La valentía es para los que sí tienen miedo.

El significado de la valentía.

La vida es una aventura en estado puro: hemos de confrontarnos con todo tipo de peligros que no controlamos ni conocemos en absoluto y, en suma, no somos capaces de prevenir. En ocasiones, el miedo paraliza cada rincón de nuestra conciencia y la amargura consume el depósito de la vitalidad. Tras la marabunta de personas que se quedan en la retaguardia, hay quienes predican que debemos confrontar las dificultades sin temor. Su lema es: “el miedo es sinónimo de cobardía. Las grandes conquistas pertenecen a los que no sienten dolor alguno cuando fracasan. Es ahí cuando la victoria está cien por ciento asegurada”.

¿Quién te ha dicho que las empresas jamás quiebran?

¿Quién te ha dicho que las planificaciones jamás fallan?

¿Quién te ha dicho que las expectativas jamás se truncan?

Yo te respondo: el que no ha emprendido nunca, no ha planificado nada y no ha verificado si sus expectativas son realidad en potencia o sueños lúcidos sin ningún fundamento. Te han engañado como un bellaco. ¿Pero cómo no va a doler el fracaso?

 

El fracaso tiene un coste emocional altísimo. El sujeto se ve obligado a reconstruir parte de su identidad para con la coyuntura, así como a reordenar su psique interna. Sólo tres tipos de personas presumen de que la derrota no duele: los mentirosos, los inocentes y los ignorantes. Los mentirosos lo hacen para preservar su estatus social de superioridad; los inocentes, creyendo que han fracasado cuando, en realidad, han pseudo-fracasado. En otras palabras, han fracasado a medias. Siempre les quedará un “si hubiera puesto toda la carne en el asador, si lo hubiera intentado de verdad, seguro que lo habría logrado”.

¿Y qué me dices del tercer grupo? A fin de cuentas, voluntad de actuar no les falta.

Ser un temerario sin límite que se lanza al vacío sin medir los riesgos y sin pensar en las posibles consecuencias de sus actos no tiene nada que ver con la valentía. No puede haber coraje en la ingenuidad ni en la ignorancia, porque ni el ingenuo ni el ignorante saben qué puede salir mal y por qué. ¿Te parecería heroico que un niño de cinco años ponga la mano en el fuego sin saber que se va a quemar después? Ese niño no es valiente. Simplemente, no tiene ni idea de a lo que se está enfrentando. Entonces, ¿por qué nos empeñamos en calificar de intrépidos a aquellos borregos que se lanzan sin cabeza hacia las vicisitudes?

La valentía no es gratuita: hay que pagar un precio de entrada para adquirirla.

Y este es precisamente el problema con la valentía. El desembolso inicial es tan alto que hay quienes se achantan de por vida y nunca se preguntan lo más evidente que uno puede preguntarse: si yo pago hoy el precio de la valentía, ¿tendré algún beneficio mañana? Sí.

Es ahí cuando empezamos a negociar con la razón para suplicarle que nos preste el capital emocional suficiente para hacer frente a las demandas externas. A fin de cuentas, lo único que le estamos pidiendo a la razón es: “dame los recursos necesarios, que yo los invertiré en deshacerme del miedo y, a continuación, tomar acción hacia mis objetivos”.



Craso error. Se te ha escapado un detalle…

La razón jamás presta nada a una persona que invierte sus esfuerzos en deshacerse de sus emociones, como si eso fuera posible. Si fueras una entidad bancaria, ¿le concederías un crédito a una persona sin experiencia previa en negocios que te dice que va a invertir el dinero en fabricar una máquina del tiempo? El banquero no picaría en tales delirios de grandeza. Ni la razón en los tuyos, querido. Lamento decirte que el miedo, la duda y la ansiedad no desaparecerán ante situaciones que guarden un riesgo de un potencial fracaso.

¿Quieres ser valiente? Empieza por interiorizar que valiente no es quien no siente miedo, sino quien actúa a pesar de él. El miedo es un mecanismo adaptativo que te salva la vida, ya que te permite reaccionar ante estímulos externos que pueden ser peligrosos. Además, es responsable directo de factores tan importantes como las agrupaciones sociales, la toma de acción, la protección personal e incluso la reproducción. Que tú no lo sepas gestionar convenientemente no quiere decir que el miedo sea perjudicial… No le eches la culpa.

Estoy completamente convencido de que tú y yo sentiríamos miedo al cruzar una calle sin mirar el semáforo o al saltar de un décimo piso; y no hay ningún problema, ya que su función en estos dos casos es racional y adaptativa. Sin embargo, nuestro cerebro todavía no se ha dado cuenta de que ya no vivimos rodeados de esmilodontes, leones cavernarios o tiburones blancos, factor por el cual el miedo presenta un componente irracional en diversas ocasiones. Y esto último es lo que hace de la valentía, valentía.

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Ahora, sabiendo todo lo que sabes, es hora de renegociar con tu razón: si yo pago hoy el precio de la valentía, ¿tendré algún beneficio mañana? Sí, si te concentras no en eliminar tus emociones, sino en canalizarlas. El fracaso tiene un precio, pero aprender de él tiene una recompensa mucho más grande. El fracaso cuesta caro, pero aprender de él otorga un beneficio que cubre con creces ese coste. El fracaso es francamente doloroso, mucho más de lo que piensas, pero aprender de él te dará un sentimiento de placer único e irrepetible.

Soy ateo, pero me fascina esta referencia bíblica porque ejemplifica muy bien el concepto.

Piensa en Abraham. Él estuvo dispuesto a ir a contracorriente en medio de una sociedad en la que se adoraba a un sinnúmero de dioses. No dejó de hacer lo que él creyó oportuno por miedo a lo que pensaran los demás, y optó por demostrar su fidelidad a un único dios. Renunció a su cómoda vida en Ur para dirigirse al desierto, convencido de que dios no lo abandonaría. Por supuesto que hubo momentos en los que recordaba con nostalgia ciertas comodidades y seres queridos que atrás se quedaron, pero fue su valor lo que le condujo a obedecer sus creencias y seguir su propio camino con fe y esperanza.

Así que no, la osadía no tiene nada que ver con la terquedad ni el desconocimiento.

Por el contrario, el sabio es plenamente consciente tanto del peligro como de sus propias limitaciones, puesto que ha desarrollado su metacognición, es decir, sabe cómo efectuar las operaciones intelectuales asociadas al conocimiento, el control y la regulación que le permite recabar, evaluar y producir información útil ante la amenaza. Y una vez ha hecho un estudio intrapersonal y ambiental completo, avanza con paso firme hacia las tierras de nadie. Con miedos, dudas y preocupaciones, pero también preparado para asumirlos.

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El conocimiento conduce a la evaluación, la evaluación al orden y el orden a la acción.

La literatura clínica es muy contundente en este aspecto: cuando una persona con miedo, ansiedad o depresión identifica cuál es la causa que les asusta, ansía o deprime, la analiza con paciencia y la divide en problemas de menor tamaño y dificultad, la probabilidad de que tome acción hacia el desafío aumenta considerablemente. Y lo que acaba sucediendo conforme van ejecutando más intentos a lo largo del tiempo es que el miedo, la ansiedad y la depresión se desvanecen. El sujeto ya no percibe el mundo como un lugar tan hostil, cruel y despiadado y, por lo tanto, puede tomar acción con decisión y entereza.

¿Tú te das cuenta de lo que podría aumentar la calidad de tu vida si hicieras esto? A partir de este momento, serías tú mismo quien afronte los desafíos que te brinda la vida de forma voluntaria. ¿Piensas que es lo mismo encarar los retos por voluntad propia que encararlos en contra de tu voluntad? No tiene nada que ver. Los hallazgos psicofisiológicos son muy tajantes en sus conclusiones en cuanto a actuar se refiere: los individuos que hacen frente a un estresor de forma voluntaria utilizan un sistema totalmente diferente al que emplean aquellos individuos que se enfrentan a ese mismo estresor de forma involuntaria.

Los que actúan voluntariamente usan un sistema asociado al enfoque, la innovación y el reto; en cambio, los que actúan involuntariamente entran en la reacción de lucha o huida: un mecanismo que nos prepara para hacer frente a una agresión externa o escapar de ella.

¿Cómo crees que vas a lidiar mejor con los problemas propios del Siglo XXI? Cuando tú pierdes la motivación por dar cuerda al cerebro y enfrentarte a los contratiempos, son los contratiempos los que te ponen contra las cuerdas. Sin embargo, cuando eres tú el que se compromete a solucionarlos con firmeza y atrevimiento, la cosa cambia por completo.



Hay que ser muy valiente para romper una relación de pareja donde reina el narcisismo.

Hay que ser muy valiente para emprender un negocio en tiempos de volatilidad extrema.

Hay que ser muy valiente para abandonar tu país porque quieres que tus hijos vivan mejor.

Hay que ser muy valiente para dimitir de un empleo en el que jamás se te ha valorado.

Hay que ser muy valiente para pedir perdón por un error que cometiste en el pasado.

Hay que ser muy valiente para actuar al tiempo que la masa banal de borregos sin causa, repleta de miembros que jamás se han molestado en hacer acopio de valor, intenta frenar tus aspiraciones más profundas con la única justificación de que “la vida es así y no hay nada que puedas hacer para cambiarla”. ¿De verdad vas a dejar que una persona que, lejos de utilizar la inteligencia emocional, las leyes estadísticas y el pensamiento crítico, dedica su tiempo a aleccionar a los demás con su discurso del “no se puede ser diferente”? Sólo hay que usar un poquito la cabeza para darse cuenta de que han picado en una heurística barata: que tú no te hayas atrevido a ser diferente no significa que el resto no pueda serlo.

Según Aristóteles, no son los obstáculos físicos los que requieren más valía por parte del ser humano, sino que son los obstáculos éticos y psicológicos. Uno puede ser físicamente valiente y, al mismo tiempo, cobarde tanto ética como psicológicamente. En el momento en el que uno somete su identidad a tela de juicio, pone su autoestima a prueba y le planta cara a su ego, el sujeto entra en una batalla más feroz que un tigre dientes de sable.

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Uno se demuestra que es éticamente valiente…

Cuando inicia un negocio sin contar con el apoyo de su familia, amigos y pareja.

Cuando aprende a reconocer sus propios errores delante de las personas que le juzgan.

Cuando antepone lo moralmente deseable a lo que sus emociones le dictaminan.

Uno se demuestra que es psicológicamente valiente…

Cuando sale de la zona cómoda para sumergirse en la zona de riesgo.

Cuando elimina un hábito perjudicial que va a alterar su propia percepción.

Cuando confiesa un error garrafal que va a desestabilizar su relación con los demás.

Ahí se demuestra la valentía de verdad.

No te dejes paralizar por una sensación que ni siquiera has tratado de entender. Puede ser la necesidad de tenerlo todo bajo control, la baja tolerancia a la frustración, la incapacidad de soportar la incertidumbre, la tendencia a anticipar acontecimientos, la baja autoestima, el miedo al qué dirán, el perfeccionismo… Saca lápiz y papel y anota las posibles causas que impidan tu accionar, fragmenta cada obstáculo en pequeños retos de menor dificultad y, a continuación, reúne la energía mental suficiente para dar el salto definitivo.



No te voy a engañar, hay momentos en los que es duro…

– Es duro ser aquel estudiante que sacrifica cinco, ocho o diez años de su vida mientras el resto de la gente de su edad se dedica a vivir su juventud con excesos y despilfarros.

– Es duro ser aquel trabajador que madruga todos los días para abrir su pequeño comercio antes que la competencia para dar de comer a su familia sin recibir ni un gracias a cambio.

– Es duro ser aquel deportista que entrena todos los días para demostrarse a sí mismo y a los demás que el valor del esfuerzo está por encima del conformismo contemporáneo.

– Es duro ser aquel paciente que lucha a todas horas para mantenerse vivo a cada instante y encontrar un motivo más para que su enfermedad no les robe las ganas de vivir.

– Es duro ser aquel amigo que está siempre ahí para escuchar a los suyos, ofrecerles su apoyo incondicional y celebrar cada victoria ajena como si fuera propia.

Pero más duro todavía es tener que lidiar con un “y si…” que retumba por la consciencia de un pobre de alma que nunca llegó a plantarle cara al obstáculo. Muchas veces ponemos nuestra atención en las consecuencias de hacer algo que nos aterra, pero casi nadie parece preocuparse de qué sucedería si jamás lo llegáramos a intentar. Digan lo que digan, seré partidario de que el mayor veneno que uno puede experimentar es el del arrepentimiento.

Pero voy a hacer una apuesta personal contigo: si te has molestado en llegar hasta el final del vídeo, si estás escuchando esto, sabes de sobra que tú no lo experimentarás más.

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