Una vida sin excusas es posible

Basta de justificaciones y excusas que limitan la acción

No es de extrañar que uno sea perfectamente consciente de qué, cómo, cuándo y por qué tiene que hacer algo y, al mismo tiempo, debido a falta de disciplina, no esté por la labor de ejercer acción para materializar esa idea.

¿Qué se interpone entre lo que deseamos con fervor y lo que nos apetece?

¿Qué ingrediente impide que consumemos nuestras aspiraciones más profundas?

¿Qué es lo que verdaderamente nos obstaculiza para conseguir lo que queremos? 

Exacto: las emociones.

Origen de las excusas.

Para entender el origen de las excusas, es necesario explicar la metáfora del elefante y el jinete, creada por el psicólogo Jonathan Haidt.

  • Por un lado, el elefante es un mamífero de dimensiones colosales que goza de un olfato excelente y de un oído exquisito, pero cuya vista dista mucho de ser perfecta. Al carecer de una visión periférica, su mecanismo natural de defensa ante estímulos inesperados recae sobre los otros sentidos. Por ello, el elefante representa la intuición.

  • Por otro lado, el jinete sabe cómo situarse a lomos del elefante para dirigirlo, pues sujeta las riendas y piensa que lleva la voz cantante dada su inteligencia. Craso error. Por ello, el jinete representa la razón.

Cuando el elefante y el jinete miran para el mismo lado, caminan en direcciones iguales y buscan objetivos comunes, no habrá conflicto alguno. El problema surge cuando las necesidades de ambos son diferentes, de tal modo que cada cual tira para su lado en pos de satisfacer sus propios anhelos.

El elefante es grande, fuerte e impulsivo; el jinete, por su parte, es astuto, mas pequeño y débil en comparación. Así pues, el control del buen hombre es poco menos que un aciago espejismo, ya que no deja de ser precario e incierto en comparación al animal. Si el gigantesco elefante se rebela contra su dueño y quiere tomar otra dirección, es bastante probable que lo consiga.

origen de las excusas

 

¿Por qué nos ponemos excusas?

Es la lucha eterna del ser humano: la razón contra la emoción.

Primero sentimos, después razonamos.

Cuando la emoción es tan poderosa que el individuo se ve sobrecargado por un mar de sentimientos aflictivos y sensaciones desgarradoras, recurre a la razón para excusar la decisión que las emociones ya han tomado desde hace un buen rato. De ahí procede la palabra excusa.

Te sientes abatido cuando no estás por la labor de dejar tan pronto las sábanas. Por eso, la razón justifica que habrá días de sobra para estudiar, a pesar de que el examen sea dentro de tres días y no hayas empezado.

Te sientes desamparado cuando tu pareja no está junto a ti. Por eso, la razón justifica que merece una segunda oportunidad, a pesar de que no te trata como la persona digna y noble que en realidad eres.

Te sientes sosegado cuando inhalas el humo tóxico del tabaco. Por eso, la razón justifica que no pasa nada por echar un par de caladas al salir de fiesta, a pesar de que nunca te conformarás con un solo cigarro.  

Te sientes contento cuando vas ciego de alcohol. Por eso, la razón justifica que beber con moderación no es malo para la salud, a pesar de que haya sido el culpable de que no completaras ese ambicioso proyecto.

Te sientes aterrorizado cuando piensas en emprender. Por eso, la razón justifica que es mejor seguir formándose cuatro años más o esperar a que el ciclo económico sea más favorable, a pesar de que las oportunidades perfectas no existen.

No culpo a quien fabrica tales justificaciones, pues no es más que el mero funcionamiento puro del cerebro. Yo también lo hago: soy humano y me pongo excusas.

La cuestión reside en si la baraja de alegatos y pretextos desvía la trayectoria del elefante ligeramente o en si la bestia se apodera del sentido y dirección del camino, al tener arriba un jinete amansado y demolido. En qué quedamos, caballero: ¿va usted a ir de paseo o de rodeo?

Saber lo que uno tiene que hacer no importa tanto como parece en un principio; más bien, el juego va de tener las agallas de hacerlo. Lo último abre las compuertas del cambio, la mejora y el aprendizaje mediante un autochantaje que emana del propio sentido de urgencia del homo sapiens.

Aunque ser consciente de la ruta a seguir podría ser de gran ayuda en una mente ya de por sí resiliente y decidida, la ciencia y la probabilidad demuestran que las garantías de que el plan cobre vida de forma sostenida brillan por ser escasas.

Todos saben que el alcohol mata, pero a la mayoría nunca le falta su cerveza diaria. Todos saben que el dulce mata, pero la mayoría no detiene los atracones de azúcar. Todos saben que la velocidad mata, pero la mayoría supera el límite permitido en carretera al sobrepasar un radar.

No es el hecho de que uno sea consciente o no de un peligro lo que le aleja de él. No es el hecho de que uno sea consciente o no de una meta lo que le acerca a ella.

Es una condición necesaria, pero no suficiente. ¿Cuál es el secreto que te permitirá revertir el proceso de autodestrucción? Existe una explicación psicológica detrás de este fenómeno.

 

Psicología de las excusas.

Imagina que vas caminando tranquilamente por la montaña y tu cuerpo empieza a sentir escalofríos, al percatarse de que hay algo que parece ser una serpiente. Unos instantes después de sentir tal miedo e inseguridad, la cognición dice: “es un palo”, lo que ocasiona un cambio repentino y automático en tu sensación.

El jinete ha corregido el movimiento visceral y preconsciente del elefante al recurrir al pensamiento para alterar la sensación primigenia de sobresalto y dar una respuesta distinta a la inicial. Esto es, al pensar que es un palo, el razonamiento crea curiosidad y tranquilidad, dando lugar a que el miedo desaparezca por completo. 

¿Cómo reacciona el ser humano ante un estímulo externo? El cerebro activa en los doscientos primeros milisegundos tanto el cerebro reptiliano como el sistema límbico mediante una serie de neurotransmisores que dan lugar a la composición global de nuestra forma de procesar.

– El cerebro de reptil sabe muy bien cómo activar el instinto de supervivencia, pero todavía no se ha enterado de que ya no vivimos rodeados de tiburones monstruo, leones cavernarios y tigres dientes de sable.

cerebro de reptil

– El sistema límbico provoca la emoción que sentimos, pero está muy lejos de tomar las mejores decisiones en lo que a relaciones humanas contemporáneas respecta.

sistema limbico

¿Y qué sucede entonces? Se han examinado dos tipos de cerebro cuya reacción es totalmente diferente. Sin embargo, ambas reacciones pueden tomar partida en una misma persona al tener que afrontar diferentes compromisos, o simplemente al abordar múltiples desafíos que le permitan crecer y madurar como persona.

Por un lado, el Cerebro Tipo 1 (CT1) consigue activar a los 800 milisegundos una tercera área denominada neocórtex, responsable del pensamiento avanzado, la razón, el habla, la planificación, etc.

La corteza prefrontal es capaz de iniciar la cognición para modificar el pensamiento acerca del estímulo externo (“si lo que estoy viendo fuera una serpiente, se movería y emitiría un sonido diferente”). Pero cuidado: no es dicho razonamiento lo que fulmina la emoción anterior, sino lo que crea otra emoción distinta que se adapta mejor a la coyuntura (“antes estaba asustado; ahora, relajado o curioso”).

Por otro lado, el Cerebro Tipo 2 (CT2) ha de aguantar un auténtico tsunami emocional, de tal manera que el sujeto es completamente incapaz de activar la cognición y resolver el problema tal y como hizo el CT1.

Este fenómeno es básicamente lo que explica el fracaso escolar, el exceso de velocidad o la obesidad mórbida.

fracaso

Por último, cuando los impulsos intuitivos deciden cómo actuar, el neocórtex interviene posteriormente para justificar por qué dicha decisión es la correcta. El sistema límbico ha ganado la partida.

¿Significa esto que dichas personas no tienen ninguna posibilidad para gestionar las emociones conflictivas? En absoluto. Pero encender un sistema cortical inactivo y sedentario requiere una buena estrategia. Deberán reunir un esfuerzo sublime para actuar y romper el patrón preestablecido, a pesar de que la intensidad emocional se incremente cada vez más.

¿Tienes miedo de saltar de un trampolín a 10 metros de altura? No pienses, salta.

¿Tienes estrés porque el temario del examen es demasiado largo? No pienses, estudia.

¿Tienes tristeza cuando tu quinto proyecto ha fracasado? No pienses, continúa. 

Poco a poco, el jinete tomará el mando y acaparará más poder.

Por el contrario, si no se controla adecuadamente a un CT2, las consecuencias pueden ser fatales. Guiarse por las emociones es un paseo aleatorio: tan pronto como se acierte en una decisión, se tomará otra cuya implicación es de proporciones ecatómbicas.

Es aquí donde nacen las excusas. El elefante gana la partida al jinete, comienza a andar sin su consentimiento y, al verse incapaz de frenar al animal, elabora un pretexto que argumente por qué el animal ha salido disparado en una dirección específica en contra de su verdadero interés.

Sea como sea… Cada vez que alguien toma una decisión, ha sentido en su cuerpo previamente. Después, habrá algo que lo justifique o desmienta a nivel cognitivo.

La inteligencia se puede entender desde la acepción de intelliger, esto es: “seleccionar entre”. Cuando uno es inteligente, significa que, entre todo lo posible, escogerá lo más adecuado a la situación. La inteligencia emocional implica que el individuo elija la emoción más apropiada para el estímulo externo entre todas las que se encuentran a su disposición.

La emoción decide y la razón justifica. Dicho de otro modo: todas las decisiones son emotivas. Seguidamente, la razón explica la emoción que se experimenta en un principio o la transforma en otra que consiga desbancarla; pero es lo que uno siente lo que determinará el rumbo de la trayectoria.

rumbo de la trayectoria

Si estás en cólera, el mundo se ve distinto a si estás en templanza.

Si estás en miedo, el mundo se ve distinto a si estás en seguridad.

Si estás en letargo, el mundo se ve distinto a si estás en júbilo.

El pensamiento es un buen evaluador, no un buen gestor. La gestión tiene que producirse de emoción a emoción. El trabajo de saber lo que hay que hacer corresponde a la corteza prefrontal, mas ser capaz de hacerlo tiene que ver con la inteligencia emocional, es decir, si el sistema operativo que se utiliza es el CT1 o el CT2.

¿Comprendes ahora por qué tanta gente se refugia en las excusas?

¿Entiendes ahora por qué saber lo que hay que hacer no basta?

No todo el mundo ha aprendido a seleccionar sabiamente; no todo el mundo sabe gestionar sus emociones. Y no es raro: nadie nos ha enseñado a hacerlo.

El factor que aniquila la existencia de miles de individuos es precisamente la criptonita de su cambio. El problema es que una gran parte de las personas, al no entender a las emociones más conflictivas, se asustan y prefieren fundamentar el dominio que éstas ejercen sobre su voluntad mediante justificaciones elaboradas por la razón.

“Es que no tengo tiempo para ir al gimnasio”

Dijo Juan mientras buscaba olvidarse de su tristeza consumiendo porquería televisiva.

“Es que mi jefe tiene que subirme el sueldo”

Dijo Laura tras calmar su ansiedad comprándose tres pares de zapatos carísimos.

“Es que las editoriales no me publicarían el libro”

Dijo Esteban para justificar el miedo a lo que el lector pueda pensar de él.

Lo más grave de la situación es que la gente cree firmemente que el hecho de que las excusas sean aceptables les exime de tomar responsabilidad sobre su vida. El asunto no va de tener razón o no tenerla, sino de moverse o no moverse; de actuar o no actuar; de cambiar o no cambiar; de hacer o no hacer.

Deja de ser un jinete fatídico y desconsolado para convertirte en un domador de categoría.

¿Vas a tolerar que las emociones jueguen contigo o vas a jugar tú con ellas?

¿Vas a dejar que tu cerebro te domine o vas a convertirlo en una máquina infalible?

¿Vas a permitir que un sentimiento temporal tome una decisión permanente?

¿Vas a consentir que las excusas se carguen tu vida o vas a construir una vida con las excusas correctas?

Sí, aquellas cuya moción no se basa en la emoción, sino en la noción.

 

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