Filosofía del sacrificio: ¿merece la pena luchar?

Una tarde lluviosa como otra cualquiera, una estudiante de medicina se pregunta de nuevo algo que lleva rondando por su cabeza desde hace varios meses: “¿merecerá todo esto la pena? Sí, estoy apasionada por lo que hago, ¿pero lo estoy tanto como para renunciar a experiencias con mis amigos, domingos en familia o el cariño de una pareja? Incluso si supera a ciencia cierta que este esfuerzo temporal otorgará sus frutos en un futuro, ¿qué o quién me saca de mi tortura a tiempo presente?”. Y es que dicho testimonio no es para menos: desde que se levanta hasta que se acuesta, su mente está enfocada en memorizar cantidades ingentes de información, relacionar conceptos y resolver problemas. El escaso tiempo libre del que dispone lo emplea en asearse, cocinar, meditar, pasear, entrenar y, si su horario se lo permite, quedar con algún amigo o familiar para despejarse. A diferencia de otros compañeros de clase, que escogieron carreras o profesiones menos demandantes, ella no se puede dar la licencia de descansar todos los fines de semana, jugar al mus en la cafetería o irse de cervezas un miércoles. Hay momentos en los que lo único que le queda es un manual en el escritorio y la esperanza de que todo irá mejor algún día. El quid de la cuestión es: ¿por qué esto es suficiente para algunas personas y no para otras? De acuerdo, la fuerza de voluntad, la predisposición a la estabilidad emocional, la planificación de las tareas o la pasión por la materia son de suma relevancia a la hora de predecir la conducta de los residentes, especialmente si estos factores se evalúan en conjunto y albergan un componente genético considerable. Pero, a grandes rasgos, la mecánica del autocontrol y la persecución de objetivos también es sustentada por un buen sistema de pensamientos que dote al individuo de recursos útiles en la práctica. De todos modos, mi cometido a la postre en el presente artículo es examinar desde un punto de vista cognitivo-conductual y ético la filosofía del sacrificio, poniendo en tela de juicio dogmas del estilo “todo esfuerzo tiene su recompensa” o “el dolor es temporal, pero la satisfacción es permanente”. Y no tendré ningún reparo en poner el sentido crítico siempre por delante.

filosofia del sacrificio

La teoría del capital.

Para ilustrar mejor mi discurso, creo conveniente comenzar con un pequeño relato…

Supongamos que Robinson Crusoe acaba de llegar a una isla perdida en medio de la nada, cuyo único medio de subsistencia posible es la recolección de moras. Al principio, recogía los frutos de los arbustos utilizando sus propias manos, dedicando de esta manera todo su tiempo y esfuerzo al consumo mínimo indispensable y a la exploración de los parajes del arrecife. Sin embargo, transcurridas unas pocas semanas, el náufrago se da cuenta de algo increíble: si se hiciera con una vara de madera de unos cuatro metros de largo, sería capaz de llegar más alto y lejos, golpear los arbustos con fuerza y conseguir la cosecha de moras que necesita con muchísima más rapidez. ¿El problema? Pues que, según los cálculos del buen hombre, tardaría cinco días completos en buscar un árbol del que pueda arrancar la vara y pulir sus respectivas imperfecciones. Por esta razón, sería preciso reducir la ingesta calórica de moras durante una serie de días y guardar las que sobren en una cesta para así poder seguir comiendo cuando dedique los cinco días a la producción del palo de madera. Después de evaluar potenciales beneficios y pérdidas y planificar su marco de actuación, Robinson Crusoe decide tomar acción: a pesar de que debe asumir un sacrificio ineludible en el corto plazo, considera que las ganancias compensarán con creces el esfuerzo, tiempo y recursos invertidos. De aquí, derivan dos potenciales escenarios a gran escala, siendo el primero de ellos un éxito absoluto por parte del náufrago: el palo queda terminado en el periodo esperado y, a partir de entonces, podrá recogerse una cantidad de moras diez veces superior a la de antes empleando las mismas horas; el esfuerzo ha merecido la pena. Ahora, el personaje tendrá luz verde para dedicar el resto de su tiempo al ocio, al descanso o a la consecución de fines ulteriores más valiosos para él, como diseñar otros utensilios, construir una choza o cazar animales para variar su alimentación y protegerse del frío.

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Hasta aquí, habéis escuchado la alegoría de Robinson Crusoe, expuesta por el economista y político austrohúngaro Eugen Böhm-Bawerk, para explicar los fundamentos de la teoría del capital. Los análisis de Jesús Huerta de Soto proceden de la siguiente manera: “dentro de una economía moderna en la que existen múltiples agentes que desarrollan de forma simultánea distintas funciones, denominaremos capitalista a aquél cuya función consiste en ahorrar – es decir, consumir menos de lo que crea o produce a tiempo presente (tn) – poniendo a disposición de los trabajadores los recursos que necesitan para mantenerse mientras dure el proceso productivo con objeto de obtener otros bienes en el futuro (tn+m). Eso sí, el actor sólo estará dispuesto a sacrificar su consumo inmediato si piensa que con ello va a lograr fines de valor superior a los que obtendría si no actuara”. Una vez dicho esto, ¿cuál es la segunda situación posible? El fracaso: el emprendedor no logra fabricar el instrumento en los cinco días previamente establecidos. Este resultado indeseado puede deberse a múltiples factores de carácter aleatorio (véase, un depredador salvaje que se ha adueñado de las zonas con árboles más talludos, un tifón que ha azotado la isla o una tribu enemiga que decide quitarle el palo a la fuerza), pero también existen otros factores cuya responsabilidad recae directamente sobre el hombre (verbigracia, unas expectativas sobre los resultados demasiado optimistas, una mala organización del proceso de producción o, simplemente, falta de compromiso). A priori, uno podría concluir que, de darse el fracaso, la totalidad del tiempo empleado habrá sido en vano. Nada más lejos de la realidad, este segundo escenario presenta un abanico de manifestaciones (a diferencia del primero, que sólo confirma la canonización esperada de la finalidad del proyecto empresarial). Cierto es que, desde una perspectiva resultadista, el fracaso puede ser rotundo (por ejemplo, si la caña es tan endeble que se parte por la mitad nada más usarla) o parcial (por ejemplo, en caso de que haya construido dos metros en vez de cuatro). Pero aplicar una lógica tan reduccionista acerca de lo que fallar implica sería un grave error sobre las consecuencias de un resultado indeseado. Más allá de los recursos materiales que uno obtenga o no, hay otros factores de carácter psicológico y social – tanto positivos como negativos – que uno percibe por el simple hecho de haber llevado a cabo el curso de acción.



En aras de interiorizar bien este punto, imagina un escenario en el que la vara de Robinson Crusoe quiebra tras ser utilizada por primera vez. A pesar de que las pérdidas económicas sean evidentes (véase, las reservas de moras que acumuló para poder producir cinco días a tiempo completo), existen ganancias a nivel intelectual (el conocimiento que el náufrago ha adquirido a la hora de rastrear la zona, descartar árboles que no sean robustos, extraer la madera de sus tallos y ensamblarla con delicadeza) y a nivel emocional (que se traduce en una mejor gestión de la incertidumbre, una mayor tolerancia al estrés o un desarrollo más prominente del autocontrol). Asimismo, estaría realizando un análisis sesgado hacia el optimismo si no atendiera con igual exactitud las posibles pérdidas derivadas del plano emocional (como el dolor que transcurre desde la negación del fracaso hasta su posterior aceptación), y más punzante aún, el coste de oportunidad. En efecto, no sólo hemos de tener en cuenta lo que se ha perdido de facto, sino lo que uno deja de ganar por el simple hecho de arriesgarse en un proyecto empresarial o personal específico. Piénsalo: el buen hombre podría haber ejecutado otro plan de acción (como manufacturar otra herramienta, aprender a dominar el fuego o disfrutar de un día soleado en la playa) en lugar de fabricar el palo. El coste de oportunidad está precisamente vinculado a todo aquello a lo que un individuo renuncia al tomar una decisión (esto es, a todas estas cosas que podría haber hecho y no ha hecho), representando así la pérdida de valor asociada a la elección de una alternativa con respecto a otra. Es por esto por lo que el fracaso es a veces una experiencia tan hórrida, frustrante e incluso intolerable para tantos agentes económicos: la sensación de haber sacrificado tiempo, esfuerzo y recursos a tiempo presente para ni siquiera haber obtenido aquellas ganancias esperadas a tiempo futuro es absolutamente desgarradora.

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La vigente tendencia a romantizar el fracaso como si de un mal día se tratara es quizás la más peligrosa de las asunciones que uno puede hacer. El fracaso de verdad (no aquel que es producto de ir a medias, sino el que colisiona radicalmente con tus expectativas previas sobre cómo iban a desarrollarse los acontecimientos y cambiar las circunstancias), el que aparece escrito en negrita y mayúsculas, duele. Y, cuanto más sacrifiques, más va a doler, hasta el punto en el que hay gente que, lamentablemente, nunca llega a recuperarse de sus derrotas. Dejemos atrás el falaz fenómeno del mundo justo y la glorificación imparcial de cualquier revés sin importar las condiciones en las que éste se dé: basta con echar la vista a los empresarios arruinados y trastocados tras la crisis de 1929 o a los sueños truncados por la pandemia global que estamos atravesando. A fin de cuentas, el objeto ausente que más aflicción provoca no es el dinero invertido o la energía empleada en un determinado propósito, sino algo completamente irrecuperable: tiempo de vida. Al fracasar, una parte de ti mismo se sentirá traicionada, estafada y defraudada por unas promesas que jamás se materializaron. Hasta cierto punto, tu sensación de valía en el mundo es puesta en duda, al temblar los pilares fundamentales que constituyen tu identidad. No obstante, el sentimiento más difícil de encarar no parte del objetivo no alcanzado en sí, sino de todos los momentos y oportunidades que se han desvanecido. Tu cerebro comenzará a elaborar representaciones visuales en forma de aquello que, pudiendo tener, no tuviste, pudiendo hacer, no hiciste y, pudiendo sentir, no sentiste. Así pues, avasallado por una catarata de visualizaciones idílicas, el sujeto deberá hacer frente al arduo desafío de aceptar el coste de oportunidad pagado y, acto seguido, encontrar un sentido ante dicho fracaso. Esto es lo verdaderamente crucial a la hora de sobrepasar este episodio mental tan sumamente desolador e hiriente: ¿de qué errores me puedo resarcir? ¿cómo puedo salir mejor parado de esta situación? ¿no será que estoy a mitad de camino y no me he dado cuenta? ¿en qué ámbitos estoy más aventajado con respecto al inicio? ¿cuál es la lección que puedo extraer de esta experiencia? Como dijo John Maxwell: “unas veces se gana y otras se aprende”.

El secreto del sacrificio.

Por aplicación analógica, y por muy chocante que parezca, un deportista de alto nivel que entrena para una competición, dos padres que acaban de tener un hijo y, por supuesto, la estudiante de medicina que renuncia a salir de fiesta con sus excompañeros de instituto un viernes son, en cierta medida, capitalistas; y no lo son únicamente en su sentido literal (esto es, por el elevado salario de que pueda percibir un doctor o las ganancias directas e indirectas de un trofeo), sino también metafórico (verbigracia, por la satisfacción de haber formado una familia o de dedicarse profesionalmente a lo que a uno le apasiona). A modo de recapitulación, los sacrificios presentes no sólo se limitan al simple ahorro de recursos económicos, sino también a renuncias a nivel emocional, social e incluso físico. Lo que cada cual deberá hacer para ver si le sale a cuenta optar por un determinado plan de acción es ponderar las pérdidas – actuales y potenciales – con las respectivas ganancias – actuales y potenciales –. Sin embargo, el problema puede llegar a complicarse de sobremanera, ya que valorar costes y beneficios en la línea temporal es un proceso muy susceptible a una ingente cantidad de pormenores, sesgos, heurísticos que muchas veces uno pasa por alto. Como bien remarcó el eminente Daniel Kahneman en “Pensar rápido, pensar despacio”: “a quienes deseen iniciar un designio particular, les recomendaría que no perdieran de vista ciertos detalles importantes: ¿estoy siendo demasiado optimista con los resultados? De ser así, ¿cómo podría diseñar medidas para mitigar posibles sobrestimaciones en mis predicciones? ¿existen eventos azarosos que podrían menoscabar mi plan? ¿necesito de verdad tantos recursos para empezar, o más bien me estoy quedando corto? ¿cuál es el status-quo del que parto? ¿es esta situación inicial favorable o desfavorable? En caso de estar atravesando algún conflicto personal, ¿de qué manera podría estar reflejándose en algún aspecto de la elaboración de mi plan? ¿afectaría en algo a su desempeño?”.



Por ende, ante la tarea de descontar y comparar los flujos presentes y futuros en las esferas pecuniaria, psicológica, biológica y social, es de vital importancia recordar que:

– No es lo mismo prevenir ciertos imprevistos que olvidarse de que éstos existen.

– No es lo mismo cubrir las pérdidas de antemano que adoptar un optimismo ciego.

– No es lo mismo arrancar un proyecto teniendo muchos recursos que teniendo pocos.   

– No es lo mismo diseñar la praxis desde la estabilidad mental que desde el neuroticismo.

No obstante, diversos expertos en materia como Wilhelm Hofmann, Amy Summerville, Kathleen Vohs y Dianne Tice coinciden en que hay un parámetro estadísticamente mucho más significativo en comparación a los demás en cuanto a sacrificio se refiere, llegando ejercer una influencia psicométrica tan abismal que es capaz de predecir acontecimientos futuros en grandes grupos poblacionales con una precisión altísima. Damas y caballeros, me complace dar la bienvenida al autocontrol. También nombrado como gratificación aplazada o demora de la gratificación, esta habilidad se resume en resistir la tentación de una recompensa inmediata para obtener una recompensa en un momento posterior (tn+1).

En otras palabras, ésta se caracteriza por la renuncia de una remuneración pequeña (pero instantánea) con el fin de recibir una mayor y duradera. ​Son numerosos los estudios que relacionan la habilidad de retardar la gratificación con resultados positivos como el éxito académico, la salud física y psicológica, y la competencia social, motivo por el cual el autocontrol ha sido denominado por multitud de psicólogos clínicos y sociales como “la virtud maestra”. Y es que autorregular las emociones y los pensamientos juega un papel crítico en el ajuste psicológico del individuo. Los beneficios más evidentes son un incremento del bienestar, una alta autoestima y apertura a la experiencia y la protección contra una variedad de vulnerabilidades emocionales como la agresión o la apatía. Por el contrario, tiene lugar una elevada correlación entre trastornos mentales como el esquizo-afectivo, el de ansiedad generalizada o la depresión y la dificultad para retrasar el placer a corto plazo. Si deseas comprender los engranajes del autocontrol, no dudes en visualizar este artículo donde expongo las claves que Roy Baumeister desgranó.

filosofia de sacrificio

Esta tarea requiere un esfuerzo cognitivo sustancial, consciente y deliberado para anular la reacción del cuerpo estriado ventral: una parte del sistema límbico que forma parte del cerebro medio y constituye el centro del placer. Si uno desea refrenar el impulso de abrir el armario para comerse una galleta de chocolate o ponerse a dormir justo después de la comida, ha de utilizar la corteza prefrontal: el área cerebral asociada a la planificación, la lógica, el lenguaje, la concentración, la memorización, y más vinculada a la gratificación aplazada, la atención. ¿Y por qué nos interesa tanto la atención? ¿acaso es ésta la panacea ante todos los males? Pues esta idea no es tan descabellada como parece en un principio.  Una teoría bien fundamentada de la autorregulación es la llamada CAPS o Sistema de Personalidad Cognitivo-Afectiva, la cual sugiere que el retardo de una retribución se debe a la capacidad para emplear estrategias de regulación fría en lugar de estrategias de regulación cálida. ¿Qué significa esto exactamente? Pongamos el ejemplo de una persona que está tratando de dejar de fumar para mejorar su salud a medio-largo plazo: el foco en las cualidades cálidas (i.e., el sabor del tabaco, el sonido de una calada, el olor del humo o la textura del cigarro) dificultará la suspensión o la prórroga del hábito, mientras que el acto de depositar su atención en cualidades frías (i.e., la cantidad de alquitrán que contiene un paquete, el color de los pulmones de un fumador o la probabilidad de contraer cáncer) facilitará la consecución de su objetivo. Asimismo, otra táctica igualmente aceptable para aquellos casos en los que rotar de caliente a frío se haga especialmente tortuoso o muestre inefectividad es la distracción o sustitución del objeto tentador conservando la orientación cálida (por ejemplo, proyectando el aroma y sabor de una comida saludable o la sensación de caminar en libertad por un bosque y respirar aire puro). Como dice el psicólogo Mihály Csíkszentmihályi: “la atención es el sistema inmunológico del autocontrol”.

La forma en la que el sujeto encuadre la situación mediante representaciones lingüísticas y gráficas – es decir, pensamientos y visualizaciones – determinará en última instancia su éxito a la hora de superar momentos de alta volatilidad emocional. No es de extrañar que el mejor predictor del éxito académico, profesional y personal dentro del modelo de los cinco grandes rasgos de la personalidad sea la responsabilidad (o factor C), puesto que la covarianza entre diligencia y autorregulación es bastante considerable. Por ende, no me cabe la menor duda de que, junto al resto de cuestiones previamente mencionadas, la que jamás debería omitir un capitalista, ya sea expreso o tácito, es la siguiente: ¿de qué manera me puedo asegurar de (a) diseñar un plan de acción que se amolde a mi capacidad actual para autorregularme y (b) qué símbolos conceptuales y visuales podrían ser útiles en aras de demorar la gratificación de las recompensas presentes durante su confección? Uno ha de recordar que no es lo mismo un plan perfecto que un plan funcional; y un sistema que de verdad funciona no es otro que aquel capaz de integrar el estado de la materia con los rasgos y facultades intra-psíquicos del individuo. La sujeción a un método es justamente eso: la transición del sujeto desde la pasividad hasta la agencia; y el punto de apoyo entre el agente y su propósito es el autocontrol. Una vez dicho esto, es hora de sintetizar todos los conceptos expuestos en una expresión matemática diseñada por Eugen Böhm-Bawerk y adaptada al plano psicológico que recoge la influencia que ostenta cada parámetro:

S = λ + p1b1 – p2c1 + b2 – c2 ± ε



Dentro de un designio empresarial particular, la satisfacción agregada de un individuo (S) depende de su status-quo de partida (λ), las ganancias (b2) y pérdidas (c2) que este agente percibirá con total certeza simplemente por el hecho de iniciar el proyecto, las ganancias (b1) recibidas si el plan de acción concluye satisfactoriamente con cierta probabilidad p1, las pérdidas sufridas si el plan de acción deriva en un mal resultado con una probabilidad p2 y los posibles imprevistos favorables y desfavorables no pronosticados por el modelo. En realidad, no hace falta que entiendas esta ecuación para retener la enseñanza principal de este artículo: dado un mínimo viable de autorregulación (θ) en un individuo, su satisfacción para con un acto de gratificación retardada podría verse truncada…

– Si su situación inicial es demasiado buena como para asumir riesgos (E[λ] > E[S]).

– Si pasa por alto el hecho de que puede haber sucesos inesperados y fortuitos (ε).

– Si la potencial recompensa es muy inferior al posible castigo (b1 << c1).

– Si ignora o sustrae las recompensas del propio proceso (b2 ≈ 0).

– Si el objetivo fijado es prácticamente inalcanzable (p1 << p2). 

– Y si renuncia a demasiadas cosas en el presente (+ c2). 

Como actor, tu misión es coordinar tus esfuerzos presentes y futuros en pos de maximizar la probabilidad de éxito y disminuir la probabilidad de fracaso y, de este modo, optimizar tu satisfacción neta a lo largo del proceso (dS/dt). A la postre, son cuatro los dilemas que han de quedar resueltos para cumplir todas las condiciones anteriores con adecuación:

1) ¿Qué debo sacrificar y por qué? 2) ¿Qué no debo sacrificar y por qué?

3) ¿Qué va a ser de mí si no lo consigo? 4) ¿Qué va a ser de mí si lo consigo?

Filosofía del sacrificio: ¿merece la pena luchar? 1

Lo cierto es que la respuesta variará según la persona que responda y sus circunstancias. Nuestra protagonista podría concluir que estudiar medicina no merece la pena porque no va a disfrutar de su profesión o ha encontrado algo más satisfactorio y retributivo y menos difícil de lograr; asimismo, cabe la posibilidad de que reestructure sus hábitos y creencias para ganar autocontrol, poder afrontar situaciones críticas y llegar al puesto de sus sueños. Mi consejo es que sacrifiques aquello que traiga sufrimiento innecesario a tu vida, al ser perjudicial tanto hoy como mañana o cuyas ganancias hoy no compensen las pérdidas del mañana. Tampoco cometas el error de sacrificar aquello que aporte cosas buenas tanto en el corto como en el largo plazo o cuyas pérdidas a corto sean remontadas por las ganancias a largo. Y, sobre todo, exponte a fracasos de los que puedas recuperarte. Mide el riesgo.

Y tú, ¿Qué estás dispuesto a sacrificar? Me encantaría leerte en la caja de comentarios. Si hay una certeza inamovible con la que pueda finalizar mi discurso, es la siguiente: no hay peor apuesta que la de no sacrificar nada… Pregúntenle la razón al maestro Epicuro.

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