Budismo: la filosofía del zen

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Una concepción legítima del budismo podría resumirse a un conjunto de herramientas que capacitan al ser humano para ver las cosas como realmente son aquí y ahora. Las enseñanzas del Buda tienen por objeto el desarrollo integral y la libertad absoluta del cuerpo, mente y alma.

¿Es el budismo una religión o una filosofía?

Por un lado, hay quienes no adoptan la religión en sí, sino que lo consideran como una mera disciplina de pensamiento, al no ser cien por ciento dogmática y teocentrista. Esto es, ciertas escuelas no promulgan verdades completamente irrefutables y no veneran a uno o varios dioses. Por ejemplo, el grueso del budismo zen reside en el descubrimiento particular que cada uno infiere de su propio camino espiritual. 

Por otro lado, diversos practicantes afirman que, a pesar de seguir una estructura lógica que abarca el campo de la semántica y recoge un amplio maremágnum de ideas y pensamientos como cualquier otra filosofía, las lecciones de Buda cubren el espectro completo del individuo y, por lo tanto, el budismo debe considerarse una religión.

Aunque mencionaré varias referencias religiosas, más bien me interesa hacer hincapié en los principios más pragmáticos de su filosofía, no en la religión per se. Por ende, no cuestionaré si su narrativa mística es verídica o falaz; cada uno dispone de la libertad de creer en lo que quiera, siempre y cuando sus ideas no hagan daño a los demás.

Contexto histórico.

Siddartha Gautama, mejor conocido como Buda, nació en India hace 2.560 años bajo el seno de una familia real de una cultura altamente desarrollada. El joven príncipe gozaba de unas circunstancias privilegiadas que le permitieron acomodarse en una burbuja de placer. Sin embargo, a sus veintinueve años, abandonó el palacio por primera vez, lo que cambió el curso de su vida para siempre. Durante tres días consecutivos, tuvo la oportunidad de ver por primera vez a una persona enferma, una persona vieja y una persona muerta. Sintió como si le arrojaran un jarro de agua fría por su cuerpo, al darse cuenta de que todos los seres humanos están expuestos a la enfermedad, la vejez y la muerte sin importar de dónde hayan venido o hacia dónde se dirijan. La cosa no terminó ahí. Aun aprendiendo todas las técnicas ascéticas de concentración y control mental pertenecientes a las sectas del subcontinente indio, Buda no quedó satisfecho. Por ello, decidió sentarse bajo la higuera sagrada – el árbol Bodhi – y levantarse del tronco sólo después de comprender la causa del sufrimiento. No fue hasta la edad de treinta y cinco años cuando logró dar con la clave definitiva de la iluminación.

Dicho acto de profunda introspección le permitió entender que el universo se basa en causas y efectos. En este sentido, un individuo que se comporte de acuerdo a sus principios y valores logrará adiestrar y activar el Dharma, dando lugar a una recompensa positiva. En contraposición, si las reacciones de una acción realizada son de carácter negativo, el Karma provocará que pague por ello tarde o temprano.

No quiero que se interprete este concepto como un dogma, sino como un marco de referencia. Yo mismo no creo en la existencia del Dharma y el Karma. Sin embargo, sí soy partidario de que, a largo plazo, las personas que piensan y hacen cosas buenas acabarán experimentando bondad y se rodearán de buenas personas; justo lo contrario sucede con las personas que piensan y hacen cosas malas. Y esto no tiene nada que ver con la ley de la atracción, sino con un principio estadístico denominado regresión a la media.

En el pasado, numerosos budistas vivían en países pobres y, a pesar de ello, lograron un estado de felicidad y bienestar que muy pocos de nosotros hemos saboreado.

¿Cómo es posible que gente que tiene tanto se sienta en plena miseria? Y…¿Cómo es posible que gente que tiene tan poco se sienta en plena abundancia? La respuesta es simple: el cambio no viene de fuera a dentro, sino de dentro a fuera.

¿En qué consiste exactamente ese estado liberatorio y cómo se puede llegar a él? Según Buda, debemos seguir las denominadas Cuatro Nobles Verdades, que constituyen la ciencia introspectiva del ser mediante la autoobservación.

Verdad 1. Dukka – La verdad del sufrimiento

La suprema enseñanza de Gautama parte de la concepción de la vejez, la enfermedad y la muerte como formas de puro sufrimiento. La unión con lo desagradable, la separación de lo agradable y la no obtención de lo que uno ansía son catalogados como un martirio que atormenta la paz interior del ser humano.

Verdad 2. Samudaya – La verdad del origen del sufrimiento

El culpable del sufrimiento y la tortura mental es el deseo. No estamos hablando de querer como la libertad para decidir un camino profesional y personal, sino de un anhelo que parte de la más pura necesidad, codicia y avidez: desear el goce terrenal, el placer instantáneo o un bien material es la ruta más rápida hacia el letargo.

Verdad 3. Nirodha – La verdad de la cesación del deseo

¿Cómo podemos deshacernos del sufrimiento? Simple: cambiando lo que deseamos. Cuando uno reclama desde la urgencia, se condena al Karma; cuando uno desea desde la sobriedad, se acerca al Dharma.

Se trata de focalizarse en lo que ya tenemos y en lo que queremos ser en lugar de desear fervientemente lo que no tenemos y queremos obtener. Una vez eliminado el apego mundano, el individuo habrá escapado del círculo de la reencarnación.

Verdad 4. Magga – La verdad del sendero

El camino espiritual romperá el patrón de frustración y hastío mediante el denominado sendero óctuple. Se basa en la correcta canalización ocho áreas vitales: subsistencia, atención, concentración, esfuerzo, perspectiva, intención, palabra y acción.

De este modo, el Dukka se concibe como la materia prima que el alquimista transformará en oro; así pues, la aflicción se convierte en sabiduría, dando lugar al Nirvana: el estado de iluminación y liberación del alma.

En definitiva: el propósito del budista es emplear un arsenal de técnicas y rituales para acabar con el sufrimiento.

Una vez expuesto el esquema general que constituye la piedra angular del budismo, es hora de ampliar los principios de Siddharta Gautama con algunos comentarios de otros maestros. Y es que dicha filosofía puede medirse, en su integridad y valor, por lo que ha cosechado: desde la semilla en la conciencia del Buda hasta todo un linaje de pensadores y meditadores budistas que han actualizado las lecciones para combatir el tormento y mantener viva la llama del Dharma.

1. La dualidad placer-dolor.

El maestro zen vietnamita Thich Nhat Hanh (Tiniathai) señala: “cuando uno escucha que el sufrimiento es una noble verdad, es natural cuestionarse qué tiene realmente de noble. Sólo aquel que sea capaz de indagar en sus raíces para asimilarlo, podrá abandonar los hábitos que lo refuerzan y alcanzar el camino a la felicidad.”

Si disfrutamos de un placer, tenemos miedo de perderlo, pues queremos obtener más o tratamos de retenerlo. Por el contrario, si sufrimos un dolor, tratamos de escapar de él al instante. En consecuencia, experimentamos un estado de insatisfacción y frustración constante.

El sufrimiento puede ser el mejor de los profesores si se canaliza correctamente. Aunque no se exponga explícitamente, lo que Hanh quiere remarcar es la distinción entre dolor y sufrimiento. En otras palabras, el dolor forma parte del Dharma, ya que nos ayuda a madurar y hallar la paz interior; por el contrario, el sufrimiento que emana de deseos impuros y triviales conducirá inexorablemente al Karma.

Yo tengo mi particular manera de interpretar la presente dualidad. De hecho, uno de mis mantras principales es abrazar el placer y el dolor para derrotar al sufrimiento. ¿Y tú? ¿qué hábitos adoptas en tu vida para derrocar el abatimiento y la angustia?

El dolor temporal que conlleva la exposición al frío, un sprint leónico o el adiós a una persona tóxica a la que tenías apego emocional es precisamente lo que te ayudará a mejorar y convertirte en la clase de persona que quieres ser.

Seas creyente o no: ¿acaso piensas que el Buda no sufriría ninguna dolencia tras estar seis años de su vida sentado bajo un árbol?

2. El nutrimento del alma.

El meditador Vipassana Goenka habla de los sankharas como las coagulaciones de voliciones mentales que se van registrando en el cuerpo. En cristiano: obsesionarse con una sensación temporal es el remedio perfecto para su retroalimentación y crecimiento, bien alejándonos del Nirvana, bien acercándonos a él.

Rumiamos sobre el sufrimiento, almacenamos rencor y nos quejamos por todo; lo masticamos, lo tragamos, lo devolvemos y nos lo comemos de nuevo una y otra vez. Al alimentarlo, nos convertimos en prisioneros de nuestro propio pasado.

El Buda dijo que nada podía sobrevivir sin alimento. Esto es cierto, no sólo para la existencia física de los seres vivos, sino para los estados mentales. El amor necesita ser nutrido y alimentado para sobrevivir, ya sea en una amistad o relación de pareja. ¿Te has parado a pensar que el odio también necesita del nutrimento para subsistir?

En efecto: el amor, el placer, el odio y el sufrimiento deben ser suministrados. Una vez que vuelven a surgir en la superficie las huellas psicofísicas que tanto nos atormentan y han permanecido almacenadas por procesos reactivos de aversión y apetencia, lo mejor que uno puede hacer es no darles la atención que se merecen.

El odio fomenta el odio. El reproche fomenta el reproche. El sufrimiento fomenta el sufrimiento. La frustración fomenta la frustración. La negatividad fomenta la negatividad. ¿Por qué seguir dándoles de comer?

Está bien prestarle atención a nuestras emociones para interpretarlas y gestionarlas adecuadamente. No obstante, si nos salimos del análisis científico que nos permite establecer una estrategia de comportamiento e insistimos demasiado en el contenido de los sentimientos más conflictivos, es posible que éstos nos acaben atrapando.

No falla nunca: cuantas más ganas uno tenga de que se esfume una emoción, más se quedará. Una vez se haya interpretado el porqué de su aparición, uno habrá de mantenerse ecuánime ante su permanencia y observar cómo los sankharas empiezan a desvanecerse, al no existir una tensión fijadora que actúe como un foco que implanta dichos compuestos en la conciencia.

3. El flujo emocional

El maestro Chogyam Trungpa, uno de los primeros en abrir la brecha del budismo tibetano en los Estados Unidos, citó lo siguiente: “entender la verdad del Dukkha es entender la neurosis de la mente. Dejemos de perseguir y comencemos a fluir”. En este sentido, el cerebro se comporta como un mono en esteroides persiguiendo estímulos externos de forma desesperada.

Te presento el maravilloso arte de dejarse llevar. Pero, ojo: no malinterpretemos esta afirmación. Ir a la intemperie y permitir que las emociones tomen el control de tu vida es como dejarle a un niño de tres años una escopeta de feria. No se me ocurre manera más rápida de sellar el bienestar, pues dejarse ir funciona tan sólo en cortos periodos de tiempo.

Se trata de aprender a fluir con cabeza y disciplina, lo cual implica ver las emociones como lo que son: estados temporales que vienen y van. Si bien uno ha de emprender un camino y evolucionar como persona, la idea principal es dejarse de identificar con los fenómenos que surgen para así presenciar serenamente el perpetuo devenir de la luz.

Entiendo tu confusión.

Por un lado, referentes del estoicismo como Marco Aurelio nos enseñan a identificar y transformar las emociones negativas en emociones positivas. En el estoicismo, las emociones se ven como alimentos: dependiendo de cómo se combinen unos con otros, se puede degustar un exquisito manjar o devolver del asco.

Por otro lado, maestros del zen como Ma-Tsu nos muestran cómo aprender a convivir con todas las emociones, ya sean positivas o negativas. En el budismo, las emociones se ven como nubes: nadie puede controlar si vienen, si se van o a qué velocidad se mueven. Lo único que podemos hacer es observarlas.

¿Cuál de estas filosofías tiene la razón?

Yo opino que, aunque en un principio parezcan ideas antagónicas, en realidad no lo son. El denominador común es que, en los todos los casos, hemos de aceptar su presencia. Simplemente, se trata de saber cuándo hay que explotar las emociones conflictivas a nuestro favor, cuándo hay que transformarlas y cuándo hay que sentarse a contemplarlas. De hecho, en eso consiste precisamente la inteligencia emocional: la capacidad de elegir la emoción que mejor se adapte a un estímulo externo concreto.

Fluir es asumir que el mundo físico es cambiante, insustancial e insatisfactorio. La única manera de hallar permanencia, sustancia y satisfacción es no basar tu felicidad en lo que el cosmos planta en la puerta de tu casa, sino en comprender lo que sientes acerca de lo que el mundo te ha brindado. En base a eso, uno decide si actúa a pesar de lo que siente, canaliza la emoción de una forma potenciadora o la permuta.

En ocasiones, la mejor manera de gestionar una emoción es dejarse llevar por ella. Estar triste, enfadado o indeciso no es malo. El problema es, como ya he aclarado anteriormente, dar de comer a dichos estados emocionales. Insistir y refugiarse en la melancolía cuando uno ya no tiene nada que extraer de ella es estúpido, pero el primer paso para obtener una enseñanza de la tristeza es darse permiso para sentirla.

Por ejemplo, hay días en los que siento miedo. ¿Y qué hago? Pues depende:

– Si voy a saltar de un trampolín a diez metros de altura, sé de sobra que el miedo no va a desaparecer por muchos esquemas mentales que elabore. Por ello, lo dejo fluir y salto; con miedo, pero salto. Adopto la estrategia budista.

– Si tengo que dar una charla delante de cien personas, adaptaré lo que estoy sintiendo al estímulo externo en cuestión. Aprovechando que el miedo y la agitación presentan los mismos síntomas corporales, engañaré a mi mente subconsciente para que piense que estoy emocionado por transmitir mis ideas al público en lugar de asustado. Adopto la estrategia estoica.

– Si voy de fiesta y veo que una panda de borrachos se aproxima hacia mí con cuchillos y bates – cosa que no ha sucedido, por suerte – utilizaré el miedo como mecanismo de supervivencia para huir más rápido de ellos.

Si has hecho el esfuerzo de comprender los conceptos, es hora de sintetizarlos en una única frase que te conducirá al Nirvana de forma automática. Dice así…

El deseo guiado por la evolución interna (Nirodha y Magga) en lugar de la obtención externa (Samudaya) nos permite girar la rueda del Dharma para derrotar al sufrimiento (Dukkha), y este buen querer se logrará mediante un flujo inteligente (3) que deje de retroalimentar emociones nocivas (2) y fusione el placer con el dolor (1).

Estoicismo: la filosofía del guerrero

Descubre las mejores ideas y frases de los pensadores estoicos

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¿Existe una filosofía capaz de sobrevivir al caos y la entropía? En efecto; y cada vez más personas buscan en ella antídotos contra las dificultades de la vida contemporánea.

Hoy hablaré de un pensamiento con más de dos mil años de antigüedad cuyos principios han logrado perdurar diversas generaciones debido a su gran eficacia y simplicidad: el estoicismo.

Su influencia está presente en religiones como el cristianismo y el budismo; también en pensadores como Immanuel Kant y dramaturgos como Shakespeare. La ciencia tampoco se queda atrás, pues el estoicismo ha incidido notablemente en la terapia cognitivo-conductual: la técnica más vanguardista de la psicoterapia.

Contexto histórico.

El mercader fenicio Zenón de Citio, tras un catastrófico naufragio marítimo que destruyó todas sus pertenencias, regresó a Atenas desesperado y abatido. Una de las primeras cosas que hizo para recuperarse mentalmente fue leer Memorables, una obra que relata la vida y el pensamiento de Sócrates.

Tal fue su interés que le empezó a surgir la curiosidad de rodearse de pensadores similares para expandir su conocimiento. Seguidamente, Zenón se rodeó de varios filósofos atenienses de renombre, siendo Crates de Tebas su primer mentor. Estar al lado de los mejores fue una pieza clave. Al reunir suficiente experiencia y sabiduría, creó su propia escuela de pensamiento conocida como estoicismo.

El objetivo era hablar con la gente de a pie de calle cara a cara. Nada de acudir personalmente a la academia de Platón o al liceo de Aristóteles: la expansión se tenía que realizar de forma genuina y cercana. Y así fue. Muy pronto, el estoicismo se hizo eco en la cultura helenística. Los primeros estoicos crearon una visión unificada del mundo y el lugar que el hombre ocupaba en él, compuesta esencialmente por tres partes: ética, lógica y física.

No obstante, el verdadero impacto se produjo al alcanzar el Imperio Romano. Uno de los pensadores más reconocidos de la época es Séneca, consejero del infame emperador romano Nerón. Aunque, cuando se habla de emperadores, Marco Aurelio es quien se lleva el reconocimiento. Destaca por su libro Meditaciones, que consiste en una serie de reflexiones referenciadas en las posiciones estoicas acerca la condición humana, la vida, la muerte, el universo, la creación, la moralidad y diversos temas de interés.

La premisa básica de la que parte este pensamiento es que la naturaleza humana rige nuestro modo de vida. Ahora bien, no ha de malinterpretarse este principio. Esto no quiere decir que tengamos que vivir desnudos y construir casas en los árboles; tampoco implica que lo natural sea de forma necesaria y tajante lo moralmente correcto.

Como Aristóteles indicó en su obra Política, el homo sapiens es un animal social y racional. Podríamos sobrevivir por cuenta propia si las circunstancias nos obligaran a hacerlo, pero jamás seríamos capaces de progresar si no formásemos grupos, alianzas y lazos afectivos con otros miembros de nuestra especie y creáramos historias ficticias regidas por conceptos como la moral o la justicia.

¿Cuáles son los pilares fundamentales del estoicismo? Y más importante aún: ¿cómo se pueden aplicar a la vida cotidiana de forma pragmática y eficaz? A continuación, ofreceré una guía práctica de cinco claves esenciales de esta filosofía para que permanezcas mentalizado y resiliente.

Principio 1. Ignorancia de la acción externa.

Marco Aurelio citó: “gastar ingentes cantidades de tiempo en especular acerca del vecino te distrae de la fidelidad a tu misión en el mundo, ya que implica una pérdida de oportunidad para realizar las tareas que mejorarán tu vida y la de la sociedad. El tiempo es un recurso limitado. ¿Por qué hemos de invertirlo en averiguar lo que hacen, desean y piensan de nosotros?”

Tareas que aportan valor positivo hay para aburrir: desde crear arte hasta impartir enseñanzas, construir proyectos, mantenerse en forma o cuidar del entorno familiar. Eres tú quien decide cuáles se amoldan a tu perfil.

Ignorar lo que hacen los demás no implica vivir reclusos como almejas y pasar por alto los comentarios cuyo valor de utilidad e intención sea elevado. Ya sabes que el hombre es un ser social y racional. Como ciudadanos de la polis, debemos considerar qué información externa sí es relevante para maximizar nuestro grado de compromiso y bienestar.

Un ejemplo claro que se manifiesta a día de hoy en cientos de personas es el de las redes sociales. La mayoría de los usuarios de Instagram y Facebook pasan el rato viendo publicaciones utópicas, aparentando una vida que en realidad no tienen y recibiendo toneladas de información no relevante y sacarina mental. Suerte que no todo el mundo utiliza dichas plataformas con este pretexto.

Principio 2. Eliminación de lo superfluo.

Las antiguas culturas tenían una seria obsesión con la muerte. Imagina que tu historia llegara hoy a su fin… ¿Estarías satisfecho con el camino recorrido? Si uno fuera realmente consciente de lo corta que es la existencia, no la emplearía en profundizar en lo banal e insignificante, sino que se dedicaría en cuerpo y alma a aquello que le apasiona sin reparo a juicios externos y pasaría más tiempo junto a sus seres queridos.

Muy poca gente se levanta cada mañana pensando que sus horas podrían estar contadas. Y lo entiendo: recordarse a uno mismo que la muerte tiene cierta probabilidad de presentarse hoy, mañana y pasado no es nada agradable. Reconocer de forma consistente que hoy podría ser el último día no es sencillo.

Sin embargo, es posible dar un giro radical para cambiar de perspectiva. En su lugar, ¿qué sucedería si agradeciéramos que se nos ha brindado un nuevo día para vivir y disfrutar? Desde luego, profundizar en lo superfluo y centrarse en aquello que no va a causar ningún impacto sobre tu vida a largo plazo ya no formaría parte de tus planes.

Si supieras que tienes un 1% de probabilidad de morir hoy…

¿Seguirías consumiendo ese programa de televisión donde reina la entropía?

¿Seguirías involucrándote en acalorados debates por redes sociales?

¿Seguirías soportando a gente que no daría nada por ti?

Piénsalo.

Principio 3. Percepción de la realidad.

Durante la guerra de Estados Unidos y Vietnam, el piloto de la armada americana James Stockdale recibió un disparo mientras volaba sobre el país enemigo. El joven por aquel entonces no imaginaría ni en sus peores pesadillas que pasaría los próximos siete años como prisionero de los vietnamitas.

Sus declaraciones manifiestan que, si no hubiera encontrado las escrituras de Epicteto, un filósofo griego del siglo I d.C., jamás habría logrado mantenerse con vida. El piloto declaró que fue su conciencia la encargada de sellar el destino de su existencia: la propia liberación.

Cuesta creer cómo la absoluta desolación y desesperación pueden sacar el lado más sobrenatural y rocambolesco del ser humano. El doctor Victor Frankl relató acerca de los campos de concentración nazis que la mentalidad de los reclusos determinaba, en última instancia, su propia supervivencia.

Los estoicos denominaron las emociones como pasiones y las clasificaron en tres grupos: buenas, indiferentes y malas. Marco Aurelio propuso en sus escritos que las emociones destructivas son el resultado de errores en la percepción del mundo, por lo que era fundamental centrarse en ellas para aprender a dominarlas y transformarlas en emociones positivas.

Este fenómeno supone una auténtica revolución: el problema ya no es la emoción en sí, sino la opinión que tiene cada individuo acerca de lo que esa emoción va a causarle. Lo importante no es lo que sucede, sino la interpretación que se le da a lo que sucede.

Principio 4. La dicotomía de control.

Los escritos de Cicerón exponen un ejemplo muy ilustrativo al respecto. Un arquero puede practicar incontables horas cada día, elegir el arco más robusto y la mejor flecha, mantener dichos utensilios y concentrarse hasta el segundo en el que dispara.

¿Qué sucede desde el instante en el que la flecha sale del arco? Ya no hay nada que se pueda hacer. Una ráfaga de viento podría desviar la trayectoria del disparo o el blanco podría moverse, especialmente si se trata de un soldado enemigo o un animal ágil.

Por ello, los estoicos consideran ridículo vincular la autoestima y valía personal del arquero al hecho de que haya acertado o no; lo importante es lo que permanece bajo su área de control, es decir, lo que depende de él. Si algo no depende de ti, dedicar tu valioso tiempo en el lamento y el llanto carece de sentido.

Epicteto, el creador de la dicotomía de control, declaró la siguiente genialidad que la define a la perfección: “si voy a morir, moriré cuando llegue el momento. Como me parece que aún no es la hora, comeré porque tengo hambre”. Esto es, la muerte no se puede controlar, así que no merece la preocupación del pensador.

Hay muy pocas materias que se encuentren en el centro de la región de influencia, es decir, que se puedan controlar al 100%. Los estoicos aclaran que dentro del poder total del ser humano se encuentran la opinión, la motivación y el deseo.

En definitiva: a pesar de que hay cosas que se encuentran muy cerca del área de influencia, el componente azaroso intervendrá y determinará el resultado en mayor o menor medida. Aun así, tu deber es comprometerte a no depender del mismo, sino de aquello que se encuentre en tus manos.  

Principio 5. Reconciliación con el fracaso.

El impedimento de la acción avanza la acción.

Lo que permanece en el camino se convierte en el camino.

Los eventos extrínsecos son una oportunidad para desarrollar la virtud, con independencia de que sean bien o mal aventurados. El estoico no se sorprende del fallo ni deja que éste se imponga sobre su estado anímico. De hecho, abraza el fracaso como el mejor de sus maestros, lo que le permite aprender y progresar a una velocidad sin precedentes.

Esto supone un cambio del paradigma tradicional. Los obstáculos ya no son una piedra en el camino; son el propio camino. Constituyen una prueba de fuego para corroborar si de verdad uno está a la altura de las circunstancias. [Vídeo 4]

La sociedad nos hace ver los obstáculos como detractores, cuando son oportunidades de oro para crecer. Habrás oído de tus padres o abuelos que unas veces se gana y otras se pierde… Así es la vida, ¿cierto? Pues no del todo. Sólo a veces se gana, pero si uno quiere, siempre se aprende. Sin problemas no hay proceso; sin proceso no hay progreso; y sin progreso, ¿qué nos queda?

Un truco final…

Si eres capaz de retener la siguiente frase que resume todo el contenido expuesto en el post, podrás aplicar siglos de sabiduría occidental a todas las decisiones de tu vida: «Como soy un animal social y racional (premisas), me centraré (3) en lo que es importante (2) y depende de mí (4), no en lo que lo que otros hacen o piensan (1) o si obtengo los resultados deseados (5).