Cómo convertirme en la mejor versión de mí mismo

Descubre cuál es tu máximo potencial

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Todo ser humano ha optado por una elección de la cual se ha arrepentido a posteriori… La toma de decisiones se traduce en un impacto sobre la vida de las personas, ya sea positivo o negativo. No obstante, ¿qué es una buena decisión? ¿acertar a la primera en reiteradas ocasiones es siempre lo mejor?

La teoría de cuerdas explica que existen diferentes universos paralelos más allá de nuestra interpretación de las tres dimensiones. Esto es, un intervalo de tiempo dividido en unidades temporales – por ejemplo, segundos– constituye un multiverso, es decir, un conjunto de universos cuya cantidad aumenta conforme avanzamos en dicha línea.

Según William James, las decisiones que el individuo toma en cada unidad temporal crean una serie ilimitada de versiones de sí mismo que pertenecen a distintos universos que se bifurcarían hasta el infinito, pues el devenir cotidiano está repleto de múltiples opciones que la ciencia no es capaz de predecir.

Quizás exista una versión de ti que ya ha alcanzado la libertad financiera.

Quizás exista una versión de ti que ya ha decidido marcharse de su país natal.

Quizás exista una versión de ti que ya ha conocido el amor en su máxima expresión.

O directamente una que esté en contra de las relaciones monógamas… ¡Quién sabe! Técnicamente hablando, no es que exista una: existen infinitas.

El condicionante que dirige al individuo en la toma de decisiones se rige por un modelo multifactorial compuesto por regresores estocásticos tales como el entorno, la genética, la educación, el azar… En definitiva: las experiencias moldean al hombre y construyen su propia realidad, quien recopila información, la procesa y la pone en tela de juicio.

Así pues, todas las combinaciones posibles de tu persona quedan representadas en una distribución probabilística. Se ha asumido una campana de Gauss en pos de simplificar el modelo. Tus mejores versiones se sitúan a la derecha, mientras que tus peores versiones se sitúan a la izquierda.

Entonces, ¿por qué hablamos de dos versiones de uno mismo si, en realidad, existen ilimitadas representaciones del yo? Atento: no se trata de dónde te encuentras en un determinado momento, sino que es hacia dónde te estás moviendo lo que define tu esencia. La actitud ante las vicisitudes es lo que te convierte en excelente o negligente.

La eterna batalla entre tus dos yo ha consumido más recursos de lo que estás dispuesto a reconocer. Incontables intentos quedan a tus espaldas, mas la figura que contemplas delante del espejo sólo refleja un contorno con el que no te identificas. La única pregunta posible es: ¿desde cuándo decidí abandonarme a la intemperie? 

Levantas, caes, y sientes que tu vida está inmersa en una hórrida espiral donde cada peldaño subido implica una bajada posterior. Acto seguido, tratas de endulzar el amargo sabor de la derrota con remedios fugaces y experiencias hedónicas para no admitir lo que es evidente: tu mente está bloqueada.

¿Me estoy volviendo loco?

¿Me estoy obsesionando con estupideces?

¿Me estoy comiendo la cabeza sin razón aparente?

A primera vista, parecen dos personalidades diferentes que buscan fusionarse. Hasta cierto punto es verídico, pero tan sólo una de ellas acabará ejerciendo su dominio. Recuerda: para definir dos caras de una misma moneda, ya no hablamos de lo que fue, pudo haber sido, será o podría ser; hablamos de lo que eres y de lo que tiendes a ser.

La colisión.

El psicólogo Leon Festinger propuso la teoría de la disonancia cognitiva, que explica cómo las personas intentan mantener su consistencia interna a toda costa. Sugirió que los individuos tienen una imperante necesidad que les empuja a asegurarse de que sus creencias, actitudes y conducta son coherentes entre sí.

Cuando existe inconsistencia entre los tres elementos, el conflicto intrínseco conduce a la falta de armonía. En otras palabras, la tensión aparece cuando las creencias del sujeto no se corresponden con las acciones que ejerce. Lo peligroso del asunto es que, si el sistema límbico se interpone a la parte prefrontal, dicha disparidad puede llevar a la defensa incondicional del sistema de creencias limitantes mediante el autoengaño.

Saber que fumar es tan perjudicial para la salud y continuar fumando al mismo tiempo produce un estado de disonancia entre dos cogniciones: “debo estar sano” y “fumar perjudica mi salud”. Sin embargo, en lugar de dejar el tabaco o sentirse mal porque fuma, el adicto busca maneras de autojustificarse acudiendo al sistema cortical.

“De qué me sirve vivir mucho si uno no puede disfrutar de la vida”.

“Lo que tendría que haber hecho es dejarlo cuando estaba a tiempo”.

“Si no me fumo el cigarro después de comer con un café no seré feliz”.

Estos pensamientos no tienen nada que ver con que el fumador sea tonto. La inteligencia lógica se convierte en una esclava de emociones temporales cuya dinámica no ha sido capaz de entrever, por lo que se siente obligada a utilizar cualquier recurso – incluso la mentira – para no cambiar el acto pernicioso de inhalar humo. James Merrill Carlsmith demostró que la mente de un embustero resuelve la disonancia cognitiva aceptando la mentira como una verdad.

¿Cómo es uno capaz de romper con esta bélica dualidad?

Versión 1 – El negligente.

No hay rumbo, dirección ni camino. Un insignificante velero es empujado a merced de la marea sin piedad, manteniendo al navegante atrapado en un torbellino de frustración incesante. Así pues, la única norma de la travesía es: hacia donde el viento me lleve. No existe filosofía más imprudente en plena era digital: aquel diminuto pez que no selecciona a conciencia su destino será tragado, masticado y deglutido por el tiburón blanco.

Tan desdichado y falto de amor propio es el negligente que siente la imperante necesidad de arrastrar a su desgracia a todo el que se cruce en su camino. Jamás olviden: la miseria ama la compañía. Su única prioridad es ser aceptado por la masa banal de borregos que se dejan llevar por el viento, al carecer de la determinación y el coraje suficiente para tomar las riendas de su vida.

El único consuelo ante tal hastío vital es refugiarse en toda forma de evasión cuya recompensa sea efímera: entretenimiento para las masas, drogas socialmente aceptadas, relaciones de pareja tóxicas… No obstante, ellos mismos son conscientes de que no existe cigarro, trago, película, atuendo o amante que les saque de su pozo de monotonía y letargo: jamás será suficiente; piden más y más del mismo veneno.

Poco a poco, su bioquímica empieza a deteriorarse y, con ello, la segregación adecuada de los niveles de dopamina, endorfinas, oxitocina y serotonina: las cuatro llaves de la felicidad. Se ha malacostumbrado a un organismo diseñado para vivir en un entorno de escasez, otorgándole retribuciones injustificadas que no son procesadas en su totalidad debido a su capacidad de crear goce efímero y volátil.

– La falta de dopamina reduce el ansia de esforzarse para hallar lo que uno necesita.

– La falta de endorfina impide sobrellevar o ignorar el dolor físico o emocional.

– La falta de oxitocina imposibilita confiar en los demás y estrechar lazos afectivos.

– La falta de serotonina disminuye la sensación de respeto ajeno y propio.

La evidencia científica más vanguardista muestra cómo regiones del cerebro específicas pueden verse reducidas en tamaño en individuos que experimentan depresión. El decremento de dichas secciones afecta directamente a su funcionamiento. Las consecuencias de un cerebro subóptimo son atroces: encefalitis (inflamación del cerebro), hipoxia intermitente (restricción de oxígeno), alteraciones en su estructura y conectividad…

Una parte de los pacientes que sufren de depresión suele notar extraños efectos sobre sus niveles de empatía y tolerancia. Esto se debe a que la corteza prefrontal y la amígdala trabajan mano a mano para controlar las propias respuestas emocionales ante estímulos externos y el reconocimiento de patrones emocionales ajenos. Asimismo, su memoria se ve considerablemente mermada por la reducción del hipocampo.

El estado biológico ha apagado la cognición: ahora son las turbulentas emociones las que toman el mando de su vida. ¿El resultado? Unas creencias sumergidas limitantes producto de reacciones neuronales adversas. El cansancio, el miedo y la confusión comienzan a aflorar… ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿quién soy?

El negligente descalificará y desprestigiará todas las hazañas y proezas ajenas con el único objeto de arrastrarte a su manto de mediocridad. El que justifica su imprudente comportamiento basado en impulsos preconscientes y viscerales con nuevas convicciones destructivas ha sido sometido al yugo de sus adversas emociones.

El afectado ya ha asumido que su situación molesta es irremediable después de haber luchado para encontrar una solución. En efecto, la disonancia cognitiva se ha roto, pero a un precio demasiado elevado: la resignación de un diminuto pez que podría convertirse en la bestia más temida del océano.

Versión 2 – El excelente.

Qué gran desfachatez hay que tener para exigir el primer premio sin haber participado en el concurso. Te planteo una pequeña cuestión: ¿de verdad te crees con el derecho a experimentar lucidez y abundancia sin pagar el precio correspondiente? El bienestar psicológico no es un derecho, sino un deber. Suplica deleite, suerte e inmediatez, y te será negado; ofrece optimismo, trabajo e ilusión, y te será concedido.

Los viejos esquemas empiezan a resquebrajarse. Has probado la mediocridad durante toda tu condenada vida y ésta sólo te ha proporcionado una cadena de desgracias. Entonces, ¿qué sucedería si optaras por el camino de la superación personal? Nace aquí una identidad, un yo pudiente de compromiso para el que nada es irrealizable. 

Derribar las divergencias en el pensamiento sin adquirir una indefensión aprendida permanente es posible mediante el desarrollo de dogmas tan firmes que empoderen considerablemente al espectro subconsciente. De este modo, las acciones se convierten en una inevitable consecuencia de las recientes modificaciones a nivel neuronal. Esto es, cambiando el sistema de creencias podemos cambiarnos a nosotros mismos.

Al principio, la modificación de las sinapsis es un proceso relativamente lento comparado con los tiempos típicos de los cambios en los potenciales eléctricos que sirven de señal entre las neuronas. No obstante, trascurrido un período de tiempo, el fortalecimiento de dichas conexiones sinápticas se hace demasiado evidente, lo cual fomenta la solidez y consistencia de las acciones. Éstas ya no son simples mecánicas que uno debe forzarse a repetir: se han desarrollado hábitos.

El cerebro se convierte en una todopoderosa máquina al servicio de tus inquietudes y desafíos. Un hacedor nato entiende que la calidad de los inputs determina, en última instancia, la calidad de los outputs. La entrada de elementos perjudiciales produce resultados nefastos; la entrada de elementos beneficiosos, resultados espléndidos.

Ahora es cuando las piezas del puzle comienzan a encajar. El hecho de que tu historia sea extraordinaria en un instante t no implica que en t+1 lo siga siendo. El hecho de que tu historia sea miserable en un instante t no implica que en t+1 lo siga siendo. Infinitas ramificaciones dan lugar a infinitas posibilidades, lo cual significa que se puede acceder a la realización plena desde cualquier circunstancia.

Pensar que las cosas podrían haber ido mejor es tan cierto como pensar que las cosas podrían haber ido peor, ya que la probabilidad de lo contrario es 1 / ∞ = 0. Sin embargo, para alcanzar la excelencia no has de tomar las mejores elecciones desde el punto de vista resultadista, sino inferir desde la información que se encuentra a tu disposición y utilizar el resultado para aprender en caso de que hayas errado.

Por ello, lo que parece una victoria hoy podría ser una derrota camuflada, ya que el que gana siempre y demasiado pronto no tiene la oportunidad de extraer una valiosa lección del fracaso y, por lo tanto, se expone a un futuro fallo cuyas consecuencias podrían ser devastadoras. ¿No te das cuenta? Lo mejor que podría haberte pasado a día de hoy es haber tenido el viento en tu contra cuando no tenías nada que perder, puesto que sabrás cómo evitar la pérdida cuando lo hayas ganado todo.

Despierta. Tu mejor versión de ti mismo no es un universo paralelo donde la dificultad brilla por su ausencia, sino un escenario donde tu actitud – no negligente, sino excelente – te permite superar cada contratiempo existente para acabar alcanzando el percentil superior de la distribución.

Queda en tu mano abrazar el camino de la excelencia.

Obsesión psicológica: ¿buena o mala?

Averigua qué es la obsesión y cómo superarla

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Se te mete algo en la cabeza y no hay quien te lo saque.

Intentas concentrarte en una actividad importante cuando vuelve otra vez lo mismo de siempre: esa persona tan atractiva que no puedes dejar de anhelar, esa preocupación por saber si vas a completar la tarea con éxito, ese conflicto interno que tienes sin resolver, etc.

¿Por qué pienso lo mismo sin parar? La queridísima obsesión…

Amor de sabios, odio de necios.

Placer de unos, sufrimiento de otros.

¿Buena o mala? ¿aliado o enemigo? ¿constructiva o destructiva?

Todos y cada uno de nosotros caemos con frecuencia en este tipo de procesos mentales. Buda manifestó que todo aquel que no disponga de las herramientas necesarias para manejarla o erradicarla por completo está cableado para el sufrimiento, ya que la obsesión nos hace rumiar en sentimientos aflictivos.

Mi intención es estudiar la obsesión desde un punto de vista psicológico, esto es, definir su significado, hallar sus causas y proponer soluciones efectivas para lidiar con ella. Es más, ¿y si te contara que podrías sacarle partido para alcanzar sus metas?

AVISO PREVIO.

Este vídeo no tiene por objeto tocar el trastorno obsesivo compulsivo (TOC), pues es un tema bastante más complejo. Acude a un especialista en caso de duda.

¿Qué es la obsesión?

Se trata de un estado mental en el que la persona recurre de forma consistente a una palabra, idea o imagen, la cual se impone repetidas veces con independencia de la voluntad del obseso, por lo que no es tarea fácil reprimirla o evitarla.

En el peor de los casos, la obsesión es una máscara de hierro que enfoca al individuo en una sola cosa: actúa como una potente ola que arrastra cualquier otro pensamiento o preocupación por completo. La obsesión se puede desarrollar hacia una persona, lugar, objetivo, concepto, sujeto e incluso objeto. Y más importante aún: es una adicción.

Como todas las adicciones, éstas no muestran ninguna clase de piedad y van desestabilizando a su hospedador con el tiempo.

Ejemplos concretos hay a raudales:

1. Magnificación de eventos improbables: temor incesante a que un contratiempo horrible le suceda a un ser querido.

2. Deseos de placer: pensamientos sexuales demasiado asiduos, insistentes e intensos.

3. Deseos de poder: ansias desorbitantes por obtener la riqueza, la fama y el aplauso.

4. Hipocondría: preocupación continua por contraer una enfermedad crónica.

5. Anticipación de catástrofes: pavor a hacer el ridículo delante de mucha gente.

6. Pensamientos irracionales: miedo a dañar objetos inanimados.

Lo realmente peligroso del asunto es que resulta muy reconfortante en un principio, especialmente si el sujeto se sentía vacío con anterioridad. Sin embargo, aunque no se sintiera incompleto de antemano, la obsesión crea una falsa sensación de poder, control y capacidad.

Poco a poco, comenzamos a desatender ciertos aspectos de nuestra vida cotidiana; al dejar que la obsesión nos consuma, las áreas descuidadas sufren una devaluación prominente hasta extremos perversos. Incluso si nuestra vida continuara en equilibrio, reaccionaríamos de forma adversa si se nos quitara el objeto de la obsesión.

¿Qué implica esto? Pues lo mismo que para un fumador veterano al que se le priva de su cigarrillo: piensa que ya no va a poder ser feliz. No obstante, uno ha de interiorizar que la verdadera felicidad es precisamente lo que se encuentra al otro lado de la obsesión.

Si no muestro cariño incondicional a mi ex, ¿cómo voy a ser feliz?

Si no gano más seguidores en Instagram, ¿cómo voy a ser feliz?

Si no limpio mi casa tres veces al día, ¿cómo voy a ser feliz?

¿Te resulta completamente inimaginable? No es casualidad: es ciencia. Seguramente no hayas comprendido bien en qué consiste la felicidad.

¿Por qué nos obsesionamos?

¿Hace falta que te diga que esta creencia es una ilusión? En efecto, el apego a esta adicción tiene asociado el mismo proceso que una droga, pues afecta al circuito de recompensa, cuya mecánica motiva a la persona a repetir comportamientos que suplen necesidades básicas, tales como comer y pasar tiempo con seres queridos.

Cuando fantaseamos con alguien inalcanzable, se produce un chute de dopamina que causa una euforia temporal, provocando el refuerzo positivo – pero perjudicial – del hábito en cuestión. Se trata de una auténtica tortura ocasionada por un cerebro estúpido que pica una y otra vez en el anzuelo.

Por si no fuera suficiente, el cerebro se adapta reduciendo la capacidad de respuesta celular en el circuito de recompensa. Esto reduce el incremento hormonal que la persona experimentó por primera vez, es decir, aumenta la tolerancia de la misma manera en la que un alcohólico necesita beber cada vez más para estar igual de borracho. Los pensamientos en bucle con cada vez menos agradables y más aflictivos.

No estoy argumentando a favor de la extinción de la obsesión, sino en pos de su control o sustitución. La habilidad de crear de la nada emociones que nos favorezcan es muy limitada, pero no la de manejarlas según la coyuntura vigente. Por ahora, nos focalizaremos en proponer soluciones efectivas para eliminar las obsesiones limitantes y, mejor aún, transformarlas en obsesiones potenciadoras.

Paso 1 – Identificar el origen.  

Sin un buen diagnóstico, olvídense del tratamiento. Reconocer la fuente primigenia de la obsesión supone el 50% del proceso para domesticarla; en otras palabras, es tan relevante saber por qué uno hace lo que hace como trabajar para cambiarlo.

La mayoría de las obsesiones se crean en la infancia mediante un evento emocionalmente intenso que originó una creencia sumergida, aunque en realidad se pueden generar en cualquier fase de reúna la suficiente trascendencia emocional. Pondré un sencillo ejemplo para que entendáis el esquema…

Pedro tiró a la basura un peluche viejo cuando tenía ocho años. Al percatarse del hecho, su madre le dio una reprimenda de tal intensidad que el crío echó a llorar desconsoladamente de inmediato. Al finalizar, la mujer terminó su discurso con las siguientes palabras: “pobre peluche, ¿cómo te atreves a tratarle así? Qué vergüenza, con lo que debió estar sufriendo”.

Desde ese momento, Pedro se muestra ansioso cada vez que se rompe un objeto inanimado por accidente o se va deteriorando con el tiempo, pues asocia deshacerse de él a ser mala persona. Lo cierto es que él no tenía la culpa de que su madre le regañara. Lo que sí tiene ahora es la responsabilidad para reconocer que sufre una obsesión, ver cuál ha sido el factor determinante de su aparición y trabajar para controlarla.

En tu caso, ¿cómo empezó todo? Esa es la pregunta que debes formularte:

– Puede que estuvieras muy nervioso, aunque se supieras un examen a la perfección. Una mala ejecución podría ocasionar una obsesión con el fracaso. ¿Para qué voy a seguir estudiando? Total, voy a suspender de todas formas.

– Puede que estuvieras muy triste en el momento en el que tu pareja rompió la relación. Una mala gestión emocional podría generar una obsesión con él o ella. ¿Para qué voy a seguir enamorándome? Total, jamás sentiré lo mismo por otra persona.

Haz acto de introspección e identifica el origen. ¡Ojo! Un matiz muy importante: el origen no es la causa. El error no es que tires un peluche, suspendas un examen o te deje tu chico o chica, no… Ese es el origen de la obsesión.

El error es la causa por la cual esa misma obsesión se ha manifestado en primer lugar; el error fue haber basado tu felicidad en el resultado del examen y no en el esfuerzo invertido en él; el error fue haber iniciado una relación de pareja sin haberte amado a ti mismo con anterioridad. Y del primer ejemplo, el error fue de la madre, no del niño.

Paso 2 – Modificar el hábito.  

Una adicción no es más que un hábito perjudicial cuya intensidad o frecuencia es demasiado elevada y del que no se puede prescindir fácilmente al existir dependencia.

Recordemos cuál es el ciclo de un hábito: señal, rutina y recompensa.

– La señal es el estímulo externo o interno que causa la necesidad de iniciar el hábito.

– La rutina es el ritual o la acción que desempeñamos para satisfacer dicha necesidad.

– La recompensa es el estado emocional o físico en el cual nos sentimos satisfechos.

Pondré como ejemplo típico el de un fumador:

– La señal es la falta de nicotina o la sensación de la misma.

– La rutina es sacar un cigarro, encenderlo y fumarlo.

– La recompensa es el estado de relajación posterior.

¿Cómo procederemos entonces con la obsesión?

a) Reconocimiento de la señal: ¿en qué momentos, lugares, situaciones o estados te encuentras más proclive a obsesionarte? El objetivo es reducir la cantidad de veces en las que recurrimos a los pensamientos obsesivos, pues quizás descubras que se manifiestan justo antes de dormir, al ver a determinadas personas o al no saber lidiar con tu soledad.

b) Sustituir la rutina: cambiar la rutina anterior por otra que ofrezca la misma recompensa. En este caso concreto, la rutina es imaginar escenarios idílicos o catastróficos hasta que el cerebro reciba el chute hormonal que tanto ansía.

¿Hay alguna otra obra que pueda proporcionarte tranquilidad y confort? Mejor aún, ¿hay alguna otra obsesión que pueda propulsarte a trabajar en vez de a procrastinar?

Paso 3 – Toma de conciencia.

¿Por qué nueva acción se puede suplir la antigua?

A continuación, haremos uso de un elemento denominado disruptor, que se define como un gesto, acción o marco que descoloca por completo al proceso de divagación mental. Éste permite pasar del rol pasivo al que la obsesión en cuestión te somete a un rol activo, mediante el cual reconoces el patrón adictivo y lo rompes.

Hay toda clase de disruptores que se encuentran a tu disposición:

Físicos: respirar profundamente, meditar, bailar, correr, entrenar, caminar…

Intelectuales: leer un libro, estudiar, aprender idiomas, charlar con amigos…

Sin embargo, la gracia del asunto es ser creativo y flexible:

¿Temes el posible suspenso mientras estudias para el examen? Levántate, haz diez sentadillas y vuelve a la carga cada vez que suceda.

¿Esperas desesperadamente el mensaje de tu chico o chica nada más despertarte? Mírate al espejo y di en voz alta: “madre mía, últimamente estoy irresistible”.

Lo divertido es ir jugando con distintas mecánicas que rompan el bucle y le transmitan a tu mente que tu obsesión es, a fin de cuentas, de lo más absurda e innecesaria. Encuentra tu disruptor y sal del bucle. Si te lo tomas en serio, podrás disminuir considerablemente la fuerza y cadencia de estos episodios mentales.

En múltiples ocasiones, una idea fija nos atormenta sin cesar a modo de recordatorio simplemente porque no hemos terminado la tarea en cuestión. A lo mejor no hemos revisado el capítulo de un libro, planeado los últimos detalles de un viaje o declarado a la persona que nos gusta.

El secreto final.

Pero esto no es todo… ¿os imagináis que el camino el éxito pudiera ser adictivo? Mientras que la mayoría de las personas conciben el proceso como un arduo castigo que uno ha de sufrir para obtener una recompensa, nosotros vamos a entenderlo como un sendero donde se experimenta tanto placer como dolor, y por lo tanto, algo que deseamos fervientemente. ¡Y todo ello gracias al poder de la obsesión!

En suma, es necesario reconocer que es bastante improbable realizar un propósito sin cierto grado de obsesión. De hecho, cuando se canaliza correctamente, ésta se traduce en un incremento de energía, empuje, determinación y resiliencia; en términos psicológicos, es altamente adaptativa bajo un pilotaje adecuado basado en el flujo de la creatividad a la hora de resolver problemas complejos.

Yo estoy loco por documentarme, escribir guiones y elaborar contenido audiovisual.

Yo estoy loco por invertir con cabeza y desarrollar mi inteligencia económica.

Yo estoy loco por aprender distintos idiomas y comunicarme con nuevas personas.

Estoy obsesionado con lo que hago. Y no soy el único que lo está.

Sustituye tu obsesión limitante por una potenciadora.

A pesar de que a estas conclusiones han llegado expertos en materia como Alex Lickerman, Darlene Lancer o Vance Jackson, el gran desconocimiento del público coloca a la obsesión como un trastorno irrevocablemente pernicioso. Es mi función aportar mi granito de arena como economista para recordar que, así como sucede con el estrés, la soledad o la disciplina, la obsesión se rige bajo la ley de los rendimientos decrecientes: es buena hasta cierto punto.  

En resumen: (1) identifica el origen, (2) modifica el hábito y (3) retoma la conciencia.

Psicología de la mentira: ¿por qué mentimos los seres humanos?

Descubre cómo detectar a un mentiroso

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Todo lo que sabemos acerca de la mentira es, simple y llanamente, mentira.

Permítanme comenzar con una pequeña historia…

En el otoño de 1989, la universidad de Princeton dio la bienvenida a un joven estudiante llamado Alexi Santana, cuya historia es, cuanto menos, sobrecogedora. Apenas recibió una escolaridad digna y pasó su adolescencia dependiendo de sí mismo, sin un hogar al que acudir. Aun así, esto no supuso ningún impedimento para que se entrenase en el desierto de Mojave para ser un corredor de fondo.

Su historia no tardó en hacerse eco entre las paredes de la facultad. Santana se convirtió en la estrella indiscutible del campus. «¡Qué enigmático y apasionante es este chico!» – murmuraban sus compañeros. Al hombre le rodeó siempre de un halo misterioso que le proporcionó un valor social incalculable. Por si no fuera poco, sus calificaciones eran brillantes. Sin embargo, algo olía raro…

La historia de Santana fue una mentira. Dieciocho meses después de su matriculación, una mujer le reconoció al haberle visto en la universidad de Palo Alto (California) hace más de seis años. Santana ni siquiera era su nombre verdadero. James Hogue sirvió en la prisión de Utah por posesión de armas robadas. En suma, la policía le detuvo en varias ocasiones por acosar a transeúntes por la calle o alentar al desorden. Todo parecía tan real desde ojos ajenos…  

La verdadera cuestión es: ¿por qué tuvo la necesidad de hacerlo?

La mentira es esencial para la supervivencia.

La mentira es algo a lo que todos nosotros somos adeptos. Embaucamos con facilidad, por pequeñas y grandes cosas, a desconocidos, compañeros de trabajo, amigos e incluso amantes. Y sí: dar gato por liebre es mirado con malos ojos. Sin embargo, ¿es este acto ilícito sin importar la causa de su aparición?

Ha de tenerse en cuenta que la moral cristiana ha arraigado fuertemente en el código de conducta social contemporáneo. Así pues, ateos y cristianos comparten una gran cantidad de valores y principios básicos como el respeto, la amabilidad o la honestidad. No hay más que observar el octavo mandamiento: “no dirás falso testimonio ni mentiras”.

Aunque la Biblia cabe a tantas interpretaciones como personas que la lean, es entendido por la mayoría que la mentira, sea cual sea su procedencia, magnitud o intención, es irrevocablemente calificada como un gesto de deshonra, ultraje y vejación al prójimo. La mentira es un pecado y el embustero una persona de mala fe.

Sin embargo, la evidencia científica más vanguardista ya ha desmentido dicha aserción. La habilidad de ocultar o sesgar información es tan fundamental para la supervivencia del homo sapiens como la necesidad de confiar en los demás, estrechar lazos afectivos y jerarquizar por grupos. La cuestión es discernir en qué situaciones es lícito y en cuáles no.

Expertos en materia especulan que el comportamiento de mentir surgió prácticamente al unísono que el lenguaje. Manipular a los otros sin emplear la fuerza física ostentaba una clara ventaja competitiva por los recursos materiales y la descendencia. En el reino animal, el auge de las estrategias de engaño resultó crucial para camuflarse contra los depredadores y conseguir alimento.

Dos formas de pensar.

¿Hay algo en particular acerca de la estructura cerebral de los individuos que mienten con más frecuencia?

En el año 2005, el psicólogo Yaling Yang y su equipo compararon los escaneos cerebrales de tres grupos: 12 adultos con un historial de mentirosos compulsivos, 16 con trastorno de personalidad antisocial (TPA) sin ser mentirosos y 21 sin ninguna de las dos condiciones.

Los investigadores descubrieron que los mentirosos tenían al menos un 20% más de fibras neuronales por volumen en la corteza prefrontal, lo cual implica que los que estaban habituados a calumniar disponían de mayor conectividad dentro de sus cerebros. Es posible que este factor les predisponga al engaño, pues son capaces de elaborar bulos a una velocidad superior.

El hombre es proclive a creer falsedades, incluso cuando están inequívocamente contradichas con claras evidencias. Tali Sharot, una neuróloga de la universidad de Londres, ya demostró los efectos adversos que acarrea el hábito de mentir u ocultar información: el estrés provoca una incomodidad emocional continua.

Los escaneos de la amígdala, la región cerebral encargada de procesar las emociones, denotan un hecho sorprendente: su respuesta pierde fuerza conforme seguimos incurriendo en la mentira, incluso si ésta se va reduciendo en credibilidad. En otras palabras, el sistema límbico facilita la mentira conforme ésta se hace más recurrente.

¿Quiere decir esto que faltar a la verdad esté justificado? En absoluto, mas es imprescindible entender por qué incurrimos en el hábito una y otra vez. Por desgracia, la historia está repleta de sazonados y astutos mentirosos como James Hogue en el caso Santana.

Causas de la mentira.

Para conocer sus causas a fondo, nos apoyaremos en un gráfico circular seccionado por áreas facilitado por National Geographic.

Razón A – Promoción

Se trata de mentir para obtener una ganancia.

Ánimo de lucro (16%)

Mentir para percibir ganancias económicas es todo un clásico. El dinero es el medio principal de subsistencia del Siglo XXI, pues determina en gran medida qué comemos y vestimos, dónde residimos, de quién nos rodeamos e incluso cuánto tiempo vivimos. En definitiva, influencia notablemente quiénes somos y qué hacemos.

No es de extrañar que sea objeto de los fraudes más escandalosos que se puedan imaginar. Existen rufianes que escudriñan artimañas para obtener recompensas injustas, como Bernie Madoff engañando a los inversores de su compañía con un esquema Ponzi, o Richard Nixon negando su papel en el escándalo Watergate.

Ni siquiera un campo como la ciencia académica, cuya máxima fundamental por esencia es buscar la verdad, se salva del escabroso componente humano. La mayoría de estudios científicos convencionales en lo que respeta a nutrición están financiados por empresas privadas cuyos incentivos no son precisamente altruistas. Ya saben: cuando hay dinero de por medio, la verdad se esconde.

Ventaja personal (15%)

Se trata de mentir para percibir ganancias emocionales. En otras palabras, el embaucador busca desesperadamente sentir placer mediante la experimentación de una emoción específica.

Ganar una discusión de pareja, entendiendo por ganar ser el que no cede ante el otro, produce satisfacción a corto plazo. Dos miembros de una relación tóxica ven el desentendimiento de ambos como un conflicto donde uno ha de imponer su forma de pensar a toda costa. Es tal el confort de la victoria que, en ocasiones, los choques vienen acompañados de toda clase de mentiras innecesarias.

La falsa victimización también supone una ventaja personal. La persona se coloca como un protagonista leal y noble que ha sido atacado por una injusticia. Lo peor siempre les sucede a ellos, nadie parece dar importancia a su vida y el universo les ha sentenciado en una espiral punitiva y hostil… O por lo menos eso creen. De este modo, se refugian en el cálido manto del autoconsuelo para no tomar acción.

Inflación de imagen (8%)

Consiste en mentir para percibir ganancias sociales. Esto es, alterar la percepción ajena acerca del propio status para obtener ventajas competitivas. 

¿Cuántos de ustedes han fingido algo que no son por redes sociales o han reflejado tan sólo una parte de la realidad? Las plataformas digitales son escaparates donde uno enseña al público las prendas más atractivas, cuando la verdad queda mejor representada por lo que se encuentra en la trastienda.

El presidente Donald Trump es experto en materia. Una de sus mentiras más famosas fue afirmar categóricamente que la cantidad de gente que acudió a su inauguración como presidente fue mucho mayor que la de Barack Obama.

¿Y todo para qué? Aceptación. Sentir que uno forma parte de un grupo emana del propio instinto de supervivencia. Al estar programados para vivir en un entorno de escasez, lo que piensen los demás es concebido como una cuestión de vida o muerte.

Humor (5%)

Mentir para hacer reír a la gente es más común de lo que se piensa. Elaborar historias surrealistas en torno a nuestra persona hace creer al interlocutor que somos gente interesante, ya que lo nuevo llama la atención y nosotros queremos ser protagonistas.

Razón B – Protección

La mecánica es muy distinta, pues ahora se busca evitar una pérdida. Por ende, estas mentiras pueden ser incluso más temerarias y exageradas que las de promoción, ya que el ser humano es averso a la pérdida por naturaleza.

Cubrir un mal comportamiento (22%)

En ocasiones, hacemos algo de lo que nos arrepentimos y no queremos sufrir las consecuencias de nuestros actos. En lugar de inflar la imagen para que la gente piense mejor de nosotros, el porqué de la mentira es evitar que se desinfle para que no piensen peor. Lo que la mayoría no sabe es que hay veces en las que la exposición del embuste es tan notoria que no merece la pena tomar el riesgo.

El nadador americano Ryan Lochte se emborrachó junto a sus compañeros de equipo en una fiesta en Rio de Janeiro durante su participación en las Olimpiadas de 2016. ¿La excusa que ofreció a los medios de comunicación? Que fue robado a punta de pistola en una gasolinera. Ya no es sólo el hecho de que bebiera de forma irresponsable, sino que mintió a toda una nación mientras la estaba representando.

Evitar situaciones (14%)

Hablamos de escapar de situaciones embarazosas e indeseadas o evadir a otras personas: niños fingiendo estar enfermos para no asistir a clase, vagos poniendo excusas sin sentido para no trabajar…

Razón C – Impacto

Tim Levine citó: “todos mienten, pero no todas las mentiras son iguales. La gente miente o dice la verdad en base a una meta específica; si el camino de la honestidad no nos acerca a nuestro propósito, optamos por el camino del fraude”.

Dejar nuestra huella en el prójimo puede tener un fin malicioso (que consiste en herir a otras personas), altruista (que consiste en ayudar a otras personas) y social (que consiste en encajar en reglas sociales para evitar la apatía).

No se trata de ganar o perder algo en concreto, sino de que otra persona gane o pierda algo. No obstante, he de mencionar que los fines altruistas y/o perniciosos albergan su causa radical en el más puro egoísmo. Permítanme decir que las personas que mienten por el bien ajeno merecen mi visto bueno.

Razón D – ???

No siempre ha de existir una causa eventual y extrínseca para inducir a la mentira. Ésta puede ser desconocida (cuando los motivos que no están claros) o patológica (cuando se ignora o malinterpreta la realidad).

En resumen: miento porque (a) quiero obtener algo, (b) quiero evitar algo, (c) quiero provocar algo o (d) porque sí. Es más, es bastante probable que varias de estas razones se combinen al mismo tiempo.

Mi intención es que entiendas que una persona que miente no lo hace necesariamente de mala fe: a lo mejor pretende ayudar, evitar un conflicto o simplemente está acostumbrada a hacerlo y no lo ve como algo perjudicial.

Que no te engañen.

Detectar una mentira es un tema extremadamente complejo y delicado. Sin embargo, sí quiero introducirte un concepto clave: la facilidad cognitiva. Se trata de un proceso mediante el cual tendemos a aceptar algo como verdadero sin necesidad de que lo sea. Los factores que nos hacen más susceptibles de creer un juicio son cuatro:

  1. Experiencia repetida: decir lo mismo una y otra vez.
  2. Exposición clara: dar un discurso coherente, cohesionado y adecuado a la situación.
  3. Idea primada: escuchar algo que ya tomamos como cierto.
  4. Buen humor: comunicar de forma amena y distendida.

Los anuncios funcionan tan bien porque nos repiten lo mismo una y otra vez hasta que se cansan, utilizan un tono desenfadado, llamativo y gracioso acompañado de canciones pegadizas y tienen un mensaje sencillo narrado por una voz contundente.

La mayoría de las personas confían demasiado en su intuición. Suelen encontrar el esfuerzo de realizar una reflexión pausada bastante insatisfactorio. Por ello, cuando la gente ya creía en algo con anterioridad, es más probable que los argumentos que apoyan esa misma idea pasen el filtro de la mentira, ya que ponerlos en tela de juicio requiere un sobreesfuerzo por su parte.

En mi opinión, la verdad siempre sale a la luz, pues la mentira nos atrapa en un juego tóxico cuyo final es completamente inevitable. Se puede mentir a poca gente durante mucho tiempo; se puede mentir a mucha gente durante poco tiempo; pero no se puede mentir a todo el mundo todo el tiempo.

Por desgracia, en esta vida van a toparse con multitud de personas que te la van a intentar colar… ¡Pero recuerden! No todos lo harán para dañarles.

Estrés: la guía definitiva

Averigua todo lo que necesitas saber acerca del estrés

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Se considera estrés al mecanismo que se pone en marcha cuando una persona se ve envuelta por demandas y desafíos que superan sus recursos actuales, de tal manera que experimenta una sobrecarga producida por las consecuentes alteraciones químicas en el organismo que puede influir en el bienestar tanto físico como emocional. Dichos resortes biológicos preparan al cuerpo para una de dos cosas: luchar o huir. 

Es necesario aclarar dos conceptos previos que son fundamentales para entender el grueso del artículo.

1. El estrés puede ser bueno.

Multitud de gurús de la autoayuda no se apoyan en la evidencia científica para hablar de temas tan serios que afectan a la salud pública. Divulgan sin cortarse un pelo que el estrés, cualquiera que sea su intensidad y duración, es el peor de los enemigos y, por lo tanto, el objetivo principal es aniquilarlo por completo. Procederé a desmitificar y desmentir esta idea.

La ley de Yerkes-Dodson expone una relación empírica entre la excitación y el rendimiento, que establece que la calidad de la actuación se incrementa conforme la excitación del individuo aumenta, pero sólo hasta cierto punto, a partir del cual el rendimiento marginal experimenta un declive cada vez más rápido. Como explicaré más adelante, el estrés puede resultar de gran utilidad si viene dado en la apropiada cantidad y frecuencia.

2. El estrés es lo mismo que la ansiedad.

Otro atentado contra el pensamiento crítico es hablar de estrés y ansiedad como si se trataran de sinónimos. El estrés puede tener su causa en el trastorno de ansiedad o puede no tenerla; son conceptos distintos.

Una vez que el lector sepa qué es el estrés – una reacción corporal ante un exceso de situaciones difíciles – y también que éste puede ser saludable en dosis adecuadas, es hora de conocer los tipos de estrés existentes, puesto que su grado determinará el modus operandi.

Yo no me veo en la potestad de ofrecer un tratamiento psicológico a medida si no conozco las características individuales del paciente, pues cada persona es un mundo.

Sin embargo, lo que sí puedo hacer es describir las diferentes tipologías y ofrecer una serie de pautas generales, de tal modo que seas cada individuo quien marque la ruta para actuar desde ya y resolver el problema en cuestión a medio-largo plazo.

Has de tener en cuenta que cada tipo tiene sus propias características, síntomas, duración y tratamiento. Pretendes solucionar un problema si ni siquiera uno sabe qué clase de problema tiene es una pérdida de tiempo.

A continuación, me guiaré por los informes del APA (American Psychological Association).

a) Estrés agudo.

Es la variante más común del estrés, que proviene de presiones del pasado más reciente e inmediato y demandas anticipadas del futuro más cercano o próximo. Debido a que se manifiesta en el corto plazo, el estrés agudo no tiene suficiente margen para ocasionar el extenso daño asociado al estrés duradero.

En efecto: en pequeñas dosis y bien canalizado, el denominado eustrés o estrés positivo resulta beneficioso y excitante, ya que nos estimula a enfrentarnos y defendernos de los peligros o amenazas externas, incrementa significativamente la creatividad, permite tomar iniciativa en un proyecto con fecha límite y posibilita una respuesta eficaz ante situaciones que requieran una actuación o rendimiento superior al normal.

Hablamos de esa flagrante tensión al mirar que vas a llegar tarde al tren que te proporciona un chute de adrenalina para correr y llegar a tiempo; de esa presión que comienza a acrecentarse tres días antes del examen y que te permite concentrarte para estudiar; o del que surge cuando estás a punto de bajar por una montaña rusa.

Sin embargo, debes mantenerte alerta: si tu cuerpo no sabe gestionarlo correctamente, es posible que padezcas de dolor de cabeza, malestar estomacal, irritabilidad o agotamiento psicológico. Pero no te preocupes, ya que esta categoría es altamente tratable y manejable.

Solución.  

Poniendo en práctica esta batería de consejos básicos avalados por estudios científicos se lograrán mejoras significativas. Aunque sea bastante recomendable, no hace falta que se apliquen todos y cada uno de ellos siempre. Se trata de que cada cual vaya probando, ajustando y adaptándolos a su estilo de vida.

– Practicar la respiración profunda te permitirá cambiar del sistema simpático al parasimpático, creando un efecto relajante que reducirá tu estrés. Intenta que las espiraciones sean más largas que las inspiraciones. Si además se implementa en una sesión de meditación o yoga, los efectos serán tremendos. Una buena respiración es la base del manejo del estrés, así que no pases por alto este punto.

– Recurrir a la repetición de afirmaciones coherentes en circunstancias adecuadas puede sacarte de más de un apuro. Si consigues elaborar mantras razonables y utilizarlos en momentos clave, lograrás calmar a tu mente casi al instante. Por ejemplo: “pero por qué me pongo nervioso si ya he sobrevivido antes a la época de exámenes”.

– Alegar a la ayuda externa por parte de un profesional, compañero o familiar para afrontar el estresor en cuestión puede ser crucial en ocasiones, puesto que se libera serotonina al no sentirse solo e indefenso ante el problema y otras personas te ofrecerán estrategias que no se te habrían ocurrido por cuenta propia.

– Apostar por una liberadora sesión de ejercicio moderado, ya sea aeróbico o anaeróbico, te permitirá liberar endorfinas que te proporcionarán un efecto analgésico natural de forma prácticamente inmediata. La fisiología del ser humano está diseñada para el movimiento; si se adopta un estilo de vida sedentario, es casi seguro que el estrés siga llamando a la puerta.

– Refugiarse en una apasionante sesión de lectura es otro de esos hábitos potenciadores cuya eficacia ha sido constatada. Si andas algo ajustado de tiempo, podrías escuchar un audiolibro de tu género favorito mientras caminas hacia el trabajo o preparas la cena. No importa si se trata de economía, psicología, historia, filosofía o literatura: la sensación de aprender algo nuevo cada día no tiene comparación.

– Numerosos artículos mencionan a la música y la toma de contacto con la familia y amigos como dos remedios sumamente eficaces. Explota las sinergias y aplica varios de estos consejos al mismo tiempo. Podrías ir con un amigo al gimnasio, leer al aire libre o escuchar música mientras caminas. Sé creativo.

Las dos categorías restantes que explicaré ahora mismo ya no son nada beneficiosas para el cuerpo. En contraposición al eustrés previamente mencionado, el distrés o estrés negativo presenta unos efectos mortíferos.

– Aumenta tanto la tensión como la atrofia muscular en el aparato locomotor.

– Provoca dificultades como hiperventilación o disnea en el sistema respiratorio.

– Afecta gravemente al corazón y a los vasos sanguíneos en el sistema cardiovascular.

– Incrementa en exceso la producción de cortisol en el sistema endocrino.

– Altera el humor mediante las bacterias intestinales en el sistema gastrointestinal.

– Disminuye la testosterona en hombres y el estrógeno en mujeres en el sistema reproductor.

El distrés destruye el organismo de una manera tan sibilina y sigilosa que da miedo.

b) Estrés agudo episódico.

¿Qué sucede cuando el cuerpo comienza a abusar del estrés agudo? Pues que quedamos atrapados por sus maléficas garras. El estrés agudo episódico se manifiesta en dos formas distintas: una agresiva (tipo A) y una pasiva (tipo B).

Por un lado, el Tipo A manifiesta tener una gran cantidad de “energía nerviosa” que no puede controlar, factor por el cual reacciona de manera destemplada, irritable, tensa, exacerbada, ansiosa y malhumorada ante las vicisitudes e imprevistos. Un ejemplo clásico es el del típico empresario que no tiene tiempo para congeniar su trabajo con su vida personal y sentimental; no trabaja para vivir, sino que vive para trabajar.

Siempre andan con prisas, pero llegan tarde a todos lados.

Siempre que algo puede salir mal, sale mal y se frustran con facilidad.

Siempre abarcan tantas actividades a la vez que no se centran en ninguna en particular.

El exceso de impulso competitivo, agresividad, impaciencia y sensación de urgencia constante que experimenta un sujeto tipo A puede provocar ciertos estragos sobre su salud. Friedman y Rosenman consideraron a los sujetos alpha mucho más propensos a desarrollar enfermedades coronarias.   

Por otro lado, el Tipo B muestra un patrón de comportamiento diametralmente opuesto. Se trata de un pasotismo y una dejadez excesiva ante las circunstancias. Conciben el mundo como un lugar peligroso, punitivo, hostil y poco recompensatorio. Además, perciben con frecuencia que algo malo está a punto de sucederles. Por lo tanto, suelen mostrar una tendencia más inclinada ante la depresión y la ansiedad. 

¿Qué tienen ambos tipos en común? Pues que han perdido gran parte del control de su reacción al entorno que les rodea. En otras palabras, no saben cómo actuar ante los estresores.

Los síntomas en ambos grupos son muy variados: fuerte dolor de cabeza, presión en el pecho, migrañas, hipertensión y enfermedades del corazón. Pero lo realmente tétrico del asunto es que el estrés agudo episódico está tan arraigado y normalizado en nuestras vidas que la gente no es capaz de detectar anomalías en su conducta.

Solución.

Es posible que las causas del estrés agudo común hayan sido meramente puntuales, accidentales y circunstanciales. Una persona con estrés agudo puede llevar una vida saludable, disponer de unas bases sociales y familiares asentadas y estar realizado profesionalmente.

Sin embargo, cuando se habla de estrés agudo episódico, ya no se satisfacen todas estas asunciones: uno debe tomarse el respectivo tiempo para indagar profundamente en la raíz del asunto. En suma, ambos tipos (A y B) deben aplicar los consejos que he mencionado hasta ahora y recibir tratamiento psicológico.

El problema principal del estrés agudo episódico es que el sujeto está utilizando los propios estresores para aliviar su estrés de forma abusiva y continuada. Es decir, de una manera u otra, está recurriendo a la gratificación instantánea para aliviar el estrés de forma inminente con hábitos o sustancias que le provocarán todavía más estrés.

La primera regla general, aplicable a ambos tipos, es no hipotecar el distrés.

  • Elimina por completo o limita drásticamente el consumo de sustancias estupefacientes como el tabaco, el alcohol, el café o el azúcar añadido.
  • Controla muy bien tu alimentación adoptando una dieta rica y variada con las proporciones óptimas de macro y micronutrientes.

En definitiva: la optimización biológica es el primer paso para machacar el estrés negativo. Y ahora, ¿qué más aconsejo que añadas a tu arsenal de estrategias? 

– Por un lado, al Tipo A le recomiendo encarecidamente aprender a gestionar y organizar su tiempo, estipulando una cantidad máxima de horas de trabajo al día que no puede ser sobrepasada con la salvedad de situaciones excepcionales que así lo exijan. Asimismo, un mínimo periodo de sueño, descanso y relajación es imprescindible para regular los niveles de adrenalina y cortisol.

¿Qué le sucede a la productividad del trabajador cuando éste no atiende sus demandas básicas de carácter físico y emocional? Que se desploma. Trabajar más horas no siempre significa obtener mejores resultados, pues la efectividad del capital humano sigue la ley de los rendimientos decrecientes.

¿Conoces la ley de Párkinson? Su adagio dice así: “el trabajo se expande o se contrae para rellenar la cantidad de tiempo disponible”. Este es el motivo por el que estudiar tres días antes de los exámenes me proporciona prácticamente la misma calificación que estudiar una semana antes. Eso sí, hasta cierto límite; todo se basa en encontrar el punto óptimo que maximice la eficacia y la eficiencia.

Para ello, hay que saber decir que no y poner un límite razonable a las jornadas laborales. Tanto si se trabaja por cuenta propia como por cuenta ajena existen soluciones efectivas mediante la comunicación y el diálogo externo e interno.

– Por otro lado, al Tipo B le recomiendo acudir al psicólogo o psiquiatra, puesto que será quien logrará indagar en la causa principal del asunto: reparar viejas heridas emocionales, averiguar secuelas por traumas en la infancia o adolescencia y eliminar los resortes psicológicos autodestructivos como el autoconsuelo, el victimismo exacerbado y la exención de culpa.

En caso de que padezca de ansiedad o depresión, la estrategia diferirá en determinados aspectos, requiriendo un enfoque más hondo, específico y subyacente.

c) Estrés crónico.

Si en la anterior tipología el tratamiento es casi obligatorio, en esta es cuestión de vida o muerte: has de acudir a un profesional de inmediato.

El estrés crónico es un aniquilador implacable y despiadado de miles de vidas. Su desgaste es tan colosal que causa daños cuantiosos en el cerebro y gran parte del organismo, en ocasiones irreversibles. Es el estrés de la pobreza extrema, de las familias disfuncionales, de un matrimonio infeliz o de una carrera profesional repudiada.

La persona es completamente incapaz de vislumbrar una salida a su miserable situación. Asimismo, las demandas externas se agigantan artificialmente y flagelan al individuo con una tormenta emocional que nunca cesa. En definitiva: no hay esperanza alguna.

Se ha creado una creencia sumergida tan fuerte que la presión es completamente inevitable:

“Tengo que pretender siempre que mi vida es perfecta».

«Debo desconfiar sin excepción porque la gente es malvada por naturaleza».

«Las peores cosas sólo me pasan a mí».

El estrés crónico mata a través de suicidio, violencia, ataques al corazón, derrames cerebrales y hasta cáncer. ¿Y lo peor? Lo mismo de antes: la gente se acostumbra a él y se olvida de su presencia; tanto, que acaba resultando familiar y hasta reconfortante.

No es que su presencia pueda aparecer en épocas del año o en determinados momentos del día: la presión es reiterada e incesante. Se ha llegado a un punto donde el estrés se ha convertido tanto en la causa como la consecuencia de la mayoría de los problemas.

Solución.

Además de recurrir a la ayuda psicológica y aplicar los consejos previamente mencionados, las personas que sufren de estrés crónico han de comprender que la batalla que les espera no será ni corta ni sencilla. Pero no desesperes: esto no significa que no pueda vencerse con un buen planteamiento, toma de acción inteligente y fuerza de voluntad.

La cuestión es que tiene que producirse en ti un cambio de paradigma radical y absoluto que altere la percepción del mundo que te rodea. Esto es, ya no basta con eliminar hábitos perjudiciales y adoptar hábitos potenciadores: es necesario un cambio de mentalidad total.

Si el psiquiatra te manda una prescripción, no permitas que tu ego la rechace. Apoyarse en los medicamentos no es nada malo si con tu actuación trabajas para dejar de depender de ellos en un futuro. Es un remedio suplementario y temporal.

Por su parte, el individuo debe aplicarse para adquirir diversas competencias:

– Adoptar una serie unos principios y valores férreos que guíen sus acciones.

– Modificar las creencias sumergidas de carácter limitante a su favor.

– Desarrollar una autoestima y amor propio a prueba de balas.

– Aprender a explotar la soledad en su beneficio y no tenerle miedo.

– Encontrar una pasión que le devuelva la energía y las ganas de vivir.

– Actuar con independencia a los juicios ajenos destructivos o inútiles.

Y un largo etcétera de competencias y cualidades que fomentarán su desarrollo personal que podrás encontrar en otros artículos de la página web.

Cómo vencer tu mayor miedo

¿Qué es el miedo?

miedo
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El miedo es un arma colosal que se ha calificado erróneamente como el enemigo número uno de las emociones; es aquel amigo al que das la espalda, mientras su única intención es avisarte de que hay un conflicto sin resolver en tu vida; es uno de los estados más cruciales e intimidantes al que se tiene que enfrentar el ser humano.

Voy a compartir contigo pedazos de inseguridad y temor que se encuentran aparcados en los rincones más inhóspitos de mi conciencia. Pero antes, ¿no crees que deberías empezar por asegurarte de comprender este concepto?

El miedo se define como la respuesta vital a un peligro físico o emocional que provoca una sensación de angustia y alerta. Si no existiera el miedo, el homo sapiens y sus precursores hubieran sido incapaces de protegerse ante la gran cantidad de amenazas legítimas frecuentes en el entorno ancestral. La cuestión es: ¿hasta qué punto está cierta reacción justificada en los tiempos que corren?

En el pasado, nuestros ancestros temían una gran variedad de peligros inmediatos, desde erupciones volcánicas hasta hambrientos depredadores. El mecanismo que utilizaban era de gran utilidad, puesto que provocaba cambios hormonales tales como un aumento del cortisol y la adrenalina, con objeto de poder luchar o huir.

Y sí: a pesar de que han pasado miles de años, este mecanismo sigue presente en nuestra especie. Sin embargo, los miedos más comunes del ser humano tienden a clasificarse como irracionales, es decir, miedos cuyo origen no es una amenaza para su propia supervivencia.¿

¿Cuántas veces has tenido miedo a declararle a tu familia que vas a tomar una decisión no convencional? ¿Cuántas veces has temido la reacción de tus amigos al comentarles un nuevo proyecto? En efecto: en la mayoría de las ocasiones, las impresiones ajenas y los juicios externos implantan semillas de recelo y pavor. ¿A qué se debe esto? Simple: en el pasado, el rechazo social implicaba un aumento del riesgo de expulsión del grupo. Te aseguro que, bajo esas condiciones, tu vida sí que corría peligro.

La absurda creencia de que tu valía personal y autoestima se verán afectadas por lo que piensen los demás de ti es sencillamente ridícula. Se nos ha hablado del miedo como una sensación aflictiva y tormentosa que se debe a toda costa. Nada más lejos de la realidad, el camino correcto no es inhibir las emociones, sino entenderlas y actuar en consecuencia.

¿Y qué hay de mi mayor miedo?

La verdad es que siempre he sido un chaval atípico, para bien y para mal. Mis amigos me suelen decir con bastante frecuencia que estoy como una cabra, a lo que yo no puedo mostrar más agradecimiento. A fin de cuentas, ¿qué más da si el loco soy yo o los locos son todos ellos? De cualquier manera, me van a considerar como tal. Lo mejor es aceptarlo y actuar en consecuencia.

¿Sabéis?

Yo no tengo miedo de acabar solo. He estado solo mucho tiempo, bien y mal; gracias a los malos momentos, he desarrollado la autodependencia y la autonomía necesaria para saber estar bien sin depender de nadie. Sí, desconozco lo que es el amor romántico, pero no lo que es el amor. Y en este momento, soy capaz de afirmar algo que la mayoría de mi entorno, por desgracia, jamás será capaz de afirmar: tengo amor propio, una autoestima sana y unos principios y valores férreos

Yo no tengo miedo de acabar pobre. Tengo objetivos financieros astronómicamente altos y trabajo duro todos los días para cumplirlos. Sin embargo, gasto lo justo y necesario. Me considero ahorrador hasta niveles enfermizos y neuróticos. Jamás me han interesado los bienes materiales, si éstos no aumentan mi valor como capital humano y emocional. Desde luego, si tengo que adoptar un estilo de vida frugal y precario para dedicarme a lo que me gusta, lo haré encantado.

Yo no tengo miedo de acabar enfermo. Parece que la salud está colgando de un hilo y la única forma de conservarla es que un ente superior no sea lo suficientemente caprichoso para cortarlo. Sí, existen terribles golpes de mala fortuna que no dependen de nuestra voluntad. Sin embargo, la salud física y mental están dentro de nuestro área de influencia, por lo que podemos impactar significativamente desarrollando hábitos potenciadores.

Entonces, ¿cuál es mi mayor miedo? El temor más grande que acecha mi mente día tras día no tiene nada que ver con la soledad, la pobreza, la enfermedad, el infortunio o el fracaso. Mi mayor miedo es… la mediocridad.

Suena un tanto pretencioso, arrogante e hipócrita. ¿Estoy acaso insinuando que pertenecer a la media es algo de lo que avergonzarse? La cuestión no es cuál es tu situación actual, sino disponer del coraje suficiente para identificarla y actuar para acercarte a tu mejor versión, la cual no tiene por qué coincidir con la tuya.

El día en el que traicione mis creencias y deje de lado mis principios y valores será el que esté sellado en mi lápida como fecha de defunción. No hace falta ser fan de The Walking Dead para darse cuenta de la gran cantidad de personas que están muertas en vida, deambulando por el mundo sin aspiraciones ni desafíos que completar.

La mediocridad, como concepto, no es ningún problema. Lo malo es no haberla elegido y tener que vivir con ella en contra de tu propia voluntad. Creo que jamás me perdonaría estar en una cama de hospital a los cien años, pensando en cualquier otra cosa que no fuese: “hice lo que quise, cuando quise y como quise. Y lo que él o ella pensaron o dijeron siempre me dio exactamente igual”. Tened cabeza y sed congruentes con vuestro credo.

Cómo desarrollar la verdadera humildad

Para hacerse grande, primero has de ser pequeño.

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El estimado psicólogo y filósofo William James alzó en alto su voz y pronunció las siguientes líneas: “El mayor anhelo del ser humano es el deseo de sentirse apreciado y aceptado”. En el camino del éxito, no es de extrañar que uno sea considerablemente susceptible a tropezar y perder el ritmo, a quejarse de los obstáculos que se interponen en el camino y a torturarse psicológicamente con un “no puedo” que coge más y más fuerza conforme la umbría garra de la duda araña cada rincón del alma.

Todos estos impedimentos requieren un enfoque alternativo; un planteamiento radical e innovador que permita renovar las antiguas creencias limitantes por otras potenciadoras, con objeto de superar las contingencias que acechan en el horizonte.

Sin embargo, existe una cualidad que, de ser pasada por alto, da rienda suelta a todo tipo de valores destructivos y hostiles: ego, vanidad, arrogancia, soberbia, psicopatía, frustración y arrepentimiento. Recibe el nombre de humildad. Antes me cuestionaba por qué ser humilde está tan infravalorado en la sociedad actual. Bien, ya he encontrado la respuesta: la humildad se infravalora porque no se comprende.

El estudio empírico posiciona a la humildad como un rasgo cuyo valor añadido es exageradamente elevado:

  • Mejor performance académico y laboral.
  • Excelencia en el liderazgo empresarial.
  • Eelaciones sociales e íntimas más fructíferas.
  • Mayor grado de contribución.

Pero, ¿qué es realmente la humildad?

Multitud de expertos ofrecen y siguen ofreciendo diversas definiciones para explicar este concepto. No obstante, yo considero que, para su correcto entendimiento, uno no debe comprender de antemano qué es la humildad, sino lo que no es.

La sociedad confunde la humildad con auto-denigración y falta de amor propio. Nada más lejos de la realidad, una concepción apropiada de esta virtud se apoya en dos componentes principales: el trato hacia uno mismo y el trato hacia los demás hacia los demás.

Como dice Mario luna: “no hay nada que repatee más que la falsa modestia para que la gente te dé palmaditas en la espalda”. Denota un comportamiento falso, inseguro y dependiente de la aprobación ajena. A fin de cuentas, la especie humana todavía tiene incrustados los mismos resortes psicológicos que nuestros ancestros solían requerir para su propia supervivencia.

Todo el mundo ha tenido el típico compañero de clase que sollozaba: “no sé si voy a aprobar este examen…”. En realidad, era perfectamente consciente de que lo había clavado tras estudiar más que el resto del aula en su conjunto. Su lema es: “si todo el mundo dice que el examen ha salido mal, yo también”.

¿Qué me dices de aquella chica que trata a sus familiares y amigos como la madre Teresa de Calcuta, pero luego que humilla y ridiculiza a los tres compañeros de clase menos populares para sentirse socialmente aceptada?

¿Qué me dices de aquel chaval que afirma que no quiere seguidores y no está en las redes sociales por la fama, pero que luego se deprime cada vez que una foto tiene menos interacción o un vídeo recibe menos visualizaciones?

¿Qué me dices de aquel profesor que inculca a sus alumnos el valor del esfuerzo y la constancia, pero que luego es incapaz de hacer autocrítica y mejorar su método de enseñanza año tras año, y canaliza toda su rabia cogiendo manía a estudiantes echándoles la culpa de hasta el más mínimo detalle?

¿Qué me dices de aquellos padres que se quejan de que la juventud debería trabajar tanto como lo hicieron ellos, pero que luego no se paran a pensar que se comportan y se han comportado exactamente igual que sus hijos? Qué raro que hayan decidido acomodarse en un pensamiento arcaico y obtuso…

¿Qué me dices de aquellas personas que sólo abren la boca para lanzar críticas inútiles y destructivas, pero que luego sus vidas están completamente vacías de realización personal y profesional? Qué raro que no se critiquen nunca a ellos mismos…

Ahora me veo en la potestad de otorgar una definición aceptable de humildad.

Se trata de una orientación psico-social caracterizada por:

(1) La sensación de autonomía emocional.

(2) La libertad de control del reflejo competitivo.

El primer componente es pieza fundamental de una autoestima sólida.

El segundo componente es el gran desconocido: ¿qué es el reflejo competitivo?

Se trata de un impulso visceral y preconsciente para oponerse y negar a los demás, o para reaccionar de forma automática ante percibidas amenazas para el detrimento de la sensación de autonomía emocional, es decir, del primer componente.

¿Qué tienen en común los cinco ejemplos que he proporcionado? Fácil: son incapaces de identificar sus virtudes y sus defectos, de aceptar sus fortalezas y debilidades, de reconocer sus propias limitaciones y de adoptar una mentalidad de crecimiento. Ellos lo saben todo y siempre tienen la razón.

¿Y sabes cuál es el factor más irónico? Que son precisamente este tipo de personas los que sentirán la ardiente e imperante necesidad de decirte: “¡Tú no eres humilde!”. Es pura proyección de su más grave carencia.

La humildad no implica:

  • Dejar que otras personas te traten de cualquier manera por miedo al rechazo social que implica decir basta.
  • Sacrificar constantemente tus intereses por los de los demás para luego sentirte una víctima o un mártir.
  • Reprimir tus emociones y sentimientos por miedo a alienar a los demás.

La persona humilde es sobria por naturaleza. Evalúa sus logros, dones y talentos desde la perspectiva adecuada. Entiende que ha de ser extremadamente precavido con su éxito, puesto que venirse excesivamente arriba en las victorias implica vulnerabilidad y fragilidad en las derrotas.

La persona humilde entiende el concepto de neutralidad emocional: no necesita ponerse ni por encima ni por debajo de los demás, sino que demuestra con hechos y apoya con gestos. Ya no considera a los demás su competencia; trata de ayudarles para que ellos también sean capaces de desplegar sus alas.

La persona humilde sabe que, en ocasiones, tendrá que recompensarse cuando el resultado sea malo y preocuparse cuando el resultado sea bueno. Es aquel individuo capaz de discernir entre la calidad de su ejecución y los resultados que obtiene. Ha interiorizado que lo más importante de todo es el proceso.

El legendario terapeuta Fritz Perls dijo: “yo soy yo y tú eres tú. No estoy en este mundo para vivir bajo tus expectativas, y tú no estás en este mundo para cumplir las mías”.

Muchos de nosotros hemos picado alguna vez en el truco de la falsa humildad por el miedo al qué dirán.

Para vencer al reflejo competitivo dispones de una interminable lista de preguntas:

¿Das tu opinión cara a cara acerca de otra persona sin que te lo haya pedido de forma explícita u ofreces tu apoyo y cariño desde la asertividad?

¿Instruyes a la gente cómo tiene que llevar a cabo un proyecto sin que hayan terminado de contar su idea o les sugieres potenciales claves y les motivas a empezarlo?

Cuando alguien comenta un dato erróneo, ¿cómo reaccionas?

Cuando tienes una opinión diferente a otra persona, ¿cómo reaccionas?

Cuando te ponen a parir delante de todo el mundo, ¿cómo reaccionas?

Si sientes que una incesante presión para demostrar lo listo que eres y lo mucho que sabes, ahora sí: te falta humildad.

La humildad no es tanto una cuestión de autocontrol como de autoestima.

No se trata de quedarse paralizado ante los juicios externos, sino de mostrar la valía y empatía suficiente para contestar de la forma más inteligente. Cuanto más alta sea tu sensación de valor, más facilidad tendrás para apreciar a los demás, apoyarles en sus batallas y propulsarles hacia la victoria.

En muchas ocasiones, nuestros talentos y habilidades hablan por sí solos, provocando revuelo y desconcierto en aquellos que son incapaces de explotar su creatividad hasta tal nivel. Pero déjame decirte que detrás de cada “muestra más humildad y no te tomes las cosas tan en serio” se esconde un “necesito rebajar el nivel de los demás porque mi inseguridad me impide elevar el mío”.

Talento vs Esfuerzo: ¿Qué es más importante?

Explota tu talento y alcanza tu mejor versión 

¿Cuáles son las claves para descubrir tu talento?

Es una de las mayores incógnitas en el campo de la psicología y la neurología. Siendo más precisos, nadie se pone de acuerdo en si consiste en una serie de características genéticamente adquiridas, tales como la capacidad física o la agudeza mental, o más bien se trata de un concepto meramente ambiental y circunstancial. En efecto: hoy hablaremos del talento.

Procuraré no entrar en el milenario debate acerca de si el talento es innato o adquirido. Genética, cultura, generación, historia familiar, azar… ¡Quién sabe! Mi objetivo es aportar un punto de vista algo más pragmático. Pero antes, remontémonos a los orígenes de tu historia; de la historia de todos los que estamos aquí reunidos.

El sistema educativo en el que hemos crecido se ha caracterizado por un patrón conductual monótono y repetitivo: memoriza, ejecuta, aprueba y olvida. Llamar educación a configurar ciertos procesos secuenciales en una serie de personas es, a mi parecer, un insulto a la inteligencia. No diga educación, sino instrucción.

Nos han instruido para obedecer un pensamiento concreto, no para pensar.

Nos han instruido para mecanizar y memorizar, no para crear.

Nos han instruido para ellos, no para nosotros.

Por ello, hasta el día en el que estás viendo este vídeo, quizás no hayas tenido toda la culpa de no saber en qué eres bueno. A partir de hoy, no podrás decir lo mismo. Tienes ante ti la mayor obligación y responsabilidad de tu vida.

Una vez aclarada nuestra procedencia, podemos empezar a hablar de talento. Dean Simonton ofrece la siguiente definición: “Conjunto de rasgos particulares que aceleran la adquisición de experiencia o promueve el rendimiento dado un cierto grado de experiencia.”. Dicho de otro modo: el talento es un indicador de la velocidad con la que adquirimos ciertas destrezas. Fíjate en la siguiente ecuación:

Rendimiento = Talento x Esfuerzo

Will Smith, uno de los mejores intérpretes de las últimas décadas, ya lo venía advirtiendo: “Es entristecedor que sean tan pocas las personas que distinguen entre el talento y la habilidad”. Es fácil empatizar con las palabras del actor. Volvamos a la ecuación: ¿Qué sucede cuando un individuo presenta un talento muy alto sin mover un solo dedo? Simple: no rinde. El talento sin el esfuerzo es completamente inútil.

Mario Luna citó una de las frases que más me impactaron en relación con este fenómeno: “Conozco a personas que son capaces de resolver ecuaciones de tercer grado de cabeza, y a su vez, incapaces de resolver la ecuación de la vida”. El talento sin trabajo es como el músico sin instrumento: absolutamente nada. La determinación no se puede comprar; no se puede regalar; se adquiere y se aprende.

Probablemente estés convencido de que tú no tienes talento. He aquí el motivo por el que me he visto obligado a introducir los engranajes de un sistema educativo obsoleto y descuidado: sencillamente, no te han enseñado a encontrarlo.

Albert Einstein reclamó con firmeza: “Si juzgas a un pez por su capacidad de trepar un árbol, pensará toda su vida que es un inútil”. Todos tenemos un talento. El hecho de que no hayas descubierto tu punto fuerte no significa que no tengas uno. No obstante, encontrar la llama de la pasión es uno de los retos psicológicos más grandes de nuestras vidas; sólo tienes que mirar a tu alrededor y ver la cantidad de gente que no lo ha logrado; que nunca lo van a lograr.

¿De verdad quieres saber lo que te hace único? Tendrás que abandonar tu marco estrecho y coger perspectiva. Has sido tan injusto contigo que has juzgado la totalidad de tu inteligencia por una simple flaqueza en un campo de actividad o por una debilidad en una de las múltiples inteligencias existentes, como aquel tiburón blanco que se cree que no vale para nada sólo porque es incapaz de trepar un árbol, cuando podría convertirse en una de las bestias más temidas del océano.

Inteligencia espacial, lingüística, lógico-matemática, corporal, musical, emocional, naturalista, espiritual…

Howard Gardner lo deja claro desde el primer minuto de nuestra existencia: “A pesar de que continuemos utilizando las palabras “inteligente” y “estúpido”, el monopolio de aquellos que creen solamente en una única inteligencia general ha llegado a su fin”.

Te voy a confesar un secreto: yo no tenía ni idea del campo en el que destacaba… Sin embargo:

No pensé en todas aquellas veces en las que mi entorno se encargaba de lastrarme y limitarme con juicios de valor inconexos.

No pensé en todas aquellas veces en las que estaba convencido de que jamás lograría aportar valor al mundo y convertirme en un activo demoledor.

Simplemente, pensando que no tenía talento, comencé a trabajar, a mover los engranajes con pasión y orgullo y a pelear por los objetivos que quería y ocurrió: yo no descubrí mis dones; mis dones me descubrieron a mí. Necesito que entiendas que hay una llamarada de creatividad y pasión esperando a que tu gigante interno despierte; que el talento es sólo un indicador. Pero recuerda: por sí solo, jamás será suficiente.

Gente con la mitad de recursos que tú y que yo ha conseguido hazañas cien veces más grandes de lo que el mundo apostó por ellos. Simplemente, no esperaron a ser elegidos por nadie. Fueron ellos los que se eligieron a sí mismos.

¿Es el talento innato o adquirido? ¡No lo sé! ¿Qué más da? La cuestión es que, sin la habilidad, éste no sirve de nada. Y la habilidad no depende de dónde vengas, sino de qué estás dispuesto a hacer para llegar a donde deseas.

Mucha gente se pregunta qué es lo que falta en su vida; por qué no han sido dotados con un don que les diferencie del resto. Lo que no saben es que se están haciendo la pregunta equivocada. Se han olvidado de que lo que falta en su vida se puede construir; se debe construir. No entienden que el talento es una serie de características biológicas y circunstanciales, no un don mágico que les caerá del cielo.

Un don no es algo que se encuentra. Es algo que se crea. Y cuando tengas un hermoso arsenal de habilidades, tras horas y horas de dedicación, compromiso y esfuerzo, podemos empezar a hablar de aquellas áreas en las que has ido más rápido que los demás. Y entonces, descubrirás tu talento. No dejes que nadie te diga que nunca llegarás al lugar que te pertenece.

7 Técnicas de Comunicación Asertiva

Cómo decir lo que piensas a los demás 

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Seguro que te ha pasado…

  1. Estás haciendo cola en el supermercado y alguien se te cuela. Sientes una rabia inmensa, pero al final no le das importancia y le dejas pasar.
  2. Un amigo te pide que le ayudes con su mudanza durante toda la mañana. A pesar de que te viene fatal porque tienes muchísimo trabajo por delante, accedes a ello, porque sabes que va a reaccionar mal y proyectar la culpa hacia ti.
  3. Tu jefe te pega alaridos cada vez que te equivocas hasta en el más mínimo detalle, pero luego se atribuye los méritos de tu trabajo cuando haces las cosas bien.

¿Te suenan estas historias? Es posible que te hayas identificado con alguna de ellas. Todas tienen un rasgo en común: deberías haber dicho lo que pensabas, pero no lo hiciste.

La mayoría de las personas aceptan pasivamente estas situaciones mientras sienten que pierden el respeto por ellos mismos. Otras tantas, tras haber soportado barbaridades durante un largo periodo de tiempo, llegan a su límite y estallan en un ataque de ira, lo cual conlleva consecuencias mucho más graves.

Hoy voy a mostrar una de las herramientas más poderosas de la comunicación humana. De no desarrollarla, tu autoestima y calidad de vida se verán seriamente resquebrajadas, a la par que tu estabilidad emocional y la impresión que las personas se llevarán de ti estará muy lejos de tus expectativas. Exacto: estoy hablando de la asertividad.

Lo cierto es que no todo el mundo logrará ser asertivo en su totalidad… ¡Y esto no es malo! Pero debes asimilar que tu mejor versión pasa por incrementar tu grado de asertividad.

En esta vida existen tres tipos de comportamientos a la hora de comunicar nuestras ideas…

a) El estilo pasivo está representado por el ratón. No sabe defender sus derechos y decisiones. Se acobarda y actúa según lo que los demás quieren, produciendo ingentes cantidades de malestar y desasosiego. En definitiva: un ratón no demuestra ni dignidad ni confianza, porque pone la opinión de los demás acerca de él mismo por encima su propia opinión acerca de él mismo.

b) El estilo agresivo está representado por el león. No defiende sus derechos y decisiones adecuadamente ni respeta a los demás. Es un psicópata, borde y maleducado que se expresa avasallando a las personas o manipulándolas. A fin de cuentas, siempre reaccionará proyectando culpa, ira o quejas sobre ti. Esto es, él va a atacarte a donde más te duele y lo sabe perfectamente. En definitiva: un león podrá salirse con la suya al principio, pero el comportamiento agresivo sólo conduce a tres destinos: la soledad, la frustración vital o ambos a la vez. Ahora bien: ¿Cuál es el tercer comportamiento?

c) El estilo asertivo está representado por el lince. Sabe defender de forma eficaz sus derechos y decisiones, sin agresividad ni cobardía. Expresa sus pensamientos, convicciones y sentimientos con empatía y respeto.

Te voy a explicar, desde la Teoría de las Inteligencias Múltiples, diseñada por Howard Gardner en el 1983, por qué la asertividad supera a la pasividad y a la agresividad. Este psicólogo norteamericano incluyó dentro de todos los tipos de inteligencia existentes dos de suma importancia: la inteligencia interpersonal y la intrapersonal.

Por un lado, la inteligencia interpersonal se define como la capacidad de comprender a los demás seres humanos, pudiendo lograr una mejor interacción y un mayor grado de empatía.

Por otro lado, la inteligencia intrapersonal está directamente relacionada con nosotros mismos. Nos permite ver de forma real quiénes somos, qué deseamos y cómo priorizamos nuestros deseos y obligaciones.

En definitiva:

Interpersonal: cómo vemos a las otras personas.

Intrapersonal: cómo nos vemos a nosotros mismos.

Según expone Daniel Goleman, la suma de ambas se denomina inteligencia emocional.

Se ha demostrado mediante diversos estudios que la única manera de llegar a un equilibrio entre las dos inteligencias, es decir, de ser emocionalmente inteligente, es mediante la asertividad. ¿Por qué?

El ratón ha decidido sacrificar su inteligencia intrapersonal por la interpersonal.

El león ha decidido sacrificar su inteligencia interpersonal a favor de la intrapersonal.

Lo que el león y el ratón no tienen en cuenta es que éstas se retroalimentan. En otras palabras: la falta de una conlleva la falta de la otra. Ya te lo he adelantado con anterioridad: el destino del pasivo y el agresivo es siempre desastroso.

¿Y el lince? No tiene que sacrificar nada. ¿Recuerdas la definición de asertividad? Sólo si crees estar en el derecho de expresar tus sentimientos y defender tus ideas podrás hacerlo sin herir a nadie. Si no, imposible.

Entonces, ¿qué puedo hacer para decir lo que pienso de la mejor manera posible, y así alterar mi yo secreto en la ventana de Johari? Atento, porque te voy a dar siete claves fundamentales:

  1. Elimina creencias sumergidas – ¿Eres mala persona por no prestarle dinero a un amigo, o es un pensamiento ancla sin sentido que te han impuesto en un momento emocionalmente intenso? En lugar de repetirte “soy un mal amigo por no dejarle la pasta”, reemplázalo por un “merezco que me respeten y no puedo prestarle dinero a alguien que nunca me lo ha devuelto”. La clave es que reestructures tu mente de forma objetiva para hacer valer tus derechos. Empieza a pensar egoístamente en positivo.
  2. Comunica tus necesidades – Quizás creas que tu amigo sabe lo mucho que te molesta que él llegue tarde a los sitios, o pienses que tu pareja es consciente de que no puedes vivir en un entorno caótico y desordenado. Sin embargo, la cruda realidad es que la gente no suele tener ni idea de lo que esperas de ellos. Si quieres que las personas tengan en cuenta tus deseos y necesidades deberías empezar por expresarlas claramente.
  3. Haz referencias a los hechos – Y nunca, bajo ningún concepto, a los juicios. Este es uno de los más importantes. ¿Cuál es la diferencia? Imagínate que tu compañero de trabajo te manda un informe muy importante que tenéis que entregar mañana conjuntamente, y está tan mal escrito que te empiezan a arder los ojos…

Reacción 1 – Hechos: “El escrito tiene faltas de ortografía y el formato varía en cada página.”

Reacción 2 – Juicios: “Tu escrito es una basura, a ver si coges un diccionario y dejas de ser tan inútil”.

Por supuesto, la primera reacción es todavía insuficiente para ser asertivo. Tenemos que combinarla con los trucos que te voy a enseñar a continuación. No obstante, es muy importante no perder de vista que los hechos objetivos tienen más peso que los juicios subjetivos. No juzgues, jamás. La otra persona puede tener información extra que tú desconocías, y no dudará en utilizarla contra ti en caso de que hayas emitido un juicio de valor.

  1. Añade motivos – ¿Cómo podríamos mejorar lo anterior? “Mira, el informe tiene faltas de ortografía y el formato varía en cada página. Te agradecería enormemente que le echaras otro vistazo, ya que, si no, voy a tener que quedarme haciendo horas extra para corregirlo y no podré centrarme en mi parte”. Esta es una excelente forma de reducir las probabilidades de que te rechacen, puesto que el interlocutor verá que hay una razón real que sustenta tu petición, y por lo tanto, que no es un capricho tuyo.
  2. Nunca humilles ni avergüences – Mantener el ego del receptor intacto es pieza fundamental en la asertividad. Es habitual que en las conversaciones intensas las demás personas perciban que las estás culpando, aunque no sea tu verdadera intención. Para evitar esto, vamos a emplear una técnica que no falla nunca: de tú a yo. ¿En qué consiste exactamente? Hablar desde ti expresando lo que sientes y opinas en lugar de lo que hace la otra persona conseguirá que tus mensajes sean mucho mejor aceptados. Es decir, deja de centrarte en lo que ha hecho mal el otro y comunica lo que sientes. Evitar la segunda persona para criticar ayudará a expresar tus verdades sin hacer que la otra persona se sienta atacada o se ponga a la defensiva.

Por ejemplo, en lugar de un “es mejor que tú no conduzcas el coche”, podrías optar por “me siento incómodo cuando alguien conduce mi coche y prefiero ser yo el que lo haga”. Mientras que los leones (“¿Pero qué desgraciado te ha dado el carnet de conducir?”) y los ratones (“Es que… Verás… No quiero que sufras conduciendo bajo la lluvia”) hacen lo suyo, tú irás un paso más allá y utilizarás recursos psicológicos para evitar que la otra persona active su mecanismo de auto-protección.

Emplear esta técnica en conjunto con la del vocabulario transformacional elevará tu discurso a un nivel  brillante.

  1. Contagia tus emociones – Otra de las ventajas de los mensajes “yo” es que son muy difíciles de discutir porque siempre irán seguidos de una emoción o sensación. ¿Y qué implica esto? Que nadie te podrá discutir nunca cómo te sientes. Dicho esto, ¿sabías que las emociones se contagian? Cuando expresas lo que sientes, la gente empatiza contigo porque conocen la emoción a la que te estás refiriendo. Decir a los cuatro vientos “¡Nunca cumples tus promesas!” siempre será menos inteligente que “Me siento muy desilusionado cada vez que me prometes algo y lo incumples de nuevo”.
  2. Ponte en su lugar – Empatía pura y dura; nada más que decir. El otro día pregunté por mi cuenta de Instagram en qué destacabais, a lo que una suscriptora me respondió que se consideraba muy empática. Sin embargo, no sabía si eso era un rasgo lo suficientemente distintivo. A lo que yo le respondí: “¿Me estás vacilando? Hoy en día, brilla por su ausencia. Enhorabuena”. A veces me pregunto por qué son tan pocas las personas que son capaces de intercambiar, por unos segundos, su vida por la de otra persona. A la hora de ser asertivo, no lo dudes: quítate tus zapatos, y ponte el del otro.

Antes de marcharme, entiende que ser cien por cien asertivo es un objetivo prácticamente inalcanzable. Esto se debe a que la asertividad es el equilibrio perfecto entre la pasividad y la agresividad.

Rara vez nos comportamos con el temple suficiente y nos acomodamos a los demás con tanta facilidad. Aunque la perfección no exista, tu máxima es tender a ella cada día de tu vida. Por ello, está bien ser un poco más pasivo o agresivo en ocasiones, pero cuidado… Que no se te escape el ratón, y que no te coma el león. Sé un jodido lince.

¿Por qué te importa lo que piensen los demás?

Vence el miedo al qué dirán 

¿Vas a dejar que los pensamientos ajenos te afecten?

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Todos somos policías, guardianes y rehenes al mismo tiempo. Por muy paradójica que pueda parecer esta afirmación, no es más que un resumen del ciclo de la vida en el que hemos estado atrapados hasta ahora. Me tomaréis por loco…

¿Cómo es posible ser carcelero y prisionero al mismo tiempo? Porque la vida del ser humano gira en torno a dos piedras angulares: amar y ser amado.

Un grupo de personas que no interesa mencionar aquí y ahora se ha encargado de dictar las normas de la sociedad extrapolables a todos los ámbitos: lo bonito y lo feo; lo moral y lo inmoral; lo sano y lo perjudicial; lo posible y lo imposible; lo justo y lo injusto; lo bueno… y lo malo.

Hasta que un día, despiertas; has estado toda tu vida preocupándote de lo que pueda pensar la gente del ti. Y te das cuenta de que, hasta ese preciso momento, has estado viviendo en una cárcel. Pero no sabes vivir de otra forma; nadie te ha enseñado, ni lo van a hacer. Y a pesar de tener la llave de la libertad en tu bolsillo, decides que la celda es lo máximo a lo que podrás aspirar.

Esa celda recibe el nombre de Zona Libre de Riesgo. Ahí dentro, se vive la vida acorde a una serie de parámetros de percepción de creencias, de tal manera que, si lo que dices y piensas encaja en un array determinado de valores, entonces la gente te dejará en paz. Eres uno más.

¿Qué pasa cuando sales de ahí y empiezas a manifestar tus opiniones, tomar tus propias decisiones y desviarte con respecto de la media? La población de guardias de la prisión saltará sobre aquellos que intenten salirse de la norma, tanto para arriba como para abajo.

En definitiva: quieren verte bien, pero rara vez mejor que ellos.

El rescate a las mentes negligentes y obtusas tiene sus raíces en el altruismo. A fin de cuentas, si el rescatador pertenece al área de la mediocridad, la susceptibilidad de recaer en un pozo sin fondo es, cuanto menos, digna de tener en cuenta. La otra cara de la moneda refleja un movimiento de egolatría y envidia, por el cual el ser mediocre buscará rebajar el nivel del que ha tocado la excelencia con sus propias manos, avasallando todos sus méritos mediante palabras sin evidencia empírica.

¿Cuál es el secreto del sistema? Una programado exquisita, a la par que cautelosa: no vas a desperdiciar ni un ápice de tu tiempo preocupándote por lo que pensarían de ti las mentes más brillantes de la historia. En realidad, sería lo más lógico, puesto que son ellos los que aportarían las críticas con más valor y riqueza para tu crecimiento. El veneno que te consumirá lentamente es mucho más sibilino: lo que piensan tus padres, tus amigos, tu vecino, incluso gente que no conoces de nada… Los grupos elitistas han logrado mantenernos dentro del círculo, o como a mí me gusta llamarlo: vórtex de mediocridad. A todos. Por muy libre que te parezca que eres, siempre dependerás de tus creencias sumergidas.

A fin de cuentas, la mayoría de ellos está interesada en que exista la mediocridad. Dan gracias por ello, porque, si no existiera lo ordinario, entonces la palabra extraordinario carecería de significado.

Os recuerdo a qué tipo de críticas me estoy refiriendo: aquellas en las que se emite un juicio de valor, ya sea inútil o destructivo. Escuchar las opiniones que aporten utilidad y cuya intención sea positiva es tu deber como persona, por mucho que pueda dolerte.

Clasificación: ¿Por qué nos importa lo que piensen de nosotros?

Existen dos motivos principales que son el carburante de la dependencia a las opiniones ajenas: (1) deseo de obtener algo y (2) deseo de encajar en la concepción de tu propia identidad.

Por un lado, quizás quieras obtener la aceptación de tus familiares y amigos, la compañía de la persona que te gusta, la tranquilidad de tu posición laboral… Todo esto causa que valores la opinión de tu jefe, amigo o pareja acerca de ti más que tu propia opinión acerca de ti, lo cual es completamente incoherente, dado que tú eres la persona que mejor se conoce y que más tiempo pasa consigo misma.

Por otro lado, quizás te veas obligado a sacrificar tus creencias y personalidad a cambio de aprobación exterior, porque te vuelves adicto al feedback positivo y lo asocias erróneamente a tu autoconcepto. Construyes una identidad que no te representa.

Puede parecer un ejemplo muy ridículo, sí. Entonces… ¿Por qué lo haces?

¿Por qué estudias una carrera que, aunque se te dé bien y tenga muchas salidas profesionales, no coincide con tu visión? Creencia implícita: tú sí que vales, pero sólo si estudias x carrera.

¿Por qué das importancia al hecho de que a alguien le puedas parecer poco atractivo? Creencia implícita: tú sí que vales, pero sólo si te maquillas de esta forma o te compras estas prendas de ropa.

¿Por qué sigues saliendo con una persona que te hace creer que sin ella no eres nada, y te obliga a hacer todo tipo de cosas que no concuerdan con tu forma de ser? Creencia implícita: tú sí que vales, pero sólo si estás conmigo.

Toda esta calaña es real y está pasando. Nos han imprimado para estudiar, vestir, jugar, actuar y consumir de determinada forma. El veneno del pensamiento acrítico aflora ya desde una temprana edad, radicalmente en la imposición de un rol que poco se distingue de un maniquí. No te han enseñado a aprender a pensar, sino que te han instruido para que pienses como ellos.

Las circunstancias sociales no, para nuestra grata sorpresa, la única causa.

Estamos diseñados para vivir en un entorno de escasez, donde quedar expulsado de una tribu podía significar la muerte con una seguridad aplastante. En una cultura nómada donde es la propia supervivencia la que está en juego, sí que importa lo que piensen los demás. El problema es que este sistema operativo ha quedado completamente obsoleto y carece de utilidad práctica a día de hoy. Y tu cerebro ni siquiera se ha dado cuenta. En efecto: lo que piensen los demás es concebido como una situación de vida o muerte.

Con todo lo mencionado anteriormente, parece tarea imposible salir del bucle. No obstante, es la batalla de tu vida. ¿Qué es vivir, si no? No bastan las explicaciones científicas.

Antídoto: LDP = Autoestima (Amor Propio) + Empatía (Amor Ajeno) – Ego (Odio)

Te presento al antídoto para el miedo al qué dirán: la libertad de pensamiento. Se trata de una ecuación compuesta por tres macro-variables exógenas que explican el modelo. Dentro de cada una de estas variables, existen a su vez micro-variables que explican a cada progenitora, pero con una ponderación diferente para cada individuo.

No vamos a complicarnos la vida. Para desarrollar la libertad de pensamiento necesitas seguir tres pasos

Autoestima: desarrollar la autoestima es desarrollar el amor propio. ¿Cómo se hace esto? ¿Es simple y llanamente cuestión de darse besitos delante del espejo? Mucha gente piensa que eso es quererse: aceptarse tal y como uno es. Yo soy partidario de pensar que la autoestima no es sólo aceptarte como eres, sino construirte como quieres; tener un plan y ejecutarlo; avanzar en una dirección; crecer en todas las áreas de tu vida: financieramente, emocionalmente, físicamente, profesionalmente y socialmente. No hay nada que refuerce más tu autoestima, ¿Y sabes por qué? Sí, seguirás escuchando lo que digan los demás, pero ya no estás para pescadeces: tienes metas, tareas, desafíos que completar. No tienes tiempo para escuchar chorradas. Vas a por todas, y vas en serio.

Empatía: desarrollar la empatía es desarrollar el amor ajeno. Se trata de pulir la habilidad de entender por qué la otra persona hace lo que hace y piensa como piensa. Intercambiar, por unos instantes, tu vida entera por la suya. Es una tarea de una complejidad abismal. Sin embargo, desde el momento en el que hagas esto, comprenderás a la perfección por qué otros tienen la necesidad de juzgarte a ti más que a ellos mismos. Entiéndelo: ¡Es lo único que tienen! ¿Acaso no harías tú lo mismo en su situación? A lo mejor no te hace falta ponerte en otro rol, sino recrearte en el personaje que mejor conoces: tú. ¿Has estado criticando a alguien últimamente? ¿Por qué lo haces? ¿Qué es lo que falta en tu vida? Quizás no hayas echado nada en falta, sino que tuviste un mal día, te expresaste mal o estabas cansado.

Ego: eliminar el ego es eliminar el odio. ¿Por qué te he dicho con anterioridad que hay que declararle la guerra al ego, y que éste es tu mayor enemigo? ¿Te has preguntado alguna vez por qué te afectan tanto las valoraciones negativas? El ego es un arma de doble filo, y entra en escena…

Cada vez que te compras ropa para que tus amiguitos te digan lo guapo que estás.

Cada vez que te haces el gracioso riéndote de alguien para sentirte importante.

Cada vez que te emocionas en exceso cuando alguien te felicita por tu última creación…

Tu ego se está inflando; la desviación típica de tu sensibilidad aumenta. ¿Resultado?

Los comentarios negativos te sentarán como un jarro de agua fría. Te quedarás totalmente paralizado, debido a que tu ego no te permite entender que no vas a caer bien a todo el mundo, hagas lo que hagas.

Tengo un mensaje para todos vosotros:

A las chicas que queréis jugar al fútbol.

A los chicos que queréis maquillaros y salir a la calle.

A todos los que tenéis padres que desprestigian vuestra carrera profesional.

A todos los que queráis emprender y soportáis carcajadas de mala fe día tras día.

A todos los que queráis perder o ganar peso y recibís comentarios intentando frenaros.

A todos los que queréis pintar, cantar, actuar, doblar o dirigir, y os afirman que os vais a morir de hambre.

A todos vosotros…

Por favor, continuad. Sois el motor de la diversidad, los que algún día podéis dejar de ser ordinarios y convertiros en extraordinarios; los que dan color a la monotonía y al letargo.

Es injusto que un fragmento del pensamiento de otra persona condicione años enteros de tu vida.

Más autoestima, más empatía, y menos ego. Libertad de pensamiento… Y manos a la obra, artista.

Test de personalidad online – La ventana de Johari

¿Cuáles son los 4 tipos de personalidad?

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¿Es posible conocerse a uno mismo con tan sólo dos preguntas? ¿Cambiar radicalmente toda tu perspectiva y empezar a lograr hazañas que jamás uno hubiera imaginado? Te sorprenderías del resultado. Hoy vamos a comprender y evaluar nuestra personalidad mediante uno de los test más reveladores y sorprendentes que he probado hasta ahora.

El test que me dispongo a enseñaros fue creado por los psicólogos Joseph Luft y Harry Ingham, y recibe el nombre de La Ventana de Johari, producto de juntar las primeras letras de los nombres de sus creadores.

No obstante, antes de comenzar con ello, es importante recalcar algo. Aunque los test psicológicos estén confeccionados por alguien de renombre en la materia, las conclusiones del mismo distan de ser cien por cien férreas e inamovibles, lo cual implica que es nuestra interpretación final la que abarca gran parte del proceso. Esto no significa que no vayas a extraer valor de esta prueba. Es más, la cantidad de información que es capaz de revelarte con sólo cinco minutos de tu tiempo te dejará con la boca abierta.

PARTE 1. Dicho esto, procedamos primero con la parte mecánica del análisis. Quiero que cojas un papel, tu teléfono móvil o algún programa de dibujo del ordenador. A continuación, dibuja un cuadrado y escribe un cero en la esquina superior izquierda, un cien en la esquina superior derecha y otro cien en la esquina inferior izquierda.

Como ya puede suponerse, la línea superior y la izquierda del cuadrado forman dos escalas que van del 0 al 100. Éstas se corresponden con las dos únicas preguntas del test. Es fácil dejarse engañar por su aparente simplicidad, mas estas cuestiones encierran unos minutos de intensa reflexión.

Pregunta 1: ¿Cuánto me importa lo que piensen o digan los demás de mí?

¡Ojo! No se trata de cuánto te afecta, sino de cuánto te importa. Ambos sucesos pueden ir de la mano, pero no es estrictamente necesario. Quiero que tomes como referencia a alguien que se encuentre en un término medio: no es tu mejor amigo, pero tampoco se trata de alguien que hayas visto dos veces en tu vida. Los números seleccionados implican lo siguiente:

–  Un es un indicador de indiferencia absoluta. En efecto, te da exactamente igual lo que piense la gente de ti. Sea una sugerencia, un consejo o una orden, el contenido del mensaje pasará completamente desapercibido.

– Un 100 refleja una continua lucha interna para amoldarse a lo que dicen y piensan los demás. La mente examina y valora todas las opiniones de manera tan exhaustiva, que al final del día uno se encuentra más confuso que al principio.

– Un 50  indica que probablemente estés mintiendo. Es un caso extremadamente particular, pero si sientes que es tu resultado, carezco de la potestad para frenar tu decisión.

¿Ya? ¡Perfecto! Yo voy a poner el número 65. He querido hacerlo después que tú, para eliminar el sesgo cognitivo creado por el efecto ancla. No es nada deseable que tu respuesta se vea influenciada por la mía.

Pregunta 2: ¿Cuánto digo lo que pienso los demás?

Se trata de reflexionar acerca de la frecuencia con la que dices lo que piensas, sin obsesionarte con si va a ser bien recibido o si es políticamente correcto. Repito lo mismo de antes: trata de escoger un individuo promedio y sé sincero contigo mismo:

– Un equivale a callarse todo lo que uno piensa. Como muchísimo, ofrecerías un ligero apuntamiento hacia un familiar cercano, midiendo tus palabras de forma muy prudente y cautelosa. Y claro, eso suponiendo que la opinión no sea ofensiva.

– Un 100 remarca la incapacidad de guardar hasta el más mínimo detalle. Te dan exactamente igual las consecuencias que puedan tener tus palabras, y necesitas liberarte hasta del más mísero pensamiento que ronda tu cabeza.

¿Listo? Yo voy a poner un 45. Nuevamente, esta es mi respuesta y no tiene por qué coincidir con la tuya.

Vamos a continuar con el último paso. Traza unas líneas que atraviesen el cuadrado de forma perpendicular a los números que has señalado y que se crucen entre sí. Debería quedar algo parecido a lo que estáis viendo en pantalla.

PARTE 2 – Interpretación objetiva

Como se ha podido apreciar, la ventana de Johari queda dividida en cuatro cuadrantes. De haber respondido con honestidad, cada uno de ellos representará una parte de nuestra personalidad.

  • El primer cuadrante es lo que yo sé de mí y la gente sabe de mí.
  • El segundo cuadrante es lo que yo sé de mí, pero la gente no sabe de mí.
  • El tercer cuadrante es lo que yo no sé de mí, pero la gente sabe de mí.
  • El cuarto cuadrante es lo que ni yo sé de mí ni la gente sabe de mí.

Cada una de estas áreas recibe un nombre: (1) yo libre, (2) yo secreto, (3) yo negado y (4) yo oculto.

Los cuadrantes superiores representan las partes que los demás conocen de ti. El yo libre y el yo negado son públicos, es decir, cualquiera que frecuente tu compañía lo suficiente será capaz de verlos. Sin embargo, el primero es el que decides mostrar y el segundo es el que muestras sin querer.

Paralelamente, los cuadrantes inferiores representan el volumen de pensamientos y cualidades que los demás no pueden percibir, siendo el yo secreto el que quieres reservarte, y el yo oculto el que ni siquiera tú mismo conoces.

PARTE 3 – Interpretación subjetiva 

Más allá del significado literal de cada uno de los tipos de yo, interesa atribuir ciertas propiedades a cada una de las ventanas del test. Así pues, a partir de aquí nos adentramos la comprensión, el análisis y la interpretación. Dicho de otra forma, ¿Qué es lo que refleja tu ventana? ¿Convendría que cambiases algo, o que lo dejases intacto? Como es evidente, antes de decidir si uno debe tomar acción o no, precede fijar como referencia un modelo al que aproximar los resultados. De nada sirve intentar cambiar si ni siquiera sabemos cómo queremos ser, ¿Verdad?

Entonces, ¿Cuál es la mejor ventana posible?

–  Joseph Luft y Harry Ingham sostienen que la combinación óptima debe parecerse a la que se ha adjuntado a continuación. Los psicólogos defienden la trascendencia de un gran yo libre, en el cual el individuo es capaz de manejarse a voluntad propia, expresando lo que piensa con asertividad y escuchando abiertamente una gran parte de las opiniones ajenas.

Este cuadro corresponde a una persona activa, que guarda sus secretos en justa medida y prefiere ignorar ciertas cosas que se dicen sobre él. Por lo tanto, esta composición refleja una alta probabilidad de que el sujeto lleve una vida plena y feliz.

Por el contrario, el peor escenario posible según los expertos se caracteriza por un claro predominio del área perteneciente al yo oculto, en el que tanto el individuo como la sociedad desconocen una gran parte de él.

Tal planteamiento refleja a una persona que apenas habla ni escucha, que rara vez da su opinión y muestra sus intenciones. Con una ventana así, la estabilidad emocional y la plenitud vital se tuercen excesivamente.

En lo personal, ¿En qué estoy de acuerdo y en qué discrepo con esta interpretación? Bien, está claro que el tamaño del área libre y el área oculta son de suma importancia para determinar la salud mental de una persona. El peor escenario posible probablemente sea el que exponen Joseph y Harry: un yo oculto desmesurado que consume tu pensamiento crítico, carisma y autenticidad como ser humano. Sin embargo, ¿Es su complementario el mejor escenario posible? Sí, podría serlo. Pero también podría no serlo, debido a que no sólo importa si uno dice lo que piensa y escucha lo que piensan los demás, sino cómo lo hace.

En definitiva, no sólo cuenta frecuencia de las palabras, sino que también se ha de considerar su correcta canalización. Para ilustrarlo mejor, imaginemos que una persona ha escogido un 75 en ambas escalas. ¿Qué conclusiones podemos sacar?

Por un lado, podríamos interpretar que esta persona es capaz de exponer sus pensamientos sin miedo al qué dirán de forma sólida, asertiva y empática, así como escuchar a los demás objetivamente, tratando de entender su situación y amoldándose a sus circunstancias.

Por otro lado, podríamos interpretar que esta persona abre demasiado la boca de forma arrogante, desmedida y sin importarle los sentimientos del que tiene delante, y por si fuera poco, se muestra demasiado sensible y manipulable a las opiniones de los demás.

Y esperad, porque hay más…

a) Puede ser que, como yo, seas una persona que prefiere incurrir en la escucha activa y procesar más información de la que suelta de forma presencial ante los demás. Se ha aclarado con anterioridad, en otros trabajos audiovisuales, que la introversión no es sinónimo de falta de confianza, puesto que la primera es un rasgo de la personalidad y segunda una habilidad que puede ser adquirida.

Un gran espacio ocupado por tu yo secreto no tiene por qué ser nocivo. Siempre que uno no exceda, son estas dosis horméticas de soledad las que construyen la resiliencia y permiten tomar perspectiva para canalizar las emociones correctamente. Disfrutas de tu propia compañía y te gusta refugiarte en tus pensamientos, y eso está muy bien.

b) Puede ser que seas una persona que disfrute comunicando y transmitiendo sus ideas, y que quizás decida que no merece la pena escuchar y procesar toda la información de su entorno, sino ser más selectivo con la información que penetra su mente, de tal manera que se decanta por opiniones previamente respaldadas por experiencia y congruencia a raudales.

Nuevamente, un gran espacio ocupado por tu yo oculto no tendría por qué ser dañino. Siempre que uno no exceda, tener cierto grado de extroversión y centrarse en la calidad de los inputs en lugar de la cantidad puede ser un factor clave en la productividad y el rendimiento diario.

Dicho esto, ¿Sientes que andas un poco corto en alguna de estas escalas, o crees que tu puntuación excede a la de tu mejor versión? ¿Cómo podríamos optimizar nuestra ventana? Recuerda:

Ni el 100 es la mejor puntuación ni el 0 es la peor.

Mejorando los resultados

En la primera escala, es importante aclarar que el hecho de que una persona sepa escuchar no implica necesariamente que deba obedecer todo lo que digan los demás, ni que tenga que someterse a los deseos ajenos. El individuo hará autocrítica para descubrir si las palabras llevan razón o no.

En la segunda escala, debe considerarse que, la mayoría de las veces, la ofensa no radica en qué se dice, sino en cómo se dicen las cosas. El componente esencial para decir lo que uno piensa se llama asertividad, y es la piedra angular de las relaciones humanas.