Esperanza: El nutrimento de la motivación

Talento, cualidades, habilidades… Muchos me preguntan cuál es la caja de Pandora que posibilita la consecución de objetivos. Lo más curioso es que la obsesión por encontrar el mismísimo Santo Grial del éxito termina por erradicarlo en más ocasiones de las que soy capaz de vislumbrar. A lo largo de las últimas cinco décadas, los psicólogos han propuesto diversos vehículos para triunfar: autoconciencia, constancia, metacognición, optimismo, pasión, inspiración, etc. Si bien estos componentes son de vital importancia, la falta de espiritualidad latente en el mundo contemporáneo ha ido marginando, de forma paulatina, despectiva y sibilina algo de lo que el hombre no puede prescindir: la esperanza.

Craso error. Éste no es un vehículo cualquiera, sino un todoterreno con el potencial de ir a través de los terrenos más fangosos, irregulares y descuidados que la vida nos presenta sin previo aviso. Oh, pero cuán vil paradoja es aquella que concierne a la esperanza, pues cuanto más se espere aprehenderla, menos aprendemos a esperar. Con todo, la esperanza es el sustrato de la motivación, el nutrimento del que se alimenta la vitalidad, la garra, el ímpetu de un pobre humano que sólo quiere progresar de una vez por todas.

esperanza

Sin embargo, lejos de ser considerada como un vehículo dinámico, adaptativo y útil, la sociedad la desprecia y subestima sin reparo alguno, provocando que su cotización apunte a la baja y que carezca de la reputación que en realidad merece. Así pues, el esperanzado se convierte, ante ojos de los demás, en aquel ingenuo feliz que empuja contra la pared con una sonrisa de oreja a oreja. Pero no se confundan, amigos míos: que el tonto tenga esperanza no significa que la esperanza haga tonto. A continuación, demostraré como la ciencia más vanguardista ha aportado evidencias que la han devuelto su relevancia.

Psicología de la esperanza.

Remontémonos al año 1991. Por aquel entonces, el eminente psicólogo positivo Charles Snyder y sus colegas idearon la denominada Teoría de la Esperanza. De acuerdo a dicha teoría, la esperanza se divide en dos componentes: agencia y caminos. Una persona cuya voluntad y determinación en la realización de sus metas sean lo suficientemente grandes (agencia) y que diseñe diferentes estrategias que se amolden a las circunstancias vigentes (caminos) maximizará su esperanza. Puesto en palabras más simples, aquel individuo que muestre la osadía necesaria para avanzar hacia sus metas mediante un plan de actuación flexible para con la coyuntura del momento tiene la receta de la esperanza.

Para Snyder, la importancia de estos dos factores reside en el tipo de afirmaciones que el mismo sujeto realiza y cómo las procesa el cerebro. La agencia recoge diversas creencias como: “mis experiencias pasadas me han preparado mejor para afrontar el futuro”, “debo perseguir mis objetivos energéticamente” o “he tenido éxito en muchas áreas de mi vida”. Mientras tanto, los caminos abarcan testamentos similares a: “buscaré una solución para cada problema en vez de un problema para cada solución”, “incluso si otros se desaniman, yo sé que puedo resolver el problema” o “un apuro desemboca en mil soluciones”.



De este modo, no estamos hablando únicamente de una emoción que nos hace sentir bien por arte de magia, sino de un sistema dinámico de motivación cognitiva. Bajo la presente conceptualización, las emociones siguen a las cogniciones, es decir, lo que uno siente está por debajo de lo que uno piensa en cuanto a la toma de decisiones se refiere. Es esencial que no ocurra al revés a la hora de elegir a largo plazo, puesto que el cerebro está repleto de todo tipo de heurísticos y sesgos cognitivos que trucan nuestra percepción del mundo.

La esperanza nos salva de la zombificación para convertirnos en aprendices eternos.

Y es que las personas con objetivos de aprendizaje terminan alcanzando un nivel superior en la jerarquización de sus creencias, la estructuración de sus planes y la monitorización de su progreso para mantenerse en el sendero de la constancia. En este sentido, una gran parte de la investigación muestra que aprender está positivamente correlacionado con el éxito en una amplia gama de ámbitos, desde logros académicos hasta deportes, negocios, artes y ciencias. Pero jamás lo olviden: el cerebro interpretará que aprender tiene sentido si y sólo si el objeto de aprendizaje sirve de algo, es decir, si cumple una función concreta.

La palabra “aprender” procede del latín apprehendere, que significa “coger o adquirir un objeto de conocimiento”. Ahora bien, ¿por qué adquirir conocimientos ya no tiene sentido cuando la esperanza brilla por su ausencia? Te formulo una pregunta muy simple: ¿quién querría, en su sano juicio, interiorizar conceptos cuya temática es un mundo que sólo va de mal en peor? En caso de que la indefensión aprendida y la frustración vital nos invadan de pies a cabeza, recopilar conocimiento ya no tendrá fin alguno: pensamos que ya nada tiene sentido en sí mismo, que las cosas no mejorarán por mucho que nos esforcemos y, por ende, que saber más ya no equivale a estar mejor.

psicologia de la esperanza

Es por esto por lo que un sujeto desesperado nunca podrá optimizar su cognición: si uno no cree que un futuro mejor es posible, ¿para qué hacer el esfuerzo de aprender, entonces? No servirá para nada. El vacío de un nihilismo fatalista consume cada entraña de nuestra conciencia, devora cada rincón de nuestra percepción, arrasa cada pilar de nuestro logos hasta que en nosotros sólo quedan las migajas de un ser derrotado y resignado a cambiar. Como predicó Friedrich Nietzsche en su crítica a Arthur Schopenhauer: “los resquicios de una voluntad enferma se traducen en la más absoluta indiferencia”. El lema principal de la desesperanza se resume perfectamente en tres sencillas palabras: “¿qué más da?”

En un estudio más reciente, Liz Day y sus compañeros descubrieron que la esperanza está

estrechamente vinculada con el éxito académico. Y ya no estamos hablando únicamente de parámetros como el coeficiente intelectual (IQ) – que también -, sino de un recurso de gran conveniencia: el pensamiento divergente. Mediante este marco, uno puede generar ideas más creativas e ingeniosas en pos de satisfacer sus necesidades y resolver problemas exigentes. Por si no fuera poco, la evidencia empírica que nos proporciona Liz arroja luz sobre aumentos de concentración en los participantes más esperanzados, y concuerda en gran medida con las aportaciones de Rebecca Görres, de la universidad de Utrecht.

Esta última psicóloga nos ofrece un dato revelador: “parece ser que el rendimiento puede mejorar sustancialmente a corto plazo si una persona traslada al plano consciente que dispone de los medios materiales y psicológicos suficientes para lograr sus objetivos”.

Recalco términos como “acción” y “recursos” precisamente para no incurrir en posibles malinterpretaciones acerca de lo que la esperanza implica. Numerosos son los detractores que, viéndose arrastrados por una gestión subóptima de sus emociones, descalifican este mecanismo psicológico tan primal como funcional en la especie humana.

Este concepto no se basa en un simple “todo saldrá bien” que uno repita insistentemente delante del espejo sin ningún tipo de fundamento que respalde dicho juicio. De ser así, la propia vida se encargará de abofetearnos una y otra vez hasta que, por pura desesperación, reneguemos la realidad. Es cierto que, desde un punto de vista más teológico, la esperanza sí adquiere un significado de salvaguardia absoluta sin que el propio individuo haga nada para merecerla, pero incluso la fe más apremiante de la comarca poco le vale a un ser que no se ocupa lo más mínimo en dejarla mejor de lo que se la ha encontrado.

 

Si me preguntáis a mí, con total independencia de que uno crea o no crea en la existencia de un ser omnipotente y omnipresente, nadie tiene la obligación de mejorar la condición actual de tu existencia terrenal; nadie te va a rescatar, querido… Y menos mal. De ser así, de existir un Dios que resolviera todos tus deseos más latentes y tus quimeras de juventud,

te estaría privando de aprender, de progresar y de aportar valor al mundo. El lema “todo saldrá bien” está pidiendo un cambio a gritos, pues el sentido común nos advierte de que no todas las cosas salen bien. En su lugar, la buena esperanza es aquella que se entiende por el principio “todo acabará bien si y sólo si me convierto en un hacedor nato”. 

Tras todo lo mencionado, la conclusión más clara que podemos extraer es que una persona tiene el potencial de entrar tanto en espirales viciosas como en círculos virtuosos, ya que el aprendizaje nos lleva a la esperanza y la esperanza nos lleva al aprendizaje. Ahora, yo te pregunto: ¿con cuál de las dos facetas prefieres identificarte?

Nelson Mandela.

Si hay un ejemplo de esperanza, compromiso e ilusión es, sin duda alguna, el de Nelson Mandela: un activista, abogado y político sudafricano que luchó pacíficamente contra la segregación racial e instauró un modelo político democrático en Sudáfrica. No obstante, su travesía fue de todo menos justa y agradable. Nelson se formó en un internado y una universidad de élite negra. A los 23 años de edad, se mudó a Johannesburgo para formar parte del CNA (Congreso Nacional Africano): un partido político cuyo principal objetivo era abogar por los derechos de la población de piel oscura.



Siete años más tarde, en 1948, llegaron al gobierno de Sudáfrica un grupo de nacionalistas radicales que trajeron tras de sí un régimen de segregación racial en el que se impuso la supremacía del hombre blanco: el apartheid. Mandela, lejos de sucumbir al absolutismo del gobierno, organizó una rebelión de desobediencia civil no violenta desde el seno del CNA. Tras unos diez años de pugna incesable contra el racismo, los dirigentes imperantes quisieron acabar con la resistencia del CNA de cuajo, por lo que ilegalizaron de inmediato el partido. Desde entonces, la única opción viable para Mandela y el resto de activistas era organizar una lucha armada desde la clandestinidad. No perdieron la esperanza.

Sin embargo, lo más hórrido estaba todavía por llegar…

Desgraciadamente, el 5 de agosto de 1962, el buen hombre fue arrestado por conspiración contra la dictadura ideológica del apartheid, entre otros supuestos delitos que no llegaron a concretarse. La crueldad del partido supremacista se materializó en un encarcelamiento de nada más y nada menos que 27 años. ¿Qué clase de esperanza podía tener uno después de experimentar un escenario de injusticia tan atroz? Tras haber dedicado una vida entera a la defensa de la igualdad, la libertad y el respeto, ¿soy compensado con dosis de odio, intolerancia y violencia? Nelson tenía todas las excusas para dejar de ser quien era…

Esperanza: El nutrimento de la motivación 1

Pero no perdió la esperanza: él seguiría actuando sin freno hasta el fin de sus días. Durante la década de los 80, el aumento de la violencia racial y el desarrollo de la sociedad global catalizaron el crecimiento del número de protestas en contra del régimen sudafricano con el nombre de Mandela como estandarte. El gobierno, ante la presión tanto interna como internacional a la que estaba viéndose sometido, decidió poner en libertad a Nelson el día 11 de febrero de 1990. Tres meses después de su liberación, fue elegido para liderar el CNA y, desde su puesto de poder, luchó para instaurar la democracia en Sudáfrica. Como resultado, se celebraron en el año 1994 las primeras elecciones democráticas de la historia de la nación con él como vencedor, convirtiéndose en el primer presidente negro del país.

¿Cuáles son las claves que Nelson Mandela guardaba bajo la manga?

Recientemente, se ha publicado una gran variedad de cartas que el buen hombre escribió durante sus 27 años de prisión, las cuales contienen reflexiones acerca de las abismales condiciones en las que su alma se vio envuelta, incluyendo el acoso de los vigilantes y la pérdida de una parte de su visión debido a la explícita prohibición de llevar gafas de sol para protegerse de su resplandor. Aun así, sus escritos están repletos de esperanza.

Uno de los textos más conmovedores que pasaron por sus ojos durante el encarcelamiento fue “El poder del pensamiento positivo”, de Vincent Peale. Lo que más le fascinó de esta obra fue el hecho de que las discapacidades que sufrimos no son tan importantes como la actitud que mostramos para con las mismas. Es un testimonio muy parecido al que Viktor Frankl ofrece en “El hombre en busca de sentido”: la voluntad de vivir es el producto de entender que uno siempre tendrá la libertad para reaccionar ante la tragedia y el dolor.



Inspirado en Peale, Mandela llegó a la conclusión de que la esperanza es la mejor de las armas que puede utilizar el hombre, incluso si le quitaran absolutamente todo. Asimismo, el sudafricano enfatizó numerosas referencias bíblicas: “seguiré luchando por un mundo donde la guerra, la hambruna, la enfermedad y la intolerancia racial lleguen a su fin. Sin duda, es la única utopía por la que merece la pena arriesgarlo todo”.

Conclusión.

Mandela desmintió con su ejemplo la peligrosa aserción de que la esperanza es la droga de los débiles. Los que así piensan tienen una percepción sesgada e imprecisa sobre esta cualidad, puesto que no consiste en quedarse de brazos cruzados esperando a que Eolo ponga el viento a favor del marinero, a que Moisés separe las aguas del Mar Rojo en aras de facilitarnos la travesía, ni tampoco a que el azar pierda su esencia para favorecer a los que realmente lo necesitan. La verdadera esperanza consiste en tomar acción constante e inteligente para dar respaldo a las expectativas que construimos en base a nuestras metas.

Nos reconforta enormemente pensar que nuestras destrezas actuales, ya sean de carácter intelectual, experiencial o físico, son el mejor predictor del futuro que nos depara. A pesar de que las habilidades especiales juegan a nuestro favor, éstas no desempeñan un rol tan decisivo como una proyección potenciadora y esperanzadora sobre lo que podemos lograr si nos empleamos a fondo. El talento, las cualidades y las habilidades importan, y mucho, pero es la firme creencia de que las cosas mejorarán lo que marca la diferencia.

Y esto, queridos lectores, no lo creo: lo sé.

– Denme a un novato, a un incompetente o a un torpe con motivación, optimismo e ilusión, y el resultado puede ser la mayor transformación que por sus ojos ha pasado. El vehículo de la esperanza es la mejor herramienta para desenterrar aquellas habilidades que se daban por muertas o inexistentes; un puente entre el tonto motivado que no para de darse golpes contra la pared y un profesional que ha pulido su accionar hasta rozar la perfección.

– Denme a un talentoso, a un cualificado o a un hábil sin motivación, optimismo e ilusión, y les aseguro que de ahí no salen más que promesas al vacío que se quedan en la potencia aristotélica del “lo que pudo haber sido y nunca fue”.

“Que una tormenta no te haga olvidar que detrás de las nubes se encuentra el sol” –

Anónimo

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