El coste de oportunidad y elección

¿Cuál es el precio de tus sueños?

Puedes ver el post en forma de vídeo haciendo click aquí.

La calidad de tu vida se basa en la calidad de tus decisiones…

¿Dónde estarías ahora si te hubieras puesto a trabajar todos los días?

¿Dónde estarías ahora si te hubieras deshecho de las excusas baratas?

¿Dónde estarías ahora si te hubieras entregado en cuerpo y alma?

¿Dónde estarías ahora si te hubieras tomado en serio tu vida?

Si me dejas ilustrarte, serás capaz de responder al final del vídeo.

¿Qué es el coste de oportunidad?

Por lo general, las personas toman decisiones optando por aquella opción que perciben como más rentable. No obstante, la percepción humana puede estar sesgada por un manto emocional que todo lo distorsiona. Ahí comienzan los problemas. El coste de oportunidad está vinculado a aquello a lo que un agente económico renuncia al tomar una decisión. En otras palabras, representa la pérdida de valor asociada a la elección de una alternativa con respecto a otra.

Quiero hacerte una pregunta: ¿cuánto te gastas cada vez que quedas con tus amigos para salir de fiesta? Imaginemos que la cifra es treinta euros. El coste de oportunidad no es sólo la cantidad de dinero que pierdes por no haberlo ahorrado, sino la pérdida de ganancia potencial que podrías haber empleado utilizando ese dinero.

Pon el caso de que tu sueño es ser el próximo Bill Ackman; O Yohan Blake, qué más da.

Podrías haberte comprado dos libros de finanzas que fomenten tu productividad y aumenten la rentabilidad de tu cartera en un futuro o esa camiseta térmica que permite que salgas a correr en los días más fríos del año para mejorar significativamente tus niveles de energía y salud.

Total, por sólo 25€ a la semana, ¿qué me estoy perdiendo realmente? Total = 1.200€/año + la esperanza matemática de los distintos escenarios del rendimiento que ese dinero podría haber generado.

En efecto: el verdadero del coste de oportunidad no equivale únicamente al valor intrínseco de los manuales de finanzas o la prenda deportiva a la que renunciaste anteriormente, sino a una estimación realista de lo que esos productos te podrían haber aportado. Por eso, las preguntas que he formulado al principio del vídeo dan tanto miedo: uno no se hace la más mínima idea de lo que podría haber logrado.

Invertir en productos financieros, cursos, libros, seminarios y herramientas de trabajo no es gastar dinero: es invertirlo. ¿Y qué sucede cuando uno invierte en sí mismo? Que su valor actual neto como capital humano se aprecia por su mayor capacidad de generación de beneficios.

No se trata únicamente de lo que pierdes, sino en lo que dejas de ganar. ¿Eso significa que ya no se puede salir a cenar con amigos o cogerse unas vacaciones? En absoluto. Si llevas trabajando durante mucho tiempo sin parar, es posible que el valor agregado de una hora extra de trabajo sea muy inferior al de salir un rato a despejarse para recargar las pilas.

El coste de oportunidad no recoge únicamente las métricas económicas: también tiene en cuenta la estimación emocional y social. Si tomar decisiones importantes se redujera a cuantificar cada alternativa en dólares y seleccionar la más rentable, se trataría de una tarea muy sencilla. Pero no: es lo más difícil de la vida.

La cuestión es conocerse a uno mismo:

¿Estoy dispuesto a trabajar por cuenta propia? No. Sin problema: trabaja para otro. ¿Estoy dispuesto a adoptar hábitos saludables? No. Sin problema: permanece sentado. ¿Estoy dispuesto a pasar más tiempo solo? No. Sin problema: queda con amigos. ¿Estoy dispuesto a afrontar el dolor? No. Sin problema: confórmate con lo que hay.

Simplemente, ten en cuenta cuál es el margen de costes-beneficios de lo que elijas. Si cada uno evalúa el bienestar y la inteligencia bajo baluartes completamente distintos, no tiene sentido calificar de antemano y sin conocimiento de causa las decisiones individuales de las personas.

Sin embargo, yo sí creo firmemente que hay personas con más cabeza a la hora de tomar decisiones: las que mejor se conocen a ellas mismas, evalúan bajo el manto de la probabilidad y utilizan la evidencia empírica para actuar sin miedo. Aunque gran parte del público – yo incluido – velamos por la mejora constante incremental, eso no quiere decir que dicha filosofía esté diseñada para todo el mundo.

Aquí batalla no la gana el más rico, famoso, guapo, sino el más feliz.

Hay una viñeta muy famosa que ilustra una escena cotidiana en un vagón, donde diversos viajeros – empresarios, camareros, profesores, estudiantes, jubilados y médicos – se hallan absortos en sus propios pensamientos. ¿Sabéis cuál es el bocadillo que salía de todas las cabezas del tren?

“¡No entiendo por qué todo el mundo es tan idiota!”

– Estudiante: ¿por qué no reforman el sistema educativo?

– Médico: ¿por qué las personas no cuidan su organismo?

– Profesor: ¿por qué la gente no lee con más frecuencia?

– Jubilado: ¿por qué las pensiones son cada vez más bajas?

– Camarero: ¿por qué los clientes no son un poquito más amables?

– Empresario: ¿por qué nadie tiene ambición para crear negocios?

La respuesta: cada uno tiene una concepción de valor distinta. 

La única razón por la que economía todavía es una ciencia social es porque no se han conseguido cuantificar las preferencias individuales bajo una medida universal. El coste de oportunidad como concepto global que constituye una herramienta en la toma de decisiones es completamente subjetivo y volátil. Por ende, dos personas pueden tomar – consciente o inconscientemente – decisiones diametralmente opuestas, pero eso no significa que ambos se hayan equivocado.

Un ex-obeso mórbido que optó por cambiar sus hábitos al perder a su padre por las complicaciones que esta misma enfermedad le ocasionó no atribuirá el mismo coste emocional a la obesidad que un niño de ocho años que todavía no ha tenido problemas derivados por su sobrepeso.

Un inmigrante que ha surcado los mares buscando un futuro mejor para él y su familia no otorgará el mismo coste económico a un café de Starbucks que una niña bien que recibe una paga de cien euros semanales.

Un magnate que ha abierto diez negocios no tendrá tanto miedo a abrir otro más como un novato que se lanza a la piscina del emprendimiento por primera vez.

Son vidas diferentes, experiencias diferentes, personalidades diferentes, sensaciones diferentes, prioridades diferentes y decisiones diferentes.

Eres libre de comportarte como te venga en gana. Eso sí, luego toca asumir el coste de oportunidad de tus resoluciones:

¿Te gusta comer sin preocupaciones? Perfecto. Pero después no te lamentes por no tener una forma física saludable.

¿Te gusta emborracharte cada fin de semana? Fantástico. Pero después no vayas quejándote de tus deficiencias energéticas.

¿Te gusta el placer que evoca el humo del tabaco? De acuerdo. Pero después no vayas llorando cuando surjan complicaciones cardio-respiratorias.  

¿Te gusta comprarte atuendos que no puedes permitirte? Sin problema. Pero después no vayas maldiciendo al egoísta de tu jefe por no subirte el sueldo.

¿Te gusta ver series y películas a diario? Genial. Pero después no vayas echando la culpa al mercado de que tu negocio no prolifere.

¿Te gusta echarle unas horas a la consola al volver del trabajo? Muy bien. Pero después no esperes una subida de nivel en la vida real.

Elige una opción y asume las consecuencias. Así de simple.

No trato de juzgar explícitamente a la gente que incurre en todos estos hábitos, pues muchos de ellos se sitúan en unos niveles decentes de satisfacción. No obstante, si de verdad buscas resultados extraordinarios, mi única pregunta es: ¿cuál es tu renuncia?

Si alguien te ha dicho que las grandes hazañas se consiguen sin pagar un elevado precio, caben dos escenarios: (1) o esa persona no tiene ni idea o (2) te está intentando engañar para aprovecharse de ti. Consumir nunca ha sido tan sencillo en plena era digital; producir encierra un grado de complejidad superior.

El coste de oportunidad de ser emprendedor es altísimo: has de renunciar a la ropa de marca, los viajes exóticos, las borracheras del fin de semana, las series de TV e incluso debes dejar de lado tu vida sentimental durante ciertos periodos de tiempo. Aunque los más astutos siempre acaban escarbando tiempo de donde no existe.

¿Lo más tétrico de todo? Ni siquiera existen garantías de que el éxito se presente. Es una batalla mental contra el miedo, la pereza, la frustración, la incertidumbre y el qué dirán; un juego que presenta riesgos: hay quienes se hunden en un pozo de locura, pierden la fe en sí mismos y se obsesionan tanto que renuncian a su propio bienestar.

Aun así, ¿sabéis por qué yo he escogido este camino? Porque el valor presente actualizado – tanto emocional como social y económico – es muy superior al de tener una vida mediocre. Quizás para ti no lo sea, y es completamente respetable. Si has tomado la decisión en base a tus propios criterios y no a lo que tus padres, amigos y conocidos te hayan ordenado, todo perfecto: no estás equivocado.

Me gustaría terminar la reflexión con una pequeña historia…

Una vez escuché a dos mujeres jóvenes hablar en un restaurante acerca de la determinación y la disciplina. Una de ellas le dijo a su amiga: “mi gran sueño es escribir un libro de recetas y vender miles de copias por todo el país”.  

Seguidamente, la otra le contestó: “qué bien, me gusta la idea… ¿y cuál será el precio?”. A esto, le respondió: “bueno, los libros de recetas suelen rondar en torno a veinticinco euros”. A continuación, soltó una respuesta que me dejó a cuadros: “no me has entendido bien. Quería saber cuál es el precio de tus sueños”.

¿Qué estás dispuesto a dar para llegar a lo que más deseas? Esto es el coste de oportunidad: a lo que uno está dispuesto a renunciar por tomar una decisión. Nada es gratis, y mucho menos lo valioso. Y para ti, ¿qué es lo que realmente vale?

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