El tiempo según Jorge Luis Borges

¿Qué es el tiempo?

“El río me arrebata con su corriente. Yo también fui hecho de misterioso tiempo de forma deleznable. Acaso el manantial está en mí, acaso de mi sombra surgen, fatales e ilusorios, los días. Por tanto, todo me lleva a pensar que yo soy ese río”.

Este fragmento pertenece a la obra “Elogio de la sombra”, de Jorge Luis Borges. No me cabe ninguna duda de que los escritos del genio argentino reflejan el concepto del tiempo mejor que muchos de los filósofos que por mis ojos han pasado. Al principio, no entendía por qué el porteño estaba tan obstinado con el tiempo. Simplemente, el hecho de que las cosas cambiaran de lugar y las personas cambiaran de parecer era algo tan elemental como intrascendente para mí. En fin, otro libro más del colegio del que me tengo que examinar.

Algo tan obvio no merecía ni un segundo de mi tiempo.

Pero luego me di cuenta de que esta conclusión era una paradoja: “no puede ser que el tiempo no merezca un segundo de mi tiempo si estoy preocupándome para que no ocupe ni un segundo de mi tiempo”. Y, de repente, mi mundo pegó un frenazo brusco para que mis emociones comprendieran algo que mi razón ya sabía: te vas a morir. Dónde están… ¿dónde están esos textos de Borges que tanta vuelta de tuerca dieron al reloj? Rebusqué sin cesar en las montañas de polvo de mi habitación, pero el libro desapareció.

 

Jamás sentí tanta ansiedad por que un objeto cambiara de lugar, lo cual me devolvió a los pensamientos del autor: “el cosmos se convierte en caos y el caos se convierte en cosmos. La materia se encuentra en constante movimiento”. Todo esto retroalimentó todavía más mi fuerte anhelo de encontrar ese diamante en bruto disfrazado de un condenado libro de instituto que me devolvería, de alguna manera, todos los minutos perdidos. Pobre iluso.

De nuevo, la realidad me golpeó a bocajarro con la peor de las verdades existentes: tiempo que corre, tiempo que no vuelve. El hecho de que hallara el libro no haría que recuperase el tema principal del que habla: el tiempo. Ahí, susurré al aire: ¿cómo es posible que haya estado tan ciego durante toda mi vida? Desde entonces, se acentuó en mí la conciencia de la fugacidad del tiempo. Y hoy te toca a ti, lector… ¿Estás preparado?

No, aquella obra nunca volvió a mis manos, pero sí a mis ojos: gracias, Internet. Un buen ejemplo que transmite el concepto de la brevedad de la vida, descrito así previamente por Séneca, son los poemas que Borges dedica a Heráclito de Éfeso y el río como símbolo de transitoriedad. El río en el que nos bañamos simboliza la fugacidad del tiempo, el devenir incesante, la diferencia y el cambio de la realidad que nos rodea. Pero, al mismo tiempo, cada uno de nosotros también estamos hechos de esta “deleznable materia”, esto es, de misterioso tiempo: igual que aquello que nos rodea, igual que el río, el ser humano es una realidad que deviene. No sólo vivimos en medio del tiempo, sino que somos seres hechos de tiempo, resaltando así la conciencia de nuestra fragilidad.


La filosofía y el tiempo.

Sobre la gran influencia del filósofo presocrático, el propio Borges dijo: “nadie baja dos veces al mismo río. En primer término, porque las aguas del río fluyen, es decir, uno ya no puede tocar la misma agua; en segundo término, porque la persona que toca el agua tampoco es la misma”. Basándose en esta idea, el escritor compara la identidad con una sombra, aludiendo así al horror sagrado de la tenebrosa metafísica del hombre. Piénsalo:

Tu yo actual no es el mismo individuo que el de hace cinco años. Sí, se parecerán más o menos, pero ya no son la misma persona. Entonces…

¿Qué es la identidad sino un espejismo temporal, una ilusión proyectada en la conciencia?

No se trata únicamente de su poesía, pues en los relatos de Borges también encontramos vestigios de esta temática universal. En “El libro de arena”, el porteño realiza la siguiente reflexión: “¿Cómo sería un encuentro con uno mismo, pero mucho más joven que ahora, cuando el paso del tiempo nos haya convertido en otras personas? ¿seguiría siendo el mismo o, por el contrario, no podría reconocerse en el espejo deformado por el tiempo?”

filosofia y tiempo

Una vez interiorizado que el mundo cambia y nosotros cambiamos, la cuestión que cabe plantearse ahora es: ¿qué debo hacer con mi tiempo? Y quiero dirigirme a ti, lector:

¿Cuándo fue la última vez que detuviste tu mundo para recalibrar tu mente? A veces, parece que pararse en mitad de este frenesí es la peor idea que uno podría tener, pero es justo al revés: “el que jamás para, acaba mal parado”. No obstante, hay quienes nunca cesan en insistir sobre lo superfluo, reiterar en lo absurdo y caminar hacia la nada.

Probablemente, esto es así porque la influencia sociocultural, el desarrollo tecnológico y la organización económica condicionan de sobremanera la conducta individual. El traje, la corbata y el tupé marcan los tiempos, las pautas, las directrices, las rutinas de un hombre perdido que se ha olvidado de dónde viene y no sabe hacia dónde va. Terminamos siendo el producto de una sociedad que ofrece mucho, pero que exige aún más.

La cantidad de estímulos externos que invaden cada recoveco de los sentidos así confirma lo aparente: compra, consume, disfruta, gana, ríe. Este planteamiento es equiparable a una montaña rusa que sólo baja, cosa que de partida es absurdo. Un mundo donde se nos hace creer que lo normal es ser un galardonado y que somos merecedores de un buffet de placer que se auto-repone por arte de magia es un lugar utópico. Así no funciona la cosa.




Hay una venta para cada compra, una producción para cada consumo, un sufrimiento para cada disfrute, una derrota para cada victoria, una lágrima para cada carcajada. Tenemos, pues, un problema muy grande: mientras el hedonismo está en boca de tantos, el esfuerzo necesario para experimentarlo está en boca del silencio. Mas la otra cara de la moneda se encuentra fuera de todo letrero, pancarta y anuncio, pues nunca fue tan infructuosa la publicidad del sacrificio cuando el publicista puede invertir su capital en el ´yo merezco todo por el simple hecho de existir´.

Tu existencia es corta, el tiempo te transforma y la muerte te espera. Dicho esto, no piques en el anzuelo de la gratificación constante. No habrá hueco para el descanso si el parque de atracciones permanece abierto: siempre nos quedará un transeúnte al que impresionar, un espectáculo al que asistir, un dulce que saborear… Sin embargo, Peter Pan ya se hizo demasiado mayor para el país de nunca jamás, a la par que nosotros, demasiado ignorantes para no entender el juego de la vida: un juego dinámico, impredecible y reiterado.

 

La realidad es que, la mayoría de las veces, no tenemos plena conciencia de la vida que llevamos. En este sentido, nos dejamos arrastrar por el feroz correr de las manecillas sin percatarnos de que el sentido de su trayectoria no se puede revertir. Rara vez nos hacemos la pregunta de si estamos viviendo a nuestro máximo potencial, pues son demasiados los quehaceres que gobiernan el presente. Mientras tanto, el recurso más preciado del hombre se escurre entre sus manos como el agua de aquel río que nunca vuelve a ser igual.

Con todo, me gustaría rotar hacia una metáfora náutica, al igual que el caudal del río que desemboca en el mar. No queda mucho para que des con la respuesta que buscas…

 

Somos marineros que surcan por aguas que varían de la placidez a la turbulencia, cuyas aspiraciones son de lo más variadas: mientras la inmensa mayoría de ellos se conforma con permanecer a flote, otros tantos se sienten incitados a llegar a la orilla de una isla deseada que se nos ofrece. Sin embargo, son demasiadas las cuestiones que se presentan:

¿Qué dirección debo tomar para aproximarme a la orilla lo antes posible?

¿Qué actitud debo adoptar para navegar a contracorriente si fuera necesario?

¿Durante cuánto tiempo he de seguir dicha dirección? En tal caso, ¿podré hacerlo?

¿Cómo reaccionaría si me diera cuenta de que me he equivocado a mitad de camino?

¿Sería capaz de soportar el dolor que conlleva cambiar de dirección o volver atrás?

El miedo a naufragar, perderse o, simplemente, tener que esforzarse para llegar a la isla condiciona a numerosos marineros a dejarse arrastrar por la corriente; un laissez-faire que, a priori, peca del más puro sentimiento de resignación, pues han dejado en manos del azar la misión más esencial de todo marinero: fijar un rumbo. Aun así, hay marineros que justifican que alcanzar el archipiélago en cuestión no les satisface más que el hecho de toparse con las sorpresas que el oleaje ponga delante de su barco.




Cualquiera que sea la decisión escogida, doy fe de que son muy pocos los marineros que trasladan a su conciencia el precio que pagan mientras están inmersos en el viaje. La razón coste-beneficio de cada tempestad, en términos de felicidad alcanzada y tiempo empleado, es tiempo del que nunca más se volverá a disfrutar. ¿Quién garantiza entonces que merezca la pena llegar a la isla cuando el coste del viaje supera a los beneficios de la llegada? A fin de cuentas, quizás los resignados no estaban tan locos como parecía.

¿Y si el mejor rumbo no es una isla que ni siquiera sabemos si existe?

¿Y si el mejor destino no es un destino en sí, sino el propio trayecto?

Por desgracia, la abundancia de decisiones, la inmensidad de rutas marítimas que uno puede tomar, acaba paralizando por completo a multitud de marineros que, por miedo a equivocarse, cometen el peor error: no darse el lujo de poder acertar o equivocarse.

La isla destino representa la felicidad, la cual se presenta en forma de prestigio social, seguridad económica, ambición materialista, hedonismo eterno, etc. No obstante, lo más peligroso de todo es que la búsqueda de la felicidad termina divorciándose de la propia vida para gran parte de la tripulación. Se suele decir que uno sí es capaz de darse cuenta de que existe, pero no es consciente de que vive. En este sentido, Ortega y Gasset define la vida como el acto de decidir en un momento concreto lo que va a hacer en el momento siguiente. Esto implica que un ente viviente no es una marioneta que se deja llevar por el viento: yo vivo si y sólo soy el que decide cómo va a actuar a continuación.

 

El problema viene cuando el yo en el que nos metemos va agotando su perspectiva de la realidad poco a poco, así como la capacidad de sentirla y comprenderla. Y cuando uno ya ha perdido la capacidad de elegir dejándose llevar por la inercia de las mayorías, los usos y las costumbres – es decir, cuando la libertad brilla por su ausencia -, podría decirse que uno se ha perdido a sí mismo. Uno puede tirarse años en un estado crítico de somnolencia, de zombificación emancipada de todo objeto real que consume cada átomo de su vigor.

Hasta que, finalmente, la realidad nos da una bofetada en la cara:

Cuánto tiempo desbordé en bienes materiales que vacían mi autonomía.

Cuánto tiempo desperdicié en tareas superfluas que absorben mi intelecto.

Cuánto tiempo despilfarré en personas tóxicas que fagocitan mi bienestar.

Un choque físico, emocional, intelectual o espiritual nos hace ver que, en realidad, somos de lo más vulnerables y nuestro tiempo es limitado. Incluso personas que creen tener – o creemos tener – una comprensión global y equilibrada de la vida son susceptibles de ser revolcadas por una ola que destapa sus viejas creencias sumergidas para convertirlas en contingencias sin fundamento alguno. El castillo de hormigón que protegía nuestro ethos resultó ser un castillo de naipes que se derrumba en unos pocos segundos.




Pero tengo buenas noticias: tras la colisión, viene la reflexión. Jorge Luis Borges planta tres preguntas esenciales encima de la mesa:

  1. ¿De dónde vengo?
  2. ¿Por qué estoy aquí?
  3. ¿Hacia dónde he de ir?

 

Es absolutamente imprescindible que ofrezcas una respuesta, aunque ésta sea de carácter provisional, a cada una de estas cuestiones:

Tener claro el origen no sirve de nada si uno no sigue una dirección.

Tener claro el emplazamiento no sirve de nada si uno no traza una ruta.

Tener claro el itinerario no sirve de nada si uno no se ubica en el mapa.

Será entonces, cuando construyas el ABC del tejido vital, cuando otorgues a tu existencia sedienta el propósito que tanto necesita, que por fin podrás decir: “he despertado”.

De esta manera, tomas conciencia de la finitud del tiempo, de la naturaleza tan limítrofe, mundana y acotada de la vida misma y, a continuación, emprendes el viaje hacia Ítaca con flagrante seguridad. Eres tan fluctuante como un río y, por ende, volver otra vez al estado anterior de las cosas ya no tiene sentido alguno. Es precisamente esto, aceptar el cambio continuo, el movimiento holístico y la unicidad del momento presente, lo que hace de la vida un fenómeno completamente extraordinario.

Juntando todo lo narrado hasta ahora…

¿Y si existiera una manera de disfrutar del proceso mientras avanzamos hacia la isla?

¿Y si existiera una manera de compatibilizar lo corpóreo con lo trascendental?

¿Y si existiera una manera de apreciar cada intervalo temporal adecuadamente?

Es una reflexión que te corresponde a ti hacer.

Por lo pronto, finalizaré mi discurso con un poema de Rubén Darío:

Juventud, divino tesoro,

¡ya te vas para no volver!

Cuando quiero llorar, no lloro

Y a veces lloro sin querer.

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