Epicureísmo: filosofía del placer y del dolor.

Vivimos en la sociedad del yo, más, aquí y ahora. Creemos que la respuesta correcta ante los múltiples contratiempos que la vida nos plantea es (a) velar únicamente por nuestros propios intereses, (b) acumular más bienes materiales, lujos extravagantes y experiencias exóticas y (c) obtener dichos obsequios con un simple chasquido de dedos. Como declara Friedrich Nietzsche: “los resquicios de una voluntad enferma se traducen en solapar su resentimiento con la gratificación inmediata”. Y vaya si tenía razón… ¿Desde cuándo le pareció buena idea al hombre malacostumbrar a un organismo diseñado para vivir en un entorno de escasez? Y más inquietante aún, ¿por qué nos empeñamos tanto en continuar otorgándole retribuciones injustificadas a sabiendas de su alta peligrosidad?

En efecto, incontables individuos buscan el consuelo en aquellas formas de evasión cuya recompensa sea efímera: entretenimiento para las masas, drogas socialmente aceptadas, relaciones de pareja tóxicas… No obstante, es tan sólo cuestión de tiempo que se acaben dando cuenta de la verdad: no existe cigarro, trago, película, atuendo o amante que les saque de su descontento vital. Jamás será suficiente; piden más y más del mismo veneno. Así pues, mi cometido a lo largo del presente artículo es proponer una solución efectiva ante tal problemática. De nuevo, viajaremos a la Antigua Grecia para comprender de lleno las bases éticas que conducen a la felicidad humana. ¿Estás preparado?

Epicureísmo ¿Qué es la felicidad para Epicuro?

Imagina que te encuentras en un exuberante vergel repleto de jugosas frutas y verduras. A lo largo del mismo, se pueden observar ilustres figuras que portan las mejores túnicas y mantienen agradables conversaciones acerca de ciencia, filosofía y arte. En una esquina, un juglar produce bellas y serenas armonías con su arpa, a la par que un profesor explica los fundamentos de la libre voluntad en el rincón opuesto. Maravillado por la tranquilidad del ambiente y la flora mediterránea, te diriges hacia la fuente central y, a continuación, un grupo de aprendices te invita a pasar tiempo con sus seres queridos. Sin necesidad de lujos, vicios y caprichos, te ves envuelto en un manantial de bienestar, júbilo y templanza tan inmenso que no puedes evitar decir: “esto sí que es vida”.

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Te doy la bienvenida al Jardín del Placer: un lugar donde antiguos maestros y estudiantes se congregarían en la búsqueda de calma, conocimiento y satisfacción vital. En concreto, este idílico emplazamiento sería lo más cercano al paraíso terrenal para el pensador griego del que tendrás la oportunidad de aprender hoy: Epicuro de Samos (341-270 a.C.). El epicureísmo es un sistema filosófico fundado alrededor del año 307 a.C. basado en sus enseñanzas éticas, políticas, jurídicas y científicas. A pesar de que surgió como un desafío al platonismo, su modo de pensamiento se convertiría posteriormente en el rival principal de la escuela estoica. He de recalcar que, durante los próximos minutos, me centraré sobre todo en la ética epicureana: el aspecto más constitutivo y pragmático de su filosofía. Así pues, ¿Cuáles son sus fundamentos? Y más importante aún, ¿Cómo podemos aplicarlos en nuestro día a día?

Para comenzar, Epicuro afirma que hay dos creencias autoimpuestas en la sociedad que constan como la causa primordial de la infelicidad en el ser humano a pesar de ser pura ficción y, para colmo, causan miedo, desesperación y ansiedad a quienes las adopten:

– Por un lado, la convicción de que los dioses nos castigarán por nuestras malas acciones. Si bien sí afirma la existencia de diversos dioses, su concepción es muy similar al taoísmo de Lao Tse: los dioses son perfectos, divinos y poderosos, pero no se preocupan lo más mínimo por los asuntos del ser humano. En consecuencia, no debemos temer ninguno de sus castigos, ni mucho menos dedicar incontables horas a rituales de adoración y súplica.

– Por otro lado, la convicción de que hemos de temer a la muerte. Pero ésta tampoco posee sentido práctico: “la muerte es insignificante. Cuando nosotros existimos, la muerte no; y, cuando la muerte existe, nosotros no. Una vez que la experiencia sensible llegue a su fin, no habrá sensación de placer, ni tampoco de dolor. El miedo a la muerte surge de la falsa sensación de que en la muerte hay conciencia”. Ahora piensa en la ingente cantidad de religiones que se han aprovechado de estos dos dogmas en aras de expandirse.

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Pero dejémonos de rodeos y vayamos directos al grano… ¿Qué hay de la felicidad? Epicuro está de acuerdo con Aristóteles en que la felicidad es el fin último de la vida, así como la mayor bendición que un ser humano puede experimentar. Sin embargo, también existen visibles diferencias entre ambos autores: mientras la escuela aristotélica se centra en el puro ejercicio de la razón en pos de alcanzar dicho fin, el epicureísmo propone otra vía distinta: la búsqueda del placer y, por encima de todo, la evitación del dolor. Esta es la máxima en la que se basa el mapa conceptual del samio, quien declara lo siguiente: “el placer es el alfa y omega de una vida próspera y constituye el punto de partida de cada elección que tomamos o rechazamos en ella, ya que tendemos a juzgar las cosas como buenas o malas en función de la sensación que éstas produzcan en nosotros”. 

No obstante, la persecución del placer no es tan sencilla como parece. De hecho, muchas veces es un proceso sumamente contraintuitivo, tramposo y confuso. Presta atención a la siguiente cita: “cuando decimos que el placer es el fin y objetivo último del hombre, no nos referimos a los derroches del pródigo ni a la complacencia de la sensualidad, como algunos detractores exponen de forma ignorante, prejuiciosa y tergiversada. Por placer se entiende (a) la ausencia de dolor físico y (b) de perturbación mental. Nada tiene que ver con una sucesión ininterrumpida de lujosas ceremonias, bulliciosos eventos, copiosas comidas, desenfrenadas borracheras o promiscuidad sexual. Más bien, el placer consiste en el uso del razonamiento sobrio, la búsqueda de los fundamentos de cada elección que tomamos o evitamos y el destierro de aquellas creencias que corrompen nuestra alma”.

Es por esto por lo que refugiarse en mantras propagandísticos como “sigue tu corazón”, “haz lo que te haga sentir bien” o “rehúye del dolor” conduce inexorablemente al más puro calvario. La excusa de “hacer esto me gusta y, por lo tanto, debo seguir haciéndolo” no es más que una negación rotunda de los principios epicúreos del bienestar y la virtud, pues que disfrutemos de algo no es sinónimo de que nos beneficie. Conforme avancemos en el discurso, descubrirás que es mucho más inteligente eludir el dolor por prudencia que buscar el placer por impaciencia. En aras de conocer en profundidad qué placeres han de ser perseguidos y cuáles no, el maestro establece una distinción entre dos tipos de placeres atendiendo a su origen: Mientras los placeres corporales involucran sensaciones agradables de nuestro cuerpo en un momento concreto – tales como la saciedad al término de una comida, el orgasmo en un encuentro sexual intenso o el confort de estar al aire libre tomando el sol -, los placeres mentales recogen procesos cognitivos y estados emocionales que pueden ser producto de una experiencia pasada – como un recuerdo amargo de la infancia que provoca repulsión o la alegría tras haber cumplido una meta – o una expectativa futura – como el miedo a la muerte o la ansiedad al saber que los dioses nos podrían castigar por nuestros errores -.



Epicuro considera a los placeres mentales superiores a los corporales, pues persisten más allá del momento presente gracias a la memoria (en eventos pasados) y a la imaginación (en eventos futuros). Empero, esto no implica que todo placer corporal sea estrictamente pernicioso, sino que los mentales tienen más relevancia dentro del cómputo total. En otras palabras, en esta vida hay placeres corporales buenos, placeres corporales malos, placeres mentales buenos y placeres mentales malos. Por interpretación a sensu contrario, existen también dolores corporales y mentales tanto buenos como malos, lo cual nos lleva a una conclusión de suma importancia: ni el placer es siempre deseable, ni el dolor es siempre repudiable. Así como no todo placer debe ser perseguido, no todo dolor debe ser evitado. En su lugar, el individuo epicúreo ha de llevar a cabo el denominado cálculo hedonista: un proceso mediante el cual emplea la sabiduría, el intelecto y la razón para proyectar el impacto de dichos placeres y dolores en el corto, medio y largo plazo. De este modo, uno maximizará su satisfacción neta como sujeto pensante, es decir, su felicidad.

El pensador griego resume este proceso en la siguiente cita: “la paradoja que esconde el placer es fascinante: es precisamente el hecho de que sea el objeto último de la existencia humana lo que nos incita a rechazarlo en ocasiones puntuales. Yerran los hombres que, desde su ciego atrevimiento, incurren en placeres que acaban originando más molestias en ellos, así como los que pasan por alto dolores que traen como consecuencia un mayor placer en el sentido global. Por tanto, no todo placer debe ser elegido, ni todo dolor debe ser rechazado. La única forma de tomar la decisión correcta es fijarse en los beneficios y en las inconveniencias que éstos emanan con especial precaución, pues no es extraño que el mal se disfrace de bien y el bien se disfrace de mal”.

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A continuación, procederé a ilustrar este punto con unos cuantos ejemplos:

– La embriaguez es un placer corporal que ha de ser evitado a toda costa. Al proceder con el cálculo hedonista, podemos observar que el placer que proporciona el alcohol aumenta drásticamente a muy corto plazo. Cada consumo provoca que nos olvidemos de nuestros problemas, socialicemos con facilidad y disfrutemos del momento. Cabría pensar que se trata de un hábito deseable, pero esta conclusión no es más que un engaño: todos somos conscientes de que sus efectos positivos son de carácter temporal, de que su intensidad se va reduciendo con cada nueva ingesta y, por si fuera poco, que el sufrimiento al no tomar es cada vez mayor. El resultado a medio-largo plazo es una satisfacción neta negativa. La bebida no es más que un deleite efímero, fugaz y nocivo que traerá más dolor que placer.

– La soledad es un dolor mental que debería ser adoptado en justa moderación. Siguiendo exactamente el mismo esquema de antes y suponiendo que sus dosis no sean extremas, el tiempo con uno mismo puede provocar bastante disconformidad en quienes no lo hayan ejercido de forma tan asidua, llegando incluso a disfrazarse de una sensación muy amarga. ¿Y qué sucede a medida que uno va encontrándose a sí mismo mediante la realización de sus ambiciones, proyectos y metas? Pues lo inevitable: el placer de concebirse dentro del camino correcto, sumado al creciente anhelo de conocimiento y la imperturbabilidad del estado de ánimo engendrarán una cascada de gratas impresiones sensibles.

Del mismo modo, existen dolores corporales favorables (como el cansancio durante una larga sesión de entrenamiento), así como placeres mentales favorables (como la ausencia de miedo ante la vida), dolores corporales desfavorables (como la aflicción que provoca una enfermedad crónica) o dolores mentales desfavorables (la decepción tras no obedecer a nuestro intelecto y caer en la tentación). A fin de cuentas, es esta la razón por la que el filósofo coloca a la sabiduría como la mayor de las virtudes: es el juez imparcial que mide las cosas tales como son, el ojo que todo lo ve, el árbitro más justo que existe… Esa voz que nos susurra al oído: “eh, sería mejor que hicieras esto en lugar de aquello otro”.



De acuerdo, hay ocasiones en las que discernir qué hábitos son una fuente de bienestar y cuáles son un catalizador del malestar es bastante intuitivo. Pero otras, no. Es conveniente acudir a uno de los escritos de Epicuro para encontrar otras pistas más allá de un simple descuento del binomio placer-dolor: la Carta a Meneceo. Si te das cuenta, los placeres y los dolores que uno ha de buscar poseen dos rasgos fundamentales…

  1. Su permanencia es estática.

Atendiendo a la continuidad de su estancia, un placer puede ser kinético o katastemático.  Los placeres kinéticos (o dinámicos) implican la persecución ininterrumpida de un deseo (verbigracia, comer al sentir hambre, fumar al sentir mono o mantener relaciones sexuales al sentir excitación). El problema que albergan este tipo de placeres es que, a menos que sean estrictamente necesarios, nos convierten en esclavos: hay que estar constantemente detrás de ellos para poder percibirlos una y otra vez… Es tan sólo cuestión de tiempo que nos acaben atrapando en un círculo vicioso del que es cada vez más difícil liberarse. Por el contrario, los placeres katastemáticos (o estáticos) no vienen ni van; su volatilidad es mucho más reducida. Simplemente, están presentes o ausentes (verbigracia, la realización profesional, la gratitud vital, la tranquilidad del alma o la ausencia de temor metafísico).

Siguiendo al filósofo cirenaico Aristipo, Epicuro llegó a la conclusión de que el bienestar ulterior se alcanza en la modestia, la serenidad y la sostenibilidad del ánimo. Es por esto por lo que los placeres que el hombre ha de adoptar deben ser únicamente katastemáticos, es decir, permanentes e inamovibles. Conectando este punto con el anterior, el pensador de Samos describe al estado corporal óptimo como aponia (esto es, la ausencia absoluta de dolores físicos) y al estado mental óptimo como ataraxia (esto es, la ausencia absoluta de perturbaciones mentales). La combinación de estos dos placeres – aponia y ataraxia – constituye la felicidad humana en su máxima expresión.

Epicureísmo: filosofía del placer y del dolor. 1

El maestro nos deleita con esta joya: “dado que estar libres del dolor y el miedo es el fin más noble que uno puede alcanzar, hemos de rehusarnos a realizar todo acto de carácter kinético. El que es independiente de lo externo y busca la felicidad en las pequeñas cosas de la vida jamás será decepcionado. De lo contrario, si uno va en busca de lo instantáneo y efímero, (a) se inquietará cuando no lo tenga, (b) se frustrará tan pronto como lo pierda y (c) necesitará cada vez más de la misma sustancia para sentirse igualmente satisfecho. Nada es suficiente para el que suficiente es demasiado pequeño”.

Nótese que dicho estado físico y mental no consiste en experimentar placer eterno, alegría perpetua o gozo incesante, sino más bien en evitar el polo opuesto: el dolor. Protegerse contra la aflicción corporal y la tortura mental es la mejor estrategia correcta a largo plazo. Qué bella ironía que, en pos de optimizar nuestra satisfacción neta agregada, debamos situar el foco en no incurrir en aquellas acciones que la minimizan en vez de apresurarnos hacia ciertos placeres sin cesar. ¿Te suena esto de algo? En efecto, es una descripción casi calcada del concepto budista de nirvana: buscar la paz interior evitando las fluctuaciones emocionales bruscas y los deseos impuros.

  1. Provienen de un deseo natural.

Es menester asimilar que todo placer proviene de un deseo. Puesto en palabras más llanas, si el placer es el acto, el deseo es la potencia. En última instancia, nuestros anhelos constan como el nutrimento, el combustible, el carburante de lo que nos resulta atractivo y lo que no. He aquí el gran secreto del epicureísmo: si uno aprende a dominar lo que desea, sabrá hacerse responsable de lo que disfruta y lo que detesta. Ahora bien, ¿es esto posible? Si bien el maestro no especifica cómo controlar nuestras pulsiones, su pensamiento es de gran ayuda en tanto en cuanto nos permite gestionar eficientemente nuestra operativa.

En este sentido, el sabio de Samos identifica tres tipos de deseos: antinaturales, naturales prescindibles y naturales imprescindibles. Con respecto a los deseos antinaturales (tales como la fama, el poder o la riqueza), el filósofo muestra un rechazo absoluto, puesto que retroalimentan la vanidad, el egocentrismo y la frustración y son demasiado difíciles de lograr, mantener y gozar para que merezca la pena ir en su busca y captura. Más tarde, el pensador incide en los deseos naturales prescindibles (tales como la libido, la gula o el acomodamiento), describiéndolos como impostores disfrazados de necesidades básicas. En efecto, el sexo, la comida y el descanso son necesarios, ¿pero quiere esto decir que su uso ilimitado e irresponsable no acarree nefastas consecuencias? En absoluto.



Por último, Epicuro coloca a los deseos naturales imprescindibles (tales como el hambre, la amistad, el conocimiento o la libertad) como impulsos puros, virtuosos y beneficiosos para alcanzar la felicidad. En concreto, todo placer natural ha de cumplir una de estas tres funcionalidades: (a) es necesario para la supervivencia, (b) evita un sufrimiento mayor o (c) contribuye al bienestar en el largo plazo. Por ejemplo, el deseo de beber agua satisface las dos primeras condiciones, mientras que el de liberarse de la ansiedad, las dos últimas. En definitiva, los placeres antinaturales deben ser eliminados; los naturales prescindibles, limitados; y, los naturales imprescindibles, adquiridos.

El maestro dijo: “no hay nada más perjudicial que infravalorar lo que uno tiene deseando lo que no tiene. Conviene recordar que lo que se encuentra bajo nuestra posesión fue un  objeto de deseo en el pasado. Por ello, la abundancia no se constituye por lo que tenemos, sino por lo que somos capaces de apreciar. Si quieren hacer feliz a un hombre, no añadan más a sus pertenencias y vivencias; más bien, incítenlo a desear menos y mejor”.  Me gustaría finalizar este artículo con una pequeña reflexión: ¿Qué sucedería si aplicáramos los principios epicúreos al tiempo presente? Parece mentira que, incluso con todas las herramientas y facilidades que se encuentran a nuestra disposición, haya cientos de personas que pican sin cesar en las mismas trampas. Por supuesto, el que desconoce si un acto concreto es bueno o malo para su bienestar o, directamente, no muestra un ápice de interés por este tipo de cuestiones, está condenado a una crudeza sin precedentes. Pero el hecho de saber si algo es bueno o malo para nosotros tampoco es un perfecto salvavidas de la felicidad humana. Para que veas a lo que me refiero, piensa en lo siguiente: ¿Cuántas personas fuman a pesar de que saben que es malo para su salud, llegando incluso a leerse manuales enteros al respecto y a odiar profundamente su faceta como fumador?

Epicureísmo: filosofía del placer y del dolor. 2

Al final, proceder al cálculo hedónico para filtrar ciertos hábitos perjudiciales, así como iniciar la búsqueda hacia los placeres katastemáticos y naturales no deja de ser un sistema para trasladar al plano consciente qué prácticas nos acercan a la dicha y cuáles nos alejan de ella; para saber qué hacer y qué no, a fin de cuentas. Fumar es gratificación instantánea, kinética y antinatural, ¿pero cómo puede uno dejarlo? ¿comprendes ahora la lógica del asunto? Sin embargo, mi intención con esta crítica no es derrocar, invalidar o tumbar los fundamentos del epicureísmo, sino justo al revés: la toma de conciencia sobre si un placer es conveniente o no en base al daño que provoca a corto, medio y largo plazo ya es mucho. ¿Y sabes por qué? Porque el simple hecho de ser conscientes de la idoneidad de las cosas tiene el potencial de magnificar o reducir nuestro deseo por las mismas.

La victoria está a medio camino, señores.

Hasta que la neurociencia no ponga los puntos sobre las íes en cuanto al origen de nuestros deseos y el dilema de la libre voluntad sea resuelto, tendremos que conformarnos con las estrategias que se encuentran en nuestro arsenal. Establecer un porqué sólido para mejorar nuestra vida es un buen comienzo; comprender las bases psicológicas del autocontrol, así como la estructura neurológica de los hábitos sería una buena continuación; y desarrollar un método para identificar, transformar, utilizar o contemplar tanto las emociones propias como las ajenas sería el culmen de un agente que ha alcanzado la madurez. Y, ante todo, jamás olviden: la desgracia del sabio es mejor que la prosperidad del necio.

Fiel a su filosofía, Epicuro nos dejó un testimonio para el recuerdo pocos días antes de su despedida. A pesar de haber fallecido por cálculo renal, una de las causas de muerte más dolorosas que existen, sus últimas palabras recogidas en la Carta a Idomeneo estuvieron a la altura de la situación: “te escribo esta carta en un feliz día para mí, siendo también el último. Poca violencia se puede agregar a mi sufrimiento corporal, debido que he sido atacado por una dolorosa disentería que me impide orinar. Pero la alegría de mi mente, que proviene del recuerdo de toda mi contemplación filosófica, contrarresta todas estas aflicciones. Te ruego que cuides de los hijos de Metrodoro con la misma dignidad con la que el buen hombre ha mostrado devoción por mi pensamiento”.

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