tiene metas ni aspiraciones en la vida está condenado a la holgazanería y la inactividad. ¿Pero qué sucede cuando son tales las ansias por lograr algo que adoptamos una conducta demasiado impulsiva y codiciosa? Normalmente, que tomamos decisiones precipitadas por no haber controlado nuestros delirios de grandeza. Una cosa es alejarse de la lasitud, la pereza y la vagancia; otra muy distinta, no entender que cada cosa llega en su momento y que, de hecho, ir demasiado rápido puede jugar en nuestra contra. Por ende, Aristóteles destaca la ambición como el punto intermedio entre los dos extremos. Ser ambicioso consiste en tener ganas por progresar hacia un objetivo ejerciendo el autocontrol para no dejarse llevar por la desesperación o la impaciencia.

Virtud 5. La compostura (praotēs).

La quinta balanza trata de la ira.

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El término medio entre el resentimiento (deficiencia) y la irritabilidad (exceso) es la compostura. ¿Alguna vez habéis contemplado cómo alguien explota en cólera con una persona hasta el punto de ignorar por completo las palabras que salen por su boca? En efecto, la sociedad está repleta de seres tan irritables, iracundos y frustrados que un minúsculo contratiempo ya es suficiente para que pierdan los papeles con sus semejantes. Así pues, enfadarse a la mínima es reflejo de un alma nerviosa, insegura, reactiva, ofuscada e indefensa que piensa que, refugiándose desesperadamente en el grito, trasladará su miseria a los demás. Obviamente, está muy equivocado.

No obstante, ya sabéis a estas alturas de qué va este juego: no explotar en rabia no quiere decir que uno deba callárselo todo simplemente por miedo a crear conflicto. Guardarse el enojo cuando éste está completamente justificado y es necesario para seguir manteniendo una relación fructífera con los demás emana un veneno igual de nocivo: el resentimiento. En el mejor de los casos, robará a su portador toneladas de energía; en el peor, conducirá a una explosión de ira mucho más grande que la del iracundo más pronunciado. He aquí una de las frases más conocidas de Aristóteles: “cualquiera puede enfadarse. Eso es algo muy sencillo. Sin embargo, enfadarse con la persona adecuada, en el momento oportuno, en el grado exacto, del modo correcto y con un propósito justo es digno de admiración”.

Virtud 6. La amistad (philia).

La sexta balanza trata de la simpatía.

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El término medio entre el mal humor (deficiencia) y la adulación (exceso 1) o la obsequiosidad (exceso 2) es la amistad. Todos nos hemos topado alguna vez con la típica persona borde, apática y tajante que no sabe tratar con respeto al prójimo y no se preocupa lo más mínimo por los demás. Es evidente que nadie tomaría a esta gente por amigo. No obstante, hay ciertas relaciones interpersonales que se disfrazan de amistad cuando son, en realidad, vicios encubiertos:

– Por un lado, la figura del adulador incurrirá en falsas alabanzas y elogios con el único propósito de obtener algo de otra persona, ya sea un bien material, un servicio, un dato, una emoción, e incluso la aprobación del adulado. Evidentemente, se trata de una actitud utilitarista e interesada – esto es, queremos percibir un objeto o sensación del otro -.

– Por otro lado, la figura del obsequioso experimenta una insana preocupación por el dolor que pueda causar a los demás. Siente que molesta, estorba y no aporta nada a las personas de su alrededor, motivo por el cual prefiere abstenerse de ellas para librarles del ardor que su presencia les provoca. En psicología, podríamos relacionar este rol con el trastorno de la personalidad por evitación.

La verdadera amistad no consiste en halagos vacíos, intenciones ocultas o pensamientos obsesivos, ni muchísimo menos en agresiones verbales; más bien, se basa en una relación de plena confianza cimentada por un estrecho vínculo afectivo con otra persona.

Virtud 7. La modestia (alethēia).

La séptima balanza trata del amor propio.

La media dorada: ¿Qué es la virtud según Aristóteles? 3

El término medio entre el autodesprecio (deficiencia) y el orgullo (exceso) es la modestia.

Por desgracia, es común ver a individuos que se humillan, desprestigian y descalifican de forma excesiva, infravalorando sus capacidades actuales y potenciales. Bien sea por falta de autoestima o por miedo a que se les califique de arrogantes, este tipo de personas tiende hacia el autosabotaje y la degradación. Son tremendamente injustos consigo mismos, y piensan que jamás encontrarán su lugar en este mundo tan perverso, hostil y despiadado. Por otro lado, no faltarán aquéllos que exageran sus cualidades y aminoran sus defectos, al tiempo que aminoran las cualidades y exageran los defectos ajenos. Dicho prototipo es el del orgulloso: un ser cuya propia percepción está enaltecida, endiosada y distorsionada. En psicología, podríamos relacionar este rol con el trastorno de la personalidad narcisista.

El punto de equilibrio entre las dos actitudes viciosas es la modestia, entendida como una actitud humilde y sensata mediante la cual el sujeto pueda identificar tanto sus fortalezas como sus debilidades. Un hombre modesto posee la capacidad de reconocer sus proezas, así como de reconocer sus limitaciones y trabajar por mejorarlas. 

Por supuesto, hay muchas más virtudes a mencionar:

El término medio entre el secretismo (d) y la locuacidad (e) es la honestidad.

El término medio entre el aburrimiento (d) y la bufonería (e) es el carisma.

El término medio entre la bajeza del alma (d) y la vanidad (e) es la magnanimidad.

Dicho esto, ¿existe alguna virtud que destaque por encima de las demás? ¿alguna cualidad suprema de la que todo ser humano no ha de prescindir? En efecto. Pero, para tu sorpresa, no es ninguna de las anteriores. La virtud que unifica y ordena al resto la desarrollaré en un artículo aparte.



Jamás olviden: todo es bueno… Hasta que nos pasamos.  

En ocasiones, identificar el término medio no es tarea sencilla. Aristóteles desmiente que el punto de equilibrio entre los dos extremos se encuentre justo en la mitad de los mismos. Ten en cuenta que tanto las personas como las circunstancias se encuentran en constante cambio. Algunas veces, la respuesta virtuosa se halla cerca de la media aritmética; otras tantas, se acerca más a uno de los dos extremos (sin llegar a ellos, claro está).

Sacar un poquito de orgullo al entrar en la fase final de un entrenamiento.

Realizar un cumplido un tanto exagerado en el cumpleaños de un buen amigo.

Concederse un capricho tras haber completado con éxito un proyecto importante.

Estos ejemplos y muchos más nos muestran que hay cierto margen de maniobra a la hora de actuar virtuosamente. De hecho, algunos autores han optado por sustituir la expresión término medio por término óptimo. A propósito de esto último, ¿sabéis cómo se llama la virtud que nos permite hallar el término óptimo en diferentes situaciones? La prudencia. Como de costumbre, me gustaría finalizar el discurso comprimiendo todo el contenido de este discurso en menos de treinta segundos: “la virtud ética se caracteriza por una serie de hábitos, cualidades y creencias (a) mantenidos en el tiempo, (b) consistentes entre sí, (c) ejercidos de forma voluntaria, (d) orientados al bien y la justicia y (e) en moderación con respecto a dos o más vicios extremos. De ser así, el alma humana quedaría alineada con el intelecto, acercando al individuo hacia la excelencia o areté, cuya consecuencia  fundamental es el estado eudaimónico, es decir, la felicidad”.

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