Gratitud: Por qué no puede faltar en nuestras vidas.

El maestro estoico Epicteto manifestó en Equiridión: “recuerda comportarte en la vida como en un banquete: cuando veas pasar los platos delante de ti, sírvete porciones con moderación. ¿Observas que el plato pasa de largo? Ni te molestes en reclamarlo. ¿Echas en falta algún manjar en particular? No dejes que el anhelo del placer te absorba. Espera pacientemente, conversando con los comensales, hasta que llegue algo que despierte tu curiosidad. Aprecia lo que tienes ahora y céntrate en el momento presente. Quizás, algún día, seas merecedor de acudir al banquete de los dioses”.

¿Cuál es exactamente la recompensa de una vida frugal, precaria y humilde? ¿qué motivó en su día al gran Lucio Anneo Séneca a practicar la pobreza, como si de un lujo se tratara, junto al emperador Nerón? Es francamente difícil entender cómo un privilegiado con las túnicas más estrafalarias, las mujeres más hermosas o los platos más suculentos optaría por rechazar el capricho terrenal para sumergirse en la miseria colectiva. Ambos podían pasar varios días vistiendo con ropajes desgastados, durmiendo a temperaturas gélidas o comiendo poco y una vez al día. La respuesta del cordobés era siempre la misma: “no es más rico el que más posee, sino el que menos necesita”.

De acuerdo, sería especialmente injusto comparar a un pobre plebeyo que trabaja de sol a sol por obligación con un patricio que reduce su calidad de vida temporalmente y desde la propia voluntad. No obstante, tanto la analogía del banquete como la de la frugalidad voluntaria encierran una moraleja esencial: la gratitud. Y no, con esto no me refiero al agradecimiento hacia una persona específica (o gratitud preposicional), mediante el cual un sujeto Y da las gracias a un benefactor R por realizar un acto concreto φ que beneficie a Y. De la vital importancia de agradecer los gestos altruistas de los demás hablaremos en otra ocasión… Eso sí: gracias por darme la idea de este artículo, Cristina.

La concepción de gratitud que abordaré durante los próximos párrafos es, según Sean McAleer, de carácter proposicional o global: el individuo Y ya no agradece una acción específica, sino que expresa júbilo, contento y conformidad con el estado de las cosas p, es decir, se siente profundamente afortunado por las circunstancias de su vida y la manera en la que la naturaleza le ha colocado a tiempo presente. Sin embargo, ¿cómo suele actuar la gran mayoría en este mundo contemporáneo? ¿Y qué cabría esperar de una sociedad en el que el romanticismo del S. XIX se ha fusionado armónicamente con el consumismo del S. XX creando cada vez más anhelos y necesidades superfluas ex nihilo?

Dostoievski nos advirtió sobre un escenario que Nietzsche se encargaría de dilucidar con posterioridad: “prueben a colocar al hombre en la más próspera, idílica y fantástica de las utopías; refúgienle en inmensas burbujas de placer hedónico, evitando todo contacto con la crudeza del cosmos; concédanle aquello con lo que siempre soñó sin tener que pasar por frustraciones, decepciones y dificultades. Les aseguro que, tarde o temprano, esta enigmática criatura encontrará algún modo de sentirse miserable. A fin de cuentas, no deja de ser, por su naturaleza y radical composición, un ser sintiente”.

Desde luego, no hace falta reflexionar demasiado para darse cuenta de lo que abunda: qué móvil más lento, qué pantalón más viejo, qué cama tan pequeña, qué casa tan fea, qué tren más sucio, qué ciudad tan deprimente, qué vida de mierda… Mi pregunta es: ¿hasta cuándo persistiremos en la queja y el lamento? Parece que hemos alcanzado un punto en el que ya nada nos satisface debidamente. Creemos que la solución reside en adquirir más bienes y servicios (consumismo) y en experimentar tantas sensaciones como sea posible (romanticismo) para protegernos de la monotonía y el letargo.

Gratitud: Por qué no puede faltar en nuestras vidas. 1

Pero de esta trampa ya se percató Séneca hace casi dos milenios: “conforme el hombre posee más cosas, surgen tres sensaciones en él: (a) desea con más intensidad poseer aún más bienes, (b) tiene más miedo a perder lo que ya posee y, paradójicamente, (c) da por sentado las cosas que ya tiene como si nunca fueran a agotarse”. En el peor de los casos, el individuo se encuentra atrapado en un círculo vicioso en el que ya no hay objeto, lugar o persona capaz de amortiguar su descontento vital. Y, por desgracia, este escenario es bastante común a día de hoy. ¿Qué podríamos hacer al respecto?

El poder de la perspectiva.

No es ningún misterio que uno puede ser un auténtico desgraciado teniéndolo todo, así como el más bienaventurado sin tener prácticamente nada. No malinterpretéis el mensaje:  el hecho de querer mejorar la condición vital no es sinónimo de ser un desagradecido, al igual que no luchar por progresar no te convertirá en una persona humilde. Más bien, se trata de ajustar las expectativas acerca lo que el mundo te brindaría y qué puedes llegar a lograr en base a los recursos materiales, intelectuales y psicológicos de los que dispones actualmente… “La cabeza en el cielo y los pies en el suelo”, solía decir mi abuela.

En este aspecto, un método muy eficaz para trasladar al plano consciente nuestro status-quo actual es la perspectiva. En su acepción psicológica, consiste en la capacidad para reconsiderar un acontecimiento presente desde otro punto de vista distinto que le otorgue un significado complementario. La perspectiva no tiene por objeto maquillar la realidad, ni tampoco pretender que los contratiempos vigentes no tienen la menor importancia. Su principal objeto es cambiar el foco de atención para percatarse de que, en realidad, hemos ignorado completamente la gran abundancia presente en nuestras vidas.



¿Deseas adquirir perspectiva de verdad? Retrocedamos 10.000 años en la línea temporal.

Por aquella época, la Revolución Agrícola creó un nuevo paradigma en lo que al modus vivendi del homo sapiens se refiere. Hasta entonces, las tribus de cazadores-recolectores nómadas se habían alimentado mediante la caza de animales y la colecta de algunos tipos de plantas y hongos. Sin embargo, una vez que el cultivo de trigo, arroz, patata, cebada, maíz, centeno y otro centenar de plantas se expandió a lo largo de Europa, Asia y Oriente Medio, el antiguo estilo de vida estaba abocado a la desaparición paulatina. El hecho de asentarse por primera vez en milenios en construcciones de arcilla, barro y piedra caliza les expuso a todo tipo de enfermedades e infecciones poco comunes anteriormente.

La gran pesadilla no había hecho más que comenzar…

Así pues, ¿en qué se tradujo todo este acontecer? La vida de un campesino medieval se reducía a arar las tierras durante prácticamente toda la jornada, así como en cultivar una pequeñísima variedad de hortalizas y legumbres; en algunas regiones, su dieta consistía simplemente en uno o dos alimentos. Esto les colocaba en una posición tremendamente vulnerable frente a la aparición de hambrunas. Piénsalo: un periodo prolongado de sequía, un fuerte diluvio o una plaga infecciosa por parte de un hongo ya era suficiente para que aldeas enteras murieran de hambre. ¿Te has planteado alguna vez vivir algo así?

La fisiología del ser humano no estaba habituada a la siembra, por lo que los campesinos acabaron pagándolo muy caro con artritis, hernias, dolores cervicales, lesiones de rodilla y desgarros musculares. Y, a veces, el reposo no era una opción viable. A grandes rasgos, un agricultor rara vez tenía la oportunidad de salir de su pueblo o ciudad, ni siquiera por un mísero día. Dejar las tierras a la intemperie podía significar la muerte. No había lunes, viernes o domingos en los que relajarse. Es más, lo que hoy conocemos por “días de la semana” no se inventaría hasta la era prematura del Imperio Romano.

 

Como dice Yuval Noah Harari: “la historia ha sido escrita por un reducidísimo grupo de hombres que libraban batallas, descubrían lugares, diseñaban sistemas económicos, refutaban teorías, inventaban utensilios y predicaban filosofías mientras una grandísima parte de seres humanos completamente desconocidos se dedicaban a alimentar al primer grupo de personas”. Sobra decir que privilegios como escoger la profesión que desearas desempeñar, elegir en qué sitios querías vivir o casarse con la persona que más te gustaba no estaban al alcance de prácticamente nadie. No existe tregua alguna.

Avancemos hacia una época concebida como de gran avance tecnológico y prosperidad económica: la era victoriana. ¿De verdad crees que es tan idílica como la pintan autores e historiadores desde sus cómodos pupitres? Las tasas de crecimiento están ahí, ¿pero qué clase de vida tuvieron que soportar gran parte de los londinenses durante las revoluciones industriales? La gran explosión de la población, sumada al éxodo rural y la inmigración, derivó en una pugna incesante por cualquier trabajo disponible en el momento, a pesar de que el salario apenas superara el nivel mínimo de subsistencia.

Kellow Chesney proporcionó una descripción de las condiciones que miles de personas tuvieron soportar en su obra El inframundo victoriano: “gran parte de la metrópoli está repleta de horribles barrios marginales que poco difieren de grietas de oscura miseria y polución. Lo que antaño eran grandes y hermosas casas ocupadas por familias pasaron a ser emplazamientos roñosos donde treinta o más personas podían ocupar sólo un par de habitaciones. El agua que circulaba por los desagües y alcantarillas londinenses que los transeúntes más desfavorecidos tenían que beber a diario tenía el color de un té verde concentrado; de hecho, cualquiera podría decir que se trata de fango con agua en vez de agua fangosa. ¿Y cuál es la guinda del pastel? Todo ello, rodeado de un elitismo artificial basado en la discriminación sistémica en nombre de Dios”.

Especialmente desgarradora era la situación de los niños. En el mejor de los casos, tenían que contribuir a la economía familiar; en el peor, vivían en la calle al más puro estilo de Oliver Twist. Muy a menudo, los trabajos que tenían que desempeñar eran especialmente peligrosos, como es el caso de los denominados niños escaladores, cuya función principal era meterse por debajo de la maquinaria para recuperar bobinas de algodón o por túneles estrechísimos dentro de las minas de carbón. Tanto en el primer caso como en el segundo, no era extraño que éstos perdieran los dedos o, directamente, murieran por asfixia.



Un esclavo afroamericano trabajando en las plantaciones estadounidenses, un soldado de la 2a Guerra Mundial o un artesano español en medio de la peste negra tampoco son santo de nuestra devoción en cuanto a bienestar se refiere. Pero lo más tétrico del asunto es que no hay que mirar al pasado para observar la miseria personificada: explotación infantil en las fábricas textiles de Bangladesh, mineros dejándose los dedos al extraer diamantes en Sierra Leona o, desgraciadamente, mis amigos venezolanos teniendo que salir de su país.

Mi gente, el infierno existe ya desde hace mucho tiempo, y está aquí: en la Tierra.

Seamos claros: el objetivo de adquirir perspectiva está muy lejos de ignorar los hechos, evadir la realidad o actuar como si los problemas actuales no tuvieran importancia. Más bien, se trata de relativizar una situación cambiando el marco desde el cual la valoramos y, de ese modo, reunir los recursos psicológicos necesarios para afrontarla con eficacia. En este sentido, Marco Aurelio afirmaba: “lo que nos sucede no es tan importante como la interpretación de lo que sucede”. Y esto es completamente cierto: no es que la realidad no se manifieste de forma hórrida para con el ser humano, ni tampoco que el mismo hecho de vivir no lleve aparejado un componente de dolor y sufrimiento ad intra.

Sin embargo, no son pocas las ocasiones en las que somos nosotros quienes, con nuestros pensamientos catastrofistas, derrotistas y sesgados por un estado emocional que apenas hemos sido capaces de comprender, magnificamos la ya de por sí enrevesada situación, agravamos el diagnóstico de los problemas, omitimos las oportunidades que encierran los obstáculos o, directamente, creamos problemas donde no los había porque hemos estado demasiado sobreprotegidos o no hemos afrontado los desafíos que nos permiten crecer internamente. El cambio de perspectiva es a la gratitud lo que la empatía a la asertividad.

Gratitud: Por qué no puede faltar en nuestras vidas. 2

Sé consciente de dónde estás ahora mismo. Muchos habrían matado por tu situación.

Reflexión final.

El Manual de Vida de Epicteto sugiere que una forma excelente de comenzar la jornada es dedicar unos minutos para agradecer los mejores aspectos de nuestra vida. La presión evolutiva a la que ha estado sometida nuestra especie a lo largo de los últimos siglos ha cimentado en el cerebro mecanismos para que enfocarnos con más entereza en los sucesos negativos. Y puede que en el pasado esta función gozara de mucha utilidad práctica. Sin embargo, con el transcurso de los años, la proporción de preocupaciones innecesarias no ha dejado de aumentar, sobre todo en las sociedades desarrolladas. El primer paso, pues, es recalibrar nuestra conciencia en el momento presente para ganar optimismo e ilusión.

¿Recordáis los tres puntos críticos de Séneca? Conforme el hombre posee más cosas…

(a) Desea con más intensidad poseer aún más bienes.

(b) Tiene más miedo a perder lo que ya posee.

(c) Da por sentado las cosas que ya tiene como si nunca fueran a agotarse.

Marco Aurelio nos propone un interesante ejercicio para no caer en los vicios del orgullo, la apatía o la ingratitud: “imagina que, un día cualquiera, todas tus pertenencias y seres queridos te fueran arrebatados sin previo aviso. Visualiza intensamente cada sensación, pensamiento y respuesta que se te pasa por la cabeza ante tal situación. ¿Cómo habrías actuado si aún conservaras lo que tenías? ¿qué le habrías dicho a aquellas personas que se marcharon para no volver? Ahora, abre los ojos: estás vivo, puedes respirar, caminar, sentir, ver y hablar. Sigues teniendo lo mismo de antes. ¿No es acaso una bendición?”.

En efecto, el emperador romano fue el pionero de gran refrán popular: “uno no valora lo que tiene hasta que lo pierde”. Cuánta verdad encierra y qué poco lo aplicamos en nuestra vida cotidiana. He aquí el enorme peso de la gratitud en términos psicológicos: transforma lo ordinario en extraordinario, lo común en especial, lo invisible en visible, lo aburrido en asombroso, lo inútil en imprescindible, lo olvidado en el más valioso de los tesoros. Y no sólo estamos hablando de lo meramente material, sino de aspectos tan fundamentales como la vida, la salud, la libertad, el placer o la compañía de tus seres queridos.

 

Pero lo más sorprendente del asunto lo encontramos en el plano emocional: según McConell, Fitzgerald y multitud de autores, la gratitud es totalmente incompatible con el resentimiento. Puesto en otras palabras, no se puede estar agradecido y resentido de forma simultánea; al expresar gratitud desde la sinceridad, es posible sentir diversas emociones como alegría, sorpresa e incluso tristeza, si es que un benefactor ha sacrificado algo muy grande por nosotros. Pero jamás resentimiento. Y no es de extrañar que los beneficios en la salud física y mental de las personas que practican la gratitud salten a la vista.

Por último, déjame decirte que no encontrarás resistencia alguna al buscar razones que te hagan odiar el mundo un poco más. Mires por donde mires, esta vida está repleta de tantas injusticias que es sencillo quedarse atrapado en un torbellino de indignación, desconsuelo y amargura. Y lo más peligroso del asunto es que tus quejas pueden tener bastante sentido. Sin embargo, como bien declaró Aristóteles, hay ciertas ocasiones en las que tener razón a la hora de identificar una injusticia no es ni la mitad de relevante que actuar para resolver un problema. Si me preguntan a mí, prefiero pecar de gratitud que de cualquier otra cosa. De este modo, dejaré el mundo mejor de lo que me lo he encontrado. Gracias, lector.

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