El poder de la constancia: así se produjo el milagro japonés

Víctor Hugo afirmaba con entereza: “la mayoría de los hombres no carecen de fuerza, sino de constancia”. ¿Te has parado a reflexionar alguna vez del significado de esta frase? Hemos sido engañados con la falsa creencia de que la suerte, la genética o el ingenio son factores obligatorios para la consecución de nuestras metas y deseos más profundos. Por sí solos, estos elementos quedan sumergidos en un conjunto vacío que nada refulge ni aporta. Los grandes trabajos son hechos por la perseverancia.

Piensa en Marie Curie, Nikola Tesla, Henry Ford, Hedy Lamar o Alexander Fleming. El primer adjetivo que la sociedad moderna les otorga es genios; ellos son concebidos como “los elegidos”, como si hubieran sido tocados por un dios de forma caprichosa y selectiva. Tal calificación me parece, cuanto menos, insultante, pues no hace justicia a la verdadera hazaña que ellos desempeñaron: su constancia. Cualquiera que haya leído sus biografías puede dar fe de tal testamento.

No quiero que se me malinterprete: sin lugar a dudas, su intelecto destacó de sobremanera en tanto en cuanto diseñaron esquemas mentales e invenciones absolutamente revolucionarios, pero qué fácil es decir que ellos lograron cambiar el mundo simplemente por haber sido privilegiados intelectuales. No quitemos peso a su fuerza de voluntad y compromiso; eso es, de lejos, lo más prodigioso de sus personas.

constancia que es

¿Cuáles son los secretos para el enganche, continuidad y persistencia en la batalla?

¿Cuáles son los engranajes para lograr una consistencia feroz como lobo hambriento?

¿Cuáles son los mecanismos para adueñarse de la conciencia y accionar de lleno?

Una inmensa parte de la población piensa que la transformación viene dada por un golpe de azar, una salvación externa o un milagro divino que les libere de un plumazo de su malestar emocional. Por ende, se quedan pasmados contemplando la llegada de un grandioso evento que les rescate de su miserable y patética vida… Un evento que nunca llega. Nada más lejos de la realidad, ellos no entendieron que son los pequeños cambios los que conducen a los grandes resultados. ¿Qué quiero decir con esto?



Me fascina el caso del milagro japonés, ya que es el ejemplo ideal de un modus operandi magistral. Japón consiguió crecer a una media anual del 9% después de la 2ª Guerra Mundial durante veinte años y a un 4% durante los siguientes diez. ¿Cómo es posible que un imperio devastado por una tragedia nuclear consiga resarcirse a tal velocidad hasta convertirse en una de las economías dominantes a nivel global?

Eran la víctima perfecta. Podrían haberse refugiado en la queja…

Estados Unidos nos ha robado cien años de progreso, bienestar y armonía.

La nación ha quedado devastada por los desastres nucleares de Hiroshima y Nagasaki.

No disponemos de recursos naturales, bienes de capital ni grandes latifundios.

No disponemos de un estado anímico decente tras haber perdido nuestro imperio.

Pues nada de eso.

Sí, ellos tenían muy claro lo que les faltaba, pero aún más conscientes eran de lo que poseían: conocimiento, determinación y capital humano. Por increíble que pudiera parecer en ese momento, su creencia era que una mentalidad sólida era el ingrediente esencial para conseguirlo todo, aun habiendo partido de la nada. En consecuencia, presenciamos uno de los enfoques humanistas más trascendentes: el kaizen.

La palabra proviene de la unión de los vocablos: kai – que significa cambio – y zen – que quiere decir bondad -. Su esencia implica la implementación de ligeros retoques progresivos y diarios en su modelo de producción para acelerar el auge económico.

¿Se podía mejorar una máquina? Se mejoraba un poco cada día.

¿Se podía trabajar más deprisa? Se trabajaba un poco más cada día.

¿Se podía cooperar con un compañero? Se cooperaba un poco más cada día.

La cuestión principal era: ¿cómo puedo hacerlo hoy mejor que ayer? En efecto, el causante de su titánica evolución fue el espíritu de la mejora constante incremental.

De acuerdo, puede que cuestiones la efectividad de dicha metodología: ¿cómo es posible que modificaciones tan diminutas condujeran a cambios tan bruscos? Una imagen vale más que mil palabras: el poder matemático de una función exponencial cuyo valor se multiplica por 1,01 en cada periodo es sobrecogedor. Al principio, no parece provocar efecto alguno, pero el impacto se acrecienta conforme se avanza en el tiempo con mayor velocidad.

constancia

Mientras el resto del mundo se centró en lo visible, ellos se centraron en lo invisible; entendieron que algo aparentemente inapreciable no es sinónimo de intrascendente. Quien trate de crecer a pasos agigantados desde el inicio, no aguantará mucho tiempo en plena fase de crecimiento; en contrapartida, quien trate de crecer a rendimientos de escala crecientes, es decir, poco a poco y cada vez más rápido, se condena a ser un coloso. Es el hecho de continuar lo que nos hace grandes.

Si un 1% gradual es capaz de aglutinar un efecto compuesto de tal magnitud, imaginad cuán abismales son las cifras de crecimiento previamente descritas del país nipón. Cada día, los trabajadores tenían como dogma rendir un 1% mejor que el día anterior. Detente por un momento a pensar que esto lo hicieron todos los habitantes. A veces lo conseguían, y otras tantas no del todo; no obstante, a largo plazo, el crecimiento individual y global fue un acontecimiento sin precedentes en la historia de la humanidad. ¿Por qué nosotros no podemos adoptar su estrategia en nuestras vidas?

Goethe ya venía advirtiéndolo: “un gran sacrificio resulta fácil; los que resultan difíciles son los continuos pequeños sacrificios. Si el hombre fuera constante por naturaleza, entonces estaríamos hablando de un ser perfecto”. ¿Comprendes ahora el potencial de este poderoso principio? No se trata de ser invencible, sino de ser imparable. Todo el mundo cae, pero no todo el mundo se levanta.

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