Charles Bukowski: biografía resumida en 10 minutos

Albert Einstein decía: “dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás. Es la única manera”. En este sentido, mi corta experiencia me impide hablar de ciertos temas que podrían ser de gran utilidad para la audiencia. No obstante, ¿qué mejor manera de transmitir ciertas enseñanzas contando una historia de alguien que me dé mil vueltas?

Quizás te hayas preguntado alguna vez:

“¿Cómo sé si debo seguir en lo que estoy haciendo?

¿Cómo hago para trabajar todos y cada uno de los días?

¿Cómo puedo descubrir mi pasión y aportar valor al mundo con ella?”

¡Vamos con el personaje de hoy!

Biografía de Charles Bukowski:

Charles Bukowski nació en 1920 en Andernach, Alemania. Tan sólo dos años más tarde, sus padres decidieron mudarse a Los Ángeles. Decir que su infancia y adolescencia fueron de lo más horribles sería quedarse muy corto, pues su padre era un hombre arbitrariamente estricto y, eventualmente, un ser profundamente resentido y violento, mientras que su madre era callada y servil; este hecho no ayudó en absoluto a controlar la tiranía paternal.

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En el pasaje de la niñez a la adolescencia, dos factores convirtieron la vida de Bukowski en una auténtica tortura. Por un lado, desarrolló un acné tan extremo que los médicos del hospital público donde fue tratado dijeron que nunca habían visto un caso igual. Por otro lado, su padre comenzó a golpearlo sistemáticamente con un asentador (el cinturón de cuero con el que se suaviza el filo de las navajas de afeitar).

El joven vivía en un barrio obrero de clase media-baja, cuya calidad de vida se agravó tras el crack bursátil de 1929 y, posteriormente, una depresión económica que arrastró a toda su familia al desempleo. El padre de Charles, también en el paro, se levantaba y desaparecía todas las mañanas hasta el anochecer, disimulando que iba a trabajar durante todo el día. Pero la realidad era muy distinta: tan sólo se iba al bar a beber y a fumar.


La madre tuvo que compensar la falta de ingresos trabajando en empleos ocasionales. El ambiente del barrio era violento y hostil, tanto entre los adultos como entre los niños. Charles, por su predisposición a la soledad sumada a la horrenda condición de su piel, fue condenado al ostracismo en su máximo apogeo. Por si no fuera poco, siempre se le pegaba un lumpen social de su clase del que, por lástima, jamás llegaba a deshacerse.

Al final de su adolescencia, Bukowski tuvo su bautismo en el alcohol y en la escritura, los ejes principales del resto de su vida – salvando las mujeres y las carreras de caballos, que vendrían después -. Sobre la primera vez que probó vino – robado de los barriles del padre de un amigo – escribió: “Era mágico. ¿Por qué nadie me lo había dicho? Con esto, la vida es maravillosa, el hombre es perfecto y nada lo puede tocar.”

Descubrió su talento de escritor cuando su profesora del quinto grado pidió a sus alumnos que fueran a ver, durante un fin de semana, un acto público del presidente de la nación, Herbert Hoover, de visita en Los Ángeles. El joven no se animó a pedirle a su padre que lo llevara, por lo que inventó una excusa poco creíble. Al percatarse de esto, la profesora lo puso en evidencia delante toda la clase, no sin antes alabarlo por su imaginación.

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Años después, tras alcanzar la edad de catorce años, entró en tratamiento por su condición de acné vulgaris. Los médicos tuvieron que agujerear los forúnculos llenos de pus que le tapaban la cara, el pecho y la espalda. Ese episodio fue, literalmente, un martirio; y el tratamiento, con la excepción de una única enfermera, condescendiente y cruel. Sobre el hospital, el autor escribió: “Los médicos experimentaban con los pobres sin ningún límite sobre su dignidad humana; si funcionaban sus prácticas salvajes, los usaban para el bien los ricos. En caso contrario, siempre había más pobres dispuestos a ser maltratados.”

Al final, abandonó el tratamiento y se fue del hospital vendado como una momia. Durante un largo reposo en casa, aburrido, comenzó a escribir en unos cuadros del colegio, inventando cuentos sobre un aviador alemán, as de la Primera Guerra Mundial. Estos cuadernos juveniles no existen porque el padre de Bukowski los tiró a la basura en un ataque de ira, indignado de que su hijo perdiera tiempo en semejantes estupideces.

Una cosa más le pasó a Bukowski durante su juventud que terminaría marcándole la vida: descubrió la lectura en la biblioteca pública. El hallazgo causó una reacción bastante similar a la del alcohol: le produjo un gigantesco alivio existencial. Sobre esta epifanía, escribió después: “¡Que emoción! En ese lugar, las palabras no eran aburridas, sino que tenían el potencial de hacer zumbar la mente. Quien las leyera y se permitiera sentir su magia, sería capaz de vivir sin dolor, con esperanza, sin importar qué le pasara.”. A su padre, por supuesto, no le gustaba ni un pelo.



Bukowski asistió a la Universidad pública de Los Ángeles solo dos años. Allí comenzó a beber en serio, y también a escribir en serio. En 1939, al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, Bukowski abandonó la universidad y se mudó a Nueva York, siendo arrestado por el FBI en 1944 por evadir la conscripción obligatoria, es decir, por no querer ir a combatir en el lado de los aliados. No obstante, fue perdonado y excusado de rendir servicios militares, ya que no aprobó el examen psicológico del ejército.

En estos años, se dedicó al arte de escribir con una fiera disciplina y constancia. Viajaba mucho por el país, vagabundeando, y buscaba trabajos no especializados en fábricas, tiendas y restaurantes; lo que fuera con el objetivo de tener la mayor cantidad de tiempo libre para escribir. Escribía cuentos y los enviaba a las grandes revistas literarias y culturales, como The AtlanticHarpers y The New Yorker. En uno de ellos, mencionó que subsistía únicamente con una barra de chocolate al día.

Dichas historias siempre eran rechazadas, pero Bukowski no se desanimó: siguió y siguió hasta que, por fin, lo consiguió. Con 24 años, un cuento suyo fue aceptado en una pequeña pero prestigiosa revista llamada Story Magazine, ocasionando que un importante agente literario de Nueva York le escribiera diciéndole que lo quería representar. Centenares de cuentos habían sido necesarios para que un ojeador optara por darle una oportunidad.

Sin embargo, algo inexplicable sucedió: ese momento que para cualquier otro ser humano habría ocasionado el triunfal inicio de una carrera literaria (o, por lo menos, su intento), supuso para Bukowski un punto de abandono. Sorprendentemente, le contestó al agente que aún no estaba preparado para que le promocionara. En lugar de comenzar su carrera literaria, se agarró a una borrachera de diez años, cayendo en un círculo vicioso de servidumbre a empleos penosos y viviendo alojado en pensiones miserables.

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Estos diez años sin escribir son el corazón de la vida del escritor. Por aquel entonces, acumuló las vivencias que se convertirían en el material principal de su obra. Su vida dio un giro de 180 grados a los 35 años, cuando le diagnosticaron una hemorragia estomacal que le llevó al borde de la muerte. El médico que lo atendió lo dejó muy claro: si tomaba un trago más, se moriría. Por sugerencia de su novia, comenzó ir a las carreras de caballos para distraerse del ansia por beber; empero, descubrió pasados unos pocos meses que el diagnóstico de abstinencia del doctor había sido una exageración.

Una vez le dieron el alta, dejó su anterior trabajo en el servicio postal para dedicarse a escribir a tiempo completo, pero ninguna de sus obras logró ser mínimamente conocida. Al darse cuenta de que sus ahorros se habían esfumado, tuvo que volver al antiguo oficio que tanto repudiaba. Sin embargo, esto no fue un impedimento para que dejara de escribir entre descansos y unas horas antes de que su turno comenzara. Así continuó durante años y años, publicando de vez en cuando en pequeñas revistas locales con muy poco éxito.

Llegados a este punto, ya no le importaba la fama en absoluto: él se centraba únicamente en escribir todo lo que pudo, siempre que pudo y lo mejor que pudo. De hecho, no alcanzó el más mísero ápice de reconocimiento hasta la edad de 55 años, cuando firmó un contrato con un publicista que financiaría sus obras. Poco a poco, el escritor empezó a cosechar las alabanzas y cumplidos que le habían faltado durante toda su vida.



Normalmente, se piensa que la cincuentena es una fase que marca el declive de nuestra carrera profesional. Por increíble que pudiera parecer, este acuerdo no implicó el fin del autor alemán, sino tan sólo el principio de dos décadas de grandeza internacional, pues Bukowski vivió hasta la edad de 73 años bebiendo y escribiendo todos los días de su vida. Acabó siendo reconocido mundialmente como uno de los mejores escritores de todos los tiempos, dando de qué hablar décadas después de su fallecimiento.

La filosofía “don´t try”.

Es de extrañar que, dado su caso de éxito, el epitafio de Bukowski contenga una frase de dos palabras tan sumamente contraintuitiva a lo que su vida significó: “don´t try”. ¿Cómo es posible que un hombre que representa más que nadie la superación personal deje estas líneas impregnadas en su tumba? My friend, todo está en la interpretación.

En una carta a su amigo William Packard, dijo lo siguiente: “son tantos los escritores que escriben por las razones equivocadas… Lo único que quieren es ser famosos, adinerados o complacidos por mujeres en relaciones fugaces. No alcanzarás el bienestar si tú has elegido la escritura, sino cuando la escritura te haya elegido a ti. El arte de escribir debe estar bajo tus uñas, en tus orificios nasales, dentro de tus pupilas… Escribir debe ser la primera y última bala en la recámara. No hay otra cosa que pueda cambiarlo”.

Aunque el autor se dirige explícitamente a los aspirantes a escritor, su mensaje es aplicable a todo tipo de creadores con aires de fama, dinero o grandeza. Piénsalo: cuando eras un niño y alguien te preguntó por primera vez cuál es tu color favorito, tu respuesta no la ofreció la razón, sino las emociones. Es posible que, en un principio, se sintiera como una elección; pero no te dejes engañar, pues no lo fue en absoluto.

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Podemos describir por qué nos gusta un color o qué nos hace sentir exactamente, pero no elegir el color que más nos gusta. La configuración de tus rasgos biológicos en suma con las experiencias, influencias, circunstancias, entorno y otros factores estocásticos es, en última instancia, lo que ha determinado que elijas rojo, amarillo, morado, naranja o negro.

Algo muy parecido sucede a la hora de elegir nuestra pasión. Sí, la tarea en cuestión se puede hacer mil veces más compleja y desafiante; no digo que no lo sea. Eso sí, puedo afirmar que el entramado lógico-racional en el que nos encontramos nubla la verdadera clave para hallarla en más ocasiones de las que me gustaría reconocer. En esencia, el proceso de encontrar la pasión no difiere significativamente del color que elegimos como favorito.

En la misma carta, Charles proseguía: “trabajamos demasiado duro. Lo intentamos con demasiado ímpetu. Pero el secreto de la plenitud está ahí, mirándonos fijamente.”. Lejos de ser un desaliento al esfuerzo, estas palabras tienen por objeto aclarar que poco o nada uno puede hacer para que te guste lo que te gusta, para desear lo que deseas, para querer lo que quieres; simplemente, por x o y, quieres, deseas, anhelas.



Si bien la neurociencia considera esto una verdad a medias, estipulando que el gusto sí se puede educar dependiendo del área particular a la que nos refiramos o al tiempo de formación de un hábito concreto, reasociar los instintos es una tarea que no se encuentra a nuestro alcance en planos más artísticos, conceptuales o inteligibles.

Si tienes que esforzarte para estudiar medicina, cuando amas la historia…

Si tienes que esforzarte para quedarte en tu ciudad natal, cuando amas al mundo…

Si tienes que esforzarte para que te guste el sexo opuesto, cuando amas al equivalente…

Deja de esforzarte; estás escogiendo el color equivocado. A lo largo de su vida, Bukowski volvió a escribir antes o después de manera reiterada, nunca dejando que otras aficiones más allá del vicio insano se interpusieran en su camino. No es que no intentara escribir; de hecho, lo intentó más que nadie. Lo que no intentó jamás es sentirse atraído por la escritura, ni mucho menos hablar de lo que hablaba para vender más copias o captar la atención del público. Tan sólo escribió y perseveró hasta el último día de su vida.

Así que retén bien la moraleja del vídeo: no es que escribir, grabar, cantar, investigar, comunicar o emprender tenga que venir rodado para el escritor, cineasta, científico, orador o emprendedor, ni tampoco que éstos deban ser genios de lámpara apenas comienzan. Pero si sientes que el acto de persistir en el proceso, con todo el sacrificio, rechazo y dureza asociados, no merece la pena en sí mismo, Bukowski te diría: “no lo intentes”.

En caso contrario, si la idea de hacer algo, incluso teniendo en cuenta el potencial sufrimiento del proceso, supera a la de no hacer algo; si la idea de pasar toda una vida sin haberte dado el permiso de haberlo intentado hasta la muerte te aterra como nada en el mundo; si viene dado en ti, sobre ti y para ti como sustancia aparentemente incorpórea, Bukowski te diría: “inténtalo. Y si lo vas a intentar, ve hasta el final”.

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