Amor Fati: ¿existe el destino?

Friedrich Nietzsche pronunció en sus escritos: “mi fórmula para expresar la grandeza en el hombre se reduce al deseo de que nada sea distinto con respecto a lo que es o ha sido; ni en el pasado, ni en el futuro ni en la eternidad. No sólo hablo de soportar lo necesario, sino de no disimularlo e incluso amarlo con creces”. Probablemente, muy pocos captarán el significado inmanente a las palabras del filósofo alemán en su sentido íntegro. ¿Querrá insinuar que uno ha de dejarse arrastrar por la corriente como un avión de papel? ¿o más bien que es menester achacar el sufrimiento como parte del proceso vital? Como más de un oyente habrá podido constatar a lo largo de su travesía por este alocado lugar llamado mundo, la vida nos sorprende en múltiples ocasiones con inesperados contratiempos a los que reaccionamos como buenamente podemos; a veces mejor, y otras, peor. Pero ahora yo te pregunto: ¿existe acaso algo más pernicioso, insensato y estúpido que atribuirse la culpa sobre acciones, procesos y resultados que no dependen de nosotros? Ya conoces de sobra la respuesta. Así pues, mi cometido en el presente artículo es dilucidar en profundidad el anterior testamento de Nietzsche mediante un principio estoico que no te dejará indiferente. Te invito a acompañarme en un nuevo viaje hacia el conocimiento.

La naturaleza.

A pesar de que han sido numerosas las ocasiones en la que he mencionado el concepto de naturaleza al hablar de estoicismo, no he hecho suficiente hincapié en su significado. Al usar dicha palabra, los griegos no hacían referencia a lo que nosotros entendemos por ella desde un sentido moderno, esto es, al entorno natural (compuesto por cordilleras, bosques, ríos o animales salvajes) en contraposición al entorno artificial (compuesto por ciudades, máquinas o utensilios). Dentro del mundo helenístico, la naturaleza es un todo armonioso y causalmente relacionado, verbigracia, un universo físico en el que tanto materia como estados se encuentran vinculados mediante una complejísima serie de causas. Aristóteles y los estoicos coincidieron en que el universo es finito, es decir, la naturaleza consta como un continuo de carácter material, espacial y temporal. Puesto en palabras llanas: las cosas siempre pasan por algo. Pero la pregunta es: ¿Qué o quién es ese algo que las provoca?

 

Es a partir de este punto donde ambas concepciones divergen:

Por un lado, Aristóteles enfatiza en las sustancias y sus propiedades (también denominadas accidentes) para explicar el origen de las cosas, diferenciando así cuatro clases de causas

distintas: material, formal, motriz (o eficiente) y final. Para que lo entiendas mejor, piensa en una mesa… ¿Cuál crees tú que es la causa de esa mesa? Atendiendo a las definiciones:

  • La causa material se refiere a la esencia física del objeto, esto es, a su composición (i.e., la mesa está hecha de madera).
  • La causa formal se refiere a la esencia cualitativa de ese algo, es decir, a su forma, modelo o diseño (i.e., la mesa mide un metro de alto, es de color blanco, etc.).
  • La causa motriz informa del agente responsable del cambio (i.e., la mesa fue construida por un carpintero.
  • La causa final expone la meta u objetivo de algo (i.e., la mesa se fabricó para que la gente pudiera comer en ella.

Tanto para Aristóteles como para otros autores de la Antigua Grecia (Epicuro, Diógenes de Apolonia, etc.), la causa final (“para qué ocurre algo”) era la más importante en cuanto a la exposición de la filosofía práctica, aunque uno no debe olvidar que las cuatro causas son necesarias para la explicación completa del universo. Mientras las causas materiales y las formales son intrínsecas (hacen referencia al propio ser del objeto), las motrices y las finales son extrínsecas (hacen alusión al devenir del objeto).

amor fati estoicismo

Sin embargo, los estoicos no se complicaron tanto la vida (o, por lo menos, lo hicieron a su manera). En vez de las cuatro causas aristotélicas, se centraron en la constitución física de los cuerpos y su interacción, considerando la naturaleza no como una línea de causas finales, sino como una red causal increíblemente enrevesada. A pesar de que uno no sepa exactamente por qué las cosas suceden de una forma particular – y no de otra – y de que uno desconozca por qué un evento tiene lugar – y otro no acaece -, los estoicos afirman que ese mismo resultado no podía haber ocurrido de otra forma. Esto es lo que se conoce como determinismo cosmológico o fuerte: todo acontecimiento físico está determinado por la irrompible cadena causa-efecto y, por lo tanto, el estado actual (tn) del cosmos está condicionado por el estado pasado (tn-1) y dictamina el estado futuro (tn+m). A menos que dispongas de nociones básicas de filosofía, te sentirás un tanto frustrado al no comprender enteramente esta enredadera de palabras bizarras. Si es el caso, presta atención a la idea principal: según los estoicos, todo lo que ha pasado tenía que pasar tal como ha pasado y nuestras acciones responden a un plan fijado de antemano al que comúnmente llamamos destino (Fatum o Moira, en latín). En efecto, el destino existe.

Este logos cósmico es también denominado pneuma, aliento ígneo, ley natural, necesidad, naturaleza o dios. Llámalo como desees. Todos estos nombres hacen referencia a un poder cuya dinámica es invisible, incognoscible e inmensurable y que crea, unifica y mantiene unidas todas las cosas. El pneuma es una entidad fundamentalmente racional, un alma del mundo o mente ulterior que todo lo rige y de cuya ley nada ni nadie puede sustraerse. En ntérminos más sencillos, la naturaleza estoica recoge absolutamente todas las relaciones y los principios físicos que imperan el movimiento cósmico: un lápiz, un árbol, un templo, un planeta, un número, una emoción, una decisión, una persona… Por ende, acorde a los estándares modernos, los estoicos eran panteístas, ya que creían que una sola sustancia (el pneuma, la naturaleza o el logos universal) impregna el mundo e incide activamente sobre la materia (o hylé) para producir todo ser y acontecer. En consecuencia, sería muy estúpido pensar que nosotros, los seres humanos, no formamos parte de ese amplio tejido causal y que es posible alcanzar la excelencia sin alinearse con él. ¿Te suena esto de algo? En efecto, la descripción de la naturaleza (o physis) guarda gran similitud con respecto a los conceptos del Yin y el Yang y el Tao.




Ahora bien, esta teoría metafísica puede sonar un poco deprimente…

¿Significa esto que no hay nada que podamos hacer para cambiar las cosas?

¿Significa esto que tenemos que aceptar nuestra condena para siempre?

¿Significa esto que debemos resignarnos a un destino inevitable?

¿Significa esto que tomar acción ya no tiene sentido alguno?

Alto ahí, querido: te recuerdo que la escuela estoica es partidaria de tomar responsabilidad sobre nuestras elecciones, focalizar nuestra atención sólo en lo que depende de nosotros y perseguir la virtud ética con cada átomo de nuestro ser. No obstante, ¿Cómo es posible alcanzar la excelencia moral si nuestro futuro ya está sellado por el logos universal? Bajo el axioma del determinismo cosmológico, uno podría concluir que da igual lo que haga o deje de hacer para cambiar su vida o la de los demás, porque su historia ya está escrita en el corazón del universo. ¿Para qué esforzarse, entonces, si el destino es inapelable? Pues resulta que este testamento es una malinterpretación de la física estoica. A nivel macro-cósmico, la única causa es el pneuma o logos universal; pero, a nivel micro-cósmico, uno ha de buscar el origen dentro de las diferentes secciones del mismo logos. En este sentido, la mecánica de la naturaleza se puede descomponer en múltiples partes que se influencian las unas a las otras, y una de esas partes somos nosotros.

Piénsalo detenidamente: ¿Cuál es la causa de todo: la telaraña o el conjunto de sus zonas? Dependiendo de la valoración que llevemos a cabo, ambas respuestas serían admisibles.

Voy a ilustrar dicho argumento con un ejemplo: imagina que te encuentras con una mujer (u hombre) muy atractivo por la calle. Lo más probable es que dicha tesitura despierte en nosotros ciertos procesos que no podemos controlar. Uno de ellos sería la impresión de sorpresa, agitación o belleza que él o ella te provocará al pasar por delante. Tampoco sería factible regresar al pasado para cruzarte con ese individuo en circunstancias diferentes, evitarlo por completo ni modificar las bases de tu carácter. En definitiva, es prácticamente inevitable que esa persona te guste. Pero sí hay algo que se encuentra dentro de tu área de influencia: tu reacción; bien sea acercarte a iniciar una interacción o proseguir tu camino de forma alegre porque ya tienes pareja. La manera en la que empleamos nuestro intelecto para interpretar la situación depende, en última instancia, de la estructura mental interna.

amor fati

A pesar de que tu sino esté predispuesto por una cadena de causas y efectos, es necesario que seas libre (al menos, parcialmente) para que la telaraña se pueda hilar en su totalidad.

Vamos a retroceder de nuevo al lenguaje simplificado para que interiorices dicha idea: el hecho de que tú tengas la libertad de tomar decisiones utilizando tu razón para concatenar pensamientos también es parte del propio destino. Por ende, el ser humano no es libre en tanto en cuanto podría haber obrado de otra forma, sino porque su autonomía a la hora de deliberar y elegir también está determinada. Zenón de Citio ya expresó esta idea con un oxímoron que revolucionó el paradigma dentro de la cultura helenística y marcó tendencia en el estoicismo: “por muy contradictorio que parezca, estamos obligados a ser libres”.

Esta visión presenta ciertas similitudes con el cristianismo: Dios ya tiene un plan diseñado para ti; al ser omnipotente y omnipresente, Él ya es plenamente conocedor de los pecados que vas a cometer, las bienaventuranzas que vas a experimentar y los desafíos que vas a superar. Pero, al mismo tiempo, el creador concedió al hombre el libre albedrío, entendido como la capacidad para tomar sus propias decisiones y, de este modo, la libertad en aras de obrar conforme a su palabra o contra ella. Aunque Dios conoce el destino de cada ser humano, eso no le aparta de permitir que sean cada uno de sus hijos quienes tejan el hilo conductor del mismo. Independientemente de que seas religioso o no, estas dos máximas

– el destino existe y el hombre puede elegir – son perfectamente compatibles si aceptamos las bases ontológicas de la primera. Evidentemente, esta analogía no ha de tomarse al pie de la letra, pues el Dios cristiano no es igual al concepto “dios” panteísta del estoicismo, pero ya nos vale para compatibilizar el determinismo cosmológico con el libre albedrío.



Obviamente, los estoicos ya se dieron cuenta de que esa libertad no es absoluta. El mismo Zenón aclaró que el término “libre albedrío” tal y como es concebido en el cristianismo no es cien por ciento equivalente a la concepción estoica de libre voluntad. Salta a la vista en el ejemplo anterior que existen diversas influencias tanto externas (el hecho de que la chica se cruce de improviso en tu camino) como internas (el hecho de que tu carácter sea como es y te sientas atraído hacia ella) que, potencialmente, moldearían tu decisión. Por ese motivo, Epicteto diseñó lo que se conoce como dicotomía de control: “no hay nada tan necio como intentar dominar, alterar o eliminar lo que no depende de uno mismo. El hombre virtuoso es quien focaliza su atención hacia aquello en lo que sí puede incidir”.

Una vez que hemos interiorizado que, al estar todo absolutamente determinado (incluido nuestro destino), el azar es sólo un espejismo del ignorante, ahora nos toca tratar con una cuestión elemental: ¿por qué los estoicos deseaban vivir acorde al flujo la naturaleza? De nuevo, hallamos aquí otra semejanza con respecto a los taoístas. ¿Recordáis la metáfora del río? Uno puede nadar a contracorriente si es que así lo desea, pero sus esfuerzos serán inútiles porque la fuerza del agua es inconmensurablemente poderosa.

Amor Fati: ¿existe el destino? 1

Pues la interpretación de la escuela estoica es casi la misma: resistir los eventos exógenos es enfrentarse al inevitable curso de la naturaleza, es decir, a la physis o el logos universal.

Nada importa si uno está situado en el nacimiento, los meandros o la desembocadura: el cauce del río no va a cambiar. Habida cuenta de su inmutabilidad y majestuosidad, lo más astuto no es luchar contra el inevitable devenir de la naturaleza, sino abrazarlo y alinearse a él. En caso contrario, el sapiens estaría adoptando una postura inútil y agotadora, dadas las mayúsculas limitaciones y enorme falibilidad del entendimiento humano y su sesgada percepción de los sentidos. Quien no encuentre consuelo en el hecho de que el destino ya está sellado y la naturaleza nos mueve a su antojo no ha entendido los principios estoicos.

Es precisamente porque no sabemos (ni podemos saber) el orden particular de los futuros acontecimientos que la misión que nos concierne es dar lo mejor de nosotros mismos. El determinismo cosmológico no ha de conducirnos a la resignación, sino a la adaptación. 

Amor Fati.

Después de todo este entramado de términos raros y esquemas laberínticos, ya estás listo para comprender en su totalidad el significado de la frase de Nietzsche: “mi fórmula para expresar la grandeza en el hombre se reduce al deseo de que nada sea distinto con respecto a lo que es o ha sido; ni en el pasado, ni en el futuro ni en la eternidad. No sólo hablo de soportar lo necesario, sino de no disimularlo e incluso amarlo con creces”. Voilà! Ama al destino. O, como decían los estoicos, Amor Fati. El Fatum comprende todos los eventos sobre los que un individuo no tiene control; eventos que, como expuso Zenón de Citio, no recaen en la voluntad del hombre. Es por esto por lo que la verdadera sabiduría consiste en aceptar con ecuanimidad cada situación sobrevenida, ya sea compatible con nuestros deseos o causante de emociones desagradables. Atenerse desesperadamente a aquello que se sitúa fuera de nuestra zona de influencia y preocuparse por los asuntos que no dependen de nosotros es el más puro reflejo de ignorancia, puesto que nos condena al sufrimiento innecesariamente, compromete nuestra fuerza de voluntad y supone un derroche de valiosos recursos.

Cito al maestro Epicteto: “lo único que recae sobre la voluntad del hombre es su intención moral, esto es, el sentido o interpretación que le otorga a los acontecimientos. En cambio, lo que no depende de nosotros corresponde al eslabonamiento necesario de las causas y efectos, es decir, al propio destino, al curso de la naturaleza, a las acciones de los demás hombres. Son entonces indiferentes la vida y la muerte, las cuales son producto del logos universal. Hemos de aceptar de buena manera lo que el fado nos conceda. No procures que lo que sucede suceda como quieres, sino quiere que lo que sucede suceda como sucede. Así serás feliz”. A la postre, el bien moral y la virtud consisten en vivir de acuerdo a la razón evitando las pasiones (pathos), que no son sino desviaciones del intelecto. Así pues, el placer, el dolor y el temor pueden dominarse a través del autocontrol ejercitado por la razón, la impasibilidad (apátheia) y la imperturbabilidad (ataraxía). Éstas surgirán de la comprensión de que no hay bien ni mal en sí, ya que todo lo que ocurre es parte de un proyecto cósmico cuya dinámica jamás seremos capaces de comprehender. Tan sólo los ignorantes que desconocen el aliento ígneo se dejan arrastrar por sus pasiones. El ideal de sabio es aquel que vive conforme a la razón y está libre de las emociones viciosas. Es en ese momento donde habrá alcanzado la excelencia o areté.



Muchos recordaréis el vídeo donde expongo en detalle cuáles son los diez mandamientos del estoicismo. Me gustaría rescatar una vez más la historia que utilicé en aras de explicar el principio de Amor Fati, la cual comprenderás mucho mejor ahora, puesto que guardas en tu arsenal los conocimientos básicos para extraer la enseñanza que descansa en ella…

Recorramos la calle de la Saburra, el tramo más popular de la antigua Roma donde todo tipo de oficios minoristas abundaban: orfebres, herreros, alfareros, muebleros, tintoreros, curtidores, barberos… Entre todos ellos, se encontraba un hombre con alma de artista que se dedicaba a fabricar y vender espejos de todas las formas y tamaños. Mientras algunos de ellos respetaban el contorno original de los clientes, otros fueron diseñados con fines caricaturescos, distorsionando así las imágenes de quienes en ellos se veían reflejados.

La vida del comerciante no era nada fácil, pues del rendimiento de su actividad económica dependía si en casa se comía bien o se pasaba hambre. Mucha hambre. Con todo, nuestro protagonista era perfectamente conocedor de los potenciales riesgos de su actividad. La creencia que le levantaba cada mañana era muy sencilla: “esto es lo mío. Ha de ser así, y no de otra forma”. Su responsabilidad para con el devenir de las cosas, que estaba fijado de antemano al uso determinista, era imposible de entender para sus conocidos. “¿Cómo puedes pensar que todo lo que te pasa te pasa por una razón concreta?”, le reprochaban.

Amor Fati: ¿existe el destino? 2

Para el artesano medio, su epopeya emprendedora finalizaría ahí. No obstante, cuando un estoico tiene claro cuál es su camino y sabe disfrutar del proceso, es tan sólo cuestión de tiempo que se acabe enamorando perdidamente del orden de los acontecimientos que acaecen en su día a día. Una tarde cualquiera, un niño entró en la tienda y le preguntó su creador: “¿por qué le gusta tanto crear espejos?”. Su respuesta no podía ser otra: “Amor Fati… Es el destino quien me ha dado la misión. No fue casual, sino causal la relación. Nadie crea espejos con tanta locura y pasión. Sólo espero que, cuando alguien se mire en ellos, se vea tan bien como me veo yo”.

Me gustaría continuar con otro fragmento de Friedrich Nietzsche perteneciente a su obra El nacimiento de la tragedia, el cual es representativo de su perspectiva general de vida: Quiero aprender cada día a considerar como bello lo que de necesario tienen las cosas; así seré de los que las embellecen. Amor Fati… Sea este en adelante mi amor. No quiero hacer la guerra a la fealdad; tampoco quiero acusar, ni siquiera a los acusadores. ¡Que mi única negación sea apartar la mirada! ¡y, en todo y en lo más grande, yo sólo quiero llegar a ser algún día un afirmador!”. Con todo, los que hayáis leído al filósofo alemán tendréis una pequeña réplica al respecto; y con razón, pues los aforismos que dicho autor utiliza para manifestar su Amor Fati son muy distintos a los de Zenón de Citio, Cicerón o Séneca. De hecho, Nietzsche no se llevaba especialmente bien con los estoicos. En pos de comprender adecuadamente el porqué de su pensamiento, es de especial conveniencia interiorizar los conceptos de superhombre, voluntad de poder y eterno retorno.

Conclusión.

Por supuesto, hay una serie de objeciones que podríamos plantear: ¿Cómo sabe el estoico que la vida es determinista, es decir, que los eventos ocurren por pura necesidad y que el azar está fuera de la ecuación? ¿En qué basa el estoico la suposición de que, incluso si se acepta el determinismo fuerte, la secuencia causal tiene un propósito y, en suma, éste ha de ser uno beneficioso? Y más chocante aún, ¿no os resulta la versión compatibilista del destino con el libre albedrío una astuta negación del libre albedrío? Si el hecho de elegir es producto de nuestra estructura mental interna y ésta es el fruto de una concatenación despótica e inamovible de causas y efectos, ¿no es acaso la libertad una mera ilusión del hombre? Tardaría horas en desarrollar mis argumentos. Por ahora, voy a quitarte la intriga con una conclusión que la neurociencia parece apuntalar con creciente intensidad: la libre voluntad no existe. Créeme: de confirmarse tal hallazgo a lo largo del siglo XXI, las cosas tales y como las conocemos cambiarían por completo.



Con esto no quiero decir que el concepto Amor Fati carezca de utilidad práctica, sino todo lo contrario: soy fiel defensor de su precepto fundamental. Creo que aceptar buenamente el correr de las manecillas y el acontecer del cosmos es una actitud humilde e inteligente, sobre todo cuando nuestro poder sobre dichos eventos es poco más que nulo. Además, la directiva de amar el destino tiene mucho más que ofrecer aparte de una apología a evitar intentos inútiles (inclusive contraproducentes) por manejar aquellas circunstancias que se encuentren fuera de control a nuestro antojo. Si miramos más de cerca, podremos apreciar en Amor Fati una invitación a un desafío: hallar en los acontecimientos de nuestra vida, por muy adversos que sean, un significado que podamos afirmar e incluso agradecer con el paso del tiempo. De acuerdo, la existencia es singularmente cruenta en más ocasiones de las que uno querría. Es fácil hablar, pero difícil hacer; y lo último que quiero es pecar de apatía hacia quienes han de lidiar con auténticos infiernos. Eso sí, puedo asegurar con toda convicción de que, en su amplia mayoría, la magnitud de los contratiempos depende de la interpretación que les concedamos.

Amor Fati: ¿existe el destino? 3

Supongamos que te sucede algo adverso, algo que en ese momento considerarías «malo». Al principio, puede ser que el percance te eche para atrás. Sin embargo, una parte de ti se rehúsa a quedarse quieto y, acto seguido, decides ver el problema como una oportunidad para poner a prueba tu fuerza, coraje, disciplina y capacidad de recuperación. ¿Y cuál es el resultado de tal actitud? Siendo sincero, los efectos externos no siempre serán positivos. Eso sí, te garantizo que emergerás de la experiencia mucho más robusto, sabio y estable con respecto a tu yo precedente. Y será entonces cuando te preguntes: ¿de verdad fue tan malo el evento en sí, o más bien lo categoricé como tal? Después de todo, ¿quién no se ha lamentado por algún giro inesperado del destino sólo para mirar atrás tiempo después y ver el diamante en bruto que se camuflaba en el trozo de carbón? Como bien declaré en el corto-documental de la incertidumbre a través de la historia del caballo perdido: “no son pocas las veces en las que las maldiciones se disfrazan de bendiciones, y viceversa, las bendiciones se disfrazan de maldiciones”.

La práctica del Amor Fati pone de manifiesto la clave de la felicidad (o eudaimonia), al otorgarnos la capacidad para afrontar los múltiples desafíos que nos brinda la vida con la cabeza en alto y, en suma, dar la bienvenida a la muerte con ecuanimidad e indiferencia.

Amigos, el objeto de mi discurso no es que memoricéis los postulados metafísicos que he enunciado al pie de la letra, sino que cumpláis con el cometido de la filosofía acorde a los griegos: ser prácticos. Su modo de pensar ha de ser tomado como un ser vivo, una lámpara que ilumina nuestro sendero. Por consiguiente, su valor no radica en pruebas académicas o polémicas, sino en el grado de bienestar y excelencia que generamos en nuestras vidas.

Puedes ver el artículo en forma de vídeo aquí:


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