Los 10 mandamientos indispensables del estoicismo

Estoicismo: 10 mandamientos indispensables.

La falta de espiritualidad latente en el mundo contemporáneo ha colocado al ser humano en una situación de indefensión absoluta. Trabajamos por trabajar, opinamos por opinar, caminamos por caminar y, lo más grave de todo, pensamos por pensar. Déjame advertirte de que no es valiente quien se desprende de un código ético sin más justificación que su ciega intuición, sino quien es capaz de construir un conjunto de reglas, principios, valores, creencias y patrones de comportamiento que le otorgue sentido a su caminar.

Yo fui el primer iluso que se dejó llevar por el viento. Aún recuerdo mis errores pasados.

Tras abandonar el teocentrismo, mi vacío moral y espiritual me condujo a la más profunda desgracia. Ya no tenía seguridad en nada ni en nadie. No sabía quién me había colocado en este mundo, por qué lo hizo y qué esperaba de mí. Pero resurgí; y no porque volviera a Dios, sino porque descubrí un modus vivendi que repararía mi propósito de vida y el de miles de personas: el estoicismo. Así pues, la necesidad de poner los puntos sobre las íes era demasiado imperante como para ignorarla. Era hora de elaborar diez nuevas máximas para mi nueva “religión”, y hoy es el día en el que las comparto contigo.

 

1. Memento mori.

Después de cada triunfo del Imperio Romano, la mayoría del pueblo dirigía su mirada al victorioso general que marcharía al frente de su poderoso ejército; reconocimiento, honor, gloria y prestigio: ¿qué más se podría pedir? Sin embargo, tras el elitismo social se hallaba la tímida voz de un ayudante anónimo, desconocido e ignorado por la masa popular que, en mitad del eufórico bullicio, le susurró al comandante: “recuerda, tú también morirás”.

Ante dicha aserción, el comandante parafraseó una frase de un tal Lucio Anneo Séneca que corría por la ciudad: “Vivamos como si hubiera llegado el final de nuestras vidas”.

estoicismo mandamientos

A pesar de su amarga apariencia, son recordatorios como este los que uno necesita más a menudo, no sólo en momentos de celebración, sino en la más absoluta desesperación. Sí, consumimos cada ápice de nuestra existencia ignorando el más obvio de los pensamientos por completo y, para colmo, hacemos todo lo posible para fingir que no es cierto. Muy a menudo, nuestro ego rehúye de cualquier objeto – ya sea concreto o abstracto – que nos haga entrever que la realidad externa está en disputa con nuestra narrativa interna. 

“¡Recordad, vamos a morir todos!”, dijo el hombre más sabio de la comarca, puesto que él hizo justo lo contrario que el resto de los hombres: escuchar a sus miedos. Decía Marco Aurelio: “que el simple hecho de que puedes dejar de existir ya mismo determine lo que piensas, lo que dices y lo que haces”. “Memento mori” consiste en reflexionar y meditar sobre la vida misma, pues es, en última instancia, lo que le otorga significado, prioridad y perspectiva. Es entonces cuando el tiempo se convertirá en un regalo, un tesoro. No lo desperdicien. Es el único objeto con el que merece la pena ser codicioso.

2. Amor fati.

Una vez impregnada la conciencia de muerte, es hora de volver a la vida. Empezamos el recorrido por la calle de la Saburra, el tramo más popular de la antigua Roma donde todo tipo de oficios minoristas abundaban: orfebres, herreros, alfareros, muebleros, tintoreros, curtidores, barberos… Entre todos ellos, se encontraba un hombre con alma de artista que se dedicaba a fabricar y vender espejos de todas las formas y tamaños. Mientras algunos de ellos respetaban el contorno original de los clientes, otros fueron diseñados con fines caricaturescos, distorsionando así la imagen de quienes en ellos se veían reflejados.

La vida del comerciante no era nada fácil, pues del rendimiento de su actividad económica dependía si en casa se comía bien o se pasaba hambre. Mucha hambre. Con todo, nuestro protagonista era perfectamente conocedor de los potenciales riesgos de su actividad. La creencia que le levantaba cada mañana era muy sencilla: “esto es lo mío. Ha de ser así, y no de otra forma”. Su responsabilidad para con el devenir de las cosas, que estaba fijado de antemano al uso determinista, era imposible de entender para sus conocidos. “¿Cómo puedes pensar que todo lo que te pasa, te pasa por una razón concreta?”, le reprochaban.



Para el artesano medio, su epopeya emprendedora finalizaría ahí. No obstante, cuando un estoico tiene claro cuál es su camino y sabe disfrutar del proceso, es tan sólo cuestión de tiempo que se acabe enamorando perdidamente del orden de los acontecimientos que acaecen en su vida. Un día cualquiera, un niño entró en la tienda y le preguntó su creador: “¿por qué le gusta tanto crear espejos?”. Su respuesta no podía ser otra: “Amor fati. Es el destino quien me ha dado la misión. No fue casual, sino causal la relación. Nadie crea espejos con tanta locura y pasión. Sólo espero que, cuando alguien se mire en ellos, se vean tan bien como me veo yo”.

 

3. Fateri errata.

Zenón de Citio menciona en “La República”: “es necesario que las personas forjen una verdadera autoestima, comenzando por desarrollar la capacidad de hacer autocrítica”. Con frecuencia, el hombre tiende a sobreestimar sus virtudes y subestimar sus defectos, así como a sobreestimar los defectos y subestimar las virtudes de otras personas. Una de las habilidades más útiles que uno puede cultivar es aprender a juzgarse con precisión y honestidad. Mirar hacia dentro para discernir en qué destacamos, en qué podemos mejorar y en qué debemos mejorar facilitará enormemente que desbloquees tu potencial humano.

 

Hay quienes se resisten a la idea de la autoevaluación porque temen que pueda significar autodegradación. Una cosa no tiene nada que ver con la otra: identificar y pulir las propias limitaciones no implica denigrar nuestra persona con acusaciones baratas y malos juicios, sino que reconocer el error es el camino más rápido hacia la mejora constante incremental.

Como bien indica Epicteto: “así como un racimo de uvas o un higo, la excelencia no nace de la nada. A los que desean un higo, les diré que tengan paciencia: primero deben dejar que la higuera florezca, regarla, y luego esperar a que dé sus frutos y madure”.

 

4. Infortunii viventem.

No es ningún secreto que Séneca gozaba de una gran riqueza como asesor del emperador Nerón. Lo cierto es que tenía carta blanca para adquirir todo tipo de lujos extravagantes y caprichos hedónicos. Empero, el permiso no es equivalente a la voluntad, y el romano no era ninguna excepción. Lejos de despilfarrar sus recursos económicos en lo mundano y superfluo, su gran diligencia le permitió adoptar una mentalidad de preparación contra el principal enemigo del hombre: la desgracia.

Con gran adecuación, Séneca le advirtió a Nerón: “es en tiempos de seguridad cuando el espíritu debe prepararse para los futuros contratiempos. Uno ha de aprovechar aquellos momentos en los que la diosa fortuna le sonría, pues un día sonríe y otro castiga. Quienes no se hayan fortalecido mientras podían sufrirán las consecuencias de sus berrinches”.

Su consejo era reservar cierta cantidad de días cada mes para practicar la pobreza: pasar hambre, usar malos ropajes y trabajar de sol a sol. En definitiva, infortunii viventem.

 

El confort es la peor esclavitud a la que el hombre está expuesto, ya que se condiciona de forma inexorable al miedo de que algo o alguien se lo arrebate. Y, si hay algo seguro en esta vida, es que cada golpe de fortuna será contrarrestado por otro de desgracia; nadie sabe cuándo ni cómo, pero sí que la desgracia terminará por manifestarse. Por ello, en aras de rechazar el cálido manto de la comodidad, uno debe adoptar la frugalidad como hábito, vivir sólo con lo justo y necesario, prepararse para la dificultad y concienciarse de que los buenos y los malos momentos son tan pasajeros como la vida misma.  

 

5. Apatheia.

En relación con el anterior mandamiento, Zenón de Citio nos habla de la siguiente manera con respecto a la sobriedad: “la tranquilidad del ánimo ha de ser alcanzada mediante la ecuanimidad ante el placer y ante el dolor. El hombre controla el mundo cuando logra controlarse a sí mismo”. Es así como introduce el concepto de apatheia, que consiste en un estado mental en el que persona está libre de alteraciones emocionales. Consciente de las posibles tergiversaciones de esta máxima, Zenón advierte: “apatheia no equivale a apatía, puesto que lo segundo consiste en la anulación absoluta de la emoción.”. Nótese que no estamos hablando de la indiferencia ante el placer y el dolor (o la metriopatheia), sino de ecuanimidad. En psicología contemporánea, el concepto de apatheia se traduciría como inteligencia intrapersonal, mientras que metriopatheia, como apatía.



Los detractores del estoicismo malinterpretan este principio, creyendo que la apatheia se caracteriza por la ausencia de emociones tanto positivas como negativas. Nada más lejos de la realidad, adoptar una actitud de indiferencia ante las pasiones coloca al sujeto en un estado de desapego de la realidad, lo cual conduce inexorablemente al caos. Mi definición de un sabio estoico es aquel que transforma el miedo en prudencia, el error en iniciación, el dolor en metamorfosis, la ira en motivación, la incertidumbre en curiosidad y el deseo en empresa. No anulamos las emociones: las identificamos, entendemos y gestionamos.

La volatilidad emocional debe ajustarse acorde a la volatilidad de los eventos extrínsecos. Puesto en palabras más sencillas, dado que el caos reinante en la naturaleza trae consigo celebraciones y disgustos sin previo aviso ni permiso, la mejor estrategia a largo plazo es controlar la euforia desenfrenada en momentos de esplendor y, al mismo tiempo, limitar la melancolía en momentos de angustia. Bien lo venía advirtiendo Aristóteles: “la virtud se encuentra en el punto medio entre los excesos y las carencias de emoción”. Recuerda: apatheia es sobriedad, templanza y serenidad; metriopatheia, apatía e indiferencia.

 

6. Sympatheia.

En el libro sexto de “Meditaciones”, Marco Aurelio incide en la meditación como hábito esclarecedor y terapéutico para nuestra conciencia. Pero existe un ligero matiz al respecto: su forma de meditar poco tiene que ver con las técnicas vanguardistas, sino que más bien lo considera un acto de conexión e interdependencia íntima para con la materia universal. Esta es una concepción muy compartida por otros estoicos como Zenón de Citio: “pensar que somos distintos del prójimo es tan sólo una ilusión perceptiva de nuestra especie”.

Para él, todas las cosas están mutuamente entrelazadas y, por lo tanto, presentan afinidad, armonía y unicidad de manera inherente. El emperador lo resumía a la perfección con una simple analogía: “lo que es malo para la colmena, es malo para la abeja”. Puede que los nocivos efectos no sean tan directos e intuitivos a priori, pero no se dejen engañar por la deleznable materia: si el vecino sufre, usted sufre; cuando el mundo sufre, todos sufrimos. En definitiva, el ser humano libra una batalla constante porque todavía no se ha percatado de que forma parte de un único organismo. La solución es sencilla: simpatizar.

 

Y sí, este punto es el equivalente de la inteligencia interpersonal.

La palabra simpatía procede del griego “sympatheia”, que significa literalmente “sufrir juntos”. Uno es simpático cuando se sincroniza emocionalmente con otra persona, ya sea para compartir la alegría, el llanto o la libido. No sólo estamos hablando de la capacidad para comprender qué emoción está experimentando otra persona, sino también de igualar dicho estado emocional al nuestro. Los estoicos denominaban lo primero “empatía”, y lo segundo “solidaridad”; la psicología moderna, “empatía cognitiva” y “empatía afectiva”.

En cualquier caso, la idea está clara: el vecino también ama, desea, ríe, llora, sufre, gruñe, bosteza y muere. Toma las decisiones en base a sus cartas biológicas, sociales, culturales, medioambientales y estocásticas. Por ello, la concepción estoica de unidad absoluta no es más que una plegaria para velar tanto por el bien común como por el individual. El camino para lograrlo es aprender a escuchar, comprender y solidarizarnos con los demás. Al fin y al cabo, aunque no podamos entender su esencia, compartimos la misma sustancia.   

 

7. Comprehendo adventu.

Platón afirmaba con entereza: “siempre que se desee entablar una conversación con una persona, es menester adoptar una vista panorámica desde arriba”.

Marco Aurelio recogió los escritos de Platón y profundizó aún más en la vista panorámica a la que el griego se refería: “adoptar una vista de pájaro nos permite ver todo a la vez:

ejércitos, comercios, banquetes, ceremonias, nacimientos y muertes, ruidosos tribunales y silenciosos arenales… Diferentes personas y elementos entremezclados y organizados en una absurda combinación de opuestos”. Es aquí cuando el romano alude al concepto de sympatheia para dotar de sentido global al cosmos. Recuerda: todo está interconectado.

Los 10 mandamientos indispensables del estoicismo 1

La finalidad de este ejercicio es dar un paso atrás, disminuir el zoom y contemplar la vida desde un punto de vista infinitamente mayor al nuestro. Es entonces cuando uno es capaz de comprender lo tremendamente insignificante que es el ser humano, con sus problemas cotidianos, expectativas idílicas y amenidades pasajeras. Qué gran desfachatez concebirse como el centro de un universo que es capaz de erradicarnos con un simple soplo azaroso.

En palabras de Pierre Hadot: “tomar perspectiva cambia la valoración de las cosas por completo: lujuria, poder, honor, fama… Todo lo que conocemos se vuelve irrisorio”.

 

8. Neutrum moralis.

Admitir la propia insignificancia es el paso previo a una perla que esta filosofía esconde: la neutralidad moral. Nuevamente, no ha de sacarse este principio de contexto, ya que no se refiere a las acciones, sino a los eventos. Dicho de otro modo, nuestros actos sí son susceptibles de ser buenos o malos, pero las circunstancias externas y los eventos azarosos no tienen carga moral alguna. Al principio, interiorizar este punto puede resultar un tanto complicado: ¿cómo no va a ser malo el diagnóstico de una enfermedad crónica, la muerte de un ser querido o un desastre natural? No obstante, si lo piensas detenidamente, te darás cuenta de que la maldad per se no reside en el acontecer de la aleatoriedad.

Epicuro fue el primero en formalizar el siguiente precepto: “las cosas no son buenas o malas en sí, sino la manera en la que las interpretamos. Elige no ser dañado y no sentirás daño”. Supón que estás intentando ayudar a alguien que se rehúsa a cooperar contigo, no para de quejarse y cree que siempre tiene la razón. En lugar de un obstáculo desagradable que ha de ser eliminado, tienes ante ti una oportunidad de oro para pulir valores virtuosos como la paciencia, la tolerancia, la asertividad, la templanza y el respecto. Si eres capaz de extrapolar esta habilidad a todos los ámbitos de tu vida, has ganado la partida.



No podemos cambiar lo que ha pasado, pero sí nuestra perspectiva acerca de si lo que ha pasado nos conducirá a realizar buenas o malas acciones. La decisión de reinterpretar la realidad – que nada tiene que ver con alterarla, modificarla o maquillarla – te corresponde únicamente a ti. Por este motivo, la manera en la que entendemos lo que nos sucede tiene mucha más importancia que lo que nos sucede en sí. Marco Aurelio dejó para el recuerdo una frase extraordinaria: “el impedimento a la acción posibilita la acción. El obstáculo no es una piedra en el camino; es el propio camino”.

 

9. Phroairesis.

En su discurso de la tranquilidad, Epicteto enmarca a modo de consejo que los litigantes deberían tener en cuenta que, por mucho que hayan entrenado su capacidad de persuasión, no siempre serán capaces de convencer a jueces y senadores. La cuestión que aquí reside es: ¿hasta qué punto cambiar la opinión de otra persona es un factor depende de nosotros? Un buen estoico se encargará de pulir su discurso, reordenar sus argumentos y animar a los oyentes a reconsiderarlos en su soledad, pero jamás atribuir el hecho de ganar o perder al resultado del litigio.

Es precisamente en las acciones que recaen bajo nuestra área de influencia en las que uno debe enfocarse. Incluso si el destino final está en manos del juez, nadie le puede quitar al litigante el control sobre sus pensamientos, deseos y acciones. Si la gestión interna es lo suficientemente buena, no hay circunstancia alguna que tenga el potencial de erradicar su arsenal de creencias, valores y comportamientos. El universo y los dioses podrán decidir si el árbol del esfuerzo otorga sus frutos, pero jamás podrán privarte de plantar la semilla.

Los escritos de Cicerón exponen un ejemplo muy ilustrativo al respecto: un arquero puede practicar incontables horas al día, elegir el arco más robusto y la mejor flecha, mantener dichos utensilios y concentrarse hasta el segundo en el que dispara. ¿Qué sucede desde el instante en el que la flecha sale del arco? Aquí es donde finaliza el control: una ráfaga de viento podría desviar la trayectoria del disparo o el blanco podría moverse, especialmente si se trata de un soldado enemigo o un animal ágil.

 

Por este motivo, los estoicos consideran ridículo vincular la autoestima y la valía personal del arquero al hecho de que haya acertado o no; lo verdaderamente importante es lo que permanece bajo su área de control, es decir, lo que depende de él. Si algo no depende de ti, dedicar tu valioso tiempo en el lamento y el llanto carece de sentido práctico. Así pues, “prhoairesis” se puede sintetizar en esta joya de Epicteto: “si voy a morir, moriré cuando llegue el momento. Como me parece que aún no es la hora y tengo hambre, voy a comer”.

 

10. Circulus virtuoso.

Los discursos de Cicerón recogen una seria advertencia: “vigilen de cerca a aquellos amigos y familiares cuyo comportamiento esté ligado al vicio moral. En ocasiones, uno ha de elegir entre renunciar a la mala gente para progresar o conservarlos para sentirse amado. Empero, no hay peor negocio que la compra de un amor temporal que conduce inexorablemente al estancamiento permanente”. Soy consciente de que gran parte de la audiencia está dotada de unos altos niveles de empatía y humildad, motivo por el cual me preguntarán: “¿de verdad soportar los defectos de una persona es para tanto?”.

Como gran parte de las cuestiones éticas que nos plantea la vida, la respuesta es: depende. La tolerancia y la asertividad son herramientas indispensables en las relaciones humanas, y su carencia condena a muchos a la soledad más absoluta. Por supuesto que uno ha de aceptar las diferencias ajenas y, como bien se ha mencionado anteriormente, interpretarlas como un entrenamiento para llevar apaheia y sympatheia a la práctica. No obstante, como bien dijo Aristóteles, todo tiene sus límites. Y te puedo asegurar que lidiar con individuos faltos de respeto, bondad y consideración no es ninguna excepción.



Existen ciertas personas cuya presencia prolongada supone un coste emocional altísimo. Si te rodeas de gente malhumorada, perezosa y melancólica las veinticuatro horas del día, ¿cómo crees que acabarás tú? Séneca manifestó: “cargar de culpa moral a quienes optan por limitar influencias ajenas de carácter perjudicial es reflejo de ignorancia”. Y es que, cuando uno observa que alguien está contribuyendo negativamente a su crecimiento de forma continua y prevé que va a seguir lastrándole en el medio-largo plazo, lo mejor que puede hacer, tanto para el uno como para el otro, es limitar su presencia o decir adiós. No olviden las palabras de Goethe: “dime con quién andas y te diré quién eres”.

Es hora de englobar todos los conceptos expuestos conectando la terminología en griego y latín con títulos en castellano para que nunca te olvides de estos diez principios. Te voy a condensar años enteros de lectura en menos de treinta segundos:

  1. Memento mori à Conciencia de muerte
  2. Amor fati à Amor al destino
  3. Fateri errata à Admisión de errores
  4. Infortunii viventem à Vivencia de frugalidad
  5. Apatheia à Inteligencia intrapersonal
  6. Sympatheia à Inteligencia interpersonal
  7. Comprehendo adventu à Perspectiva integral
  8. Neutrum moralis à Neutralidad moral
  9. Prohairesis à Locus de control interno
  10. Circulus vitiosus à Círculo virtuoso

A partir de aquí, eres tú quien construye su propio camino. La evolución moral no consiste en borrar por completo tus antiguas máximas, sino someterlas a tela de juicio para decidir cuáles se quedan, cuáles se marchan y, por último, incluir nuevos principios. Parte de mi código ético, así como del tuyo, tiene notables influencias judeocristianas: pido perdón y perdono, trato a los demás como me gustaría que me tratasen a mí, no codicio los bienes ajenos y agradezco profundamente las cosas buenas que me brinda la vida. Ya va siendo hora de que tú también establezcas cuáles son tus reglas. Créeme, es lo único que nadie te podrá arrebatar, incluso si acabas perdiéndolo todo.

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