¿Existe la suerte o sólo el trabajo duro?

Todos nos hemos sentido alguna vez como unos auténticos desgraciados. Hay momentos en los que, a priori, parece que un ente superior nos toma por títeres, jugando con nosotros como si fuéramos simples marionetas sometidas a su caprichoso antojo.

“El karma me está jugando una mala pasada, ¿qué habré hecho mal?”.

 “Si yo he hecho exactamente lo mismo que él, ¿por qué tiene más resultados?”.

“Si por una vez no fuera yo el que sufre las consecuencias… ¡Qué mala suerte!”.

Te sorprenderías gratamente si fueras un poco más consciente de todos los fallos que se encuentran incrustados en el cerebro del homo sapiens. Ten cuidado: la manera en la que tú interpretas la realidad no es la realidad en sí misma. Picamos constantemente en sesgos cognitivos, heurísticos de disponibilidad, falacias lógicas y un sinfín de errores que trucan nuestra percepción del mundo, y te aseguro que el tema de la suerte no es una excepción.

No te preocupes: antes de soltarte una chapa acerca de las desviaciones del procesamiento mental, he creído más conveniente probar con algo mucho más divertido. He escrito un micro-relato que te hará comprender perfectamente mi particular punto de vista acerca de la suerte.

El maestro pescador.

Érase una vez dos pescadores – cuyos nombres eran Alpha y Gamma –  que, durante toda su vida, habían anhelado con fulgor la captura de un pez cuya existencia no era más que un rumor retroalimentado por numerosas leyendas. Se trataba nada más y nada menos de la carpa dorada. De hacerse con ella, su bienestar económico estaría completamente garantizado de por vida. Así pues, acompañados de un gran atrevimiento e ímpetu majestuoso, ambos pescadores se dirigieron a la casa de un sabio maestro pescador que, en teoría, dispondría de los conocimientos necesarios para hacerse con dicha criatura.

– Necesito saber algo, maestro: ¿es cierto que usted se hizo con la carpa dorada cincuenta años atrás? – preguntó Alpha con curiosidad.

– En efecto, así es.

– ¡Perfecto! El motivo de nuestra visita es muy simple: ¿acaso sabrías decirnos cada cuánto tiempo aparece el pez? – interrumpió Gamma con entusiasmo.

– La pregunta no es cuándo ni cómo, sino por qué – contestó el maestro pescador.

– Pero yo ya sé por qué. Lo único que necesito es la probabilidad de que aparezca – respondió Gamma.

Tras meditarlo unos segundos, el maestro respondió: “No puedo asegurar que aparezca hoy, ni tampoco que aparezca mañana; es más, ni siquiera puedo asegurar que aparezca este mismo mes. Lo que sí puedo prometeros con plena convicción es que la carpa dorada aparece un día de mil”.



– De acuerdo, maestro. Muchísimas gracias por dedicarnos parte de su tiempo.

– ¡Increíble! Todos mis amigos se van a morir de envidia cuando lo logre.

Al día siguiente, Alpha y Gamma se dirigieron al muelle cargados de nuevo equipamiento, probando suerte en el emplazamiento que mejores condiciones tenía. Lógicamente, la primera jornada fue bastante amena, pues ambos charlaron tranquilamente acerca de su vida personal mientras pescaban. El modus operandi parecía sencillo: levantarse cada mañana y esperar a que de esa inocente mosca saliera el tan ansiado pez. Sin embargo, conforme fueron trascurriendo las semanas, ambos se dieron cuenta de que la situación era más dura de lo que habían predicho en un comienzo: cansancio muscular, noches en vela, condiciones meteorológicas adversas y varias cañas partidas en dos se entrometieron en la senda del éxito.

– Madre mía, ¿otro día más lloviendo? Vaya mala suerte que tenemos – vociferó Gamma.

– Ayer mismo te quejabas porque el sol era demasiado abrasador – replicó Alpha.

– Y con razón. ¿Acaso no podemos tener un día normal? Estoy harto de estar mojado.

– Pues yo estoy disfrutando mucho más de la lluvia desde que empezamos esta aventura.

– Tú y tu optimismo ciego… ¡Despierta ya!

La dureza de la misión a la que se enfrentaban provocó que, al día siguiente, Gamma optara por no hacer acto de aparición. Al principio, dijo que se tomaría sólo un día de descanso para recuperarse, pero lo que empezó siendo excepción se convirtió en norma. No obstante, este factor no actuó a modo de impedimento para que Alpha se detuviera: él siguió y siguió trabajando por su sueño día y noche. En algunas ocasiones, su compañero Gamma se acercaba al puerto a pescar durante media jornada; pero, en cuanto el más mínimo contratiempo acechaba, se marchaba a su casa abatido para comer y dormir.

suerte que es

– Déjalo, Alpha. La historia de la carpa dorada no es más que un mito. Ese viejo chiflado no tiene ni idea.

– Si es así, los hechos hablarán por sí solos. Por el momento, seguiré siendo paciente.

– Como tú quieras, colega… ¡Si es que te amargas la vida a lo tonto!

Tras ochocientos días de arduo esfuerzo y sacrificio, finalmente sucedió algo inaudito: esta vez, el anzuelo de la caña de Alpha revoloteó con mucha más fuerza de lo habitual. Lejos de estar asustado, el joven pescador hizo acopio de valor para tirar de ella como tantas veces lo había hecho. Cuando el pez salió a la superficie, no podía dar crédito a sus ojos: era la carpa dorada. La sensación inmediata fue similar a dar con un oasis en mitad de un caluroso desierto, con la salvedad de que, en esta ocasión, el oasis era una realidad. Tan sólo fue cuestión de horas que la noticia se expandiera como la pólvora por la aldea.

– No me puedo creer que hayas capturado al animal – dijo Gamma, con una entonación hostil.

– En realidad, ha sido algo completamente inesperado. Ni siquiera estaba pensando en que la carpa pudiera aparecer hoy. El proceso de pescar me gusta tanto que me encontraba totalmente inmerso en él.

– Bah, qué suerte la tuya. Si es que estos meses ha hecho muy buen tiempo, y encima la caña que llevas es mucho mejor que la mía. Espero que por lo menos compartas un poquito de tus ganancias, ¿no?



De repente, y sin dar previo aviso, el maestro pescador hizo acto de presencia:

– Eso no será posible, Gamma – realzó el anciano con una suave sonrisa. – Quien perciba por suerte una fuente de poder sin haber desarrollado previamente las claves de poder necesarias para su obtención, está condenado a perderla. Alpha podría perder su dinero, mas nunca perderá su riqueza, pues ésta no es cosa distinta que la capacidad para generarla de nuevo cuantas veces sea necesario.

– Gracias, maestro. A fin de cuentas, nadie puede expropiar, arrendar ni borrar mis técnicas de pesca.

– La recompensa monetaria es mera consecuencia de una evolución metafísica– puntualizó el maestro.

– ¡No me creo nada de lo que decís! Alpha, pensaba que eras mi amigo y tan sólo eres un tacaño egoísta.

– Gamma, si me lo permites, te invitaré a dos cosas: a que asistas a mi banquete para celebrar este triunfo en mi humilde morada y a que luches por convertirte en la mejor versión de ti mismo.

– ¡No quiero ninguna de las dos cosas! Está clarísimo lo que pasa: has tenido suerte. Punto.

– ¿Quieres ser feliz, Gamma? – preguntó el maestro pescador con compasión.

– Claro. ¿Quién no quiere serlo?

– Lo serás el día que sepas discernir entre la suerte y el azar.

Gamma ha incurrido en multitud de errores de distinta naturaleza que han sesgado su visión acerca del triunfo de Alpha, pensando que su éxito se debía simple y llanamente a cuestiones que escapan a su control. Y es que, cuando las emociones están a flor de piel, poco o nada se puede hacer para razonar de forma objetiva e imparcial.

A mi parecer, todos somos en cierta manera pescadores del éxito. Muchas veces, vemos las capturas ajenas y no podemos evitar sentir envidia y rechazo. Inmediatamente, nuestro sistema límbico se lanza como un león hambriento a justificar por qué otras personas han conseguido más cosas que nosotros sin ni siquiera evaluar su situación con suficiente información ni conocimiento de causa, pues hacer eso es menos aflictivo que asumir que hay aspectos internos que admiten mejoras sustanciales.

Nos sentimos forzados a conservar nuestro estatus de superioridad, incluso si nunca lo hemos ostentado realmente, porque reconocer que alguien con unos recursos y capacidades similares o inferiores a los nuestros ha logrado más hazañas que nosotros es increíblemente doloroso; una puñalada trapera y sangrienta al ego. Y lo más irónico es que, a fin de cuentas, reconocer ese dolor sería una experiencia de lo más potenciadora y constructiva, ya que incrementaría nuestro crecimiento exponencialmente.

la buena suerte

Sin embargo, ¿qué le importa esto a tu primitivo cerebro? Lo único que quiere es comer el pez aquí y ahora, no aprender a pescar con paciencia, sacrificio y resiliencia. Siempre será muchísimo más fácil utilizar unas pocas palabras para justificar los logros ajenos que ponerse manos a la obra. Y lo peor de todo es que tu sistema cortical va a trabajar hasta que te acabes creyendo tus propias mentiras por completo.

Uno de los errores fundamentales en el pensamiento de Gamma es que no sabe diferenciar entre suerte y azar. Ambos conceptos se fundamentan en la ocurrencia de uno o varios eventos fortuitos, pero no son lo mismo…

Por un lado, el azar es una causa que determina que hechos imprevisibles se desarrollen de una manera u otra. Dicho de otro modo, el azar es la propiedad de todo lo aleatorio, esto es, de lo que no se puede predecir. Por eso, el azar es objetivo – es decir, se refiere a un objeto-. Sin la presencia de un ente consciente sí puede haber azar.

Por otro lado, la suerte es un resultado favorable para una persona determinada, producto de un evento que se deseaba con fervor y era poco probable. Esto implica que la suerte no es más que la interpretación de un evento azaroso. Por eso, la suerte es subjetiva – es decir, se refiere a un sujeto-. Sin la presencia de un ente consciente no puede haber suerte.

Las consecuencias de no aplicar la combinatoria han jugado a Gamma una mala pasada. De su boca, salió algo parecido a: “qué suerte has tenido. La probabilidad de que el pez aparezca es tan sólo un día de cada mil, y has sido tú quien se lo ha encontrado”.

A lo que Alpha debió haber respondido: “sí, claro… Lo que has olvidado mencionar es que he estado pescando 800 días seguidos sin parar mientras tú estabas en tu casa.”.



De la misma manera en la que uno sabe que tirando un dado cien veces es prácticamente imposible que todavía no haya salido el número seis, es altamente probable que todo pescador que persista alrededor de mil días haya capturado la carpa dorada. ¿Podrían ser más? Sí, y también menos. Pero la esperanza matemática no miente: si hubiera infinitos pescadores en la bahía al mismo tiempo, la media de los días empleados en la captura del pez sería mil: ni más ni menos. Unos pocos tardarían en torno a 500 días; la mayoría de ellos, aproximadamente 1000; y, otros tantos menos afortunados, alrededor de 1500 días. El tiempo exacto que tardará cada uno de ellos pertenece al terreno de la incertidumbre.

No obstante, si hay algo seguro en esta historia, es que todo el que siga pescando día tras día acabará capturando la carpa. El hecho de que Alpha haya dado con la carpa dorada no tiene nada que ver con la suerte en sí misma. Si uno se esfuerza de forma analítica, empírica y dinámica, terminará logrando cosas que tomó en un inicio por imposibles.

Alpha no ha encontrado la carpa por casualidad, sino que la ha buscado.

Alpha no ha sabido cómo pescar por defecto, sino que ha aprendido.

Alpha no ha tenido suerte, sino que ha puesto el azar de su parte.

Y os puedo garantizar que son dos cosas muy distintas.

Eso es precisamente lo que la mayoría de la gente no ve…

Todo el trabajo de un atleta que publica sus fotos por redes sociales.

Todo el esfuerzo de un empresario que enseña las ganancias de su negocio.

Todo el sacrificio de unos padres que se enorgullecen de tener una familia.

Todo el compromiso de un estudiante que se encuentra en el top de su clase.

Todo el empeño de un joven que apostó por sí mismo antes de que nadie lo hiciera.

Ahora bien, ¿quiere decir esto que la suerte no exista? En absoluto. Sí, en esta vida hay gente que captura la carpa en diez días, o peor aún, que la tienen sin saber pescar siquiera. Bajando al mundo real: existen creadores de contenido que viralizan en un mes, hijos de una familia pudiente y cuerpos con una genética de semidiós. En fin, negar su existencia sería negar la realidad en sí misma.

¿Existe la suerte o sólo el trabajo duro? 1

Sin embargo, los veteranos del blog ya conocen la triquiñuela que, en suma, ya ha sido descrita por el propio maestro pescador. Y es que el particular caso de las personas que han obtenido fuentes de poder – dinero, tiempo o cuerpo – sin haber hecho nada para ganárselas presenta dos problemas principales:

  1. La proporción de personas afortunadas es mucho más pequeña de lo que parece.
  2. La esperanza matemática dilapidará todos sus recursos en el medio-largo plazo.

 

  1. La proporción de personas afortunadas es mucho más pequeña de lo que parece.

Has de entender que los casos de hijos de papá millonario, relaciones platónicas o cuerpos impolutos son rarezas cuya frecuencia se magnifica muchísimo o cuya veracidad es más que dudosa; en otras palabras, eventos que parecen más probables de lo que en realidad son o proyecciones ilusorias que no reflejan la realidad. Recuerda mis palabras: hay cosas que tú puedes ver y hay cosas que tú no puedes ver, tanto para bien como para mal.



Lo que estás viendo por redes sociales, ¿es tan frecuente como parece?

Lo que estás viendo por redes sociales, ¿es tan verídico como parece?

Lo que estás viendo por redes sociales, ¿es tan deseable como parece?

Y la pregunta más difícil con diferencia…

Los resultados que alguien te muestra, ¿están en línea con sus acciones?

Es tremendamente complicado saber la respuesta a primera vista.

Nuestro cerebro se sentirá tentado a pensar que no por inercia. Y es completamente lógico mostrarse un tanto escéptico ante la falta de información, pues el código social vigente se basa en un ideal un perfeccionismo exacerbado catapultado por un consumo masivo. Hace unos minutos, te decía: “no pienses que el vecino ha tenido más suerte que tú, porque el esfuerzo que hay detrás es invisible”. Y ahora, al mismo tiempo, te digo: “no pienses que el vecino ha trabajado más que tú, porque el esfuerzo que hay detrás es invisible”.

suerte existe

Entender esta dualidad es fundamental: lo único que tú puedes ver son los resultados. Me corresponde a mí hacerte una seria advertencia: “en esta vida, te encontrarás tanto a cuervos disfrazados de águilas como a águilas disfrazadas de cuervos”. Y sabes de sobra que las comparaciones, en más ocasiones de las que puedas imaginar, son increíblemente tramposas, injustas y sesgadas: “no hay nada tan estúpido como el águila magna que extrajo las enseñanzas del cuervo mugriento”.

Culparse porque la carpa haya hecho acto de presencia de forma prematura en otro pescador ajeno es exactamente lo mismo a culparse porque a tu contrincante de parchís le salga el número 6: ridículo. ¿Os imagináis que cada vez que lanzo un dado al aire me enfado conmigo mismo porque me sale 4 en vez de 2? ¿o que cada vez que lanzo una moneda al aire me echo la culpa porque me sale cara en vez de cruz? Es un concepto tan absurdo como intentar pescar sin caña. El evento azaroso no depende de mí.

Lo que sí depende de mí es bajar al muelle a las siete de la mañana hasta que al pez de le dé la gana de aparecer, porque sé que va a aparecer; no sé cuándo, no sé cómo, pero sí sé que, si persevero lo suficiente y aprendo de mis errores, va a aparecer. No te confundas: no es que pueda aparecer, no es que quiera aparecer, sino que es totalmente inevitable que aparezca. Además, hay otra cosa que también depende de mí, y es interpretar la falta de resultados como algo negativo o algo positivo, es decir, como buena suerte o como mala suerte, lo cual nos conecta con el siguiente punto.



  1. La esperanza matemática dilapidará todos sus recursos en el medio-largo plazo.

¿Piensas que el que ha tardado 500 días en hallar la carpa ha tenido más suerte que el de 1300? De acuerdo. Imagina que el pez proporcionara recursos económicos para subsistir únicamente durante cinco años. Ahora bien, ¿cuál de los dos pescadores consideras más afortunado? Ahí el cuento cambia por completo. Sabiendo que el pescador que ha tardado menos está obligado a volver a pescar tarde o temprano, ¿dirías que el pescador que ha tardado quinientos días tiene más suerte que el otro pescador? Te doy una pista: ¿Cuál crees tú que poseerá más experiencia para enfrentarse a futuros contratiempos?

Obtener resultados demasiado pronto puede llegar a ser contraproducente.

Piénsalo por un momento: ¿por qué prácticamente todos los ganadores de la lotería se arruinan en menos de cinco años? ¿y por qué el 60% de los exjugadores de la NBA derrochan toda su fortuna en menos de diez? Porque, como bien dice el maestro pescador, no han desarrollado las competencias necesarias para preservar su dinero y, por lo tanto, la esperanza matemática acaba colocándoles donde realmente tienen que estar.

Lo que un día fue cosmos, se acabó transformando en caos.

Lo que un día fue gloria, se acabó transformando en infierno.

Lo que un día fue suerte, se acabó transformando en tragedia.

Hay una frase magnífica que dice así: “no deposites tu suerte en manos del azar”. Y es que, si el alumno no está preparado para reconocer al maestro, poco importa cuán valiosa sea la lección que el segundo pretenda darle al primero:

¿Existe la suerte o sólo el trabajo duro? 2

El aprendiz preparado se beneficia de los eventos azarosos positivos.

El aprendiz negado no podrá percibir los eventos azarosos positivos.

El aprendiz preparado se defiende de los eventos azarosos negativos.

Y el aprendiz negado no podrá reaccionar ante los eventos azarosos negativos.

A priori, nos sentiríamos tentados a pensar que el pescador que ha tardado quinientos días en encontrar la carpa ha tenido mucha más suerte que el que ha tardado mil trescientos, pero tan sólo estaríamos confundiendo suerte con azar:

¿Quién decide cuánto tiempo ha de transcurrir hasta dar con la carpa? El azar.

Ahora bien, ¿quién decide que tardar menos tiempo es más favorable? El pescador.

Es él el que interpreta las circunstancias como buena suerte o mala suerte.

Mi consejo es que, pase lo que pase, tú sigas trabajando para poner a la probabilidad de tu parte. Hay cuervos que parecen águilas y águilas que parecen cuervos. Olvídate de pseudo-ciencias chamánicas, esoterismo barato o leyes cósmicas que se basan en el efecto placebo: la verdadera suerte, aquella que se basa en el pensamiento inteligente, estratégico y multifactorial, estará siempre del lado de quien la busque.

Quiero terminar mi reflexión con la famosa ley de la semilla:

Algunas semillas que yo plante se las llevará el viento.

Otras no recibirán la suficiente cantidad de agua.

Otras se las comerán los faisanes y las palomas.

Otras no penetrarán correctamente en la tierra.

Otras serán defectuosas.

Y otras germinarán.

No cometas el error de fijarte únicamente en las semillas que germinan.

No cometas el error de pensar que esas semillas las ha esparcido quien así lo predica.

Pero, sobre todo, no cometas el error de no abonar, regar y plantar semillas como si no hubiera un mañana. A por ello… ¡Buena suerte!

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